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Guevarismo: expresión latinoamericana de la filosofía de la praxis

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Por Carlos F. Lincopi Bruch

            Durante todo el siglo XX la Unión Soviética ejerció un papel protagónico y dirigente para todo el movimiento comunista internacional. Lamentablemente, a partir de 1924 – tras la muerte de Lenin – comienza a consolidarse un proceso de burocratización que afectará todas las esferas de la militancia comunista, por supuesto, esto tendrá también una expresión teórico-filosófica que llevará el nombre de materialismo dialéctico (diamat) y que se consolida como “filosofía oficial” tras el VI congreso de la Internacional Comunista (1928)[1] por propuesta de Nikolái Bujarin.[2] Ésta “filosofía” oficial convertía al marxismo, de hecho, en un materialismo completamente vulgar, fundamentalmente contemplativo – por tanto, contrario a toda intervención práctica [subjetiva] de la realidad –, positivista o mecanicista – en consecuencia, contrario a todo movimiento dinámico-dialéctico – y opuesto a la transformación de la conciencia del hombre como resultado de dicha intervención práctica – esto significa que la transformación del hombre es eliminada como problemática filosófica–. En pocas palabras, el marxismo había sido depurado de su contenido revolucionario y convertido en una filosofía adiestrada para los mediocres objetivos de la burocracia soviética.

Este “pensamiento oficial” comenzará a cuestionarse con fuerza, recién en la segunda mitad del siglo XX con el triunfo de la revolución cubana, no obstante que otros intelectuales revolucionarios – como el peruano José Carlos Mariátegui – habían criticado la vulgaridad del diamat antes del triunfo cubano. El diamat era un sistema universal cerrado, rígido y profundamente euro-céntrico, de manera tal, que la historia de Europa – con sus “etapas” comunista primitiva, esclavista, feudal y capitalista – se convertían en pauta de desarrollo histórico para todo el resto de los pueblos del mundo. En ese contexto, los partidos comunistas – alineados con la Unión Soviética – interpretaban a Nuestra América como un continente predominantemente feudal. En consecuencia, en América Latina, no podría haber una revolución socialista sino que – en relación a una concepción lineal de la historia – simplemente una revolución democrático-burguesa.

La vieja – ¡y tan manoseada! – tesis de Marx “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo…”[3] había sido olvidada y guardada en un baúl, los revolucionarios ya no eran el elemento activo del proceso revolucionario sino simplemente una fuerza pasiva de las rígidas e inmutables leyes de la historia, cuyo fundamento último, estaba en el diamat. El guevarismo, en consecuencia, nace para revitalizar y reinterpretar el marxismo como una filosofía de la praxis, es decir, como una filosofía orientada hacia la transformación revolucionaria de la sociedad.

En este sentido, el guevarismo – como filosofía de la praxis – comprende los siguientes elementos: 1) concepción de la realidad histórica como producto de la intervención práctica (subjetiva) del hombre; 2)  la realidad histórica crea al hombre, pero a la vez, esa realidad es transformada por él mismo; 3) esa transformación es realizada por la práctica revolucionaria que no es sino la objetivación de la conciencia revolucionaria del hombre; 4) dicha objetivación de la conciencia no es unilateral, la conciencia también es modificada por la actividad práctica.[4]

La filosofía de la praxis, por tanto, no es una filosofía meramente para interpretar la realidad o justificar lo que es o lo existente – como hacen las filosofías vinculadas a las clases dominantes – sino que es una filosofía negativa[5], es decir, crítica del mundo realmente existente en aras a su transformación por una sociedad nueva. En otras palabras, las filosofías anteriores a Marx, transformaban el mundo en pensamiento, es decir, interpretaban el mundo y ahí se estancaban. Para Marx, el mundo debe ser interpretado, es decir, transformado en pensamiento, pero esa interpretación no sirve así sin más, debe estar orientada también hacia la transformación del mundo.[6]

Ese mundo, esa realidad histórica, crea al hombre – sostendrá Marx –, pero al tiempo, el hombre crea y transforma el mundo, transformándose a sí mismo en ese proceso.[7] Por esta razón, los guevaristas hablamos de la construcción del hombre nuevo al calor de la lucha revolucionaria, en miras a la construcción de un hombre total, es decir, libre de toda enajenación, esto es, de un hombre totalmente apropiado de su existencia, de su trabajo, de su ser social, de su actividad práctica en el mundo.

            Finalmente, nos gustaría señalar que el guevarismo no es un concepto cerrado sino abierto, es un constante análisis concreto de la realidad concreta, como tal, es un concepto dialéctico, negativo, que se desarrolla sobre la base de la actividad revolucionaria y el pensamiento crítico. Lamentablemente, no nos podemos extender ampliamente en este breve artículo, pero sin duda, son estos algunos elementos de nuestra concepción de mundo, clausurada de todo dogmatismo y sin otro objetivo que disponerse al servicio de la revolución latinoamericana.

Fuente: www.revistalaestaca.com

[1] Kohan, Néstor. “Marx en su Tercer Mundo: hacia un socialismo no colonizado”, editorial Biblos, Buenos Aires, 1998, p.19

[2] Es curioso que Lenin haya planteado en su testamento político que, Bujarin, con sus virtudes, no había comprendido nunca la dialéctica.

[3] Kohan, op.cit., p.259

[4] Véase para profundizar en estos aspectos: 1) en Marx, “Tesis sobre Feuerbach” y “Manuscritos económico-filosóficos”; 2) en Ernesto Guevara, “El socialismo y el hombre en Cuba”, y; 3) en Adolfo Sánchez Vázquez, “Filosofía de la praxis”.

[5] Una filosofía negativa es aquella que niega lo existente y no queda sujeta a la mera experiencia, mientras que una filosofía positiva, lo que procura es afirmarse en “lo que es” o lo “existente”, por tanto, se sustenta en la mera experiencia. La primera permite una comprensión dialéctica de la realidad, la segunda, una comprensión empírica.

[6] Sánchez Vázquez, Adolfo. “Filosofía de la praxis”, México, Grijalbo, 1967, p.134

[7] Ibíd., p.131

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