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Sobre la Praxis y la transformación de la realidad.

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Por Sebastián Fisher

“Se impone tanta verdad en la medida en que nosotros la impongamos. La victoria de la razón sólo puede ser la victoria de los que razonan” -Bertol Brecht.

 

El año 1921, Lenin, describiendo las principales características de la dialéctica revolucionaria señalaba en primer lugar que, para poder conocer realmente un objeto, hay que abarcarlo y estudiarlo en su totalidad, con todas sus relaciones. En segundo lugar, que se requiere estudiar el objeto dentro de su desarrollo, en su automovimiento. A continuación, que toda la práctica de los hombres debe entrar en la “definición” completa del objeto como criterio de la verdad y como determinante práctico de la vinculación del objeto con lo necesario para el hombre. Y como última característica se refiere al carácter concreto de la verdad.[1]

Quienes somos marxistas -porque usamos el método de Marx- no creemos en el fatalismo histórico ni en el desarrollo por peldaños y fases ineluctables. Comprendemos que la historia está abierta y que cambiar la realidad en la que nos desenvolvemos depende de la acción transformadora del hombre, de su actividad práctica concreta. Jamás de fuerzas metafísicas ajenas a la praxis y la historia.

En este sentido, nosotros resolvemos que la tarea de la juventud y de los revolucionarios es precisamente organizar la Revolución mediante la práctica concreta, formándonos día a día como cuadros mediante la desalienación que produce la praxis, en tanto trabajo consciente y creador que construye al hombre y lo define.

Sin embargo, sabemos que gran parte de la izquierda actual no comprende la necesidad del uso de la dialéctica y la adopción de la filosofía de la praxis como herramientas necesarias para acabar con el capitalismo e iniciar el largo camino de la construcción del Socialismo. Para el reformismo contemporáneo y sus lecturas de la realidad pareciera ser que la lucha de clases no existe, o si lo hace representa tan solo un telón de fondo.

A diferencia de quienes sostenemos que el Estado existe allí donde las contradicciones de clase resultan irreconciliables, y por tanto, que el Estado es una herramienta de opresión que reproduce las relaciones de poder de una clase por sobre la otra; el reformismo insiste en postular -sin realizar un análisis histórico- que se trataría de un espacio en disputa, capaz de asimilar las demandas radicales que levantan las masas si tan solo se le dotara de “voluntad política” o lo encabezara un “gobierno popular” que tuviera dicha voluntad. En una columna publicada el año 2015 por el entonces presidente de la FEUAH[2] y Secretario General de la Unión Nacional Estudiantil (UNE), al referirse al gobierno de la Nueva Mayoría y su intención de cooptar al movimiento estudiantil, éste señalaba que “el proceso de construcción y elaboración de la reforma ha sido tan precario que ha dejado al descubierto la escasa voluntad de diálogo y de apertura de espacios de discusión democráticos donde estén involucrados los actores sociales vinculados a la educación.” E insistiendo en la misma idea, unos párrafos más adelante, vuelve a lo mismo al expresar “El desenlace del 2014 es conocido, una reforma construida a espaldas de los estudiantes, sin la intención de erradicar el mercado de la educación, sino que perfeccionando sus mecanismos.”[3]. La pregunta debería ser si acaso era esperable otra cosa.

Poco más adelante el compañero, quien al parecer no adscribe a la teoría de Lenin sobre el carácter del Estado, señala amargamente que “Pocas veces se ha visto un escenario de tal ambigüedad y falta de certezas por parte de un Gobierno respecto a una de sus principales promesas”. Basándonos en su postura, pareciera ser que el problema al que se enfrentaba el movimiento de masas y los estudiantes movilizados durante el año pasado se basaba en la falta de voluntad de diálogo del gobierno y sus ambigüedades e indecisión, los que le habrían impedido cumplir con los anhelos del pueblo. Es decir, en último término sería un problema de administración. La solución lógica pasaría por elegir nuevos parlamentarios o un nuevo presidente/a que posea la voluntad de realizar “verdaderas reformas”, elaboradas en espacios de diálogo donde se escuche a los actores sociales.

A continuación, la columna expresa con vehemencia “¡Nuestra educación no la deciden los corruptos! En consecuencia, la actual crisis de institucionalidad exige a los movimientos sociales trazar la hoja de ruta respecto de cómo conquistar una nueva educación, un nuevo código laboral, y una democracia efectiva y verdaderamente representativa”[4]. Al leerlo, lo primero que llama la atención es que la misma organización que tan solo un año antes planteaba que “La afirmación de que el bloque dominante atraviesa por una “crisis de legitimidad y hegemonía” que se expresa en la baja participación electoral, es tan irresponsable como voluntarista,”[5] de pronto da una voltereta y señala que la institucionalidad del Estado está en crisis. Pareciera ser que su postura respecto a si existe o no existe crisis se basaría en las encuestas de opinión pública en vez que en un análisis marxista. Desde la izquierda revolucionaria, ya el año 2014 se señalaba públicamente que existía una crisis de hegemonía –no aún orgánica- por parte de la burguesía, la que no lograba recuperar el consenso y la legitimidad de su proyecto dentro de las masas.

Continuando con el extracto citado y aclarando que no existe la clase política sino que políticos que representan a una clase, además de obviar la consigna meramente agitativa de que el movimiento social construirá una nueva sociedad (sin explicar cómo), la verdad es que en esta sociedad de clases, nuestra educación (entendida como la que se reproduce en las escuelas) sí la deciden los corruptos, porque son ellos quienes ostentan el poder del Estado. Esta es la razón por la que nuestro deber nos impulsa a desarrollar la educación en la que ellos no pueden incidir, es decir aquella que generamos colectivamente en la lucha contra el sistema de explotación. Y ésa es la educación que debemos potenciar en el seno de nuestro pueblo. Una educación socialista que haga frente al sistema de antivalores con los que nos forma desde temprana edad el capitalismo, una nueva educación que eduque a los hombres y mujeres mediante su puesta en práctica, forjando un nuevo tipo de Hombre. Es luchando como madura la juventud, por eso nuestra actividad debe enfocarse en iniciar la construcción del Socialismo como superación del capitalismo dependiente en el que nos encontramos insertos. Sí, el Socialismo y no una “democracia efectiva”, un “Nuevo Chile” (sin apellido) u otros epítetos y consignas ambiguas que se usan desde las organizaciones moderadas para evitar plantearle al pueblo de manera honesta y clara la alternativa a su expoliación.

Común es escuchar a los compañeros que militan en estas y otras organizaciones reformistas o socialdemócratas hablando sobre que “no existen condiciones” o haciendo encendidos llamados a ser “realistas”, “dejar el romanticismo”, ser “responsables” y no alejarnos del sentido común de las masas. Lamentablemente estos conceptos que compañeros de izquierda suelen agitar en las discusiones de base reflejan lo mucho que ha permeado la propaganda del enemigo dentro de nuestras filas, al punto que parte de la izquierda ha hecho suyo el pensamiento conservador y pasivo que se nos ha inculcado desde afuera con la intención clara de evitar que pasemos a la ofensiva. No se dan cuenta estos compañeros, en primer lugar, que el sentido común en una sociedad de clases es profundamente reaccionario y adolece de todos los vicios que la propaganda, en este caso burguesa, instala en el inconsciente colectivo. Es así que el sentido común reproduce desvalores tales como el machismo, el derrotismo, el individualismo, la xenofobia. Los revolucionarios debemos combatir dicho sentido común. Si el pueblo fuera xenófobo, no por eso los revolucionarios deben volvernos nacionalistas. Como lo dijera Lenin en 1917 “Un partido es la vanguardia de una clase y su deber es guiar a las masas, no reflejar el estado mental promedio de las masas”. La conciencia es dinámica, no está petrificada de una vez y para siempre; en ese sentido nuestro proyecto es claro y debemos educarnos a nosotros mismos y a la clase en la construcción de los valores socialistas que permitan llevar esta lucha adelante con hombres y mujeres que se vayan constituyendo como ejemplares ante sus pares, capaces de reconocer y superar sus propios vicios liberales, los que han sido internalizados por todos quienes se han educado dentro de esta sociedad alienante. De ésta forma iremos formando cuadros que enseñen mediante el ejemplo.

Por otra parte, cabe decir que cuando los reformistas apelan a la “realidad” la usan como sinónimo de claudicación o de moderación ¡Qué cosa más lejana al pensamiento marxista! A ese Marx que reivindicaba el espíritu de lucha de los comuneros de Paris, aún previendo su derrota. Nosotros que vemos la realidad como un proceso, donde cada objeto adquiere significación mediante su relacionamiento con la totalidad, cuando hablamos de realidad lo hacemos de una manera que impulsa la acción, jamás que la adormece. Somos realistas porque sabemos que el hombre moldea al mundo mediante su actividad cuando éste no le satisface. La historia no es ajena a la praxis y no corre por su cuenta invariable e indiferente a la acción del hombre.

Ya lo señalaba Goethe, en su Fausto -libro admirado por Marx y del que sacara muchas referencias- al resaltar el lugar central de la actividad del hombre cuando escribe  “«En el principio era la Palabra»… Aquí me detengo ya perplejo. ¿Quién me ayuda a proseguir? No puedo en manera alguna dar un valor tan elevado a la palabra; debo traducir esto de otro modo si estoy bien iluminado por el Espíritu. –Escrito está: «En el principio era el sentido»… Medita bien la primera línea; que tu pluma no se precipite. ¿Es el pensamiento el que todo lo obra y crea?… Debiera estar así: «En el principio era la Fuerza»… Pero también esta vez, en tanto que esto consigno por escrito, algo me advierte ya que no atenga a ello. El Espíritu acude en mi auxilio. De improviso veo la solución, y escribo confiado: «En el principio era la Acción»”[6] Tesis que escapaba del pensamiento del marxismo vulgar, puesto que el hombre no es una simple materia poseedora de atributos –entre ellos la conciencia-, tal como era expresado en los manuales de la URSS, sino que el hombre es un ser práctico que se define a partir de la praxis.

A esto se refería Marx en las Tesis sobre Feuerbach cuando supera finalmente la contradicción entre idealismo y materialismo tradicional, expresando magistralmente el año 1845 que: “El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico[7].

Por otra parte y en el mismo escrito, Marx señala que “La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado”. Caen en un error aquellos que se dedican a suspirar nostálgicos recordando otra época de luchas más álgidas que las que se desarrollarían en este preciso momento, al igual que quienes se dedican a esperar que un nuevo tipo de educación llegue o un novedoso contexto internacional moldee a los hombres y los arroje a luchar por cambiar el sistema, resignándose por mientras solo a “disputar la voluntad política” del Estado. No. Somos nosotros los que debemos educarnos entre nosotros mismos y a nuestro pueblo en la necesidad de luchar, aquí y ahora.

Para eso tenemos el deber de confrontar los dañinos postulados reformistas que educan al campo popular en meras ilusiones, tales como que el Estado burgués puede dar cabida a sus más sentidas demandas. Dicha concepción daña la conciencia de las masas y las atrasa. Las priva del rico aprendizaje de comenzar a confiar en sus propias fuerzas, de creer en sí mismas y descubrir el potencial revolucionario de su acción transformadora. De su praxis. En este contexto en que se desarrolla una crisis política en el país, nuestra práctica consciente debe ser la de desnudar el carácter del Estado, elevar la moral del pueblo y construir fuerza social revolucionaria, con independencia de clase, para iniciar el largo camino de la construcción del Socialismo en Nuestra América.

Para lograrlo tenemos al marxismo como arma y la filosofía de la praxis.

¡No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución!

[1] V.I.Lenin “Insistiendo sobre los sindicatos, el momento actual y los errores de Trotsky y Bujarin”. Obras escogidas, Moscú, Progreso, 1981, t. III p. 554.

[2] Federación de Estudiantes de la Universidad Alberto Hurtado..

[3] http://www.adelantechile.cl/2015/06/16/estudiantes-de-chile-tomar-la-delantera/

[4] Ídem.

[5] http://www.adelantechile.cl/2014/07/30/para-avanzar-con-claridad/

[6] J.W. Goethe, Fausto, p. 56.

[7] Marx. Tesis sobre Feuerbach. 1845. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm

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