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Cultura y barbarie

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Cultura y Barbarie[1][i]

Por Bolívar Echeverría

La guerra, cuyo fin fue decretado hace unos días, terminó con un evidente triunfo de las “fuerzas de la cultura” sobre las “fuerzas de la barbarie”. Un pueblo, el iraquí, reacio a toda modernización, como se supone que son todos los pueblos islámicos, y proclive por tanto a generar  regímenes  autoritarios,  recibió una lección:  fue liberado de una tiranía dañina para él  mismo, y peligrosa para el  mundo civilizado. A través de un proceso de democratización, pronto será integrado, tal  vez en contra de su voluntad manifiesta (“la letra con sangre entra”),  pero eso sí  en obediencia a la vocación profunda que hay que adjudicarle,  en  el  mundo occidental,  portador  de  la  civilización  moderna  y la  cultura humanista  y  universalista.  Esta  descripción,  por  sospechosa  que  pueda  parecernos,  es correcta para el sentido común de las sociedades occidentales. En efecto, los mass media comentan en él una espontaneidad que les lleva a la idea de que la catástrofe que amenaza al  mundo en este  siglo,  que  sería  el  del  choque  de  las  civilizaciones,  sólo puede  ser conjurada mediante una reedición modernizada de la estructura imperial del establishment  político occidental. Idea a la luz de la cual lo sucedido en Irak sería un episodio necesario,  sin duda desagradable en muchos aspectos,  de la historia positiva de ese rescate de la civilización moderna en peligro.

Se trata de una descripción oficial de lo acontecido en la guerra de Irak que resulta sospechosa a cualquiera que se resista a la espontaneidad del sentido común. En efecto, es evidente la trama económica que se asoma por debajo de los hechos bélicos y que los revela como resultado de una disputa entre  las  corporaciones  transnacionales  por la renta del petróleo. Es igualmente inocultable la dimensión geopolítica que tiene esta guerra en la medida  en  que  le  asegura  a  los  Estados  Unidos  un  posicionamiento  ventajoso  en  el previsible enfrentamiento futuro entre Oriente y Occidente. Pero la razón principal de que la razón oficial del sometimiento de Irak como un triunfo de la cultura sobre la barbarie resulte sospechosa, está en las dudas que despierta la imagen del ejército norteamericano como guardián de la cultura.

¿Qué es cultura? ¿Qué es barbarie?

Si partimos del consenso casi unánime sobre la validez de la afirmación aristotélica  que define al  ser humano como un animal  político, e intentamos precisar qué es lo que habría que entender bajo el calificativo de político, podemos llegar a pensar que el vivir en polis, desde la polis y para la polis, que es a lo que dicho calificativo se refiere, sería el  vivir de un animal cuya vida a dejado de ser propiamente animal en un cierto sentido. El animal humano sería aquel animal tan especial que por algún avatar de la historia natural,  ha perdido el  cobijo del  instinto en materia  de organización de su existencia  gregaria, carece  de  un  programa  socializador  para  seguirlo  ciegamente,  y  se  encuentra  a  la intemperie, necesitado de dar él mismo un orden, una armazón, una forma, a esa socialidad, a todo el conjunto de relaciones interindividuales de convivencia que se establecen en la reproducción de su cuerpo colectivo. El  ser  humano sería un animal  político porque,  a diferencia de los demás animales, debe tenerse a sí mismo como objeto de transformación, porque está obligado a autorealizarse,  a configurarse a sí  mismo, a elegir entre distintas posibilidades la forma de ciudad concreta, de polis, de comunidad identificada, que van a tener las relaciones sociales que posibilitan su existencia.

Uno es  el  ser  humano del  maíz,  otro  el  del  arroz,  otro  el  del  trigo.  Son seres humanos que compusieron una identidad, una mismidad, un modo singular de ser, en torno al compromiso concreto de juntarse entre sí y organizar su vida cotidiana de la manera que venía dictada por las necesidades de la domesticación y el cultivo de cada una de esas tres plantas.  Son  identidades  profundas,  de  muy  larga  duración,  cuyos  restos  dispersos, combinados con los de otras identidades menos radicales que ellas,  perduran incluso en nuestros días, a siglos, incluso milenios de la desaparición de los mundos sociales en los que fueron creadas,  y que se hacen presentes sin obedecer  ya a una pertenencia étnica particular  en determinados  indicios,  en ciertos  rasgos estructurales  de varias  lenguas  y varias  comprensiones  corporales  particulares,  en  ciertos  timbres  de  distintas  voces particulares, en ciertos detalles de muchas gestualidades particulares.

El  ser  humano  es  el  animal  político  del  que  habla  Aristóteles,  porque,  animal extraño, condenado a la libertad de elegir una forma para su socialidad, ejerce esa libertad fundando sin cesar, sea como sujeto público o como sujeto privado, identidades de todo tipo,  capaces  de  darle  la  concreción  a  esa  socialidad;  identidades  que  van  desde  las  lingüísticas hasta las de la afición deportiva, pasando por otras de orden religioso o político; identidades  de toda  magnitud y toda  duración,  abarcantes  de continentes  enteros  y de numerosos siglos, como las lingüísticas, o circunstanciales y efímeras como las deportivas; identidades inéditas,  como la de los amantes del rock, o identidades que combinan otras llamadas arcaicas o recientes, como la identidad mestiza de América latina desde el siglo XVII.

Puede decirse  entonces  que lo político tiene  que  ver  con la  identidad en este  sentido esencial.  Lo político está en la capacidad que tiene el  ser  humano de decidir  sobre sí  mismo, sobre sus formas de convivencia.  Capacidad que se ejerce necesariamente en un proceso de adquisición de una consistencia concreta para su vida cotidiana, de creación de identidades.  Ahora bien, las identidades pueden ser concebidas como subcodificaciones del código  de  la  existencia  humana,  como  dispositivos  que  particularizan,  que  dan  una singularidad al código general de lo humano. Podría decirse que no existe algo así como “lo humano” en general; que el código general de la humanidad no se da de manera directa, de manera inmediata; que lo humano siempre se da de manera identificada, siempre mediante la  perspectivización,  el  “estilo”  o  la  coloración  que  le  otorga  la  presencia  de  una sobreteterminación determinada por un sub-código. En este sentido, puede decirse que todo uso del código lingüístico o del código del comportamiento práctico, todo uso del código de lo humano, es un código en el que se repite, se reproduce o cultiva la subcodificación que identifica a ese código. En cada acto productivo y consumativo, en cada comportamiento lingüístico de los individuos sociales,  está lo que podría llamarse la reproducción de esa identidad, el cultivo de esa identidad. La dimensión cultural de la existencia social estaría dada por el hecho de que en cada uno de los actos de la vida cotidiana, el ser humano está cultivando sus identidades,  la combinación de estas identidades,  está cultivando pues la dimensión identitaria de su existencia. Hay, por supuesto, determinados usos del código de lo humano subcodificado,  identificado  en cada  caso,  en los  cuales  el  cultivo de  estas identidades es un momento protagónico.  Podemos hablar,  por ejemplo,  del  juego, de la fiesta y del arte como comportamientos en los cuales este cultivo de la subcodificación, de esa  particularización  o identificación  del  código  de  lo  humano,  se  cumple  de  manera especial.  Y  podemos  también  hacer  referencia  a  ciertas  actividades  que  serían  especialmente  culturales  en la  medida  que  ese  cultivo de  la  identidad  se  desarrollaría profesionalmente. Actividades que tienen que ver más bien con lo que podríamos llamar la alta cultura, el desarrollo de las artes, etc.

De todo esto, me parece a mí, lo importante está en insistir en lo siguiente: la cultura en cuanto  tal,  al  cultivar  esa  identidad,  que  es  una  identidad  creada  por  el  ser  humano, actualiza la politicidad de ese ser humano, hace evidente su capacidad de dar forma a la socialidad, de autoreproducirse, de crear identidades, de refundar la concreción de la vida social. Esto sería lo principal de la cultura. Si nosotros ahora consideramos lo que ha sido el  destino de la cultura en la sociedad moderna, vamos a tener que hablar de aquello a lo que hacía referencia Walter Benjamin cuando decía que no hay documento de cultura que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie. Y esto porque podríamos decir que, en la sociedad  organizada  por  la  modernidad  capitalista,  la  hostilidad  a  la  cultura  es  una necesidad inherente. La modernidad capitalista implica el fenómeno de la enajenación del sujeto humano, de la suspensión de su capacidad de autoreproducirse,  de generar formas para sí mismo, y de la cesión de esta capacidad política fundamental al mundo de las cosas,  que no es otra cosa que el mundo de la acumulación del capital, el mundo virtual donde el  valor de las mercancías se valoriza. Podríamos decir que la cultura en la sociedad moderna es una cultura que se encuentra sistemáticamente reprimida por esta modernidad capitalista,  en la medida justamente en que aquel que es el creador, el sujeto que pone la concreción de la  vida,  está  impedido  de  ejercer  esta  función  política  fundamental  suya.   La  nación moderna consagra al sujeto como subordinado a la sujetidad cósica de la empresa estatal capitalista, reprime el juego de creación y combinación de identidades, y por tanto, reprime el  cultivo  del  dinamismo  de  la  dimensión  cultural.  La  hostilidad  básica  de  la  nación moderna hacia la cultura,  puede mantenerse oculta cuando la devastación que ella trae consigo puede ser compensada ante una determinada población con el fortalecimiento de la llamada  identidad  nacional  oficial  que  se  le  adjudica  como  marca  distintiva,  marca improvisada a partir de sus rasgos étnicos y de su folclore; cuando y en la medida en que se deja organizar por las instituciones de aquel Estado capitalista moderno que la ha tomado vampirescamente  como  soporte  suyo.  Es,  sin  embargo,  una  hostilidad  que  no  logra enmascararse  cuando  la  identidad  nacional  que  debería  hacerlo,  debe  provenir  de  un  Megaestado, o un Estado Transnacional, como el que pugna por formarse en Norteamérica, Europa y las zonas integradas a ellos. Por más exitoso que pueda resultarle a los Estados Unidos el golpe de Estado anticipado o preventivo que intenta dar actualmente dentro de ese  Megaestado  Occidental  aún  en  ciernes,  su  capacidad  de  construir  una  nación  de naciones que fuera capaz de sustentar dicho Estado es todavía cuestionable. La hipóstasis de  la  nación  norteamericana  como  núcleo  aglutinador  de  una  identidad  supranacional llamada  “humanidad  occidental”  o  “comunidad  occidental”  resulta  todavía  forzada  e inverosímil. Ésta es la razón, a mi ver, de que la barbarie de la modernidad capitalista, su actitud básicamente hostil a la autarquía del sujeto humano, y por tanto a su creatividad de formas y de identidades, resulten difíciles de ocultar; la razón de que la descripción oficial de lo sucedido en Irak resulte sospechosa,  de que la imagen del  ejército norteamericano como guardián de la cultura resulte escandalosamente ridícula.

[1] Presentado en el Coloquio: Cultura contra Barbarie, en la Mesa: Cultura, Identidad y Política, en la UNAM.

[i] El presente documento ha sido extraído desde el sitio web: http://www.bolivare.unam.mx/ensayos/Cultura%20y%20barbarie.pdf

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