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Las ideas estéticas de Marx

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Las ideas estéticas de Marx[1]

Por Justino Fernández

Este primer libro de Adolfo Sánchez Vázquez[2] nace de sus largas reflexiones y tiene por antecedentes otros trabajos del autor sobre el mismo tema, de manera que en cierto sentido es un libro de madurez, como se advierte al leerlo. Su intención de superar, por necesidad, las concepciones dogmáticas y sectarias, así como los viejos enfoques unilaterales de los fenómenos artísticos, lo llevan a realizar una crítica de las actitudes que a su parecer han desvirtuado las ideas estéticas de Marx, para reinstaurarlas en su verdadera naturaleza y partir de ellas con sentido creador.

La primera parte del libro tiene por título: “En torno a las ideas estéticas de Marx y los problemas de una estética marxista”. Comienza con las vicisitudes por las que han pasado aquellas ideas, desde Kautsky hasta el realismo socialista, y continúa con un apartado sobre “El marxismo contemporáneo y el arte”. Toda la crítica de Sánchez Vázquez, basada en una amplia erudición, es ajustada y precisa; en sus opiniones polémicas va dejando ya un ideario personal sobre el arte que valdría la pena catalogar exhaustivamente, mas al no poder hacerlo aquí, solamente señalaremos algunas ideas que son correctas, dentro o fuera de una estética marxista. Por ejemplo, cuando refuta la reducción del arte a un puro fenómeno ideológico, dice bien que la coherencia y autonomía del arte lo impiden, pues que la obra de arte rebasa al hombre histórico-social que la hizo nacer y, así, cobra universalidad. Otra idea oportuna es la que plantea que no debe confundirse un arte decadente con una sociedad decadente, porque ningún arte verdadero puede ser decadente. Como las ideologías cambian y quedan en el pasado, es necesario buscar la naturaleza del arte en un plano profundo. También refuta que el arte sea una forma de conocimiento, o lo es sólo cuando pasa al plano estético. El hombre es el objeto específico del arte, y los objetos representados artísticamente tienen importancia por lo que son para el hombre, quien los ha humanizado y de esa manera el artista nos adentra en la realidad humana. El arte sólo es conocimiento en la medida en que es creación.

Es importante la definición que hace del realismo, pues dice: “Llamamos arte realista a todo arte que, partiendo de la existencia de una realidad objetiva, construye con ella una nueva realidad que nos entrega verdades sobre la realidad del hombre concreto que vive en una sociedad dada, en unas relaciones humanas condicionadas histórica y socialmente y que, en el marco de ellas, trabaja, lucha, sufre, goza o sueña”. Entendido así, claro está que no se trata de la mera reproducción de las formas naturales y objetos, objetivamente. Continúa con otras precisiones sobre la identificación del arte y realismo, para concluir que éste “no agota la esfera del arte y, por lo tanto, no pueden excluirse de éste los fenómenos artísticos que caen, efectivamente, fuera de un arte realista”. Sánchez Vázquez considera la estética de Lukács, para quien el verdadero arte es el realista, pero con todos sus méritos señala que a la postre “se convierte en una estética cerrada y normativa”. Pero, dice Sánchez Vázquez, “el arte no se deja encerrar en las fronteras del realismo”, el que “necesita rebasar la barrera de la figuración”. Acertadamente agrega: “Transfigurar es poner la figura en estado humano”. Y concluye: “El realismo es un hecho artístico como lo es también el arte no realista de nuestro tiempo”, ambos tienen sus peligros que, sin embargo, no invalidan su condición común “de prueba de la existencia creadora del hombre”.

Es el concepto de libre creación, bien explicado, el que “subraya, ante todo, el entronque del arte con la esencia humana”. Ni reducción del arte a lo ideológico, ni reflejo de la realidad, sino que el arte “es una nueva realidad que testimonia, ante todo, la presencia del hombre como ser creador”. Ahora bien, que Marx haya considerado el arte “como forma peculiar del trabajo creador” no añade mucho a las ideas de Sánchez Vázquez, que pueden tener vigencia con tal concepto o sin él. Su rompimiento con el concepto del realismo en sentido estrecho le abre las puertas a la comprensión de las creaciones artísticas más variadas.

El centro de la primera parte del libro, que ocupa un tercio de la misma, está dedicado a exponer y explicar “Las ideas de Marx sobre la fuente y naturaleza de lo estético”, utilizando principalmente los Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Sánchez Vázquez sistematiza y expone con brillantez las ideas de Marx, en las que se encuentra su crítica a Hegel. Es el desarrollo, rico en contenidos, del arte como forma peculiar del trabajo creador. En una nota, Sánchez Vázquez no pierde la oportunidad de expresar que “Plejánov no ha captado en toda su riqueza la concepción marxista del trabajo”. Tienen particular interés los apartados “De lo útil a lo estético” y “De lo estético a lo útil”, pues en ellos se fundamenta el concepto de lo estético en Marx. Viene después el papel que juegan el arte y el artista en el capitalismo. Para concluir, Sánchez Vázquez resume las ideas estéticas de los Manuscritos, pero hace también una exposición resumida de las ideas estéticas premarxistas, con su correspondiente crítica. “De acuerdo con una concepción (marxista), el arte —dice— como trabajo superior es una manifestación de la actividad práctica del hombre, gracias a la cual éste se expresa y se afirma en el mundo objetivo como ser social, libre y creador”.

Un nuevo capítulo contiene reflexiones sobre “Estética y marxismo”. El primer problema, no resuelto por Marx ni después de él, consiste en lo que podríamos llamar la supervivencia del valor del arte en la posteridad, ya lejos del medio histórico y social en que se produjo; porque si bien el arte se da en lo social, no puede ser reducido a ello, porque es una esfera autónoma. Dice Sánchez Vázquez con acierto: “[…] lo que para los sociólogos es el punto de llegada, para nosotros no es más que el punto de partida”. Otra idea es que el arte se hace a partir del nivel alcanzado históricamente por la creación artística, es decir, que el artista por muy revolucionario que sea, o, más bien, para serlo, ha de tomar en cuenta toda la historia hasta su propio tiempo. En cuanto a la contradicción entre arte y capitalismo, el autor expone: “Marx no aborda estos problemas movido por una nueva preocupación estética, sino para poner de manifiesto la contradicción […]”, lo cual está bien dentro del sistema de su pensamiento, pero es una esfera en la cual ya no se le puede seguir.

Si bien en el capítulo “Sobre arte y sociedad” se establece que se implican necesariamente, y sin duda es así, tanto como que: “todo arte es, por ello, una afirmación de lo universal humano”, no parece válido en cuanto a la creación, que a ésta le afecte un medio histórico hostil, en lo que tiene de más profundo y, en todo caso, el arte es “un reducto insobornable de lo humano”. La referencia a Ortega en relación con la “deshumanización del arte” para Sánchez Vázquez parece que es la “deshumanización del hombre”; aquí la crítica a Ortega debe ser la contraria, pues el filósofo no percibió que el nuevo arte abstracto era una forma de “rehumanización”.

“La concepción de lo trágico en Marx y Engels” viene a reducirse al conflicto que produce la tragedia revolucionaria, y, como dice Sánchez Vázquez, el problema: “No lo abordan como meros teóricos de la literatura sino como forjadores del arma teórica y práctica de la liberación del proletariado”. Así, el sentido de lo trágico no se universaliza verdaderamente, no se extiende a toda la existencia histórica humana y a su inevitable limitación, en donde radica, a nuestro modo de ver, el verdadero sentido trágico de la existencia.

La excelente exposición crítica que hace Sánchez Vázquez de “Un héroe kafkiano: José K.”, tiene por objeto ejemplificar el trabajo enajenado, que deshumaniza, en una sociedad decadente, para mostrar la necesidad de “la integración del individuo en la sociedad” y con esto termina la primera parte del libro.

La intención de Sánchez Vázquez, en la segunda parte de su libro: “El destino del arte bajo el capitalismo”, es explicar y dar contestación por su cuenta a la idea de Marx de que el capitalismo es hostil al arte; “demostrar la esencialidad de esa contradicción” es el propósito fundamental de su trabajo. “Esta contradicción se manifiesta en el hecho de que el artista no encuentra en la realidad burguesa un motivo artístico, o sea que no la ve “como una materia digna del arte”, dice Sánchez Vázquez, y recuerda que desde el romanticismo hasta parte de nuestro siglo “la vida burguesa no merece ser exaltada”. Pero la historia del arte contradice tales afirmaciones, pues están ahí Coubert, para empezar, y toda la producción del Impresionismo, que incluye nada menos que a Renoir. Y más adelante: “Ningún gran artista ha ensalzado o contado lo que responde a los verdaderos intereses del régimen capitalista”; mas, aquí también recuerda uno el precioso cuadro de Dégas con el tema: “La oficina del mercado de algodón”, en Nueva Orleans (1873), y los frescos de Diego Rivera en Detroit, que no obstante la crítica que tienen, expresan la potencia industrial de los Estados Unidos del Norte.

Ahora bien, que una obra de arte se convierta en mercancía y objeto de especulación es algo en cierto modo ajeno al arte mismo y a la estética; Marx pone el énfasis en que es mercancía, con olvido de sus valores estéticos, que son los que, en última instancia, la suben o la bajan de valor. Y, en verdad, pásele lo que le pase, jamás pierde la obra de arte como tal su significación humana, su cualidad, ni su relación con el hombre. La obra de arte consiste, como dijo Ramos, en una “constelación de valores”. El mismo Sánchez Vázquez declara que el valor estético “perdura a través de la sucesión de relaciones sociales diversas e incluso opuestas”, entonces no pierde su verdadera significación. La obra de arte, por ser creación humana, está sujeta a la grandeza y a la miseria inherentes al hombre, de cualquier sitio y época. Pero la creación del arte jamás ha nacido del trabajador asalariado, ni sería posible que el verdadero artista estuviera enajenado. ¿Fueron Miguel Ángel, Velázquez, y tantos otros grandes artistas, incluyendo a los muralistas mexicanos Orozco y Rivera, unos asalariados, unos enajenados? Sánchez Vázquez mismo no lo aceptaría, ya que toda gran obra es para él “una manifestación concreta, real de la libertad de creación del hombre”, a lo que hay que añadir que no importan las condiciones sociales o económicas en que nazca la obra.

Sánchez Vázquez modera el extremismo y dice: “La hostilidad del capitalismo al arte no puede extenderse a toda la producción artística de la sociedad capitalista”, así quedan a salvo los libres creadores y las verdaderas obras de arte, de la tesis del arte como enajenación, la cual sólo es “una tendencia”. Sánchez Vázquez, o Marx, que ya no sabemos quién, dice que el arte de los artistas creadores dentro del capitalismo fue realizado a despecho de la sociedad burguesa, de lo que hay que decir que todo arte original, y por lo tanto novedoso, se ha logrado y se logra, en cualquier época y medio, a despecho de la tradición y de las circunstancias prevalecientes. Por otra parte, la condición hostil para el arte que pueda darse en la sociedad capitalista, dice Sánchez Vázquez, “puede brotar en el socialismo”, como todos sabemos. Un análisis histórico probaría que el “hombre-masa”, o el “arte de masas”, ha existido a todo lo largo de la existencia humana, y no sólo en la época capitalista. En este sentido la tesis de Ortega de “minorías selectas”, sejuzgue como sejuzgue, tiene amplio apoyo histórico. Porque el arte es para todos, sí, mas para todo aquel que sea capaz de comprenderlo y gozarlo.

Sánchez Vázquez intenta distinguir el verdadero “arte popular”, que expresa “los intereses más elevados de un pueblo”, y el “arte de masas”; mas el primero es a menudo impopular mientras que el segundo es lo contrario. Se comprende la idea, pero el juego de palabras hace borrosa la tesis, por lo demás, con sustituir la palabra pueblo por la de hombre, se universaliza la idea, porque “hacer arte para el pueblo (para el hombre) es hacer arte universal”. Otra cuestión importante es la advertencia que el autor hace, de que “debemos guardarnos muy bien de transformar el criterio político en artístico”.

Pero, cuando dice que la concentración de personalidades creadoras excepcionales contribuye a limitar la capacidad de creación del hombre, no se ve claridad, especialmente cuando se concluye que todo hombre sea creador, “en cierto modo, un hombre-artista”. Después de todo ¿quiénes sino los grandes creadores son los que expresan los intereses más auténticos del hombre? y de la mejor manera: la estética. Por supuesto, el ideal de Marx y Engels de que “en una sociedad comunista no habrá pintores, sino a lo sumo, hombres que, entre otras cosas, se ocupen de pintar”, sin limitación a una actividad exclusiva, recuerda el proverbio tomado de la sabiduría popular: aprendiz de todo y oficial en nada”. Ésa sí que parece una idea hostil al arte verdadero.

Las anteriores consideraciones no pretenden ser sino comentarios de lo que nos ha parecido sobresaliente del libro de Sánchez Vázquez, libro machacón por repetitivo e insistente en las ideas de Marx, esto dicho poniendo a salvo su talento y sus conocimientos. En verdad Sánchez Vázquez no logra convencernos en la segunda parte de su libro de que la tesis de Marx es válida, y eso que ha procurado, con notable sagacidad intelectual, ver y discutir todas las posibilidades en torno a las ideas del filósofo. Porque, en resumidas cuentas, si ponemos de lado las argumentaciones sociológicas y económicas, que abundan más que las estéticas, la idea se reduce a que: arte del mundo capitalista es arte enajenado (aunque la historia contradiga la idea) y el arte del futuro mundo comunista será libre creación (aunque no podamos prever lo que el porvenir tenga reservado, ni los giros que pueda dar la historia; pero de todos modos ya nosotros no veremos esa etapa de la vida del hombre, siempre veleidoso, que queda en idealista profecía). En todo caso, no se trata aquí de contradecir una concepción del hombre y del arte que ya es clásica, como lo son otras, sino de enterarnos del desarrollo de las ideas estéticas de Sánchez Vázquez, a quien felicitamos desde aquí por su capacidad y por el notable esfuerzo realizado con amplitud y ponderación académicas.

[1] El presente material ha sido extraído de la compilación realizada por el Dr. Gabriel Vargas Lozano titulada “En torno a la obra de Adolfo Sánchez Vázquez”. Disponible en el sitio web: http://ru.ffyl.unam.mx/handle/10391/1846

[2] Adolfo Sánchez Vázquez, Las ideas estéticas de Marx. México, Era, 1965.

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