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Repensar el imperialismo

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Repensar el imperialismo[1][2]

Por Marcelo Fernandez Farias

  1. A) Introducción

            En esta monografía hemos querido conocer una parte de las “teorías clásicas del imperialismo” para poder observar cuáles son las rupturas y continuidades que podían encontrarse entre la lógica imperialista de principios del siglo XX y su devenir hasta la actualidad. Nos hemos focalizado mayormente en cinco autores (John Bellamy Foster, Atilio Boron, Leo Panitch, Sam Gindin y Aijaz Ahmad)  que nos han brindado una buena amplitud de criterios como para hacer este primer abordaje.

            Nos resulta imprescindible comprender cuál es la articulación y los roces que se dan entre el capital monopolista, el capital financiero, los Estados-nación y el imperialismo norteamericano. No tenemos dudas con respecto a que el conocimiento de estas distintas instancias puede brindarnos las herramientas suficientes para reconocer de qué manera el “capitalismo en su fase neoliberal globalizada” organiza la vida económica, política y social del mundo. El intento de este texto busca ser una aproximación en este sentido.

 

  1. B) Discusiones en torno a las “teorías clásicas del imperialismo”

            Los estudiosos de las “teorías clásicas del imperialismo” ubican este desarrollo en los últimos años del siglo XIX y las primeras dos décadas del XX. Entre los autores destacan a J. Hobson, K. Kautsky, Lenin, R. Hilferding, Rosa Luxemburgo y N. Bujarin entre otras y otros. El trabajo “El imperialismo, fase superior del capitalismo” (1916) de Lenin ha sido de los más influyentes, en particular en la tradición de izquierda. Escrito en el contexto de la Primera Guerra Mundial, la obra de Lenin observa la existencia de una “rivalidad inter-imperialista” en función de los Estados europeos que luchaban por establecer un tipo de hegemonía de reparto territorial y económico del mundo (teniendo en cuenta que, en ese momento, aquellos Estados tenían un desarrollo militar y económico medianamente equiparables). En la definición más breve, Lenin dice que el imperialismo es la fase monopólica del capitalismo. “La particularidad fundamental del capitalismo moderno consiste en la dominación de las asociaciones monopolistas de los grandes empresarios. Dichos monopolios adquieren la máxima solidez cuando reúnen en sus manos todas las fuentes de materias primas, y ya hemos visto con qué furor los grupos internacionales de capitalistas dirigen sus esfuerzos a arrebatar al adversario toda posibilidad de competencia, a acaparar, por ejemplo, las tierras que contienen minerales de hierro, los yacimientos de petróleo, etc.” (Lenin, 1916: 104)

            Lenin analizará la manera en que el capital industrial y los bancos van construyendo un capital financiero cada vez mayor. Sin embargo, se trata de una concentración que va en aumento ya que son los monopolios bancarios y los monopolios industriales aquellos que se fusionan con mayor celeridad. El otro elemento que completa los rasgos generales del imperialismo es el paso de una política colonial que se expande por regiones no apropiadas por el capitalismo a una política colonial de dominación monopolista de un mundo enteramente repartido. En términos puristas, los monopolios serían una suerte de contradicción a los principios fundamentales del capitalismo. En un pasaje extenso pero esclarecedor el autor ruso nos dice: “El imperialismo ha surgido como desarrollo y continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo en general. Pero el capitalismo se ha trocado en imperialismo capitalista únicamente al llegar a un cierto grado muy alto de su desarrollo, cuando algunas de las propiedades fundamentales del capitalismo han comenzado a convertirse en su antítesis, cuando han tomado cuerpo y se han manifestado en toda la línea los rasgos de la época de transición del capitalismo a una estructura económico y social más elevada. Lo que hay de fundamental en este proceso, desde el punto de vista económico, es la sustitución de la libre concurrencia capitalista por los monopolios capitalistas. La libre concurrencia es la propiedad fundamental del capitalismo y de la producción de mercancías en general; el monopolio se halla en oposición directa con la libre concurrencia, pero esta última se ha convertido a nuestros ojos en monopolio, creando la gran producción, eliminando la pequeña, reemplazando la gran producción por otra todavía mayor, llevando la concentración de la producción y del capital hasta tal punto, que de su seno ha surgido y surge el monopolio: cartels, sindicatos, trusts, y, fusionándose con ellos, el capital de una docena escasa de bancos que manejan miles de millones. Y al mismo tiempo, los monopolios, que se derivan de la libre concurrencia, no la eliminan, sino que existen por encima y al lado de ella, engendrando así una serie de contradicciones, rozamientos y conflictos particularmente agudos. El monopolio es el tránsito del capitalismo a un régimen superior.” (Idem: 111-112)

            A casi 100 años de esta teorización, el marxismo ha generado una serie de críticas y actualizaciones que tiene en cuenta las diversas formas que ha tomado el imperialismo durante el siglo XX con sus épocas de oro y sus declinaciones. La Crisis del ’30, el paso del imperialismo británico al norteamericano (en especial luego de la Segunda Guerra Mundial), la nueva crisis del ’70, el auge del neoliberalismo y la dominación unipolar de Estados Unidos son apenas algunos acontecimientos que redefinen el plano económico, militar y político del “sistema-mundo” (término acuñado por I. Wallerstein). Con respecto a las críticas, es posible encontrar autores “más duros” como Leo Panitch y Sam Gindin; “moderados” como Aijaz Ahmad y “comprensivos” como Atilio Boron. Para este caso, la mayoría de los estudiosos del imperialismo estaría de acuerdo con la caracterización general planteada por Lenin en estos 5 puntos: “1) la concentración de la producción y del capital llegada hasta un grado tan elevado de desarrollo que ha creado los monopolios, que desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este capital financiero, de la oligarquía financiera; 3) la exportación del capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particular; 4) la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5) la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes” (Idem: 112-113)

            Resulta interesante captar las expresiones de una época determinada sobre la forma en que -en lo relativo a la financiarización de la economía- el propio Lenin podía decir: “¡El beneficio de los rentistas es cinco veces mayor que el beneficio del comercio exterior del país más ‘comercial’ del mundo!” (Idem: 128) Jamás Lenin habría imaginado que a partir de un artículo del diario “El Argentino”, Atilio Boron (2012) nos transmitiría que se estima en 370 billones de dólares (370 millones de millones de dólares) la circulación de los derivados financieros en los mercados mundiales, cifra que constituye 28 veces más que los 13 billones del PBI de EEUU.

            Por su parte, John Bellamy Foster (2006) hará referencia al trabajo de John A. Hobson Imperialism: A study (1902) que, desde el punto de vista de un liberal “radical” o crítico, no dejaba de observar los problemas que el imperialismo capitalista traería a la humanidad. Hobson “creía que el imperialismo se originaba en la posición dominante de ciertos intereses económicos y financieros concentrados, y que las reformas radicales que abordaran la mala distribución del ingreso y las necesidades podían frenar el impulso imperialista” (Foster, 2006: 449). Estas reformas nunca se dieron. Vale la pena destacar que hemos encontrado diversas referencias a este trabajo de Hobson en varios análisis sobre las “teorías clásicas del imperialismo”.

Para Foster el principal objetivo de la obra ya citada de Lenin era explicar la rivalidad inter-imperialista entre las grandes potencias. Esta rivalidad vinculada al capital monopolista excede la simple “necesidad de hallar puntos de inversión para el capital excedente” sino que la intención radicaba en un “control exclusivo sobre las materias primas y un control más estricto sobre los mercados externos” (Idem: 450). Para nuestro autor la caracterización que Lenin le dio al imperialismo guarda mucha significación para nuestra época que el propio Foster caracteriza como “capitalismo monopolista en una fase avanzada de globalización”.

Leo Panitch y Sam Gindin (2005), Aijaz Ahmad (2005) y Atilio Boron (2006) coinciden en dos críticas y/o desafíos a las teorías clásicas. El primer desafío consiste en que, luego de la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, las disputas económicas a nivel mundial nunca más se dirimieron en el terreno militar. Por ende, la premisa que planteaba a la rivalidad inter-imperial como la constante posibilidad de guerras globales se ha visto invalidada en los últimos 50 años. En el mismo sentido, el poder unipolar –aunque en crisis- de Estados Unidos hizo imposible pensar la cuestión “inter-imperial” ya que en el mundo no hay rivales ni iguales sino una dominación capitalista imperial norteamericana. El otro desafío coincidente en los tres trabajos tiene que ver con la mundialización del capitalismo. Si la teoría clásica planteaba la distinción entre “países industrializados” y periferias “no capitalistas”, esta diferenciación ya no existe. Luego de la avanzada neoliberal de las décadas del ’70 y el ’80 el sistema no solo profundizó los negocios en los sectores tradicionalmente capitalistas sino que mercantilizó un vasto continente que se mantenía ajeno a este proceso (servicios públicos, agronegocios a gran escala, agua, petróleo, etc.).

            Otra premisa que Atilio Boron refuta es aquella que planteaba “la estrecha asociación existente entre imperialismo y crisis del capitalismo metropolitano”. A esta hipótesis se le anteponen los llamados “30 años gloriosos” posteriores a la Segunda Guerra Mundial. El capitalismo keynesiano y el Estado de Bienestar hacen posible la mayor expansión del capitalismo de toda su historia llevando al imperialismo norteamericano a ocupar el mundo entero. Por ende queda demostrado que “no sólo en las crisis sino también en la prosperidad el capitalismo se expande de forma imperial” (Boron, 2006: 479)

            Aijaz Ahmad llama la atención sobre la forma en que los capitales nacionales han sido penetrados por los capitales transnacionales, remarca el alto nivel de financiarización de la economía y va más allá al decir que “todo, desde los mercados de bienes hasta los movimientos financieros, está globalizado a tal nivel que el estado global, con capacidades militares globales, se ha convertido en una necesidad objetiva del propio sistema.” (Ahmad, 2005: 77) Midiéndose también con la “lógica” de circulación capitalista, pone de manifiesto que el desarrollo desigual y combinado no necesita que queden zonas “no capitalistas”. En la actualidad, los países pueden definirse cada vez más como zonas industriales avanzadas y atrasadas. En cuanto al plano militar, nuestro autor resalta el poderío de Estados Unidos que se encuentra muy por encima de toda Europa, cuestión que le permite tener una gran influencia en la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte). Promediando su trabajo, Ahmad llama la atención sobre la importancia del estudio del colonialismo, temática que debería ser incorporada en los análisis sobre el imperialismo antes que mantener la idea de “rivalidad inter-imperialista”. Aunque este tema escapa a los límites de nuestra elaboración, queremos decir que el autor realiza cuatro observaciones que ponen de manifiesto los distintos tipos de colonizaciones que ha habido y la sincronía entre ellas. En la misma línea explica la forma de actuar de un imperio “formal” (colonial) e “informal” (descolonizado) y cómo cada imperialismo ha combinado de manera diferente su modo de dominación.

            El análisis sobre las crisis del capitalismo durante el siglo XX demuestra una suerte de inestabilidad de la forma de producción y su lógica expansiva. La crisis de 1870 aceleró la rivalidad inter-imperial y llevó a la Primera Guerra Mundial y a la Revolución Rusa mientras que la Crisis del ’30 revirtió esta situación. Por otro lado, la salida neoliberal a la crisis del ’70 produjo un proceso de expansión y aceleración de la globalización capitalista. Leo Panitch y Sam Gindin (2005) plantean que este devenir errático demuestra que el proceso de la globalización no es inevitable ni imposible de sostener.

            Nos gustaría agrupar las críticas que estos autores le realizan a las “teorías clásicas” en cuatro ítems: 1) las teorías clásicas eran defectuosas en su lectura histórica del imperialismo, en su tratamiento de la dinámica de acumulación del capital y en su tendencia a elevar un momento coyuntural de rivalidad inter-imperial al rango de una ley inmutable de globalización capitalista. De esta manera, existiría un equívoco de parte de los teóricos clásicos al tomar las crisis y fases económicas para explicar el imperialismo. Por otro lado, la exportación de capitales no tendría su explicación en una suerte de sobreacumulación o caída en la tasa de ganancia sino en la aceleración de las presiones competitivas y las estrategias de los capitalismos en desarrollo. 2) Fracasaron en aprehender adecuadamente las dimensiones espaciales de esta internacionalización. No podría afirmarse que sólo había una expansión de capital hacia el exterior –ya que la periferia no habría estado en condiciones de recepcionar semejante flujo de divisas- sino que existió una gran profundización de inversiones a nivel local. 3) Lejos de ser la fase superior del capitalismo, lo que estos teóricos estaban observando era una fase relativamente temprana del capitalismo. 4) El aspecto más defectuoso de estas teorías era su visión reduccionista e instrumentalista del Estado. (Panitch y Gindin, 2005: 25-26)

            Para P&G se necesitaría una teoría del Estado que superara una mirada tradicional del marxismo que opone “mercado” a “Estado” siendo que los Estados –ya desde el siglo XIX y el “libre comercio”- son los que en la actualidad hacen posible y ponen a funcionar el “libre-mercado” globalizado. Existen diferencias también entre las formas de funcionamiento de un imperio formal y uno informal. “El imperio informal requiere que la penetración económica y cultural de otros estados sea sostenida por la coordinación política y militar con otros gobiernos independientes. El principal factor que determinó el cambio hacia la extensión de imperios formales luego de 1880 no fue la insuficiencia de las relaciones británicas con su propio imperio informal, ni el surgimiento de la fase monopólica o ‘financiera’ del capital, sino más bien la incapacidad británica para incorporar a las nuevas potencias capitalistas como Alemania, EUA y Japón dentro del imperialismo de libre comercio.” (Idem: 28)

            La crisis de mediados de 2008 en Wall Street y la explosión de la “burbuja inmobiliaria” le ha dado a la cuestión financiera un arraigo material que no tenía en tiempos anteriores. La cantidad de homeless que ocuparon las plazas de EEUU y el aumento de los suicidios en España por la dificultad de las personas a la hora de pagar las hipotecas de casas y departamentos dibuja un paisaje real y concreto de la barbarie capitalista en su fase “neoliberal hiperfinanciera”. Así ingresamos a una de las tres novedades –con respecto a las teorías clásicas- que Atilio Boron planteaba en el 2006 y que, en este proceso trágico que vivimos a nivel mundial, la crisis mencionada pone nuevamente sobre la mesa. Boron ya hablaba de la hipertrofia del sistema financiero internacional: “El volumen actual de la circulación del capital financiero internacional, especulativo en más del 90%, se ubica en los 3 billones de dólares diarios, es decir 3 millones de millones de dólares por día, una cifra superior a la que arroja el comercio de bienes y servicios a nivel mundial en un año”. La segunda novedad es el hecho de que Estados Unidos se convirtió en la potencia integradora del capitalismo a nivel mundial. Luego de la caída de la URSS (1992) y el campo socialista la “hegemonía” norteamericana fue en aumento. “El papel único e indispensable que EEUU ha adquirido se relacionó íntimamente con su condición de única superpotencia militar del planeta, cuyo gasto en armamentos equivale prácticamente al del resto de las naciones en su conjunto. EEUU ha desplegado poco más de 750 bases y misiones militares en 128 países, una máquina de guerra sin parangón en la historia de la humanidad, y bastión final para la defensa del sistema imperialista mundial.” (Boron, 2006: 481-482 respectivamente) Seis años después, en su último libro titulado “América Latina en la geopolítica del imperialismo”, nuestro autor nos dice: “Cálculos muy precisos publicados por el periódico digital TomDispach concluyen que al día de hoy Estados Unidos posee más de mil bases militares en más de 130 países del globo, y que su presupuesto anual en gastos militares ha superado por primera vez, con la aprobación del premio nobel de la paz Barack Obama, la barrera del billón de dólares (un millón de millones de dólares)” (p. 48) La tercera novedad tiene que ver con la existencia de nuevos instrumentos de dominación imperial que no existían a comienzos del siglo XX: por un lado, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) constituyen y determinan buena parte de la política económica a nivel mundial; y, por el otro, el papel preponderante que Estados Unidos tiene en el desarrollo de la industria cultural mundial y la posibilidad de hacer viajar sus ideas por todo el globo: “cerca de las tres cuartas partes de las imágenes que circulan por el planeta son producidas en EEUU, proyectando de este modo una imagen propagandística, y falsa hasta la médula, del sistema y de sus supuestamente ilimitadas capacidades para satisfacer todas las aspiraciones materiales y espirituales de la humanidad. Las consecuencias políticas de esta realidad son profundas y de larga vida.” (Boron, 2006: 483) En este mismo sentido se dirige el comentario de Ahmad: “La única literatura latinoamericana que llega a las librerías de Delhi es aquella que ha sido traducida, comentada y publicada en EUA” (Ahmad, 2005: 91)

            Atilio Boron (2006) defiende los lineamientos generales de los autores clásicos del imperialismo en la medida en que observa que aún existe la concentración del capital, el abrumador predominio de los monopolios, una gran relevancia del capital financiero, la exportación de capitales y el reparto del mundo dentro de las imposiciones imperiales. A esto hay que agregarle que la globalización, lejos de constituir una suerte de “sector de competencia entre iguales”, consolidó la dominación imperialista y disminuyó la soberanía económica de los capitalismos periféricos.

 

B1) Sobre el término “imperialismo”[3]                 

            Si es cierto que “la ideología dominante de una época es la ideología de la clase dominante” entonces podemos decir que el término “imperialismo” ha sufrido los mismos vaivenes que otros conceptos tales como “nación”, “pueblo” o “patria”. Dependiendo de la clase dominante en cuestión, buena parte de las palabras más caras a diversas tradiciones serán formuladas y reformuladas para que dicha clase pueda imponer su mirada como si fuera la posición de la totalidad de las clases subalternas.

            Para John Bellamy Foster (2006) el concepto de “imperialismo” fue excluido durante todo el siglo XX de los discursos políticos aceptados en los círculos dominantes. Luego del atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001 y la “guerra contra el terrorismo” lanzada por George Bush Jr. el término “imperialismo” y “neoimperialismo” ganaron las páginas de The New York Times y Foreing Affairs recuperando el contenido que esta expresión había tenido a comienzos del siglo XIX; o sea un “imperialismo bueno”, el encargado de llevar adelante “la gran misión civilizadora”, etc. Atilio Boron (2012) compara esta redefinición con las palabras de Sir Cecil J. Rhodes -en la Inglaterra victoriana- que indicaba “la pesada responsabilidad del hombre blanco” de llevar al África negra la civilización, el amor por la justicia, la democracia, la libertad y, de paso, la propiedad privada. En este sentido, la impostura de la colonización británica se convirtió en impostura de la neocolonización neoliberal estadounidense.

            Foster recupera dos trabajos de Harry Magdoff: The Age of Imperialism (1969) e Imperialism: From the Colonial Age to the Present (1978). Del primer libro resalta el hecho de que se convirtió en el más influyente de la época a la hora de contrarrestar la “construcción” de la política exterior de Estados Unidos en la Guerra de Vietnam. “Este autor –dice Foster- ponía el acento sobre el flujo de inversiones externas directas en el extranjero y su efecto en la generación de un flujo de ganancias” (Foster, 2006: 451), contradiciendo la teoría sobre una economía norteamericana supuestamente “aislacionista”. En relación con el segundo libro, Magdoff planteaba que el capitalismo había sido un sistema mundial desde el comienzo y que el imperialismo al igual que la búsqueda de ganancias era parte constitutiva de su lógica interna. “La eliminación del imperialismo –concluía Magdoff- requiere el derrocamiento del capitalismo” (Magdoff, 1978 citado en Foster, 2006: 453).

            La operación que se hizo sobre el concepto “imperialismo” fue tratarlo como puramente ideológico. Así, el “imperialismo económico” fue marginado del imperialismo político, cultural, etc. Foster, Boron, Panitch y Gindin refieren al ensayo de Prabhat Patniak Whatever happened to Imperialism? (1990) en donde se “denuncia” la ausencia del imperialismo en los análisis de izquierda en Estados Unidos y Europa. El término había desaparecido de la prensa, la literatura y los discursos de socialistas y comunistas. “En la visión de Patniak más que un ‘silencio teórico auto-consciente’, el ‘hecho mismo de que el imperialismo se ha vuelto tan apto para ‘manejar’ cualquier desafío potencial a su hegemonía nos ha vuelto indiferentes a su ‘omnipresencia’.” (Panitch y Gindin, 2005: 21) Foster nos dice que era realmente llamativo que esto sucediera cuando se estaban llevando adelante intervenciones militares norteamericanas en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Granada y Panamá. Boron, en el mismo sentido, indica lo paradójico de esta “ausencia” justo cuando la dependencia externa de América Latina y la erosión de sus Estados nacionales se hacía más profunda.

            Una serie de acontecimientos (las luchas contra la globalización, las nuevas guerras balcánicas y el 11-S) plantea dos posiciones en torno al imperialismo: por un lado los intelectuales de las clases dominantes se apropiaron de la expresión para darle más brillo y, por el otro, los pensadores post-marxistas y ex radicales criticaron duramente la utilización del término en el sentido clásico marxista. “Al mismo tiempo en que la noción de una ‘Era del Imperialismo’ estaba siendo criticada por la izquierda norteamericana –dice Foster-, los comentaristas del sistema y las figuras políticas estaban alabando la nueva era del imperialismo liderada por EEUU.” (Foster, 2006: 455) La conclusión a la que llega este autor es que mientras el mainstream norteamericano aclama el “supuesto imperialismo” (o sea el “imperialismo bueno”) a la izquierda de EEUU no se le permitía tocar el tema desde una crítica de su política exterior.

            “El fin de la Historia y el último hombre” de Francis Fukuyama en la década del ’90 causó el mismo revuelo que “Imperio” de Michael Hardt y Antonio Negri en el 2000. Ambos trabajos tuvieron una amplia difusión y han sido duramente fustigados por el pensamiento crítico. Nos gustaría simplemente dejar señalado el tema a partir de la crítica que realiza Atilio Boron en el texto “La cuestión del imperialismo” (2006) que venimos utilizando en nuestra elaboración.[4]

            La tesis central de la obra de Hardt y Negri consistiría en que el surgimiento del Imperio indicaba el fin del imperialismo. Para estos autores, el imperialismo estaría directamente relacionado con el nacionalismo; y como para ellos los Estados-nación han llegado a su fin lo mismo ocurriría con el ciclo imperialista. “Se verifica, debido a lo anterior, el tránsito hacia una nueva lógica global de dominio, el Imperio, una estructura desterritorializada, etérea y descentrada, paradojalmente traída al mundo por la dinámica incesante de su propia negación, la multitud.” (Boron, 2006: 476)

            Un error importante que cometerían en su análisis sería no sólo descartar a los teóricos clásicos del imperialismo sino echar mano a una serie de autores que se encuentran en las antípodas del pensamiento crítico. “Lo que no entienden Hardt y Negri, y muchos otros que, al igual que ellos, son tributarios del pensamiento burgués sobre la globalización, es que más allá de estos cambios el imperialismo no se ha transformado en su contrario, como nos propone la mistificación neoliberal, dando lugar a una economía ‘global’ donde todos somos ‘independientes’.” (Idem: 485-486) Para fundamentar esta posición Boron plantea que las premisas más importantes de la caracterización de principios del siglo XX siguen vigentes y, por eso mismo, no pueden ser ignoradas en un análisis de estas temáticas. También se le reclama a H&N que no tienen en cuenta que aún son el FMI, el BM y la OMC quienes manejan el flujo de la economía.

            Otra de las críticas que se le realiza a “Imperio” tiene que ver con una concepción equivocada del Estado y la soberanía. Las empresas transnacionales habrían superado la jurisdicción de los Estados y, en la misma lógica, ellas mismas no tendrían ningún anclaje nacional al cual remitirse. A esta tesis Boron le antepone que “el 96% de las doscientas megacorporaciones que prevalecen en los mercados mundiales tienen sus casas matrices en ocho países del mundo desarrollado, están legalmente inscriptas en los registros de sociedades anónimas de esos mismos ocho países, se encuentran adecuadamente protegidas por las leyes y los jueces de ‘sus estados’ de origen, y sus directorios tienen su sede en esos mismos ocho países del capitalismo metropolitano.” (Idem: 488) Por esto mismo se puede concluir que los Estados-nación siguen siendo claves en la economía mundial.

            Ya en la década del ’90 la hegemonía norteamericana comenzó a tener sus complicaciones. El levantamiento zapatista de 1994, las manifestaciones de Seattle en 1999 y la organización del Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2001 fueron algunos de los llamados de atención para el proyecto neoliberal. En América Latina los movimientos sociales comenzaban a organizar alternativas que luego se verían plasmadas en gobiernos como el de Venezuela, Ecuador y Bolivia que constituyen el actual eje del “Socialismo del siglo XXI”. En el mismo sentido, pero de una manera mucho más moderada, Argentina, Brasil y Uruguay constituirían gobiernos progresistas en la región. La construcción de organizaciones políticas y económicas de integración regional le ha dado una mayor fortaleza a América Latina -amén de los constantes planes imperialistas de dominación económica, política, militar y cultural. Organizaciones como la ALBA-TCP (2004), Petrocaribe (2005), UNASUR (2008), CELAC (2011) y MERCOSUR (1994 – durante muchos años fue una articulación de empresarios con proyectos neoliberales para la región. Esto ha cambiado en los últimos años) constituyen herramientas importantes a la hora de afianzar el proceso de integración regional. Así mismo –y asumiendo como propia la tesis central de Boron (2012) sobre el hecho de que América Latina es la región más importante del mundo para Estados Unidos desde el punto de vista geoestratégico, económico (bienes naturales y comunes) y militar- hay que tener presente los proyectos, tratados comerciales y organismos que actualmente se desarrollan en nuestra región; sin ánimo de exhaustividad, nos referimos al Plan Colombia (1999), el Plan Puebla-Panamá (2001), la Iniciativa Mérida (2006 –iniciativa continuadora del PPP), el TLCAN firmado con México (1994), los TLCs (Tratados de Libre Comercio) firmados con muchos países latinoamericanos, el proyecto IIRSA (2000), los TBPI (Tratados Bilaterales de Protección de Inversiones) y la Alianza Pacífico (2012).

            Lo cierto es que, ya entrados en el siglo XXI, Estados Unidos no puede mantener la postura del “imperialismo bueno”. Teniendo en cuenta la crisis profunda por la que está pasando, en particular en el plano económico y político a nivel global, la violencia se hace cada vez más profunda mostrando así su propia fisonomía: un imperialismo bárbaro de base capitalista en su fase neoliberal globalizada. En este punto queremos retomar un extenso párrafo que da cuenta de lo que venimos diciendo: “basta recordar antecedentes tales como la reactivación de la IV Flota; el enjambre de bases militares instaladas en América Latina; el desembozado apoyo a tentativas secesionistas y golpistas en Bolivia y Ecuador en 2008 y 2010 respectivamente; el golpe militar en Honduras en 2009 y (…) el golpe de estado “constitucional” en Paraguay en Junio de 2012; la intensificación del bloqueo integral en contra de Cuba y las permanentes amenazas y provocaciones de Washington contra Venezuela, Ecuador y Bolivia; los asesinatos selectivos de científicos nucleares iraníes y la imparable escalada de sanciones y agresiones en contra de Irán; la complicidad ante la genocida carnicería practicada por Israel en la Franja de Gaza y, más generalmente, contra los palestinos; el martirio interminable de Irak; la redoblada presencia militar norteamericana en Afganistán y la nueva ‘intervención humanitaria’ en Libia, bajo el paraguas de la OTAN, en medio de las imparables revueltas que conmueve al mundo árabe…” (Boron, 2012: 19). A esto habría que agregarle el apoyo que EEUU le está brindando a la “oposición” siria, la descarada injerencia en las últimas elecciones presidenciales realizadas en Venezuela (nos referimos al no reconocimiento por parte de Washington de Nicolás Maduro como nuevo presidente), el apoyo a Seúl ante su conflicto con Corea del Norte llevando al mundo al límite de una nueva guerra,  las recientes denuncias de espionaje interno y mundial que el imperialismo norteamericano realiza ¡a su propio pueblo! y, por supuesto, al resto de los pueblos y gobiernos del mundo; y la afrenta que sufriera el Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia Evo Morales –el 2 de julio de 2013- al ser privado del acceso a sobrevolar el cielo de Italia, Francia, España y Portugal a instancias de la presión imperial que, en esta acción, violó el Derecho Internacional y la soberanía de Bolivia a un mismo tiempo.

  1. C) ¿Se trata de cuidar la vida?

            Todos los Imperios han tenido (o inventado) a sus enemigos como una forma de mantener un dominio sobre sus ámbitos de influencia. El imperialismo norteamericano tuvo como enemigos a los comunistas, luego a los nacionalismos libertarios del Tercer Mundo y, después del 11-S, a los terroristas. Aunque el terrorismo fundamentalista es un tipo de acción reprochable desde todos los puntos de vista, vale la pena hacerse algunas preguntas para conocer –si verdaderamente queremos cuidar la vida en nuestro planeta- quiénes son los verdaderos “enemigos” de las formas de vida en nuestro entorno natural. ¿Es el “terrorismo fundamentalista” culpable de las 100.000 muertes por día de hombres y mujeres que fallecen víctimas de enfermedades perfectamente curables o por inanición? ¿Puede Al Qaeda generar 1.020 millones de desnutridos crónicos, 2.000 millones de personas sin acceso a medicamentos, 884 millones de seres humanos sin acceso al agua potable, 924 millones de hombres y mujeres sin viviendas dignas, 1.600 millones de habitantes del Planeta Tierra sin electricidad, 2.500 millones de personas sin sistemas de drenajes o cloacas y 774 millones de analfabetos?[5] La respuesta es una: NO, no puede. La situación catastrófica de un mundo cada vez más desigual que provoca grandes sufrimientos está en la lógica misma del capitalismo en su fase neoliberal. Su alto nivel de inconsciencia sistémica genera una brutal depredación del ser humano y el medioambiente cuestión que ha llevado a muchos especialistas a afirmar que existe 50% de posibilidades de que la especie humana no supere el siglo XXI.

            Si se trata de cuidar la vida, y aunque el párrafo anterior es suficientemente dramático, no está mal tener en cuenta lo que nos dice la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre las principales causas de muerte: la diabetes y los accidentes de tránsito son las principales causas de mortalidad. También lo son las enfermedades del corazón y sistema respiratorio, derrame cerebral, diarrea, VIH/SIDA y cáncer.[6]

Lo que queremos dejar planteado es la manipulación y el chantaje que EEUU realiza con el “terrorismo fundamentalista” (como antaño lo hiciera con “el fantasma del comunismo”). También decimos que el capitalismo ha demostrado que realmente no trata de cuidar la vida sino la tasa de ganancia que acrecienta a través de sus negocios. Más allá de las críticas que se le puede hacer a las “Leyes Antiterroristas” que funcionan en algunos países latinoamericanos, hay grandes posibilidades de que un buen sistema de salud, una cada vez mejor alimentación y masivos cursos de educación vial puedan prevenir una mayor cantidad de enfermedades, accidentes y muertes que las que puede ocasionar el accionar terrorista.[7]

  1. D) Conclusiones

            Adherimos plenamente a la importancia que las teorías clásicas del imperialismo aún tienen a la hora de analizar el momento actual del Imperio norteamericano. La existencia de monopolios de envergaduras crecientes, la financiarización de la economía y la violencia unipolar son elementos que, lejos de desaparecer, parecen profundizar cada vez más las desigualdades de nuestro mundo. Hay la necesidad de que las interpretaciones que analicen el capitalismo en su fase neoliberal y el imperialismo sean cada vez más populares y logren habilitar una discusión sobre el significado del accionar de las empresas transnacionales, la concentración bancaria y las formas de trabajo que se derivan de este sistema alienante.

            Creemos necesario estar muy atentos a la organización que se dan los pueblos que buscan su emancipación en las distintas modalidades que podemos distinguir: organizaciones sociales, movimientos sociales libertarios, “gobierno de los movimientos sociales” (como es el caso de Bolivia), gobiernos progresistas de izquierda, el “Socialismo del siglo XXI”, el “socialismo comunitario”, experiencias de comercio e intercambio justo entre los hombres, las herramientas que puedan generar la ALBA-TCP o la UNASUR para reforzar el intercambio cultural y comercial en América Latina, el Banco del Sur como una entidad que no busque la usura capitalista sino la financiación de proyectos que beneficien verdaderamente a los pueblos, el proyecto del “Gasoducto del Sur” como una manera de evitar las crisis energéticas y toda propuesta que tenga en claro que la única manera de salir de esta crisis mundial (por primera vez realmente “mundial”) es sobre la base de un proyecto post-capitalista. Lo mejor de la tradición de izquierda del siglo XX más todas las innovaciones democráticas y justas que se vayan tejiendo en este siglo XXI son la esperanza que nace en nuestro presente y se proyecta en el horizonte.

Bibliografía y publicaciones

Ahmad, Aijaz (2005); “Imperialismo de nuestro tiempo” en publicación: Socialist Register 2004. CLACSO, Argentina.

Boron, Atilio (2012); América Latina en la geopolítica del imperialismo, Luxemburg, Buenos Aires.

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Foster, John Bellamy (2006); “El redescubrimiento del imperialismo”. En Boron, Atilio; Amadeo, Javier y González, Sabrina. La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas. Colección Campus Virtual, CLACSO, Buenos Aires, Argentina.

Lenin (primera edición 1916); “El imperialismo, fase superior del capitalismo” (versión digital en PDF)

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Rusia Today, “¿Cuáles son las principales causas de muertes en el mundo contemporáneo?” Disponible en web: http://actualidad.rt.com/sociedad/view/100880-oms-causas-muerte-enfermedades (23/7/2013)

[1] Monografía presentada en el curso “La coyuntura geopolítica en América Latina” (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia, Centro Cultural de la Cooperación) en agosto de 2013.

[2] El presente documento ha sido enviado para su publicación por un lector de Marxismo & Revolución. Los contenidos políticos y teóricos aquí desarrollados no necesariamente coinciden con el punto de vista del Comité Editorial de Marxismo & Revolución.

[3] Hemos utilizado las palabras “término”, “expresión” y “concepto” indistintamente para referirnos a “imperialismo”. Creemos que los autores no siempre la usan de la misma manera y, en nuestra reciente aproximación a esta temática, nosotros mismos no podríamos captar con precisión la diferencia en su utilización.

[4] Aclaramos que no nos referimos al libro “Imperio e imperialismo” (2004) que el sociólogo y politólogo argentino le dedicara al análisis y crítica de “Imperio”.

[5] Ver de Atilio Boron “Sepa lo que es el capitalismo”.

[6] Ver Rusia Today, “¿Cuáles son las principales causas de muertes en el mundo contemporáneo?” (23/7/2013)

[7] Esto lo decimos con absoluto respeto por todas las víctimas del terrorismo fundamentalista a nivel mundial y en particular con profunda solidaridad con los familiares y amigos de los fallecidos en los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA en la Argentina.

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