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La mirada del espíritu, el esclavo y el ángel. Apuntes para un concepto de violencia en América Latina

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La mirada del espíritu, el esclavo y el ángel. Apuntes para un concepto de violencia en América Latina

Por Carlos F. Lincopi Bruch

Apuntes preliminares

            El presente trabajo tiene por objeto presentar elementos que permitan desarrollar una perspectiva conceptual de la historia, la cual irá de la mano de una reflexión sobre la violencia, en momentos, no se sabe si se habla de la historia o la violencia, a menudo parecen un mismo concepto. La razón de ello estriba en que escribimos desde América Latina. Lo que vamos a realizar es contrastar y presentar diversos momentos del pensamiento filosófico representados en la tríada Hegel, Fanon y Benjamin. Para nosotros, desarrollar un concepto de historia significa ubicarse en la oscuridad del tiempo y del espacio. La razón es más o menos sencilla, en definitiva, vivimos en las entrañas de la modernidad. Nuestro cuerpo se encuentra rodeado por las más crudas determinaciones de la violencia. Pensamos la historia, desde la filosofía, desde América Latina, desde un ser para otro. Esclarecer un concepto de historia significa observar la irracionalidad de la modernidad, es decir, aquel aspecto “oculto”, pero “esencial”, del mundo que habitamos. Sostenemos, por tanto, que presentar un concepto de historia significar pensar, en la actualidad, en la modernidad capitalista, la violencia desnuda, cruda, en sí.

Advertimos que no es fácil escribir estas líneas, desde nuestro ser mapuche, puesto que habitamos en las tinieblas de la modernidad. Realizar un comentario sobre la historia y la violencia es, para nosotros, algo tan común, tan cotidiano y tan espeluznante. Hablaremos de la violencia, entonces, no solo en un sentido conceptual –como nos gusta – sino que abordaremos episodios que tienen un fuerte componente autobiográfico, en primera persona a menudo, no por egolatría de quien escribe, sino por sinceridad intelectual (no podríamos abordar el ensayo de otra forma, sería completamente hipócrita). Al comenzar este trabajo, pensábamos en la pertinencia de escoger un “caso” que sirviera como objeto de análisis y no encontrábamos satisfacción en las novelas, obras de teatro, poemas, pues aunque hay representaciones estéticas muy buenas, la violencia tiene algo de irrepresentable. Probablemente sea la única entidad en el mundo irrepresentable conceptualmente, toda palabra, toda obra de arte, no logra dar cuenta de la verdadera y auténtica violencia, la violencia real. Los filósofos siempre hemos sospechado de la “certeza sensible” (aquella que se desarrolla a partir de nuestros sentidos inmediatos) y hemos superado la barrera de los sentidos. Sin embargo, la violencia no puede entenderse más que a partir de la violencia misma y, por tanto, precisamente, a través de esa certeza sensible. Por ejemplo, el espectador de las noticias observa cotidianamente hechos de violencia, es parte de un hábito, es su costumbre, la violencia fenoménica a la cual accede vía “televisor” no le afecta, de hecho, le divierte. Por detrás de la apariencia fenoménica, presentada y representada por el noticiero, encontramos la esencia, la violencia real que solo es sentida y comprendida, realmente, por aquellos que sufren la violencia y, la comprenden precisamente en el momento –en ese instante de peligro en el cual todo puede acabar – bajo la oleada de misiles que caen sobre el techo o en cualquier otro acontecimiento en el cual la violencia se presenta como portadora de cierta soberanía sobre “cuerpo y alma” de las personas que habitan un territorio, una nación, una clase, un grupo. Por esta razón, probablemente el texto de Frantz Fanon Los condenados de la tierra sea tan impactante. El libro es redactado por un militante revolucionario que ha observado la violencia desnuda, es un texto, un documento, una obra maestra, escrita –siguiendo la terminología de Walter Benjamin– en ese instante de peligro en el cual todo puede acabar. Fanon deja una huella de su vida, precisamente, en su escritura. Ensayaremos, pues, con las dificultades propias del ente abordado, un concepto de historia – lo cual implica, al parecer, un concepto de violencia –.

La mirada del espíritu. Hegel y el Nuevo Mundo

            G.W.F. Hegel en sus Lecciones sobre filosofía de la historia universal desarrolla una argumentación orientada a fundamentar un concepto de historia universal. En estas lecciones, Hegel aborda brevemente sus consideraciones acerca de América a la cual llama “Nuevo Mundo”. Para Hegel, considerar la historia desde una perspectiva universal, no quiere decir pensar lo universal abstractamente, sino concreta y presente.[1] Para él, pensar la historia universal significa abordar el “espíritu, eternamente en sí, y para quien no existe ningún pasado[2]. Este elemento contrasta radicalmente con la concepción de Benjamin que desarrollaremos más adelante, en el sentido de que para Walter Benjamin el pasado juega un rol central, sostiene: “…el pasado lleva consigo un secreto índice, por el cual es remitido a la redención.”[3] Este punto lo vamos a desarrollar detenidamente más adelante. Por ahora, podemos visibilizar en Hegel la primacía de un orden temporal: el tiempo presente.[4] De hecho, este punto es abordado con mayor claridad en la Fenomenología del espíritu, en la cual Hegel sostiene que, el espíritu solo puede nacer en el encuentro – violento – entre autoconciencias, pues la satisfacción del deseo de una autoconciencia solo puede lograrse en otra autoconciencia.[5] Es en ese encuentro donde “está presente ya para nosotros el concepto de espíritu”[6], y orienta el punto en el cual la conciencia “se aparta del más acá sensible y de la noche vacía del más allá suprasensible, para marchar hacia el día espiritual del presente”. En este sentido, el concepto de “espíritu” en Hegel denota cierta temporalidad cargada de presente, de actualidad. Ese encuentro del yo con el otro, en la cual pareciera ser que inicia la historia de la humanidad, no es pacífico, más bien, todo lo contrario. Ese encuentro de entidades autoconscientes es absolutamente violento, es el inicio de la guerra, de la violencia radical por la sujeción del otro, el deseo de reconocimiento – en el otro – provoca una “lucha a vida o muerte”.[7] En este punto no hay comunidad, no hay desarrollo del espíritu en su verdad, no hay unidad del “yo en el nosotros” y del “nosotros en el yo” es el Bellum omnium contra omnes.

            En Lecciones sobre la filosofía de la historia universal Hegel desarrolla las relaciones entre el espíritu y la naturaleza, así como las condiciones de posibilidad para el surgimiento del primero. Aprehender estos elementos será vital para entender su visión sobre América – y sobre América del Sur en particular –. Veamos.

            Un primer elemento, dice relación con el suelo, la tierra. Para Hegel el espíritu al ingresar al plano de la existencia, tiene el suelo como base esencial y necesaria. En ese momento, el espíritu ingresa a la infinitud y, con ello, a la esfera de la naturaleza.[8] Hegel sostiene que existe un nivel de correlación entre el nivel espiritual y el natural. Este último, la existencia natural, contiene dos aspectos importantes: 1) voluntad natural del pueblo, y; 2) la naturaleza exterior particular.[9]  Abordar el elemento natural significa, entre otras cosas, abordar el contexto geográfico de una nación, decíamos, el suelo. El humano, desde la argumentación hegeliana, en la medida que no es libre, es un ser sensible. Entendemos aquí la “sensibilidad” del ser, como aquella primera figura que da vida a la experiencia de la conciencia, el estadio más primitivo del espíritu –algo así como un “pre-espíritu” – cuya determinación es, precisamente, lo sensible. Esa sensibilidad se encuentra con su contenido geográfico, el mundo que rodea a la conciencia, como una conciencia meramente de lo otro, del mundo objetual, mas aún no hay conciencia de sí en tal mundo –por eso es un ser “sensible” antes que “libre” o autoconsciente –. Es el mundo tal y como se la presenta a la conciencia en su sensibilidad –en sus sentidos –, es la primera determinación sobre la cual la conciencia va a desarrollar su experiencia, por eso, sostenemos, que Hegel plantea: “No nos proponemos conocer el suelo como un local externo, sino el tipo natural de la localidad, que corresponde exactamente al tipo y al carácter del pueblo, hijo de tal suelo.”[10] Hegel aclara que esto es una primera determinación y que “no debiésemos admitir una relación de dependencia, de tal modo que el carácter de los pueblos fuese formado por las condiciones naturales del suelo”. El estadio de ser sensible sería algo así como un niño que alberga en sí las condiciones de posibilidad para forjarse en hombre, y por tanto, en un ser libre.[11] Finalmente, tenemos que el suelo, en tanto mundo que rodea a la conciencia, es una determinación del ser sensible. Quizás, hay entidades en el mundo “condenadas a la tierra”, al “suelo”, quizás hay “gente de la tierra” (mapuche). No deja de ser notable el elemento que visualiza Hegel en este estadio en el cual comienza a forjarse el espíritu de un pueblo, de una nación, aquel lugar en el cual, sencillamente, se nace.

            El segundo elemento a considerar, por Hegel, es el clima. Aunque sostiene que no es un elemento “determinante”, considera que ni las zonas cálidas ni las zonas frías son “suelo abonado para la libertad de los hombres”.[12] El argumento es más o menos así, existen zonas sobre las cuales la libertad del hombre puede desarrollarse más fácilmente que en otras, aunque en la zonas cálidas y frías, en la cual la naturaleza es demasiado poderosa, si bien no es imposible que la conciencia supere su estadio puramente sensible en aras a adquirir su libertad, es al menos, difícil.[13] La naturaleza, en ningún caso, debe considerarse como una entidad tal que es más fuerte que el espíritu.[14] Hegel subraya, siguiendo a Aristóteles, que es preciso satisfacer la premura de la necesidad, para luego elevarse a los fines más elevados, precisamente, a la libertad, a la cultura más elevada.[15] Es curioso que Walter Benjamin en su tesis IV sobre el concepto de historia, iniciara con un pasaje de Hegel: “…Afanaos primeramente por la comida y la vestimenta, y el Reino de Dios os llegará de suyo…”[16], también Marx pensaba algo similar cuando sostenía que: “…El hombre necesitado, cargado de preocupaciones, no aprecia el espectáculo más hermoso…”[17]. Las consideraciones de Hegel, pues, no son algo extraño en la historia de la filosofía, nosotros también consideramos la satisfacción de la apetencia natural como un elemento central para el desenvolvimiento de los pueblos para llegar a un “nivel cultural más elevado”. Volvamos a Hegel. Siguiendo su orientación argumentativa, será la zona templada la que “ha de ofrecer el teatro para el drama de la historia universal” y dentro de esa zona, la mejor es la parte septentrional, es decir, el Norte.[18] Nos permitiremos citar a Hegel para mejor comprensión del argumento: “…mientras en el Norte la tierra se desarrolla a lo ancho, en cambio, hacia el Sur, se escinde y deshace en varias puntas afiladas, como son América, Asia y África…así, en el aspecto botánico y zoológico, la zona septentrional es la más importante…”.[19] Para Hegel, el lugar de la historia universal, no es otro que su Europa. Mientras que en el Sur, en nuestra América: “…La violencia de los elementos es demasiado grande, para que el hombre pueda vencerlos en la lucha y adquirir poderío bastante para afirmar su libertad espiritual frente al poder de la naturaleza.”[20]

            El tercer elemento refiere a las relaciones entre mar y tierra, las cuales pueden entenderse de la siguiente forma: 1) altiplanicies sin agua; 2) valles surcados por ríos, y; 3) litorales.[21] En las altiplanicies, básicamente, no existen condiciones para forjar un espíritu comunitario, no hay “relaciones jurídicas” y es el terreno propio del robo[22], del delito; los pueblos que viven en estas condiciones se encuentran en una guerra exterior constante, no observan su interioridad, su comunidad, su espíritu, el estadio del pueblo que habita el altiplano, en la mirada de Hegel, es un pueblo sumergido a un caos continuo de violencia radical. El caso del valle es diferente, pues: “El suelo es fértil, por el acarreo de tierras; el terreno debe su fertilidad a las corrientes que lo han formado. Aquí surgen los centros de cultura, que son independientes, pero no una independencia sin límites del primer elemento, sino con una diferenciación, que no se lanza al exterior, sino que se convierte en cultura interior”[23]. El tercer elemento es el litoral, el lugar de contacto, propiamente, de tierra y mar. El mar alienta, según Hegel las siguientes características en los pueblos: mirada hacia lo infinito, ánimo de trascendencia, a la valentía, a la conquista, la ganancia, el perder el miedo a perder la muerte y, por tanto, alienta en el individuo una conciencia de mayor libertad. El mar invita a perder el miedo a la muerte, como en la dialéctica de señorío y servidumbre, y engendra un espíritu peculiar. Es en el litoral, el lugar en el cual se forjarán los Estado más elevados.[24]

            Hasta este momento, el Norte es lo más elevado espiritualmente, mientras que el Sur, parece más cercano a un estadio primitivo, a un estadio “natural” de “ser sensible”. La violencia es ejercida por el entorno natural, geográfico y climático, pero así mismo, la naturaleza violencia del entorno, se expresa en cierto carácter del pueblo, es violento, no tiene forjado un espíritu (según Hegel), tampoco regulación jurídica, parece ser, hasta aquí, que el Sur posee en sí la concentración de múltiples determinaciones que dan vida a una violencia radical, en estado “puro”.

            Luego de abordar los elementos generales, Hegel recién comenzará a desarrollar su “punto de vista” sobre el Nuevo Mundo, es decir, sobre nuestra América. A diferencia de Europa, como el lugar en el cual la humanidad es más libre[25], América del Sur es, un lugar en el cual se desarrolla una impotencia física y espiritual de los pueblos.[26] El Nuevo Mundo no se diferencia con respecto al Viejo Mundo en consideraciones superficiales o exteriores. La violencia del argumento de Hegel radica en que, la diferencia, es una división esencial.[27] El Nuevo Mundo “no es nuevo relativamente sino absolutamente”.[28] En nuestro Sur, a los ojos de Hegel, habitan unos cuerpos sin espíritu, carentes de cultura. De hecho, la poca cultura que había, era una cultura “natural” –primitiva– condenada a perecer al entrar en contacto con el verdadero espíritu –el europeo–.[29] El indígena es una entidad en el mundo que perece frente al “soplo del espíritu”[30]. Estos pasajes de Hegel ocultan una violencia radical: “…estos pueblos de débil cultura perecen cuando entran en contacto con pueblos de cultura superior y más intensa.” El indígena, según Hegel, es por su propia naturaleza, sumiso, humilde y servil, tanto con respecto al criollo, pero con aún más fuerza, con respecto al europeo.[31] Pero Hegel, debe continuar llevando su argumento al extremo: “la inferioridad de estos individuos se manifiesta en todo, incluso en la estatura.”[32] Lo curioso de esto, es que afirmaciones similares podemos encontrar en Friedrich Engels, en sus consideraciones sobre Argelia– más allá de todos sus sueños socialistas – sostenía que sus habitantes son: “…una raza tímida que ha conservado, no obstante, su crueldad y su carácter vindicativo, en tanto que su moral es muy baja”.[33] La moral europea, el orden ético-político (jurídico), se presenta como predestinación espiritual de los pueblos del mundo, como el orden moral, suficientemente elevado que toda la población mundial debe adoptar.

            Otro punto a considerar por Hegel son las diferencias entre Norteamérica y América del Sur. La primera, superior a la segunda. Existen diferencias políticas y religiosas, en sumo, diferencias teológico-políticas que marcan el carácter superior del orden espiritual del primero sobre el segundo, veamos. En Norteamérica, predomina el poder civil y la libertad, pero sobretodo, tiene la característica de ser una república protestante en la cual predomina la libertad religiosa. La religión protestante fomenta la confianza mutua entre los ciudadanos, condición básica para un buen comercio, la religiosidad es un ámbito que rige toda la vida, además el europeo que llega a Norteamérica no es un “conquistador”, sino un tierno trabajador esforzado e industrioso, claro, esto, según Hegel, según las locas y fantasiosas quimeras de Hegel.[34] En cambio, y en esto tiene razón, América del Sur es – lamentablemente – católica.  En el Sur, el poder no es ni civil ni sustentado en la “libertad”, es ante todo, un poder militar (la historia reciente de América Latina demuestra que en esto Hegel tiene razón). Además, entre católicos no puede existir confianza, sino la desconfianza, el orden  es absolutamente jerárquico, por eso, entre católicos “domina el poder violento y la sumisión voluntaria”. Veamos un caso. En algún momento de nuestra vida, escuchamos una tétrica historia ocurrida en El Salvador, en plena guerra civil. La historia es más o menos así, la guerrilla salvadoreña del FMLN tenía tantos adeptos y popularidad entre la población que el ejército burgués – el que detenta el imperio de la fuerza – guardaba cierta desconfianza hacia el conjunto del pueblo –primacía de la desconfianza–. En un lugar de alta popularidad del FMLN, el ejército, pensando que en cualquier lugar podría haber un guerrillero, tomó la decisión de aniquilar al conjunto de la población de una pequeña localidad, mataron a todo el pueblo, el principio de esa violencia radical, absoluta, era la desconfianza (cualquiera podía ser un guerrillero). De hecho, solo una mujer sobrevivió, fue ella quien posteriormente contó la historia al mundo. Escribir una historia a contrapelo, a lo Benjamin, en Nuestra América, es escribir la historia de la violencia.

            Realicemos un balance. América Latina, el Sur, concentra múltiples determinaciones, que la vuelven intrínsecamente violenta. De una parte, su geografía natural, poco apta para culturas elevadas, de otra, su determinación teológico-política, argumento que compartimos con Hegel, pues es cierto que el orden jerárquico católico es un orden donde prevalece la violencia hacia el interior de la comunidad. En el caso protestante, la espada no se utiliza entre cristianos, la violencia interna existe, pero es menor en relación al Estado católico, la violencia protestante, es sobre todo hacia afuera de la comunidad, hacia los extremos no-cristianos. La filosofía de Hegel es racista, sin dudas, pero contiene elementos verdaderos que nos ayudarán a determinar un concepto de “violencia” en América Latina.

            Un punto más, Hegel realiza un anuncio no menos interesante, pese a que no pretende hacerse cargo de su profecía: “América es el país del porvenir. En tiempos futuros se mostrará su importancia histórica, acaso en la lucha entre América del Norte y América del Sur…”[35] El día 9 de noviembre del 2016 triunfa en las elecciones Donald Trump, quien anuncia construir una muralla entre USA y México, en realidad, la muralla divide a América del Norte de América del Sur y a ésta de aquella. Hasta aquí la mirada del espíritu.

La mirada del esclavo. El caso de Frantz Fanon

            Hacer filosofía es siempre observar el mundo desde un punto de vista, la mirada del espíritu hegeliana, es una verdad europea, es la forma en la cual el Norte observa el Sur. Aclaremos una cosa, el argumento de Hegel no es falso, es europeo. Llegado a este punto nos interesa dar cuenta de la mirada del esclavo (Frantz Fanon).

            En el caso de Frantz Fanon, en Los condenados de la tierra, se realiza un relato y una argumentación en el instante de peligro, en el cual la comunidad argelina observa la disolución de sus formas políticas y con ello, la disolución de toda historia pasada, de todo ancestro. Decimos que Fanon da cuenta de la mirada del esclavo, pero no es aquí el esclavo hegeliano, sumiso, que se vuelve hombre por amor a la vida y que renuncia a la lucha. Es el esclavo, colonizado, en la modernidad capitalista, que ha tomado la decisión de luchar a muerte contra el colono. Esta decisión – de luchar – diferencia radicalmente al esclavo combatiente –insumiso- del esclavo hegeliano –sumiso-, y con ello se genera la posibilidad de otro “tránsito del espíritu”, se alberga en el combate otra modernidad posible – la cual no se ha desarrollado, pero que sobrevive periféricamente–. Hay, una esperanza, otro desenvolvimiento del espíritu, precisamente porque es otro espíritu, el espíritu de los oprimidos y en consecuencia, anuncia la posibilidad de un orden estético, ético y político, diferenciado del espíritu europeo.

Para Fanon, el proceso de liberación es violento, se haya determinado por una violencia radical.[36] Esa violencia, absoluta, radical, vuelve al esclavo, al sujeto colonizado que es puramente para otro – el colono –, en hombre, es decir, en y para sí, autoconciencia en su independencia y libertad, solamente a través del proceso de lucha de liberación, la cual es absolutamente violenta.[37] En Fanon, el mundo colonizado “es un mundo cortado en dos”[38], el argumento, no dista mucha de aquella afirmación hegeliana que observábamos más arriba sobre la división esencial entre Nuevo y Viejo Mundo. Fanon, da cuenta del mismo hecho que visualiza Hegel, pero desde otro punto de vista, desde el “otro lado de la moneda”. En Fanon, se observa que el mundo colonizado deposita cierta valoración moral (¿o inmoral?) sobre el sujeto colonizado, por ello: “…El indígena es declarado impermeable a la ética; ausencia de los valores, pero también negación de los valores. En este sentido, es el mal absoluto…capaz de desfigurar todo lo que se refiere a la estética o la moral, depositario de fuerzas maléficas, instrumento inconsciente e irrecuperable de fuerzas ciegas…”[39], la iglesia de Dios (léase del “sumo bien”), en el mundo colonizado, no orienta al colonizado hacia Dios (el “sumo bien”), sino al camino del blanco, del amo, del opresor.[40] Este punto es fundamental, la iglesia, la religión, es depositaria de un orden moral (ético-estético-político), pero un orden moral diseñado para el blanco-europeo, es portadora de una idea de bien, pero una idea de bien para el blanco. El esclavo colonizado, arrojado en la lucha contra el amo, procura diseñar otro mundo moral, otro orden estético, ético y político, diferenciado y antagónico al orden blanco, ambos tienen una idea de bien, pero diferenciadas, antagónicas entre sí, se repelen y aniquilan. El “otro” es siempre el portador del mal (del sumo mal o del mal radical). Por lo mismo: “…El colono no deja de ser nunca el enemigo, el antagonista, precisamente el hombre que hay que eliminar”.[41] Vencer al otro es vencer al Anticristo. Me gustaría compartir una anécdota. El apellido que he portado tiene una carga mapuche, es mapuche como tal, y me habían enseñado a portarlo con orgullo. Toda mi infancia y adolescencia estuvo cargada de episodios de violencia colonial por esa razón. Una vez, me cambiaron de colegio, a un lugar que era para niños ricos. Al llegar al lugar, me presenté como “mapuche”, como “pueblo guerrero”, portador de más de quinientos años de resistencia. Lo primero que me dijeron los otros niños fue: “un niño mapuche no puede estar aquí, tú no perteneces a este lugar, este es un lugar para hijos de empresarios”, eso aconteció en el primer recreo, fue el momento diplomático. Los otros niños tenían razón, yo no debía estar ahí. El segundo recreo fue el momento de la violencia. Un grupo de niños blancos se acerca con la intensión de agredirme. Evidentemente no lo lograron, los derroté, como blancos. No era una inocente pelea de niños, era más bien, la pelea de un niño indígena contra un grupo de niños blancos. El combate denotaba cierta carga histórica. La represión se hizo sentir inmediatamente en la escuela bajo la figura normativa de “estudiante condicional”, carga que me acompañó hasta los últimos días en el colegio. El responsable era yo. El castigo lo recibía yo. Mi pecado era simplemente ser mapuche. ¿Y los otros niños? Nada. Los agresores, en la medida que eran blancos, siempre tenían la razón. El problema era yo. Era yo el que no debía estar ahí generando una ruptura en un espacio de blancos. Como sea, el acontecimiento nunca lo olvidé. El mal, el pecado, el delito, lo portamos nosotros, inclusive aún siendo inocentes niños. Para mí era correcto librar combates frente al lema de los otros niños “maten al mapuche”, la cual para un ojo adiestrado en la política, sabe que es una declaración de guerra. Por eso decíamos más arriba que nosotros, mapuche, habitamos en la oscuridad de la modernidad. Pero es momento de continuar con el ensayo. Fanon, sostiene en este sentido que, lo primero que debe aprenderse un indígena es a “ponerse en su lugar”, no “pasarse de los límites”.[42] Esa había sido mi error. Entrar al mundo de los blancos y burgueses, me salí del “lugar que me correspondía” y el castigo se hizo ver.

Existen muchos elementos de indudable riqueza en Fanon, no obstante, nos gustaría apuntar solo un elemento más, para Fanon: “…el colonialismo no es una máquina de pensar, no un cuerpo dotado de razón. Es la violencia en estado de naturaleza y no puede inclinarse sino ante una violencia mayor.”[43] El colonialismo es espíritu irracional, propio de la modernidad capitalista, no es el “soplo”, es la violencia cruda y radical, que no puede ser derrotada sino por otra violencia, aún más radical, aún más cruda, esto es, a través de una declaración de un verdadero y auténtico “estado de excepción”. Con esto, terminamos la mirada del esclavo, y observamos a partir del ángel.

La mirada del ángel. Walter Benjamin y la ruptura mesiánica

Para Walter Benjamin, de lo que se trata es de observar en la historia aquellos hechos que no han sido observados, para él, la tarea del “historiador marxista” es la de escribir la historia a contrapelo.[44] Con esto, me gustaría compartir un mal recuerdo. Un día me llama mi padre y me comenta que quince (¡quince!) hermanos – de origen mapuche –habían muerto al cruzar por mar hacia una isla. ¿Acontecimiento violento? No lo sé. Simplemente sé, que nadie supo del evento. Eran quince personas, no obstante, no apareció nada en la televisión o en internet, fue un “acontecimiento fantasma”, en definitiva, a nadie le importó, esto fue en Puerto Saavedra que, precisamente lleva su nombre en honor a Cornelio Saavedra, general chileno a cargo de la conquista de nuestro pueblo-nación, nuestro máximo genocida. Quizás esto sea un breve fragmento a contrapelo.

Walter Benjamin es la mirada del ángel. Precisamente porque en su tesis IX sobre la historia sostiene que: “Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él está representado un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que mira atónitamente. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, abierta su boca, las alas tendidas. El ángel de la historia ha de tener ese aspecto. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. En lo que a nosotros nos aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una sola catástrofe, que incesantemente apila ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. Bien quisiera demorarse, despertar a los muertos y volver a juntar lo destrozado. Pero una tempestad sopla desde el Paraíso, que se ha enredado en sus alas y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al que vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Esta tempestad es lo que llamamos progreso”.[45] La historia se presente aquí, como una sucesión de acontecimientos catastróficos, es la pura violencia, desmedida, brutal. El “progreso” es pura  y simple violencia. El ángel es arrastrado por la tempestad, por el “soplo del espíritu”, es un escenario trágico. Esa tragedia representa precisamente el concepto de “ley de la historia”, lineal, progresiva, ascendente. Para Benjamin, la historia se presenta como un continuum de violencia sobre los explotados y oprimidos. Es precisamente esa violencia como continuum la que genera un nexo, un secreto, entre las generaciones pasadas y la nuestra. El pasado hacer valer una pretensión mesiánica sobre el presente, por ello, lo explotados guardan una débil fuerza mesiánica, resultado de una tradición de abusos y humillaciones. El presente guarda un vinculo con el recuerdo, con el pasado que hace valer su pretensión sobre un tiempo-ahora, el cual es pura y simplemente esperanza, esto se debe a que cada momento guarda en sí la posibilidad de abrir la puerta por la cual puede ingresar el Mesías,[46] el redentor, e inaugurar un nuevo orden. La débil fuerza mesiánica despierta en el tiempo-ahora, se vuelve fuerte, se transforma en clase combatiente e inaugura la era mesiánica auténtica, una ruptura con el orden temporal, el soplo del espíritu ya no puede hacer valer su fuerza, el Mesías inaugura otro orden temporal, el “estado de excepción”, el cual suspende los privilegios de los vencedores de siempre, quiebra, rompe, destruye el “soplo del espíritu”. El ingreso del Mesías en el orden temporal, es el inicio de un tiempo divino, el Kairós cristiano en el cual se rompen todas las reglas, todas las leyes, todas las disposiciones constitucionales. Es la violencia desnuda de quienes han sido violentados durante milenios, es el estallido de una rabia acumulada (¿qué otra cosa puede ser la débil fuerza mesiánica?), es un milagro, una ruptura con todas las “disposiciones de la naturaleza”. ¿Qué importa el orden geográfico? ¿Qué importa el orden climático? El Mesías todo lo puede. Es el redentor y vencedor del Anticristo. Es la fuerza de la clase combatiente que hace suyo el anhelo de Marx (esa vieja utopía llamada comunismo, sueño de las viejas generaciones en una forma secularizada). Es el inicio de la era mesiánica en la cual ya no hay clases sociales, ni colonizados, ni explotados, ni oprimidos.[47] Es la liberación. El esclavo, se constituye espiritualmente en la era mesiánica, en el tiempo mesiánico, construye y forja con sus manos un orden ético-político (jurídico) que es para sí. Es una violencia absoluta, radical, que redime a la humanidad. Es el momento en el cual podremos tener un verdadero concepto de la historia –pues veremos todos los momentos que la constituyen – y tendremos un concepto acabado de la violencia. Hasta aquí la mirada del ángel.

Apuntes finales. Violencia e historia, un concepto desde América Latina

            En este punto, nos interesa finalmente, realizar un balance y dar una perspectiva sobre lo que sería algo así como un “concepto de violencia” y un “concepto de historia”. En América Latina, violencia e historia, coinciden, forjan una identidad.

            En primer lugar, es preciso recalcar que en América Latina el “soplo del espíritu” no condujo hacia un “espíritu más elevado”. El soplo del espíritu hegeliano en nuestro Sur ha generado relaciones de dependencia muy fuertes. La producción material de la vida no es para sí, sino que existe como un ser para otro que es Europa y su hermano menor, Norteamérica. Esto, desde la llegada del “espíritu” ha provocado una producción pensada hacia afuera, no para la comunidad, no para forjar nuestro “espíritu”. Esa situación, ese estado existencial que es para otro, provoca un estadio constante de apetencia animal, de necesidad. El estómago latinoamericano se encuentra, en muchos sentidos, vacío. Con ello, no es posible un orden ético-político (jurídico) que funcione. El delito, el narcotráfico, en general, es una buena forma de satisfacer la apetencia. En América Latina, el deseo y la necesidad, se convierten en violencia radical. Este es el primer elemento.

            En segundo lugar, encontramos las determinaciones teológico-políticas que dan vida a las repúblicas latinoamericanas. El “Estado” en América Latina es católico, o peor aún, católico en momentos de contrarreforma. El orden jurídico se haya determinado por las jerarquías propias del catolicismo romano, por la desconfianza en el otro y entre ciudadanos. Dios no vive en el individuo como en el caso protestante, en este tipo de sociedades, la figura del mediador (la Iglesia, el Estado) es central para controlar la moralidad, pues no hay confianza en los fieles y súbditos del Estado. La desconfianza en el cumplimiento del orden moral genera las condiciones apropiadas para forjar un Estado sustentado en un poder militar que se ejerce hacia el interior de la comunidad (no es la guerra hacia fuera, es la stasis, la guerra civil lo que predomina). La primacía de la desconfianza, el catolicismo, se traduce, en América Latina, en violencia radical. Este es el segundo elemento.

            En tercer lugar, encontramos el combate político revolucionario (Fanon y Benjamin). Es este el ámbito en el cual se forja el espíritu latinoamericano, en el cual se conquista la libertad. El combate revolucionario, en el cual el esclavo, el conjunto de los explotados y oprimidos, los hambrientos de Latinoamérica, adquieren su espíritu y forjan su comunidad. La comunidad latinoamericana, en el sentido de un yo que es en el nosotros y de un nosotros que es en el yo, se constituye precisamente en la confrontación con el “soplo del espíritu europeo”, con el “progreso”, con la modernidad capitalista. Este proceso de liberación es violento. La construcción de un nuevo orden ético, estético y político en América Latina, por sus propias condiciones, se traduce, en violencia radical. La liberación latinoamericana abre – o abrirá – un verdadero y auténtico “estado de excepción”, de ruptura mesiánica, de violencia radical contra las determinaciones “naturales”, de ausencia de disposiciones constitucionales y de guerra civil generalizada. La razón de ello estriba en el hecho de que el sujeto latinoamericano, como esclavo, como ser para otro, como colonizado, sobrevive en el mundo, genera estrategias para hacer  “vivible” lo “invivible”, para seguir el concepto de ethos elaborado por Bolívar Echeverría. Pero ese ethos, esa estrategia para soportar la catástrofe, concentra y acumula en sí, una débil fuerza mesiánica, una violencia radical, en potencia.

            Finalmente, nos gustaría señalar que hemos escrito el presente ensayo desde la oscuridad de la modernidad capitalista como sosteníamos al principio. Pensar un concepto de “historia” para América Latina significa pensar el concepto de “violencia”, pues como hemos dicho, ambos forjan una identidad. La violencia es radical en América Latina, en el sentido de que, la violencia es la raíz de América Latina sobre la cual se forja su historia y sobre la cual forjará su espíritu. Para prevenir, los enemigos de Nuestra América, construyen murallas. Ellos se observan a sí mismos como viviendo el final de sus días, como ad portas del inicio de la era mesiánica anunciada por el filósofo judío.

Bibliografía

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Löwy, M. (2012). Walter Benjamin: aviso de incendio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Marx, C. (2012). Manuscritos económico-filosóficos . En E. Fromm, Marx y su concepto del hombre (págs. 103-175). México: Fondo de Cultura Económica.

Marx, K., & Engels, F. (2009). Acerca del colonialismo. Buenos Aires: Terramar.

[1] Hegel, G. (2012). Lecciones sobre la historia universal. Madrid: Alianza, p.160

[2] Ibíd., p.160

[3] Benjamin, W. (2014). La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago de Chile: LOM, p.40

[4] En Benjamin también existe una consideración muy importante acerca del tiempo-ahora, el presente actual, por el cual puede entrar el mesías, como veremos, en las concepciones sobre la historia tiende a haber puntos de encuentro entre ambos pensadores.

[5] Hegel, G. (2015). Fenomenología del espíritu. México: Fondo de Cultura Económica, p.112

[6] Ibíd., p.113

[7] Ibíd., p.116

[8] Hegel, G. (2012). Lecciones sobre la historia universal. Madrid: Alianza, pp.161-162

[9] Ibíd., p.162

[10] Ibíd., p.162

[11] Ibíd., p.162

[12] Ibíd., p.163

[13] Ibíd., p.163

[14] Ibíd., p.163

[15] Ibíd., pp.163-164

[16] Benjamin, W. (2014). La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago de Chile: LOM, p.40

[17] Marx, C. (2012). Manuscritos económico-filosóficos. En E. Fromm, Marx y su concepto del hombre (págs. 103-175). México: Fondo de Cultura Económica, p.142

[18] Hegel, G. (2012). Lecciones sobre la historia universal. Madrid: Alianza, p.164

[19] Ibíd., p.164

[20] Ibíd., p.164

[21] Ibíd., p.165

[22] Ibíd., p.166

[23] Ibíd., p.167

[24] Ibíd., pp.168-169

[25] Ibíd., p.199

[26] Ibíd., p.171

[27] Ibíd., p.170

[28] Ibíd., p.170

[29] Ibíd., p.171

[30] Ibíd., p.171

[31] Ibíd., p.171

[32] Ibíd., p.172

[33] Marx, K., & Engels, F. (2009). Acerca del colonialismo. Buenos Aires: Terramar, p.77

[34] Hegel, G. (2012). Lecciones sobre la historia universal. Madrid: Alianza, pp.173-174

[35] Ibíd., p.177

[36] Fanon, F. (2009). Los condenados de la tierra. México: Fondo de Cultura Económica, p.30

[37] Ibíd., p.31

[38] Ibíd., p.32

[39] Ibíd., p.36

[40] Ibíd., p.36

[41] Ibíd., p.44

[42] Ibíd., p.45

[43] Ibíd., p.54

[44] Benjamin, W. (2014). La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago de Chile: LOM, p.43

[45] Ibíd., p.44

[46] Ibíd., p.53

[47] Löwy, M. (2012). Walter Benjamin: aviso de incendio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, p.154

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