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Las banderas de la revolución y el socialismo no se entregan sin combatir

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Las banderas de la revolución y el socialismo no se entregan sin combatir[1]

Por Fidel Castro Ruz

Nota editorial

Por Comité Editorial de Marxismo & Revolución

El presente discurso fue pronunciado por Fidel Castro Ruz el 7 de diciembre de 1989 en el acto de despedida a los internacionalistas cubanos caídos en el cumplimiento de misiones militares y civiles en la localidad de Cacahual.

El documento representa una sólida disposición discursiva y combativa en el escenario adverso provocado por la caída de los llamados “socialismo reales”. Fidel, destaca la centralidad de la lucha revolucionaria, del ejemplo, del internacionalismo y la necesidad de la revolución socialista. Nuestro autor, no claudica ni da un paso atrás frente la adversidad, reafirma sus convicciones, reconoce los errores y, sobretodo, reafirma la necesidad de construir una sociedad comunista, de situarse en el campo de los explotados, oprimidos y humillados del mundo, como única alternativa para enfrentar la irracionalidad y barbarie provocada por el capitalismo.

Tras la muerte de Fidel Castro el día 26 de noviembre del 2016, rendimos este pequeño homenaje, recordando sus palabras y, ante todo, su ejemplo. La muerte de Fidel nos da vida, nos impulsa a la acción, a la praxis, a seguir luchando por la revolución latinoamericana. El ejemplo de Fidel Castro es fuerza motriz de los explotados y oprimidos del mundo. Su partida nos entrega la responsabilidad de seguir en la lucha revolucionaria con compromiso, disciplina, convicción y, sobretodo, alimenta nuestra fe en la posibilidad de la revolución socialista y la lucha ante toda adversidad. Por eso, este discurso nos enseña que “la revolución y el socialismo no se entregan sin combatir”. Esa es la gran enseñanza de Fidel, combatir para vencer, combatir para no ser derrotados. Hasta la victoria Comandante.

Las banderas de la revolución y el socialismo no se entregan sin combatir

Por Fidel Castro Ruz

Compañero presidente José Eduardo Dos Santos y demás invitados;

Familiares de los caídos;

Combatientes;

Compatriotas:

Fue siempre de profunda significación para todos los cubanos la fecha memorable en que cayó, junto a su joven ayudante, el más ilustre de nuestros soldados, Antonio Maceo. Sus restos yacen aquí, en este sagrado rincón de la patria.

Al escoger esta fecha para dar sepultura a los restos de nuestros heroicos combatientes internacionalistas caídos en diversas partes del mundo, fundamentalmente en África, de donde vinieron los antepasados de Maceo y una parte sustancial de nuestra sangre, el 7 de diciembre se convertirá en día de recordación para todos los cubanos que dieron su vida no solo en defensa de su patria, sino también de la humanidad. De este modo, el patriotismo y el internacionalismo, dos de los más hermosos valores que ha sido capaz de crear el hombre, se unirán para siempre en la historia de Cuba.

Quizás no lejos de este mismo sitio se levante un día un monumento en honor a todos.

A esta hora, simultáneamente en todos los rincones de Cuba de donde procedían, se da sepultura a los restos de los internacionalistas que cayeron en el cumplimiento de su noble y gloriosa misión.

Creía el enemigo imperialista que ocultaríamos las bajas en Angola, la misión más prolongada y compleja que cumplió ya 14 años, como si fuera una deshonra o una mancha para la Revolución. Soñaron durante mucho tiempo que fuera inútil la sangre derramada, como si pudiera morir en vano quien muere por una causa justa. Mas si solo la victoria fuese el vulgar rasero para medir el valor del sacrificio de los hombres en sus justas luchas, ellos regresaron además con la victoria.

Los espartanos decían: Con el escudo o sobre el escudo. Nuestras tropas victoriosas regresaron con el escudo.

Mas no es nuestra intención en este solemne instante vanagloriarnos de nuestros éxitos, ni humillar a nadie, ni siquiera a los que fueron nuestros adversarios. Nuestro país no buscaba glorias ni prestigios militares. Siempre se aplicó rigurosamente el principio de alcanzar los objetivos con el menor sacrificio de vidas posibles; para ello se requería ser fuertes, actuar con el máximo de sangre fría y estar siempre, como siempre estuvimos, dispuestos a todo.

Cada combatiente sabía que detrás de él estaba el país entero; sabía también que la vida y la salud de cada uno de ellos era preocupación constante de todos nosotros.

Cuando la política y la diplomacia fueron factores asequibles para alcanzar los objetivos finales, no se dudó un instante en utilizar las vías políticas y diplomáticas, y, aunque se actuó siempre con toda la firmeza necesaria, en ningún instante durante el proceso negociador se nos escuchó una palabra de arrogancia, prepotencia o alarde. Supimos ser flexibles cuando la flexibilidad era conveniente y justa.

La última etapa de la guerra en Angola fue la más difícil. Ella requirió de toda la determinación, la tenacidad y el espíritu de lucha de nuestro país en apoyo a nuestros hermanos angolanos.

En el cumplimiento de ese deber de solidaridad no solo con Angola, sino con nuestros propios combatientes que allí luchaban en condiciones difíciles, la Revolución no vaciló en arriesgarlo todo. Cuando las amenazas imperialistas contra nuestra propia patria eran muy grandes, no vacilamos en enviar al Frente Sur de la República Popular de Angola muchos de nuestros más modernos y mejores medios de combate. Más de 50 000 combatientes cubanos se reunieron entonces en aquella nación hermana, cifra verdaderamente impresionante si se tiene en cuenta la distancia a recorrer, el tamaño y los recursos de nuestro país. Fue una verdadera hazaña de nuestras gloriosas Fuerzas Armadas Revolucionarias y de nuestro pueblo. Pocas veces se ha escrito una página igual de altruismo y solidaridad internacional.

Por eso apreciamos tanto la presencia de José Eduardo Dos Santos en este acto. Fue un gesto absolutamente espontáneo. “Quiero estar con ustedes en ese momento”, nos dijo. Del mismo modo espontáneo, Etiopía, la SWAPO y otros países y organizaciones revolucionarias quisieron estar con nosotros tan pronto tuvieron noticias, hace apenas unos días, de que hoy daríamos sepultura en nuestra patria a los internacionalistas caídos en Africa y en otras tierras del mundo.

Hay acontecimientos históricos que nada ni nadie podrá borrar. Hay ejemplos revolucionarios que los mejores hombres y mujeres de las futuras generaciones, dentro y fuera de nuestra patria, no podrán olvidar. Este es uno de ellos, mas no nos corresponde a nosotros evaluarlo, de ello se encargará la historia.

No podemos olvidar ni por un instante que nuestros camaradas de armas fueron los heroicos combatientes de las Fuerzas Armadas Angolanas. Ellos ofrendaron la vida de decenas de miles de los mejores hijos de ese extraordinario pueblo. La unidad y la cooperación más estrecha entre ellos y nosotros hicieron posible la victoria.

También tuvimos el honor de combatir junto a los valerosos hijos de Namibia, a los patriotas de Guinea Bissau y a los insuperables soldados etíopes. Años antes, en los días difíciles de Argelia, recién conquistada la independencia, nuestros combatientes internacionalistas estuvieron a su lado, como estuvieron también más tarde junto a Siria, otro hermano país árabe víctima de la agresión exterior, que solicitó nuestra cooperación.

No hubo causa justa del África que no contara con el apoyo de nuestro pueblo. Che Guevara, acompañado de un grupo numeroso de revolucionarios cubanos, combatió contra mercenarios blancos al este del actual Zaire, y hoy, en la República Saharauí, médicos y maestros prestan sus generosos y desinteresados servicios a ese pueblo en combate por su libertad.

Todos los países mencionados eran ya o son hoy independientes, y los que aún no lo son lo serán más tarde o más temprano.

En breves años se escribió una brillante página de solidaridad, de la cual nuestro pueblo se siente orgulloso. También en nuestras luchas por la independencia, hombres de muy diversos países combatieron junto a nosotros. El más ilustre de todos, Máximo Gómez, nacido en Santo Domingo, llegó por sus méritos extraordinarios a ser el jefe de nuestro Ejército Libertador. En los años previos a nuestra Revolución, 1 000 cubanos organizados por el primer Partido Comunista combatieron en España defendiendo la República. Ellos escribieron páginas imborrables de heroísmo, que la pluma de Pablo de la Torriente Brau recogió para la historia, hasta que la muerte en combate tronchó la vida del brillante periodista revolucionario.

Así se forjó nuestro gallardo espíritu internacionalista que, con la Revolución socialista, alcanzó sus más altas cumbres.

En todas partes donde estuvieron los internacionalistas cubanos fueron ejemplo de respeto a la dignidad y la soberanía del país. La confianza ganada en el corazón de esos pueblos no es casual, fue fruto de su intachable conducta. Por ello, en todas partes quedó el recuerdo de nuestro ejemplar desinterés y altruismo.

Un destacado dirigente africano expresó un día en una reunión de líderes de la región: “Los combatientes cubanos están dispuestos a sacrificar sus vidas por la liberación de nuestros países y, a cambio de esa ayuda a nuestra libertad y el progreso de nuestra población, lo único que se llevarán de nosotros son los combatientes que cayeron luchando por la libertad.” Un continente que conoció siglos de explotación y saqueo, supo apreciar en toda su magnitud el desinterés de nuestro gesto internacionalista.

Hoy regresan victoriosas nuestras tropas aguerridas. Caras alegres, felices, orgullosas, de madres, esposas, hermanos, hijos y de todo el pueblo, los reciben con calor y emoción. Se alcanzó la paz con honor y se alcanzaron con creces los frutos del sacrificio y el esfuerzo. Hoy no perturba nuestros sueños la constante inquietud por la suerte de nuestros hombres en combate a miles de kilómetros de su tierra.

Creía el enemigo que el regreso de los combatientes constituiría un problema social por la imposibilidad de asignarles empleo. Gran parte de estos hombres, además de los cuadros militares, tenían en su patria un empleo y a ellos regresan o a otros mejores. Ni uno solo ha quedado en el olvido; muchas veces antes de regresar a la patria conocían ya cuál sería su tarea.

De aquellos jóvenes del Servicio Militar que recién salidos de las escuelas de enseñanza media solicitaron voluntariamente el honor de cumplir misión internacionalista en Angola, ni uno solo ha tenido que esperar para ocupar un lugar digno en las aulas de estudio o entre las filas de nuestro pueblo trabajador.

Nuestra patria trabaja intensamente en ambiciosos programas de desarrollo económico y social, no se guía por las leyes irracionales del capitalismo y tiene un sitio en el estudio, la producción o los servicios para cada hijo del país.

Ningún familiar allegado de los que cayeron en cumplimiento de la misión, o sufrieron lesiones graves, quedó en el olvido. Ellos recibieron, reciben y recibirán toda la atención y la consideración a que los hizo acreedores el noble sacrificio de sus seres queridos y su propia conducta abnegada, desinteresada y generosa hasta el heroísmo.

Los cientos de miles de cubanos que cumplieron misiones internacionalistas militares o civiles, contarán siempre con el respeto de las presentes y futuras generaciones. Ellos multiplicaron muchas veces las gloriosas tradiciones combativas e internacionalistas de nuestro pueblo.

La patria que encuentran a su regreso está enfrascada en una titánica lucha por el desarrollo, a la vez que continúa enfrentándose con ejemplar dignidad al criminal bloqueo del imperialismo, a lo que se viene a sumar ahora la crisis surgida en el campo socialista, de la que solo podemos esperar consecuencias negativas en el terreno económico para nuestro país.

No es precisamente sobre la lucha antimperialista ni sobre los principios del internacionalismo que se habla hoy en la mayoría de esos países. Ni siquiera esas palabras se mencionan en su prensa. Tales conceptos están virtualmente borrados allí del diccionario político. En cambio, los valores del capitalismo están cobrando inusitada fuerza en esas sociedades.

Capitalismo significa intercambio desigual con los pueblos del Tercer Mundo, exacerbación del egoísmo individual y del chovinismo nacional, el imperio de la irracionalidad y la anarquía en la inversión y la producción, sacrificio despiadado de los pueblos a leyes ciegas en la economía, el imperio del más fuerte, la explotación del hombre por el hombre, el sálvese quien pueda. El capitalismo en el orden social implica muchas cosas más: prostitución, droga, juego, mendicidad, desempleo, desigualdades abismales entre los ciudadanos, agotamiento de los recursos naturales, envenenamiento de la atmósfera, de los mares, de los ríos, de los bosques y, de modo especial, saqueo de las naciones subdesarrolladas por los países capitalistas industrializados. En el pasado significó colonialismo y en el presente la neocolonización de miles de millones de seres humanos mediante métodos económicos y políticos más sofisticados, pero también menos costosos, más efectivos y despiadados.

El capitalismo, su economía de mercado, sus valores, sus categorías y sus métodos no pueden ser jamás los instrumentos para sacar al socialismo de sus actuales dificultades y rectificar los errores que hubieran podido cometerse. Buena parte de esas dificultades surgieron no solo de los errores, sino también del bloqueo riguroso y del aislamiento a que fueron sometidos los países socialistas por parte del imperialismo y las grandes potencias capitalistas que monopolizaban casi todas las riquezas y las tecnologías más avanzadas del mundo, producto del saqueo de las colonias, la explotación de su clase obrera y el robo masivo de cerebros a países que estaban por desarrollarse.

Guerras devastadoras, que costaron millones de vidas y la destrucción de la inmensa mayoría de los medios productivos acumulados, fueron desatadas contra el primer Estado socialista. Como ave Fénix, este tuvo que surgir más de una vez de sus cenizas y prestó servicios tales a la humanidad como derrocar al fascismo e impulsar decisivamente el movimiento de liberación de los países todavía colonizados. Todo eso se quiere olvidar hoy.

Es repugnante que muchos se dediquen ahora, en la propia URSS, a negar y destruir la hazaña histórica y los méritos extraordinarios de ese heroico pueblo. Esa no es forma de rectificar y superar los incuestionables errores cometidos en una revolución que nació de las entrañas del autoritarismo zarista, en un país inmenso, atrasado y pobre. No es posible tratar de cobrarle ahora a Lenin el precio de haber hecho la revolución más grande de la historia en la vieja Rusia de los zares.

Por ello nosotros no hemos vacilado en impedir la circulación de ciertas publicaciones soviéticas que están cargadas de veneno contra la propia URSS y el socialismo. Se percibe que detrás de ellas está la mano del imperialismo, la reacción y la contrarrevolución. Ya algunas de esas publicaciones han comenzado a demandar el cese del tipo de relaciones comerciales equitativas y justas que se han creado entre la URSS y Cuba en el transcurso del proceso revolucionario cubano. En dos palabras: que la URSS comience a practicar con Cuba el intercambio desigual, vendiendo cada vez más caro y comprando cada vez más barato nuestros productos agrícolas y materias primas, lo mismo que Estados Unidos hace con los países del Tercer Mundo o, en último término, que la URSS se sume al bloqueo yanki contra Cuba.

La destrucción sistemática de los valores del socialismo, el trabajo de zapa llevado a cabo por el imperialismo, unido a los errores cometidos, han acelerado el proceso de desestabilización de los países socialistas en Europa oriental. La política diferenciada con cada país y la idea de minar desde dentro al socialismo, fue la estrategia largo tiempo elaborada y aplicada por Estados Unidos.

El imperialismo y las potencias capitalistas no pueden disimular su euforia ante los acontecimientos. Están persuadidos, no sin fundamento, de que a estas horas el campo socialista virtualmente ya no existe. En algunos de esos países de Europa oriental hay actualmente equipos completos de norteamericanos, incluyendo asesores del Presidente de Estados Unidos, programando el desarrollo capitalista. En días recientes, un cable trajo la noticia de que estaban fascinados por la excitante experiencia. Uno de ellos, funcionario, por cierto, del gobierno norteamericano, se mostraba partidario de aplicar en Polonia un plan similar al del “New Deal”, con el que Roosevelt trató de mitigar la gran crisis del capitalismo, para socorrer a los 600 000 trabajadores polacos que se quedarán sin trabajo en 1990, y a la mitad de los 17,8 millones de trabajadores con que cuenta el país, que deberá recalificarse y cambiar de empleo, como consecuencia del desarrollo de una economía de mercado.

El imperialismo y las potencias capitalistas de la OTAN están persuadidos, y no sin fundamento, de que a estas horas el Pacto de Varsovia ya tampoco existe y no es más que una ficción; que sociedades corroídas y minadas desde dentro serían incapaces de resistir.

Se ha proclamado que el socialismo debía perfeccionarse. Nadie puede oponerse a este principio que es inherente y de constante aplicación a toda obra humana. ¿Pero es acaso abandonando los más elementales principios del marxismo-leninismo que puede perfeccionarse el socialismo? ¿Por qué las llamadas reformas tienen que marchar en un sentido capitalista? Si tales ideas tuviesen un carácter revolucionario, como algunos pretenden, ¿por qué reciben el apoyo unánime y exaltado de los dirigentes del imperialismo?

En insólita declaración, el Presidente de Estados Unidos se calificó a sí mismo como defensor número uno de las doctrinas que actualmente se aplican en muchos países del campo socialista.

Jamás en la historia una idea verdaderamente revolucionaria habría recibido el apoyo entusiasta del jefe del imperio más poderoso, agresivo y voraz que ha conocido la humanidad.

Nosotros, a raíz de la visita del compañero Gorbachov a Cuba en abril de este año, ocasión en que sostuvimos profundos y sinceros intercambios, expresamos públicamente ante la Asamblea Nacional nuestro criterio de que debía respetarse el derecho de cualquier país socialista a construir el capitalismo si así lo deseaba, del mismo modo que exigimos el más estricto respeto al derecho de cualquier país capitalista a construir el socialismo.

Consideramos que la revolución no se puede importar ni exportar; un Estado socialista no se puede fundar por inseminación artificial o simple trasplante de embriones. La revolución necesita las condiciones propicias para ello en el seno de la propia sociedad, y solo cada pueblo puede ser su propio creador. Estas ideas no están reñidas con la solidaridad que los revolucionarios pueden y deben brindarse entre sí. La revolución es, igualmente, un proceso en que se puede avanzar o retroceder; que, incluso, se puede frustrar. Pero un comunista, ante todo, tiene que ser valiente y revolucionario. El deber de los comunistas es luchar en cualquier circunstancia, por adversa que sea. Los comuneros de París supieron luchar y morir defendiendo sus ideas. Las banderas de la revolución y el socialismo no se entregan sin combatir. Rendirse es de cobardes y de gente desmoralizada, no de comunistas ni de revolucionarios.

El imperialismo hoy invita a los países socialistas de Europa a convertirse en receptores de sus excedentes de capital, desarrollar el capitalismo y participar en el saqueo de los países del Tercer Mundo.

Es sabido que una gran parte de las riquezas del mundo capitalista desarrollado proviene del intercambio desigual con esos países. Durante siglos los saquearon como simples colonias, esclavizaron a cientos de millones de sus hijos, y en muchas ocasiones agotaron sus reservas de oro, plata y otros minerales, los explotaron despiadadamente y les impusieron el subdesarrollo. Esta fue la consecuencia más directa y patente del colonialismo. Hoy los esquilman mediante los intereses de una deuda infinita e impagable, les arrancan sus productos básicos a precios miserables, les exportan sus productos industriales cada vez a mayores precios, les sustraen constantemente los recursos financieros y humanos mediante la fuga de capitales y cerebros, les bloquean el comercio mediante dumping, tarifas arancelarias, cuotas de importación, productos sintéticos sustitutivos salidos de su alta tecnología y subsidian a las propias producciones cuando no son competitivas.

Ahora el imperialismo quiere que los países socialistas de Europa se sumen a ese colosal saqueo, lo que parece no disgustar en absoluto a los teóricos de las reformas capitalistas. De ahí que en muchos de esos países nadie hable de la tragedia del Tercer Mundo y las multitudes descontentas sean orientadas hacia el capitalismo y el anticomunismo, y en uno de ellos hacia el pangermanismo. Tal evolución de los acontecimientos puede conducir incluso a corrientes fascistas. El premio que el imperialismo les promete es una cuota en el saqueo de nuestros pueblos, única forma de erigir sociedades capitalistas de consumo.

A Estados Unidos y a las potencias capitalistas les interesa ahora mucho más invertir en Europa oriental que en cualquier otra área del planeta. ¿Qué recursos puede esperar el Tercer Mundo, donde viven en condiciones infrahumanas miles de millones de personas, de tal evolución de los acontecimientos?

Se nos habla de paz. ¿Pero de qué paz se trata? ¿De la paz entre las grandes potencias, mientras el imperialismo se reserva el derecho a intervenir abiertamente y a agredir a los países del Tercer Mundo? Ejemplos tenemos de sobra.

El gobierno imperialista de Estados Unidos exige que nadie ayude a los revolucionarios salvadoreños y trata de chantajear a la URSS demandándole nada menos que cese todo suministro de ayuda económica y militar a Nicaragua y a Cuba, porque somos solidarios con los revolucionarios salvadoreños, aunque cumplimos estrictamente con nuestras obligaciones en relación con el armamento que suministra la URSS, de conformidad con los convenios suscritos entre naciones soberanas. Por su parte, ese mismo gobierno imperialista que exige el cese de toda solidaridad con los revolucionarios salvadoreños, ayuda al gobierno genocida y envía unidades especiales de combate a El Salvador, sostiene a la contrarrevolución en Nicaragua, organiza golpes de Estado en Panamá y el asesinato de dirigentes de ese país, ayuda militarmente a la UNITA en Angola, a pesar de los exitosos acuerdos de paz en Africa sudoccidental, y continúa suministrando grandes cantidades de armas a los rebeldes de Afganistán, sin tomar en cuenta para nada la retirada de las tropas soviéticas y los acuerdos de Ginebra.

Hace apenas unos días aviones de guerra de Estados Unidos intervinieron descaradamente en el conflicto interno de Filipinas. Independientemente de las motivaciones justas o injustas de los sublevados, que no nos corresponde a nosotros juzgar, la intervención de Estados Unidos en ese país adquiere extrema gravedad y es reflejo fiel de la situación actual del mundo. Ese es el papel de gendarme que Estados Unidos se reserva no ya solo para América Latina, a la que consideró siempre su patio trasero, sino para cualquier país del Tercer Mundo.

La consagración del principio de intervención universal por una gran potencia es el fin de la independencia y la soberanía en el mundo. ¿Qué paz y seguridad es la que espera a nuestros pueblos, como no sea la que nosotros mismos seamos capaces de conquistar con nuestro heroísmo?

Es magnífico que desaparezcan las armas nucleares. Si ello no fuera más que una utopía y lograra alcanzarse algún día, sería de incuestionable beneficio e incrementaría la seguridad, pero solo para una parte de la humanidad. Eso no le daría paz, ni seguridad, ni esperanza, a los países del Tercer Mundo.

El imperialismo no necesita armas nucleares para agredir a nuestros pueblos. Sus poderosas flotas distribuidas por el mundo, sus bases militares en todas partes y sus armas convencionales, cada vez más sofisticadas y mortíferas, son suficientes para cumplir su papel de dueño y gendarme del mundo.

Además, en nuestro mundo mueren cada día 40 000 niños que pudieran salvarse y no se salvan por el subdesarrollo y la pobreza. Como hemos dicho otras veces, y no está de más repetirlo hoy, es como si cada tres días estallara entre los niños pobres del mundo una bomba similar a las de Hiroshima y Nagasaki.

Si los acontecimientos siguen su actual curso, si no se exige a Estados Unidos la renuncia a estas concepciones, ¿de qué nuevo pensamiento puede hablarse? Por esa vía, el mundo bipolar que conocimos en la posguerra se transformará, inexorablemente, en un mundo unipolar bajo la hegemonía de Estados Unidos.

En Cuba llevamos a cabo nuestro proceso de rectificación. Sin un partido fuerte, disciplinado y respetado, es imposible desarrollar una revolución o una rectificación verdaderamente socialista. No es posible llevar a cabo semejante proceso calumniando al socialismo, destruyendo sus valores, desprestigiando al Partido, desmoralizando la vanguardia, renunciando a su papel dirigente, liquidando la disciplina social, sembrando el caos y la anarquía en todas partes. Así se puede promover una contrarrevolución, pero no cambios revolucionarios.

El imperialismo yanki piensa que Cuba no podrá resistir y que la nueva situación surgida en el campo socialista le permitirá doblegar inexorablemente a nuestra Revolución.

Cuba no es un país donde el socialismo llegó tras las divisiones victoriosas del Ejército Rojo. En Cuba, el socialismo lo forjamos los cubanos en auténtica y heroica lucha. Treinta años de resistencia al más poderoso imperio de la tierra que quiso destruir a nuestra Revolución, dan testimonio de nuestra fortaleza política y moral.

Los que estamos en la dirección del país no somos un grupo de advenedizos inexpertos, recién llegados a cargos de responsabilidad. Salimos de las filas de los viejos luchadores antimperialistas de la escuela de Mella y de Guiteras, de las filas del Moncada y del “Granma”, de la Sierra Maestra y de la lucha clandestina, de Girón y de la Crisis de Octubre, de 30 años de resistencia heroica a la agresión imperialista, de grandes hazañas laborales y de gloriosas misiones internacionalistas. Hombres y mujeres de tres generaciones cubanas se reúnen y asumen responsabilidades en nuestro aguerrido Partido, en la organización de nuestra maravillosa vanguardia juvenil, en nuestras poderosas organizaciones de masas, en nuestras gloriosas Fuerzas Armadas Revolucionarias y en nuestro Ministerio del Interior.

En Cuba, Revolución, socialismo e independencia nacional, están indisolublemente unidos.

A la Revolución y al socialismo, debemos hoy todo lo que somos. Si a Cuba regresara alguna vez el capitalismo, nuestra independencia y soberanía desaparecerían para siempre, seríamos una prolongación de Miami, un simple apéndice del imperio yanki, el cumplimiento de aquella repugnante profecía de un presidente de Estados Unidos en el siglo pasado cuando pensaban anexar nuestra isla y dijo que esta caería en manos de ese país como una fruta madura. Para impedirlo hoy, mañana y siempre, habrá todo un pueblo dispuesto a morir. De nuevo cabe repetir aquí ante su propia tumba la frase inmortal de Maceo: “quien intente apropiarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha”.

Los comunistas cubanos y los millones de combatientes revolucionarios que integran las filas de nuestro heroico y combativo pueblo, sabremos cumplir el papel que nos asigne la historia, no solo como primer Estado socialista en el hemisferio occidental, sino también como inclaudicables defensores en primera línea de la noble causa de los humildes y explotados de este mundo.

Nunca hemos aspirado a que nos entreguen la custodia de las gloriosas banderas y los principios que el movimiento revolucionario ha sabido defender a lo largo de su heroica y hermosa historia, pero si el destino nos asignara el papel de quedar un día entre los últimos defensores del socialismo, en un mundo donde el imperio yanki lograra encarnar los sueños de Hitler de dominar el mundo, sabríamos defender hasta la última gota de sangre este baluarte.

Estos hombres y mujeres a los que hoy damos honrosa sepultura en la cálida tierra que los vio nacer, murieron por los más sagrados valores de nuestra historia y de nuestra Revolución.

Ellos murieron luchando contra el colonialismo y el neocolonialismo.

Ellos murieron luchando contra el racismo y el apartheid.

Ellos murieron luchando contra el saqueo y la explotación de los pueblos del Tercer Mundo.

Ellos murieron luchando por la independencia y la soberanía de esos pueblos.

Ellos murieron luchando por el derecho al bienestar desarrollo de todos los pueblos de la tierra.

Ellos murieron luchando para que no existan hambrientos, mendigos, enfermos sin médicos, niños sin escuelas, seres humanos sin trabajo, sin techo, sin alimento.

Ellos murieron para que no existan opresores y oprimidos; explotadores ni explotados. .

Ellos murieron luchando por la dignidad y la libertad de todos los hombres.

Ellos murieron luchando por la verdadera paz y seguridad para todos los pueblos.

Ellos murieron por las ideas de Céspedes y Máximo Gómez.

Ellos murieron por las ideas de Martí y Maceo.

Ellos murieron por las ideas de Marx, Engels y Lenin.

Ellos murieron por las ideas y el ejemplo que la Revolución de Octubre expandió por el mundo.

Ellos murieron por el socialismo.

Ellos murieron por el internacionalismo.

Ellos murieron por la patria revolucionaria y digna que es hoy Cuba.

¡Sabremos ser capaces de seguir su ejemplo!

Para ellos: ¡Gloria eterna!

¡Socialismo o Muerte!

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

[1] Fuente original del documento: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1989/esp/f071289e.html

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