Portrait of German philosopher Martin Heidegger (1889 - 1976), 1958. (Photo by Fred Stein Archive/Archive Photos/Getty Images)

Heidegger, Hegel, Marx y Benjamin: un diálogo frente a la ausencia de Dios

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Heidegger, Hegel, Marx y Benjamin: un diálogo frente a la ausencia de Dios

Por Carlos F. Lincopi Bruch

“Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:24)

Consideraciones preliminares

Escribir sobre Heidegger, siendo ignorante, es un problema. Reconocer la presencia del problema es ya un avance esclarecedor ante la conciencia crítica del filósofo. De lo que se trata es de estremecerse con la escritura de Heidegger. Adentrarse en el sentido de sus palabras, en sus juegos fonéticos. Para entender a Heidegger hay que estremecerse ante lo tremendo (el mundo de la técnica) y pensar más allá de la filosofía (de la onto-teología o lógica del logos).  Estas dos condiciones parecen preparar al ahí del ser para la ausencia de Dios. La ausencia anuncia al ser. El encuentro con el ser es ahí donde Dios se ha vuelto ausente, por eso, el ser habita el lenguaje, en la intimidad del ahí del ser. Lo tremendo no es Heidegger, su vinculación con el nacional-socialismo, su estatura o la forma extraña de su bigote, sino su palabra, el conjunto de enunciados que anuncian el advenimiento de un mundo terrible/tremendo, el cual solo puede ser enfrentado con algo “tan cercano” y “tan lejano” al ahí del ser, decimos, el pensar.

Martin Heidegger se siente cómodo frente a Hegel y Marx. La razón es oscura, pero sencilla. Ambos son pensadores que intentaron ir más allá de la filosofía, más allá de la lógica del logos, más allá del mundo de la técnica. El resultado posible es la superación de la dualidad entre el mundo objetual y la conciencia de sí, esto es, la esfera de lo otro (lo objetivo) y la esfera de sí (lo subjetivo). Hegel anuncia la identidad de ambos campos en Fenomenología del espíritu (1807) bajo la expresión saber absoluto[1], por su parte, Marx anuncia la resolución del problema en la idea de hombre total en sus Manuscritos de París[2]. Ambos piensan la identidad, sin embargo: ¿lograron su cometido? Para Heidegger parece ser que no es el caso.

Heidegger explica que la crítica del humanismo no significa la afirmación del anti-humanismo. Por eso, con un dejo de ironía escribe en Cartas sobre el Humanismo:

“Como se habla contra el “humanismo”, se teme una defensa de lo inhumano y la glorificación de la brutalidad bárbara. Pues, en efecto, ¿qué más “lógico” que a quien niega el humanismo sólo le quede la afirmación de la inhumanidad?”[3]

Es sencillo. Heidegger piensa más allá de la filosofía, de la onto-teología, de la lógica del logos, de las valuaciones binarias del mundo de la técnica. Heidegger escapa a la configuración binaria, a los patrones, a la técnica y, propone, simplemente, el pensar.

El pensar, se presenta como el más allá de la filosofía, porque predispone al ahí del ser, genera las condiciones, para un  fin tremendo en el cual la ausencia de Dios se hace presente. Lo tremendo de todo esto es el encuentro con el ser, pues la ausencia, anuncia la presencia del ahí del ser. Es lo tremendo de la verdad del ser. El pensar – como más allá de la filosofía – es una crítica oscura, pero radical, a la modernidad de la técnica.

Heidegger comenta en una entrevista concedida al periódico alemán Der Spiegel algo que debió sorprender, por de pronto, al periodista:

“Con esta pregunta volvemos al comienzo de nuestra conversación. Si se me permite contestar de manera breve y tal vez un poco tosca, pero tras una larga reflexión: la filosofía no podrá operar ningún cambio inmediato en el actual estado de cosas del mundo. Esto vale no sólo para la filosofía, sino especialmente para todos los esfuerzos y afanes meramente humanos. Sólo un dios puede aún salvarnos. La única posibilidad de salvación la veo en que preparemos, con el pensamiento y la poesía, una disposición para la aparición del dios o para su ausencia en el ocaso; dicho toscamente, que no «estiremos la pata», sino que, si desaparecemos, que desaparezcamos ante el rostro del dios ausente.”[4]

Solo un Dios puede salvarnos: el Dios ausente. El juego de palabras heideggeriano no debe engañar al lector entrenado en la lógica binaria. La aparición, es la aparición de la ausencia que, anuncia una presencia, la del Dios ausente.

Dios solo se piensa a sí mismo, es la entidad que mueve sin ser movida, como el amor.  El Dios es egoísta, un ególatra de “dimensiones divinas”, solo se preocupa de sí (así lo plantea Aristóteles en su Metafísica), es “pensamiento que se piensa a sí mismo”. Entonces, ¿ingresar al mundo moderno de la técnica? ¿Por qué si es un Dios ególatra? ¿Por qué debería Dios solucionar un problema humano, demasiado humano, como lo es el imperio de la técnica? Por otra parte, hace más de dos mil años nos envió a su hijo y, nosotros, no encontramos nada mejor que crucificarlo. Pero en ese entonces, no era el mundo moderno de la técnica, ahora, solo un Dios estúpido podría enviar nuevamente a su hijo al mundo terrenal de la techné. En efecto, el Mesías hoy no sería crucificado, esa forma de morir, en el mundo de la técnica, es casi tierna. En algún laboratorio, en algún lugar ahí del “pensar” técnico, se elaboraría una forma sofisticada de causar dolor al hijo de Dios y, luego, técnicamente, asesinarlo. Eso es lo tremendo de la técnica.

¿Qué Dios se atrevería a venir al mundo de la técnica? Solo uno que se ha vuelto loco. La deidad se encuentra cómoda, no vendrá. Entonces, la alternativa es prepararse para la ausencia de Dios ahí en el ocaso, en el día del Juicio Final, el día de la verdad del ser, en el cual Dios afirma su ausencia. Dios se hace presente en su ausencia y reclama a los miembros ciudadanos de la polis: “deben hacerse cargo, estar a la altura, de lo que todos ustedes han forjado”. Es el momento en el cual el mesianismo es ahí sin Mesías. Ya no hay Mesías que se atreva a penetrar el mundo de la técnica. La modernidad de la técnica, es tan radical, que espanta a nuestros propios dioses.

En el presente escrito, ensayaremos un diálogo de filósofos que van “más allá de la filosofía”, justamente por atreverse a pensar. Se trata de las espectralidades del mundo moderno, de habitantes secretos del presente que susurran un secreto y, un nuevo caminar por el mundo.

Lo tremendo es el poder de la técnica

            La techné, o simplemente técnica, es el conocimiento ahí en el cual medios y fines se distancian. Lo central de la técnica no es el acto, sino el resultado, el fin. Es diferente a la phrónesis, en el cual el acto es querido por sí mismo. Pero en el mundo señoreado, dirigido, orientado, por la técnica cualquier fin es válido, cualquier fetiche es plausible, precisamente porque no hay prhónesis (conocimiento moral), sophía, tampoco las otras formas del conocer humano (memoria, experiencia, etc.). La techné se ha transformado en la deidad, ya no hay noús. La techné señorea por el mundo, en aviones, misiles, cohetes, bombas, tanques, o simplemente, en tal o cual institución gubernamental.

            En la famosa dialéctica del amo y el esclavo, en la Fenomenología del espíritu, Hegel ya observa que algo tremendo se anuncia. El esclavo, esa conciencia cuyo ser es para otro, ha sido sometido tras sentir temor a perder la vida. Y es ahí sometido a una existencia animal, es una bestia de carga, ahí, en la pura “existencia natural”. Hegel está describiendo, en nuestra lectura, la formación de la modernidad. Se trata del mundo moderno configurado a partir del miedo, del terror, sin embargo, con ello –dice Hegel – “es el comienzo de la sabiduría”.[5] Se trata del saber moderno de la técnica y ella es, dice Hegel, “apetencia reprimida”, “desaparición contenida”. El conocimiento de la modernidad, a través del trabajo (técnica), se presenta como deseo reprimido, como un contenedor de temores y violencia radical. Pero Hegel es más moderno de lo que usualmente se cree y agrega:

“Sin la disciplina del servicio y la obediencia, el temor se mantiene en lo formal y no se propaga a la realidad consciente de la existencia.”[6]

Ahí está presente lo tremendo. El miedo, la violencia, se objetiva en la realidad a través de este conocer que es deseo reprimido. Luego de estos pasajes propios de una revelación, la presencia del silencio hegeliano se hace presente.

            Por otra parte, uno de los discípulos más importantes de Hegel, un pensador de la modernidad, nos referimos a Karl Marx, va a afirmar en sus Grundrisse, en un pasaje poco comentado, que la técnica (el desarrollo de las fuerzas productivas) avanza primero en los ejércitos, en la guerra. Se trata de un pasaje, de una nota marginal sobre lo tremendo de la modernidad:

“La guerra se ha desarrollado antes que la paz: mostrar la manera en que ciertas relaciones económicas tales como el trabajo asalariado, el maquinismo, etc., han sido desarrolladas por la guerra y en los ejércitos antes que la sociedad burguesa (léase “civil”). Del mismo modo, la relación entre fuerzas productivas y relaciones de tráfico, particularmente visibles en el ejército.”[7]

Marx va más allá de la filosofía, se estremece ante lo tremendo de la técnica, de aquella que se forja en el deseo – no tan reprimido – de aniquilar, exterminar, al que es otro. El estremecerse de Marx no fue heredado a la mayoría de sus discípulos, lo cual es, tremendo.

La modernidad de la técnica es lo tremendo. Es para sí y se representa como lo necesario y bondadoso. Es también un ethos en el mundo. Un habitar. El esclavo que ha sentido temor es, también, un hipócrita. Se encuentra ahí impotente frente a lo tremendo y exclama un tímido y cómplice susurro: ¿qué podemos hacer? Es la impotencia de lo tremendo. Pero no solo los esclavos se ven impotentes, incluso los ángeles pierden su fuerza vital ante lo tremendo de la modernidad, Walter Benjamin es lúcidamente claro frente a la impotencia del progreso:

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él vemos un ángel que parece estar alejándose de algo mientras lo mira con fijeza. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas desplegadas. Ése es el aspecto que debe mostrar necesariamente el ángel de la historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde se nos presenta una cadena de acontecimientos, él no ve sino una sola y única catástrofe, que no deja de amontonar ruinas sobre ruinas y las arroja a sus pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y reparar lo destruido. Pero desde el Paraíso sopla una tempestad que se ha aferrado a sus alas, tan fuerte que ya no puede cerrarlas. La tempestad lo empuja irresistible hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que frente a él las ruinas se acumulan hasta el cielo. Esa tempestad es lo que llamamos progreso.”[8]

Luego de este diálogo entre líneas. De esta triple forma de estremecerse frente a lo tremendo, tenemos la techné como el conocimiento que es para lo tremendo (la guerra, violencia, la catástrofe), una forma de habitar lo tremendo. Es la apetencia contenida que se vuelva tremenda en la contención del deseo. Es un mundo creado a partir del temor originario del esclavo que es un ser para otro.

Entonces, se trata de la tecnificación del conflicto, de la violencia, del enfrentamiento, de la guerra, del deseo, de los miedos y las angustias.

Es la omnipotencia de la técnica, Heidegger responde a Der Spiegel:

“…el movimiento planetario de la técnica moderna es un poder cuya capacidad de determinar la historia apenas puede apreciarse…”[9]

Heidegger, nacional-socialista, Walter Benjamin, judío. Las cercanías las establece el pensar. Aquél, desilusionado del nazismo por faltos de hábito intelectual. Éste, desilusionado del estalinismo tras el pacto Molotov-Von Ribbentrop, un evento extraordinario en la historia de la técnica, se trata del gran acuerdo de la técnica, la conciliación del mundo “comunista” con el mundo nazi-fascista. En realidad, no se trata de dos mundos distintos, se trata de la omnipotencia de la técnica.

Heidegger expresa su desilusión a Der Spiegel:

“El nacionalsocialismo iba sin duda en esa dirección; pero esa gente era demasiado inexperta en el pensamiento como para lograr una relación realmente explícita con lo que hoy acontece y que está en marcha desde hace tres siglos.”[10]

Mientras que Walter Benjamin, en la oscuridad del pogromo anti-semita va a escribir, de manera similar:

“…En un instante en que los políticos, en los cuales habían depositado su esperanza los adversarios del fascismo, yacen en el suelo y refuerzan su derrota con la traición de su propia causa, tales reflexiones se proponen liberar al infante político mundial de las redes en que éstos lo habían atrapado. La consideración parte del hecho de que la terca creencia de estos políticos en el progreso, su confianza en su “base de masas” y, por último, su servil inserción en un aparato incontrolable han sido tres caras de la misma cosa. Procuran dar una noción de lo cara que debe costarle a nuestro pensamiento habitual una representación de la historia que eluda toda complicidad con aquella a que estos políticos siguen aferrándose.”[11]

Y esa complicidad es una complicidad con el mundo de la técnica, esto es, de lo tremendo del “progreso”. Heidegger agrega que el Estado – la institución que gobierna –, el “aparato incontrolable” del que habla Walter Benjamin (léase con atención el “aparato”, lo propio de la técnica es su “aparato”, su “maquinismo”), es el Estado de la técnica, explica a Der Spiegel: “Frente al poder de la técnica, el Estado técnico sería su más servil y ciego esbirro.[12]

Para finalizar esta parte, tenemos tres rostros de la modernidad que coinciden en su carácter moderno, esto es, técnico. Por allá los nacional-socialistas, por acá los comunistas (vertientes estalinistas), en el más allá los capitalistas, todos unidos por el secreto vínculo de lo tremendo de la técnica. Nadie escapa a lo tremendo de la técnica.

Heidegger va a sostener que nadie ha escapado a lo tremendo de la técnica, pues todos se han mostrado distantes, hostiles, al pensar. En este punto, se presenta el “más allá” heideggeriano de la filosofía: el pensar. Heidegger escapa a la filosofía, a la onto-teología, a la lógica del logos, pues ella es responsable de la modernidad. Es padre y madre de lo tremendo.

Consideraciones finales. A propósito de la ausencia de Dios

            El pensamiento es la estrategia para la maduración del ahí del ser, o simplemente, del ser humano. Por medio del pensar el ser es revelado. El lenguaje es el pensar. El ser habita en el lenguaje, puesto que el lenguaje es lo más íntimo y auténtico del ser, en tanto que su pensar. El ser en el lenguaje es habitar y soportar la ausencia de Dios en la presencia de la palabra que es lo íntimo del ser. Es el vínculo extremo con el ser otro, con la comunidad, pues en ese momento, en que el hombre se ha sentido abandonado por Dios, en la presencia del Dios ausente, tendrá ante sí solamente el pensar que habita en el lenguaje. Pero el lenguaje es el vínculo con el otro. Es la forma de escapar a la soledad y encontrar el vínculo más íntimo del ser.

            En este punto, el lector va a señalar: “quien escribe está complemente loco”. Pero no es así. El lenguaje no puede ser despreciado porque en el lenguaje habita el ser. Es la khora del Timeo de Platón. Y en este punto concordamos con Marx, pues en un pasaje poco leído y poco comentado, Marx plantea:

“…no es menos absurda que la idea de un desarrollo del lenguaje sin individuos que vivan juntos y hablen entre sí.”[13]

            El lenguaje, el pensamiento que se piensa por ese lenguaje, es la estrategia para soportar la ausencia de Dios. Pues ese momento, en el ocaso, encontraremos en el lenguaje un secreto vínculo. En ese punto, se forja la comunidad. En palabras de Heidegger “el lenguaje es la casa del ser”.[14] Pero, para comprender todos estos problemas es preciso:

“…que aprendamos a experimentar puramente la citada esencia del pensar, lo que equivale a llevarla a cabo, nos tenemos que liberar de la interpretación técnica del pensar.”[15]

El punto es la liberación, pues es la revelación, a través del pensar, de lo ente que se piensa, el ser. Por eso “…el pensar, dicho sin más, es el pensar del ser”.[16] Ese momento, a través del pensar, permite un reencuentro con algo que se había perdido (con algo extrañado o enajenado). Heidegger escribe:

“Eso que, partiendo de Hegel, Marx reconoció en un sentido esencial y significativo como extrañamiento del hombre hunde sus raíces en el desterramiento del hombre moderno…Es precisamente porque al experimentar el extrañamiento Marx se adentra en una dimensión esencial de la historia por lo que la consideración marxista de la historia es superior al resto de las historias.”[17]

De lo que se trata es de encontrar al ser que se ha perdido en algún lugar. Heidegger sostiene la estrategia del pensar y del vínculo íntimo a través del lenguaje como la forma más apropiada de encontrar al ser. Sin embargo, si bien Heidegger es capaz de abrir el problema del ser, anuncia la pérdida del ser, el secreto vínculo del lenguaje, no es capaz de hacerse cargo de la época, pues él mismo es impotente ante la técnica. Es evidente, que se trata del pensar, pero se trata  de un pensamiento que se haga cargo de la época y para ello hay un solo medio, una sola forma, la filosofía debe dejar de ser exclusivamente “pensar”, de hecho, debe volver al momento del combate anunciado por Hegel en dialéctica del amo y el esclavo, pero esta vez, sin temor, debe arrojarse a la victoria, ese camino, es un camino en el cual la técnica es enfrentado por la phrónesis, o simplemente, conocimiento moral, pensamiento que es praxis. Es el momento en el cual el ser se devela, pero a través de la praxis, de la acción revolucionaria, esa es la forma en que el pensar se hace cargo de su época y no sucumbe ante la impotencia de la técnica.

Ningún Dios va a salvarnos, Dios se hará ausente en el ocaso y ahí se revela el nosotros, única entidad, que a través de la praxis, podrá superar la modernidad de la técnica, encontrar al ser extraviado e ir más allá. Es la praxis, entonces la estrategia de enfrentar la ausencia de Dios en un mundo terrible. En otro lugar, en otro momento, fundamentaremos esto con más calma.

Bibliografía

Benjamin, W. (2014). La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago de Chile: LOM.

Hegel, G. (2015). Fenomenología del espíritu . México: Fondo de Cultura Económica.

Heidegger, M. (1996). Entrevista del Spiegel a Martin Heidegger. Madrid: Tecnos.

Heidegger, M. (2016). Cartas sobre el Humanismo. Madrid: Alianza.

Löwy, M. (2012). Walter Benjamin: aviso de incendio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Marx, C. (2012). Manuscritos económico-filosóficos . En E. Fromm, Marx y su concepto del hombre (págs. 103-175). México: Fondo de Cultura Económica .

Marx, K. (1971). Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858. Madrid: Siglo XXI editores.

[1] Hegel, G. (2015). Fenomenología del espíritu. México: Fondo de Cultura Económica, pp.461-473

[2] Marx, C. (2012). Manuscritos económico-filosóficos. En E. Fromm, Marx y su concepto del hombre (págs. 103-175). México: Fondo de Cultura Económica, p.139

[3] Heidegger, M. (2016). Cartas sobre el Humanismo. Madrid: Alianza, p.67

[4] Heidegger, M. (1996). Entrevista del Spiegel a Martin Heidegger. Madrid: Tecnos.

[5] Hegel, G. (2015). Fenomenología del espíritu. México: Fondo de Cultura Económica, p.120

[6] Ibíd., p.121

[7] Marx, K. (1971). Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858. Madrid: Siglo XXI editores, p.30

[8] Löwy, M. (2012). Walter Benjamin: aviso de incendio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, pp.100-101

[9] Heidegger, M. (1996).

[10] Heidegger, M. (1996).

[11] Benjamin, W. (2014). La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago de Chile: LOM.pp.44-45

[12] Heidegger, M. (1996).

[13] Marx, K. (1971), p.4

[14] Heidegger, M. (2016). Cartas sobre el Humanismo. Madrid: Alianza, p.16

[15] Ibíd., p.17

[16] Ibíd., p.19

[17] Ibíd., p.57

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