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¿Dónde estamos?

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¿Dónde estamos?[1]

Por John Berger

(Where are We?) Extracto de la introducción del libro Between the Eyes, Essays on Photography and Politics, de David Levi Strauss

(Las anotaciones a pie de página son del traductor)

“El próximo paso es el de rechazar todo el discurso de la tiranía. Su lenguaje es basura. En los discursos, las conferencias de prensa y amenazas interminablemente repetitivas, los términos que se repiten son Democracia, Justicia, Derechos Humanos, Terrorismo. Cada palabra en el contexto significa  lo opuesto a lo que significó en algún momento. Se ha traficado con cada uno de ellos; cada uno se ha transformado en palabra código de pandilla, se los ha robado a la humanidad”.

 

Cada uno de nosotros sabe que el dolor es endémico a la vida y desea olvidarlo o relativizarlo. Todas las variantes del mito de una Caída de la Edad de Oro –antes que el dolor existiese- son un intento de relativizar el dolor que se sufre en la tierra. Lo mismo pasa con la invención del Infierno, el reino vecino del dolor como castigo. Lo mismo que el descubrimiento del Sacrificio. Y más tarde, mucho más tarde, el principio del Perdón. Se puede argumentar que la filosofía comenzó con la pregunta: ¿por qué el dolor?

A pesar de ello, ya cuando se ha dicho todo, el dolor de vivir en el mundo quizás, de alguna manera, no tiene precedentes. La ideología consumerista, que se ha transformado en la más ponderosa e invasiva en el planeta, está dedicada a persuadirnos que el dolor es un accidente, y que podemos comprar un seguro para que no nos ocurra. Esta es la base lógica para la ideología de la ausencia de la piedad.

Escribo en la noche a pesar de estar de día. Un día al principio de octubre de 2002. El cielo ha estado azul por ya casi una semana en París. El ocaso ha ocurrido más temprano cada día y cada día es gloriosamente bello. Muchos temen que no falta mucho tiempo antes que el ejército de Estados Unidos ejecutará una guerra “preventiva” en contra de Irak para que las corporaciones petroleras estadounidenses  puedan echar sus manos sobre más petróleo que sería supuestamente más seguro. Otros esperan que esto se pueda evitar. Entre las decisiones anunciadas y los cálculos secretos, todo queda sin esclarecer porque las mentiras preparan el camino a los misiles. Escribo en una noche de vergüenza.

Por vergüenza no implico culpa individual. Vergüenza, como lo empiezo a entender, es una especie de sentimiento que a largo plazo corroe la capacidad de esperanza y nos previene la mirada hacia adelante.  Nos miramos los pies pensando solamente en el próximo pasito que debemos dar.

La gente de todos lados, bajo condiciones muy diferentes, se preguntan: ¿Dónde estamos? La pregunta es histórica, no geográfica. ¿Qué es lo que estamos viviendo? ¿Hacia dónde nos llevan? ¿Qué es lo que hemos perdido? ¿Cómo continuar sin una visión aceptable del futuro? ¿Por qué hemos perdido toda visión en lo que lleva lo pasado en una vida?

Los expertos elegantes responden: Globalización. Posmodernismo. La Revolución de las Comunicaciones. Liberalismo Económico. Los términos son tautológicos y evasivos. A la pregunta angustiante de ¿Dónde estamos? los expertos murumuran: en ninguna parte.

¿No sería mejor ver y declarar que estamos viviendo un caos de lo más tiránico –porque es de lo más penetrante- que ha existido nunca? No es fácil entender la naturaleza de la tiranía dada su estructura de poder (que incluye desde las 200 corporaciones más grandes hasta el Pentágono) está articulada pero difusa, dictatorial pero anónima, omnipresente pero que no ocupa lugar. Tiraniza desde más allá de nuestras playas no solamente en cuanto a la Ley Fiscal sino en cuanto a cualquier control político más allá del suyo propio. Su meta es eliminar lo local en el mundo entero. Su estrategia ideológica, tras la cual Bin Laden es un cuento de hadas, es socavar lo existente para que todo quepa en su versión especial de lo virtual, desde el ámbito en el cual –y este es el credo de la tiranía- habrá una fuente de ganancias sin fin. Parece estúpido. Las tiranías son estúpidas. Esta está destrozando todo nivel de vida del planeta en el cual opera.

Sin contar con la ideología, su poder se basa en dos amenazas. La primera es la intervención desde los cielos por el estado más profusamente armado del mundo.  Se podría llamar Amenaza B-52[2]. La segunda es el endeudamiento, la quiebra más brutal y, por tanto, dadas las relaciones de producción en el mundo, la hambruna. Se podría llamar la Amenaza Cero.

La vergüenza comienza con la respuesta (que todos reconocemos en parte, pero descartamos dada la falta de poder) que mucho del sufrimiento presente se podría aliviar o evitarse si tomasen algunas decisiones realistas y relativamente simples. Hoy existe una muy directa relación entre las actas de las reuniones y las actas de la agonía.

¿Existe alguien que se merece a ser condenado a una muerte segura simplemente por no tener acceso a un tratamiento que cuesta menos de $2 dólares diarios? Esta es una pregunta que hizo en julio recién pasado el director general de la Organización Mundial de la Salud. Ella se refería a la epidemia de SIDA en África y en todos lados donde se estima que 68 millones de personas morirán dentro de los próximos dieciocho años. Hablo del dolor de vivir en el mundo presente.

Muchos de los análisis y prognosis de lo que está sucediendo se presentan y estudian comprensiblemente dentro de los marcos de las diferentes disciplinas como economía, política, estudios sobre los medios de comunicación, salud pública, ecología, defensa nacional, criminología, educación, etc. En verdad, a cada una de estas áreas separadas se les agrega otra para conformar el terreno real de lo que se vive. Ocurre que durante sus vidas la gente sufre de males que se clasifican en categorías separadas y las sufren simultáneamente y en conjunto.

Un ejemplo actual: algunos de los kurdos que huyeron recientemente a Cherbourg[3] y se les ha negado el asilo con el consiguiente riesgo de ser repatriados a Turquía[4] son pobres, indeseables políticos, sin tierra, exhaustos, ilegales y clientes de nadie. ¡Y ellos sufren cada una de estas condiciones a cada segundo y en ese mismo segundo!

Para entender lo que está pasando se necesita una visión interdisciplinaria para conectar todas estas “áreas” que institucionalmente se mantienen separadas. Y cada una de estas visiones está destinada a ser (en el sentido original de la palabra) política. La precondición de pensar políticamente en una escala mundial es ver la unidad de un sufrimiento innecesario que se está dando a lugar. Este es el punto de comienzo.

Escribo durante la noche, pero no solamente veo a la tiranía. Si eso fuera así, probablemente no tendría el coraje de continuar. Veo a gente dormir, agitándose, levantarse a tomar agua, murmurando sus proyectos o sus temores, haciendo el amor, rezando, cocinando mientras el resto de la familia duerme; en Bagdad y en Chicago. (Sí, también observo a los kurdos invencibles, de los cuales cuatro mil fueron sufrieron los gases ordenados por Saddam Hussein con la complicidad de los Estados Unidos.) Veo pasteleros trabajando en Teherán y los ovejeros, a los que se confunde con bandidos durmiendo junto a sus ovejas en Cerdeña; veo un hombre en pijamas, sentado, en el barrio de Friedrichshain de Berlín con una botella de cerveza leyendo a Heidegger y tiene las manos de un proletario. Veo un pequeño bote de inmigrantes ilegales a las afueras de la costa de España cerca de Alicante; veo una madre en Ghana, su nombre es Aya, que significa nacida en un viernes, meciendo un bebé para que se duerma; veo las ruinas de Kabul y un hombre que va a casa y sé que, aparte del dolor, la ingenuidad de los sobrevivientes no disminuye, una ingenuidad que rapiña y junta energía y en la incesante astucia de esta ingenuidad hay un valor espiritual, algo como el Santo Espíritu. Estoy convencido de esto por la noche a pesar que no sé el por qué.

El próximo paso es rechazar todo el discurso de la tiranía. Sus palabras son basura. En los discursos, anuncios, conferencias de prensa y amenazas interminablemente repetitivas, los términos son Democracia, Justicia, Derechos Humanos, Terrorismo. Cada palabra en el contexto significa lo contrario de lo que alguna vez significó. Se ha traficado con cada una de ellas, cada una de ellas se ha transformado en una palabra código de pandilla, se la ha robado a la humanidad. La democracia es una propuesta (de lo que pocas veces se da cuenta) sobre la toma de decisiones; poco tiene que ver con campañas electorales. Su promesa es que las decisiones políticas se hagan tras y a la luz de consultas con los gobernados. Esto depende de que se informe adecuadamente a los gobernados sobre los temas en consideración y que quienes toman las decisiones tengan la capacidad y el deseo de escuchar y de tomar en cuenta lo que han escuchado.  No se puede confundir democracia con la “libertad” de las selecciones binarias, la publicación de encuestas de opinión o el amontonamiento de gente en estadísticas. Estas son ínfulas.

Todas las decisiones fundamentales, que afectan cada vez más el dolor innecesario que se sufre en el planeta se están haciendo unilateralmente sin ninguna consulta o participación abierta.

Por ejemplo, ¿cuántos ciudadanos estadounidenses, en el caso que fueran consultados, habrían apoyado la decisión de George W. Bush de retirarse del Protocolo de Kyoto sobre los efectos invernadero del dióxido de carbón, que ya está provocando inundaciones desastrosas en muchos lugares y amenaza, dentro de los próximos veinticinco años, con desastres aún más grandes?

Es hace un poco más de un siglo que Dvorák compuso su Sinfonía del Nuevo Mundo. La escribió mientras dirigía el Conservatorio Nacional de Música de Nueva Cork y su escritura le inspiró a escribir en Nueva Cork, dieciocho meses más tarde, su sublime Concierto para Violonchelo. En la sinfonía, las lomas horizontales de su Bohemia nativa se transforman en las promesas del Nuevo Mundo. Sin ser grandilocuentes sino sonoras y continuas, ellas corresponden a las ansias de aquellos sin poder, de aquellos a los que equivocadamente se nombran como los simples, de aquellos a los que se refería la constitución estadounidense de 1787.

No conozco ninguna otra obra de arte que exprese tan directamente y tan fuertemente (Dvorák era hijo de campesino y su padre alguna vez soñó a que fuese carnicero) las creencias que inspiraron a una generación de inmigrantes que se convirtieron en ciudadanos estadounidenses.

Para Dvorák, las fuerzas de aquellas creencias eran inseparables de una especie de sensibilidad, un respeto por la vida como aquella que se encuentra íntimamente entre los gobernados (distinta de los gobernantes) de todas partes. Y fue este espíritu el que definió la recepción pública de esta sinfonía cuando se la ejecutó por primera vez en Carnegie Hall un 16 de diciembre de 1893.

A Dvorák le preguntaron lo que pensaba sobre el futuro de la música estadounidense y el recomendó que los compositores estadounidenses escucharan la música de los indígenas y de los negros. La Sinfonía del Nuevo Mundo expresó un optimo sin fronteras a la que, paradójicamente, se le da la bienvenida porque se centra en una idea de hogar. Una paradoja utópica.

Actualmente el poder del mismo país que ha inspirado tales esperanzas ha caído en las manos de una pandilla de fanáticos (que esperan limitar todo excepto el poder del capital), ignorante (que reconoce solamente la realidad de su propio poder de fuego), hipócrita (dos medidas para todos los juicios éticos, uno para nosotros y otro para ellos), complotadores B-52 implacables. ¿Cómo fue que ocurrió? La pregunta es retórica porque no hay una respuesta única y no tiene sentido porque nada debilitará su poder todavía. Pero hacer esta pregunta en esta forma en la noche revela la enormidad de lo que ha ocurrido.

El mecanismo político de la nueva tiranía, a pesar que necesita una tecnología altamente sofisticada para poder funcionar, es crudamente simple. Usurpa las palabras “democracia”, “libertad”, etc. Impone –cualesquiera sean los desastres- la nueva forma de conseguir ganancias y caos económico empobrecedor en todos lados. Asegurarse que todas las fronteras van en una dirección: se abre a la tiranía, se cierra a otras posibilidades. Y elimina cualquier oposición llamándola terrorista.

No, no me he olvidado de la pareja que se lanzó desde las torres gemelas para no morir quemados por separado.

Existe un objeto parecido a un juguete que su fabricación cuesta tan barato como $3 dólares y que también es indiscutiblemente terrorista. Se trata de la mina antipersonal.

Ya lanzada es imposible saber a quien mutilará o matará ni cuándo lo harán. Hay más de 100 millones yaciendo o escondidas en la tierra en este momento. La mayoría de las víctimas han sido y serán civiles.

La mina antipersonal está hecha para mutilar más que a matar. Su finalidad es la de crear lisiados y está fabricada con metralla que está planificada para prolongar el tratamiento médico de la víctima y lo hace más difícil. La mayoría de los sobrevivientes tienen que sufrir ocho o nueve cirugías. Cada mes, hasta ahora, dos mil civiles de algún lugar quedan lisiados o muertos por estas minas.

La descripción “antipersonal” es lingüísticamente asesina. El personal es anónimo, sin nombre, sin género ni edad. “Personal” es lo opuesto a “gente”. Como palabra ignora lo que es sangre, extremidades, dolor, amputaciones, intimidad y amor. Abstrae la totalidad. Esta es la forma en que las dos palabras unidas a un explosivo se transforman en terrorista.

La nueva tiranía, tan igual como otras recientes, depende en gran medida a un sistemático abuso del lenguaje. Juntos tenemos que recuperar nuestras palabras secuestradas y rechazar los nefastos eufemismos de la tiranía; porque si no lo hacemos, nos quedaremos solamente con la palabra “vergüenza”.

No se trata de una tarea simple porque la mayoría de sus discursos oficiales son pictóricos, asociativos, evasivos y llenos de insinuaciones. Pocas son las cosas que se dicen en blanco y negro. Tanto los estrategas militares como económicos ahora se dan cuenta que los medios de comunicación tienen una función crucial, no tanto para derrotar el enemigo actual tanto como cerrar y prevenir las insurrecciones, las protestas o la deserción. Cualquiera de las manipulaciones de los medios de comunicación por la tiranía es un índice de sus temores. La actual vive en el temor de la desesperación mundial. Un temor tan profundo que el adjetivo “desesperado” no se usa nunca excepto cuando significa peligroso.

Sin dinero, cada necesidad humana diaria llega a ser un dolor.

Aquellos que se han robado el poder –y no están todos en el gobierno por lo que se dan cuenta de la continuidad de aquel poder más allá de las elecciones presidenciales –pretende salvar al mundo y ofrece la oportunidad de ser sus clientes a su población. El consumidor mundial es sagrado. Lo que no agregan es que los consumidores solamente cuentan porque generan ganancias, que es lo único sagrado. El juego de manos solamente nos dirige a esa encrucijada.

La reclamación de estar salvando al mundo enmascara la suposición del embaucador que una gran parte del mundo, incluyendo gran parte de África y una parte considerable de Sudamérica es irredimible. En verdad, cada rincón que no puede ser parte de su centro es perpetuo. Y esa conclusión cae inevitablemente del dogma que la única salvación es el dinero y el único futuro mundial es donde insisten en sus prioridades, prioridades que ante los nombres falsos que se les ha dado, son en realidad más o menos que sus beneficios.

Aquellos que tienen diferentes visiones o esperanzas para el mundo, en conjunto con aquellos que no pueden comprar y que sobreviven a diario son retrazadas reliquias antiguas de otras épocas o, cuando se resisten ya sea pasivamente o con las armas, son terroristas. Se les teme como portadores de la muerte, portadores de enfermedades o de insurrección.

Cuando hayan sido “disminuidos”, la tiranía, en su inocencia, cree que el mundo quedará unificado.  Necesita su fantasía de un final feliz. Una fantasía que en realidad será su ruina.

Cada forma de respuesta en contra de esta tiranía es comprensible. El diálogo con aquella es imposible. Para que nosotros vivamos y muramos apropiadamente, las cosas tienen que recibir su nombre apropiado. Recuperemos nuestras palabras.

Octubre de 2002

 

 

 

[1] Traducción desde el inglés a cargo de Luis Salvatierra para Marxismo & Revolución (marxismoyrevolucion.org)

[2] Como el bombardero

[3] Francia

[4] Los kurdos son duramente reprimidos en Turquía desde la gran masacre que sufrieron hace 100 años atrás. Por lo demás, la militancia de izquierda es fuerte y lucha por la independencia de Kurdistán.

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