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Antonio Labriola y la filosofía de la praxis

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Antonio Labriola y la filosofía de la praxis

Por Carlos F. Lincopi Bruch

“…parece necesario revalorizar el planteamiento del problema tal y como lo intentó Antonio Labriola.”

Antonio Gramsci

“La historia es, pues, un infierno…”

Antonio Labriola

Apuntes preliminares

            El contexto histórico en el cual se desarrolla el pensamiento de Antonio Labriola (1880-1904) ha sido caracterizado por la expansión – difusión – masiva, por la esquematización y empobrecimiento del marxismo.[1] Es el periodo del “marxismo de la Segunda Internacional” liderado por Karl Kautsky, difundido ampliamente en Europa, había transformado el marxismo en una filosofía contemplativa, economicista, evolucionista, y por tanto, oportunista en el terreno de la práctica política.[2] Es en este contexto que Labriola desarrolla su interpretación de la obra marxiana. Aunque fue leído por Lenin y Trotsky[3], no puede decirse que haya provocado gran influencia en la constitución del pensamiento marxista ‘oficial’, sin dudas, Antonio Labriola, en tanto filósofo de la praxis, desarrolla su pensamiento desde las periferias de la Segunda Internacional, obnubilado por Karl Kautsky y Georg Plejanov.

            Labriola, lejos de esquematismos estériles, desarrolló un marxismo vivo, no dogmático, el cual fue bastante criticado por los socialistas italianos. Por ejemplo, Filippo Turati (1857-1932), principal dirigente del Partido Socialista Italiano por aquellos años, señaló que: “la naturaleza esencialmente crítica de su talento no le dejo ser un militante del partido, en el pleno sentido de la palabra, ni un elemento cooperador con nuestra acción positiva, de la que destacaba sobre todo las imperfecciones y las inevitables incoherencias.”[4] Inclusive Engels señalaba en torno a las críticas “malevolentes” de Labriola en carta a Turati que, este tipo de gente –como Labriola – ingresan “como langostas” a invadir los partidos socialistas, pero que no son más que jóvenes burgueses, de los cuales Bakunin estaría orgulloso.[5] Como se puede ver, el marxismo dogmático, tanto de Engels como de los principales dirigentes del Partido Socialista Italiano, era incompatible con el pensamiento crítico-revolucionario de Antonio Labriola.

Ahora bien, ¿quién era este filósofo que causaba tanta molestia a Engels y a los dirigentes del PSI? Veamos. Antonio Labriola nace en Cassino (1843), en el seno de una familia de la pequeña burguesía italiana, en 1861 se traslada a Nápoles para asistir a la Universidad y estudiar filosofía.[6] Entre los años 1870-1880 reconocerá filas en el moderantismo italiano, del cual terminará por salirse debido a la corrupción política y el transformismo parlamentario que experimenta dicha corriente.[7] Su adhesión al socialismo data entre los años 1879-1880.[8] Además, entre los años 1886-1889, Labriola se involucra con movimientos democráticos que luchaban por la laicicidad del Estado, en una lucha constante contra la Iglesia. En este sentido, un hecho notable es el intento de levantar un monumento a Giordano Bruno en protesta hacia el poder eclesiástico.[9] En 1894 escribe a Engels señalando que se le han “han disipado todas las dudas sobre la interpretación materialista de la historia.”[10] Antonio Labriola, gigante pensador de la praxis, finalmente, muere en Roma el 4 de febrero de 1904.

¿Por qué estudiar a Labriola? Sencillamente, porque fue el único de su generación – de los que hasta ahora conocemos – en interpretar el marxismo como filosofía de la praxis, ejerciendo una poderosa influencia en pensadores como Karl Korsch, György Lukács y Antonio Gramsci, pensadores claves para la constitución del marxismo crítico entendido como filosofía de la praxis. Además, el pensamiento de Labriola ha sido velado en el movimiento comunista, de manera tal que han sido pocos quienes han considerado su importancia para el desarrollo teórico del pensamiento marxista, uno de ellos fue Antonio Gramsci.

La necesidad de volver a las raíces de nuestra filosofía fue apuntada por Antonio Gramsci desde la cárcel, quien en sus famosos Cuadernos escribía: “…es necesario volver a poner en circulación a Antonio Labriola, y hacer que predomine su planteamiento filosófico. Así puede plantearse la lucha por una cultura superior…”.[11] En otro escrito, Gramsci sostiene: “La filosofía de la praxis ha sido un momento de la cultura moderna…El estudio de este hecho, muy importante y significativo, ha sido descuidado, o incluso se ignora, por los llamados ortodoxos… Por eso parece necesario revalorizar el planteamiento del problema tal y como lo intentó Antonio Labriola.”[12] En definitiva, Gramsci visibiliza la misma necesidad que nosotros, pues compartimos plenamente la necesidad de volver a Antonio Labriola, de poner en circulación sus ideas nuevamente. Gramsci nos plantea la tarea, procuraremos tomarla en nuestras manos.

En el presente documentos realizaremos una lectura de algunas de las principales ideas de Antonio Labriola a partir de tres de sus principales obras de clara orientación marxista. El primer documento es En memoria del Manifiesto de los comunistas (1895); el segundo es Del materialismo histórico (1896); el tercer y último trabajo, particularmente importante para nosotros en la medida en que va a ser aquí que Antonio Labriola va a referirse al marxismo como filosofía de la praxis por primera vez, nos referimos a Discurriendo sobre socialismo y filosofía. Cartas a G. Sorel (1897).

El abordaje que pretendemos desarrollar tiene por objeto realizar una aprensión conceptual, filosófica, más que una descripción histórica de la obra de Labriola.[13] Para ello, nos parece importante destacar tres ejes del marxismo de Antonio Labriola: 1) el marxismo como concepción historiográfica y como concepto de la historia; 2) el marxismo entendido como filosofía de la praxis, y; 3) el marxismo entendido como pensar crítico. Es fundamental para nosotros aprehender a Labriola en tanto que filósofo, y particularmente, como lector de Marx con anteojos hegelianos, pues como ha subrayado Perry Anderson, Labriola es uno de los primeros filósofos marxistas con un amplio dominio de la filosofía de Hegel, transformándose en un excelente antecedente de György Lukács.[14]

Concepción de la historia. Praxis y crítica al progreso

            Una primera forma de ingresar al marxismo de Antonio Labriola es posible a través de su concepción de la historia, en efecto, para Labriola, el marxismo es una nueva y rica concepción de la historia que se caracteriza por dar cuenta de manera consciente la necesidad y urgencia del comunismo.[15] Sin embargo, para Antonio Labriola existen ciertos lastres que impiden aprehender la obra de Marx en su verdadera dimensión, como decíamos más arriba, la obra de Labriola se desarrolla en un escenario de empobrecimiento o decadencia de la teoría marxista. Los elementos que impedirían – según Labriola – el pleno desarrollo de la concepción marxista de la historia serían básicamente la presencia de determinaciones evolucionistas (de tipo darwinista), progresistas (confianza ciega en el despliegue ascendente del espíritu humano), economicistas (que reducían el conjunto de fenómenos históricos a un subproducto o reflejo del llamado ‘factor económico’) y deterministas (que inhibían la acción humana, la voluntad, en la concreción histórica).

            En cuanto a la crítica al evolucionismo – de inspiración darwinista – Antonio Labriola sostiene que es un error considerar la obra de Marx como una variante de la obra de Charles Darwin (1809-1882)[16]. En efecto, sostiene Labriola, el darwinismo no es más que una moda que ha envilecido el ímpetu de la investigación teorética, una epidemia que se ha convertido en una “corriente fraseológica”.[17] ¿Pero en qué consiste el darwinismo en el terreno de la historia? Se trata de un intento por naturalizar la historia del ser humano, es decir, “extender las leyes y modos del pensamiento que parecieron apropiados y convenientes al estudio y a la explicación del mundo natural en general y del mundo humano en particular”[18] al terreno de la historia. La gran dificultad que tendría observar la historia desde una óptica darwinista sería la falta de aprehensión del ser humano en cuanto que ser humano, observando a éste, o más bien, reduciendo a éste a su dimensión puramente animal. Sin embargo, para Labriola, el hombre no es un simple animal, no es una simple extensión de la naturaleza, sino que ante todo éste se caracteriza, en consecuencia su historia, por la creación de un terreno artificial (que no está dado naturalmente), todo lo cual implica que para el historiador la tarea es investigar el curso de esa relación que ha engendrado lo artificial, es decir, la constante transformación y alteración de la naturaleza a través del trabajo humano.[19]  La historia, va a decir Labriola, es el “hecho del hombre”[20] mediado por la actividad del trabajo.

            El conjunto de ideas evolucionistas – de inspiración darwiniana -, a su vez, se expresan en la tentativa de representar la historia humana como un constante  progreso, es decir, como una evolución paulatina, superación ascendente, de las condiciones de vida sobre las cuales se forja el espíritu humano. El lastre que representaría esta concepción del progreso impediría observar la decadencia y tendencias regresivas en el desenvolvimiento histórico, es decir, impediría observar la dimensión negativa de lo real, los puntos críticos de la modernidad capitalista (explotación, miseria, colonialismo, patriarcado, alienación, fetichismo, entre otros). Entonces, Antonio Labriola es un crítico del así llamado ‘progreso’.  En este sentido, Leszek Kolakowski ha subrayado que:

“Era especialmente difícil para los italianos, ya fueran o no marxistas, creer en una teoría del progreso histórico ininterrumpido, pues toda la historia de su país en la época moderna venía a probar lo contrario. Tras los tres siglos de regresión y estancamiento que siguieron la Contrarreforma, toda intelligentsia radical estaba imbuida de un sentido de retraso económico y cultural del país. Las esperanzas suscitadas por el Risorgimento no fueron suficientes para dar calor a la convicción de que el progreso era una consecuencia inevitable de “leyes históricas” y los filósofos italianos, marxistas incluidos, solían ser más sensibles a la diversidad, complejidad dramática e imprevisibilidad del proceso histórico. También desde este punto de vista Labriola introdujo en el marxismo italiano una actitud escéptica hacia las explicaciones generales de la historia universal”[21]

            Para Labriola, en realidad, no había mucho que discutir, puesto que para él era evidente que Italia decaía en la modernidad, era imposible para el pensar o representar la historia como un progreso ascendente de las condiciones de vida y espíritu humano, los hechos demostraban que a partir del siglo XVI el esplendor italiano se venía abajo.[22] Para nuestro autor, el comunismo crítico, el marxismo, precisamente va a develar la “marcha funesta”[23] que adquiere el desarrollo de la sociedad en la modernidad capitalista, es decir, no progresiva, sino decadente. En este sentido, la dialéctica de la modernidad capitalista por sí misma permite que el surgimiento de la riqueza engendre al mismo tiempo la miseria, de este modo, el llamado progreso engendra el atraso.

            El desarrollo de la técnica en el contexto de la modernidad capitalista se presenta en el movimiento aparente  de lo real con el atuendo del progreso, sin embargo, ésta no puede ser considerada así sin más como progreso, pues la técnica se presenta como un arte de perfeccionamiento de la explotación y opresión humanas, como un mecanismo para consolidar la servidumbre de millones de seres humanos. Es el grupo de beneficiados por el desarrollo técnico, el conjunto de explotadores y opresores, quienes pueden llegar a sostener que la modernidad capitalista representa un progreso para el género humano, mientras el cinismo evolucionista sostiene – amparando a las clases dominantes – que la modernidad capitalista no es sino el fruto natural del desarrollo humano.[24] Es la lucha del conjunto de los explotados y oprimidos la encargada de demostrar que la modernidad capitalista no es la única modernidad posible, y menos aún, natural. Antonio Labriola es radical y nos va a entregar su propia definición de la noción de progreso, el cual es: “el compendio moral e intelectual de todas las miserias humanas y de todas las materiales desigualdades”.[25]

            En efecto, la representación de la historia como un progreso ascendente, no es sino una forma ideológica, mera apariencia, de representar el desarrollo humano. Es una justificación ideológica de las clases dominantes que pretenden presentar su orden político y social, la modernidad capitalista, como la única modernidad posible.[26] Sin embargo, esa forma ideológica no es sino una de las valoraciones posibles que puede recaer sobre la modernidad capitalista y que bien podríamos llamar como valoración positiva. La tarea del pensador marxista (y del revolucionario) es realizar la valoración negativa de la modernidad capitalista, estudiando precisamente los puntos críticos, negativos, de la modernidad realmente existente. Con ello, ya es posible pensar la historia no como una línea ascendente y unidireccional, sino que – va a decir Labriola – como una línea de quiebres, multidireccional, que al trazarse una nueva dirección vuelve a quebrar y así sucesivamente.[27] En el mismo sentido, para Labriola, la historia tiene la representación estética de un drama[28], de una tragedia. Es la serie dolorosa de miserias interminables, es la tragedia del trabajo, que siendo el elemento constitutivo de la vida humana, es al mismo tiempo tormento, maldición y sometimiento. La historia – va a decir Labriola – es un infierno.[29]

            Otra de las vertientes que envilecen la teoría marxista, a juicio de Labriola, es el economicismo, una doctrina que pretende explicar el conjunto de los fenómenos históricos como meros subproductos o reflejos del llamado ‘factor económico’. El error de esta concepción radicaría en pensar los fenómenos de la realidad como aislados entre sí. En este sentido, el marxismo no es un economicismo sino una concepción orgánica de la realidad histórica, la cual no reduce el conjunto de los fenómenos de la vida al llamado ‘factor económico’, sino que se desarrolla sobre la base de explicar históricamente, y en relación con otras determinaciones, los fenómenos de la economía.[30] Para Antonio Labriola el marxismo no es una teoría de los factores económicos, sino más bien, una crítica de la economía-política[31], crítica que tiene su sentido en la medida que expresa la dimensión negativa de la modernidad capitalista, elemento clave sobre el cual opera la práctica revolucionaria.

            Muy cerca del economicismo encontramos el determinismo, el cual observa la realidad como una determinación abstracta, sin mediación alguna de la voluntad humana, de la acción o de la praxis. Al igual que los planteamientos revisados más arriba, el determinismo se caracteriza por ser unilateral, abstracto, autómata, entre otros elementos que niegan un elemento fundamental del pensamiento marxista: la praxis. Junto con negar la mediación de la praxis, el determinismo, al igual que las otras tendencias observadas más arriba, explica el devenir humano como fruto de estrictas leyes de la historia que se cumplen fatalmente en el movimiento de lo real, sin embargo, para Labriola “no hay una ley universal de la historia y de hecho no existen tales leyes.”[32] Entonces, el marxismo no es un determinismo. El marxismo es la filosofía de la praxis y, como tal, trata sobre la acción revolucionaria mediada por la conciencia.

El marxismo como filosofía de la praxis.

            Para Antonio Labriola el marxismo es la filosofía de la praxis,[33] se forja y se construye a partir de la praxis[34]. Es a través de esta comprensión de la teoría marxista que se diluyen las diversas fuentes de envilecimiento que hemos señalado más arriba (evolucionismo, progresismo, economicismo, determinismo). El marxismo ha puesto de relieve el proceso de formación y transformación de la sociedad, es decir, de lo real.[35] En efecto, es la praxis, la actividad humana, la que permite el desarrollo concreto de la realidad histórica, por ello, Labriola dice que, la historia no se desenvuelve sin “determinadas formas de actividad humana, sea ésta apasionada o reflexiva, con o sin éxito, ciegamente instintiva o deliberadamente heroica.”[36]

            La centralidad que adquiere la praxis en la obra de Labriola está condicionada por el hecho de que éste aprehende el marxismo como una concepción de vida y mundo[37], es decir, no es una simple observación del mundo, es una forma de ser, estar y vivir en el mundo. En este sentido, el marxismo puede ser pensado como reflexión moral (ética), en la medida en que la actividad teorética del marxismo permite pensar un orden normativo (moral). En sentido, Antonio Gramsci ha observado la poca visibilización de la obra teórica de Antonio Labriola, la cual tiene a su juicio una trascendencia intelectual al ser fuente de la filosofía de la praxis, la cual puede actuar como base ética para el nuevo Estado moderno, imprescindible para la batalla intelectual y construcción de una nueva hegemonía que selle la independencia del proletariado. En la medida en que el marxismo se piensa como filosofía de la praxis, es decir, dotada de un contenido ético, al mismo tiempo, que político, se transforma – a juicio de Gramsci – en una filosofía autosuficiente.[38] La filosofía de la praxis se transforma efectivamente en la base teórica de otra modernidad posible.

            En el mismo sentido, la filosofía de la praxis adquiere una centralidad fundamental para orientar políticamente al proletariado, pues la burguesía “a decir verdad, no está tan cerca de estirar la pata como parecen creer ciertos alegres fautores de peregrinas profecías.”[39] Hoy podemos decir que tenía razón. A la burguesía, a la clase dominante, al imperialismo, hay que hacerlo caer, pues el conjunto de los explotadores y opresores no caen por sí solos, es necesaria la praxis para que el orden político burgués sea destruido/transformado/revolucionado.

            Para Antonio Labriola el concepto praxis, no expresa una especie de ‘práctica pura’, sino que es un concepto aprehendido desde el punto de vista de la totalidad con el cual se disuelve la oposición vulgar entre teoría y práctica.[40] En este sentido, la praxis, para nuestro autor, es una actividad práctica mediada por la conciencia. El marxismo es la conciencia crítica de los explotados que plantea la necesidad, urgencia y dificultades de la superación de la modernidad capitalista y la construcción de una modernidad socialista.[41] El conocimiento de la realidad histórica, desde este punto de vista, adquiere la forma de una autoconciencia o conciencia de sí del espíritu humano.

            La conciencia de sí del hombre/mujer (el conocimiento histórico), en tanto que se revela como ser de la praxis, implica también que éste se produce a sí mismo, el ser humano es causa y consecuencia, a través de la praxis, de la realidad histórica.[42] El ser humano desarrolla en el terreno histórico un proceso de auto-producción, lo cual permite pensar la posibilidad de la transformación revolucionaria de sí mismo.

            Finalmente, la praxis devela el carácter dinámico de lo real, no existen “presentes eternos”, la historia humana se revela como creación continua, como auto-poiética, al mismo tiempo que otorga la responsabilidad del presente, la praxis es siempre actual y es en sí misma la actualidad de la revolución.[43] Para el marxismo, el porvenir, no se encuentra entonces, en la bondad futura de los poderosos, sino en la presente “rebelión de los oprimidos.”[44]

El marxismo como pensamiento crítico-negativo.

Antonio Labriola nos presenta también el marxismo como un pensamiento auténticamente crítico. El alcance de esta concepción crítica es sumamente importante, pues esta caracterización nos permite enfrentar a dos envilecedores del pensamiento marxista: 1) el positivismo, y; 2) el dogmatismo. Así mismo, Labriola ha subrayado – marcando su influencia hegeliana – la centralidad que adquiere en el pensamiento comunista la negatividad revolucionaria.

            En cuanto al positivismo, Labriola descubre la peligrosa tentativa de asociar al marxismo a una variante del positivismo, es decir, una doctrina que estudia la realidad sobre la base de la evidencia empírica, de manera abstracta, afirmando el presente como lo único que realmente es, sin captar el movimiento de lo real, el proceso sobre el cual se forja la realidad concreta. El marxismo no es ni puede ser una oda a lo existente, es ante todo, una crítica de lo existente. Es de hecho, la forma particular de expresar los fenómenos en el contexto de la modernidad capitalista la que transforma “las relaciones en cosas por obra de una proyección ilusoria, y estas cosas especulativas se convierten a su vez en sujetos activos.”.[45] El positivismo es la doctrina de la cosificación del ser humano en la medida que no es capaz de aprehender al ser humano en su dimensión auto-poiética, auto-productiva. La praxis es contraria a todo positivismo, precisamente, porque se desarrolla sobre la base de la acción crítica, es decir, se desarrolla como negatividad revolucionaria.

            Otra tendencia y aún más peligrosa que todas las anteriores, detectada por Labriola, es el dogmatismo, el cual impide dar vida, movimiento, superación crítica, al pensamiento marxista. Para nuestro autor el marxismo es inevitablemente crítico, por ello señala: “Puesto que esta doctrina es en sí misma la crítica, no se puede continuar, aplicar y corregir sino críticamente.”[46]  El pensamiento marxista no se desarrolla sobre la base de escrituras sagradas, eternas e inamovibles, para Labriola: “no hay frase más insípida y ridícula que aquella que proclama al Capital Biblia del socialismo” o “…el socialismo no es una iglesia ni una secta que necesite el dogma o la fórmula fija”.[47] Para Labriola la actividad revolucionaria es esencialmente crítica. En este sentido, el marxismo de Labriola coincide con un planteamiento filosófico no acabado o cerrado, sino que se encuentra en devenir constante, el cual debe a su vez ser continuado, re-elaborado, re-conceptualizado.[48] Por ello va a decir: “Los doctrinarios y presuntuosos de toda clase, que necesitan ídolos de la mente, los fabricantes de sistemas válidos para la eternidad, los redactores de manuales y de enciclopedias, buscarán como sea en el marxismo lo que éste no ha pretendido nunca ofrecer a nadie.”[49]

            El marxismo, entonces, no es una doctrina positivista, y menos aún dogmática, sino profundamente crítica, pues ha develado las dimensiones irracionales (negativas) de la modernidad capitalista, partiendo por la irracionalidad del trabajo asalariado (la explotación).[50] El marxismo como pensamiento crítico y como práctica revolucionaria muestra la presencia de la negatividad revolucionaria[51], es decir, la fuerza negativa que permite el estallido de las contradicciones de una realidad dada. La praxis se desarrolla en el ámbito negativo de lo real. La praxis da verdad a la realidad negada, la desarrolla. El sentido con el cual Labriola entiende la negatividad determinada tiene un sentido hegeliano, pues la negación: “da verdad a lo que niega, porque en lo que niega y supera encuentra la condición (de hecho) o la premisa (conceptual) del proceso mismo.”[52]

Palabras finales

            Finalmente, podemos señalar que la obra de Antonio Labriola es central para pensar un marxismo entendido críticamente, al tiempo, que nos permite pensar y orientar nuestra práctica en la perspectiva de otra modernidad posible, no capitalista, no estalinista, sino profunda y auténticamente socialista. Labriola subraya las claves del pensamiento revolucionario, su carácter crítico y polemiza con las corrientes vulgares que sobreviven aún en nuestro tiempo presente. Del mismo modo, este artículo ha logrado presentar una historia poco conocida y poco estudiada a nuestro juicio, la historia del marxismo crítico, entendido como filosofía de la praxis. Con Antonio Labriola tenemos una pequeña clave para acercarnos al pensamiento de Gramsci, Lukács y Korsch y luchar con el envilecido marxismo-leninismo, con ese pseudomarxismo de manuales y verdades eternas. Labriola nos permite esclarecer nuestra propia historia, pues hablar de Labriola es hacer la historia del marxismo a contrapelo como diría Walter Benjamin.

            Esperamos que el presente artículo estimule la actividad crítica de la militancia revolucionaria y sea un granito de arena en la construcción de nuestro marxismo latinoamericano, creador, crítico, heroico, como diría Mariátegui. Es en estos tiempos de crisis civilizatoria que estudiar la obra de Marx y los pensadores marxistas se vuelve urgente, pues la revolución socialista es urgente, posible y necesaria.

Bibliografía

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Tagliacozzo, G. (1990). Vico y Max. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

[1] Andreucci, Franco. La difusión y la vulgarización del marxismo. En Historia del marxismo: el marxismo en la época de la II internacional(1), editorial Bruguera, 1980, p.15

[2] Situación que develará más adelante Lenin por medio de diversos escritos, pero principalmente con su libro La revolución proletaria y el renegado Kautsky

[3] Gerratana, Valentino. Antonio Labriola y la introducción del marxismo en Italia. En Historia del marxismo: el marxismo en la época de la II internacional(1), editorial Bruguera, 1980, pp.187-188

[4] Ibíd., p.189

[5] Ibíd., p.190

[6] Ibíd., p.192

[7] Ibíd., p.202

[8] Ibíd., p.203

[9] Ibíd., p.210

[10] Ibíd., p.214

[11] Gramsci, A. (1992). Antología. México: Siglo XXI editores, p.383

[12] Ibíd., pp.457-458

[13] Para el caso de una descripción histórica de la producción de Antonio Labriola puede consultarse el ensayo de Jaime Massardo Sobre la concepción de la historia de Antonio Labriola. Cuestiones preliminares publicado en el libro Gramsci en Chile por editorial Lom en 2012.

[14] Anderson, P. (2015). Consideraciones sobre el marxismo occidental. Madrid: Siglo XXI España, p.78

[15] Labriola, A. (s.f.). El manifiesto comunista de Marx y Engels. Roca, p.17

[16] Ibíd., p.20

[17] Labriola, A. (1971). Del materialismo histórico. México: Grijalbo, p.27

[18][18] Ibíd., p.27

[19] Ibíd., 31

[20] Ibíd.,32

[21] Kolakowski, L. (1985). Las principales corrientes del marxismo. II La edad de Oro. Madrid: Alianza, p.179

[22] Labriola, A., (1971). op.cit., p.125

[23] Labriola, A. (s.f.). op.cit., p.43

[24] Labriola, A., (1971). op.cit., p.46

[25] Ibíd., p.46

[26] Ibíd., p.127

[27] Ibíd., p.129

[28] Ibíd., p.121

[29] Labriola, A. (1969). Socialismo y filosofía. Madrid: Alianza, p.133

[30] Labriola, A. (s.f.). op.cit., p.78

[31] Labriola, A. (1969), op.cit., p.47

[32] Kolakowski, L. (1985), op.cit., pp.188-189

[33] Labriola, A. (1969), op.cit., p.86

[34] Ibíd., p.109

[35] Labriola, A. (s.f.). op.cit., p.16

[36] Labriola, A., (1971). op.cit., p.119

[37] Labriola, A. (1969), op.cit., p.39

[38] Gramsci, A. (1992), op.cit., pp.382-383

[39] Labriola, A. (1969), op.cit., p.37

[40] Ibíd., p.68

[41] Labriola, A. (s.f.). op.cit., p.50

[42] Labriola, A., (1971). op.cit., p.106

[43] Labriola, A. (1969), op.cit., p.87

[44] Ibíd., p.136

[45] Ibíd., p.96

[46] Ibíd., p.53

[47] Ibíd., pp.53-67

[48] Ibíd., p.47

[49] Ibíd., p.48

[50] Ibíd., p.52

[51] Ibíd., p.52

[52] Ibíd., p.78

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