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Pensar América Latina desde la totalidad, hoy. Entrevista a Jaime Osorio.

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Pensar América Latina desde la totalidad, hoy. Entrevista a Jaime Osorio.

Por Pablo Cuevas Valdés[1][2]   

Jaime Osorio, graduado en Sociología por la Universidad de Chile, realizó previamente estudios de Filosofía en la Universidad Católica de Chile y se doctoró en el Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México. Ha sido profesor en diversos programas de posgrado en  instituciones de América Latina y de España.  Actualmente está adscrito como profesor-investigador en el Departamento de Relaciones Sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, e imparte cursos en la Licenciatura en Sociología y en el Programa de Doctorado en Ciencias Sociales en dicha Universidad, así como en el Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM.

Entre los libros de su autoría se encuentran: Raíces de la democracia en Chile, Editorial Era, México, 1990; Fundamentos del análisis social. La realidad social y su conocimiento, Fondo de Cultura Económica-UNAM, México, 2001; Crítica de la economía vulgar. Reproducción del capital y dependencia,  Miguel Ángel Porrúa-UAZ, México, 2004; El Estado en el centro de la mundialización. La sociedad civil y el asunto del poder, México, Fondo de Cultura Económica, 2004, Explotación redoblada y actualidad de la revolución. UAM-Itaca, México, 2009, y Estado, biopoder, exclusión. Análisis desde la lógica del capital. Anthropos UAM, Barcelona, 2012.

El trabajo de Osorio se ancla firmemente en la tradición del pensamiento crítico latinoamericano, siendo uno de los principales exponentes actuales de la Teoría de la Dependencia. Su obra aborda, desde dicho ángulo, temas y problemáticas de relevancia contemporánea, con una mirada sumamente crítica hacia los enfoques que han estado en boga en las últimas décadas.

La entrevista que a continuación se presenta fue realizada en la Ciudad de México en diciembre de 2012,  teniendo como eje el pensamiento social latinoamericano, en un sentido amplio.

Pablo Cuevas Valdés (P.C.V.): Su trabajo representa la continuidad de una línea teórica que en décadas pasadas caracterizó a las ciencias sociales latinoamericanas, en lo que fue quizás su “época dorada”, momento en el que, desde el continente, se generaban propuestas teóricas con importantes grados de originalidad y no sólo se reiteraba lo que ya se había planteado en los países centrales. Me refiero particularmente a todo el conjunto de propuestas que ―en términos amplios― se ubicaron bajo en nombre de Teoría de la Dependencia. ¿Qué opina usted respecto al relativo abandono de ese “paradigma” en la región? ¿Qué cree que lo determinó? ¿Hubo en ello una derrota implicada para este conjunto de formulaciones teóricas? Y si la hubo, ¿en qué ámbitos fue esa derrota? ¿Fue una derrota teórica, política?

Jaime Osorio (J.O.): Creo que el primer problema sería plantearse por qué emerge la Teoría de la Dependencia, y más, en particular, la versión marxista de esta teoría; qué condiciones existen en América Latina que llevan a que se formule, gane peso y alcance un nivel de desarrollo significativo, y después podemos ver qué fue lo que ocurrió para que pierda significación y quede relegada.

La Teoría de la Dependencia surge en el contexto de dos grandes procesos latinoamericanos, que llevan a plantearse la pregunta, ¿qué es América Latina?, o, más bien, ¿qué tipo de capitalismo impera en América Latina? Uno corresponde a los fracasos que presenta el proceso de industrialización. Estamos hablando de los años sesenta, donde ya se hace manifiesto que hay una serie de problemas que se suponía que la industrialización, como proyecto, debía superar. La industrialización fue un proceso económico, político, cultural, ideológico que atravesó América Latina levantando grandes expectativas con respecto a lo que podía solucionar en términos de atraso, desigualdades sociales, motorizar el desarrollo de la región, autonomía, etcétera.

Y a inicios de los años sesenta la industrialización ya había cumplido un periodo pensando en los países de mayor nivel económico en la región, como Brasil, México, Argentina o Chile―. Llevaba por lo menos unos veinte años operando, y lo que se hace presente en la región es que además de no resolver los problemas que, se supone superaría con la industrialización, aparecen nuevos problemas. Se elevan las tasas de crecimiento; y sin embargo, los niveles de pobreza urbana, los niveles de marginalidad urbana comienzan a crecer de manera exorbitante. La pobreza, que antes era un fenómeno rural básicamente, se convierte en un problema urbano. Mucha mano de obra campesina o agrícola se traslada a las ciudades.

Aparecen las poblaciones marginales en la región, las poblaciones “callampas”, “villas miseria” en casi todas las grandes ciudades de América Latina. Las tasas de crecimiento en algunas economías logran niveles significativos, pero no van acompañadas de mejoras sustantivas en las condiciones de vida del grueso de la población: hay crecimiento, pero no hay desarrollo.

La región se hace mucho más dependiente en tecnología, equipos, maquinarias, repuestos. Ya no es  simplemente la compra de una máquina, ahora es la compra de los repuestos, los conocimientos para poder pasar a nuevas etapas dentro del proceso de industrialización, en fin, la industrialización termina poniendo a América Latina en una situación que no era lo que se esperaba que iba a ocurrir: el rumbo que había seguido en los países centrales. Todo esto significó menor autonomía política y económica, y abandonar la fuerte idea de la presencia de una burguesía “nacional” en la región, capaz de comandar proyectos nacionales.

Esta situación plantea en un campo teórico, intelectual y político muy amplio, la discusión sobre  América Latina: qué somos como región, por qué aun siguiendo las recetas del supuesto desarrollo industrial no logramos alcanzar los estadios de los países llamados desarrollados. Al contrario, el abismo con ellos se sigue ensanchando y con la industrialización aparecen nuevos problemas políticos, sociales y económicos en la región. Las preguntas “qué somos como región”, “qué capitalismo es éste que provoca este tipo de problemas”, surgen de manera imperiosa,  necesarias, imposibles de esquivar y no hacerles frente.

El segundo proceso en el que se enmarca el surgimiento de la Teoría de la Dependencia que ocurre en otro terreno es la Revolución cubana, que es un golpe político, y mucho más cuando esa Revolución, al poco andar, se declara socialista; es decir, se plantea “vamos a buscar el socialismo”. Este proceso genera interrogantes, ahora golpeando a otros sectores políticos, particularmente a la izquierda más ortodoxa, poniéndole enfrente un enorme problema. Porque se suponía que las revoluciones tenderían a explotar en aquellos países latinoamericanos donde, lo que llamaban “el conflicto entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción” se encontraría en mayores niveles de contradicción, que no era la situación de Cuba. Cuba no tenía un nivel de desarrollo industrial significativo ni mucho menos y, sin embargo, es ahí en donde explota una revolución política y social que a poco de andar declara que va a plantearse el socialismo como camino necesario para resolver sus problemas de atraso y de justicia social.

El hecho de la Revolución cubana plantea nuevamente la pregunta: ¿qué hace posible que en una  sociedad en donde entre comillas el capitalismo no alcanzaba los estadios de desarrollo más  avanzados, sin embargo exploten revoluciones, y segundo, esas revoluciones se plantean el socialismo como meta? Esto proseguía la lógica de lo que fueron la Revolución rusa y la Revolución china, que no eran las naciones más desarrolladas en términos capitalistas en su momento, comparadas con los parámetros de lo que podría ser el desarrollo de Europa central o de Estados Unidos y que, sin embargo, sus pueblos se revolucionan y se plantean el socialismo como el camino a seguir.

Entonces, desde otro ángulo y hacia otros sectores políticos e intelectuales, la Revolución cubana también interpela a las ciencias sociales, interpela a la política latinoamericana y a las corrientes teóricas marxistas prevalecientes diciendo: “hay algo particular en América Latina de lo cual hay que dar cuenta”. No basta con pensar que América Latina simplemente se encuentra en estadios más atrasados con respecto al mundo desarrollado, parece ser que vamos en una dirección distinta a la que se han movido las economías centrales, y esto plantea un campo de efervescencia teórica y política, y de discusiones en torno a las preguntas: ¿qué es América Latina? ¿Cómo es el capitalismo que opera aquí?

En ese contexto surge la Teoría de la Dependencia, la cual tiene inicialmente un abanico muy amplio de corrientes y tendencias. Porque hay corrientes que plantean el tema de la dependencia como un asunto externo, que es la que deriva del pensamiento de la CEPAL. Para el pensamiento clásico de este organismo, la región “está mal” porque “afuera ocurren cosas que nos hacen daño”, como el deterioro en los términos de intercambio. Parte importante de la misma idea de industrialización fue poner en movimiento un proyecto de desarrollo “endógeno”, dentro de su lenguaje, a efectos de poner alto a la transferencia de recursos propiciada por aquel deterioro, lo que unido a la producción industrial nos ayudaría a salir del atraso.

Para otras corrientes la dependencia es pensada como obstáculos internos, como la oligarquía agraria, la falta de industrialización, institucionalidades inoperantes, etcétera, asuntos todos que se pueden remover en el marco del capitalismo.

Ahora bien, hay otras vertientes de la Teoría de la Dependencia que se alimentan del marxismo y que van a buscar en Marx y en la tradición del pensamiento marxista ―donde incluyo la Teoría del Imperialismo― herramientas para pensar qué puede significar el capitalismo en la región y es así como se va gestando una teoría marxista de la dependencia ( TMD), donde el vínculo de la región con el mercado mundial es un elemento que tiene como consecuencia generar internamente modalidades de reproducción de capital que refuerzan la condición dependiente. Es decir, que se generan estructuras productivas que se separan de las necesidades del grueso de la población trabajadora ―sea por los patrones exportadores prevalecientes en la historia regional, sea por la concentración de la riqueza y la creación de mercados internos de alto poder de consumo―, lo que permite la marcha de mecanismos de sobreexplotación de la fuerza de trabajo; que se genere una burguesía asociada al capital extranjero, por lo que es imposible esperar que esa burguesía pueda llevar a cabo las tareas democrático-burguesas, etcétera. Así es como, en términos gruesos, emerge la Teoría de la dependencia y la TMD.

Ahora bien, ¿por qué se produce esta suerte de olvido de esta teoría en los últimos treinta o cuarenta años? Yo creo que un elemento sustancial en el tema es que este olvido ocurre paralelamente a un fuerte proceso contrarrevolucionario feroz, entre los años sesenta y ochenta del siglo XX, sea bajo la forma de dictaduras militares, sea bajo la forma de gobiernos civiles autoritarios. Hay una embestida, de parte de los sectores del capital y de las clases dominantes, muy fuerte, con costos humanos, sociales y políticos muy serios, y que tiene consecuencias en el campo de la academia, porque provoca el cierre de centros de investigación y de escuelas, el exilio, el destierro involuntario… en definitiva propicia la desarticulación de equipos de trabajo.

Esta ofensiva político-militar va acompañada a su vez de una ofensiva ideológica y teórica en donde las corrientes neoliberales y de la economía matemática, y del rational choice y del positivismo en el campo político y sociológico, van siendo establecidos como los paradigmas de “lo científico” en las ciencias sociales, muy apropiados para la puesta en marcha del mercado mundial como espacio de operaciones del capital (mundialización), y de las posteriores transiciones a la democracia en nuestra región. De esta forma, a lo menos unas tres decenas de generaciones de cientistas sociales son formados en el desconocimiento de aquellos cuerpos teóricos que la región logró conformar y desarrollar.

En estas condiciones es difícil decir que hubo una derrota teórica, o que emergieron corrientes que discutieron los planteamientos duros de la Teoría de la Dependencia y que hubieran hecho otra propuesta, superior, con respecto a cómo caracterizar América Latina, cómo tratar de entender su atraso, su subdesarrollo, sus desequilibrios estructurales. Yo por lo menos no conozco ninguna teoría que haya realizado alguna propuesta superior en ese sentido, que ofrezca una mejor explicación. Es más, diría que pensar América Latina como totalidad, como una región con legalidades específicas, con funcionamientos particulares, también es un asunto que se abandona, cayéndose en una unidad mecánica de suma o agregación de partes, en este caso países o economías, y a eso se le llama América Latina, ejemplificado en los estudios de la actual CEPAL, y en donde América Latina como tal no tiene consistencia propia.

Esto no implica afirmar que la Teoría de la Dependencia, y en particular la TMD, daba respuesta a todo, pues su desarrollo aún estaba en marcha. Cuando ocurre el proceso contrarrevolucionario en América Latina, la TMD recién había alcanzado un nivel de madurez con el texto de Ruy Mauro Marini Dialéctica de la dependencia, que es el que funda o establece los cimientos de esta teoría, y el cual sale publicado como libro recién el año 1973 en México, que es el año del golpe de Estado en Chile. Evidentemente había un largo camino que recorrer como teoría para dar explicaciones más serias de otros procesos de la región. Esa es la tarea de quienes nos ubicamos desde esa perspectiva, a fin de establecer y expandir  cimientos de un cuerpo teórico que dé explicación respecto de dónde reside la singularidad de América Latina en el seno de un sistema mundial capitalista en el que se combinan diversos modos de ser capitalista, y uno de ellos es la forma de ser capitalista-dependiente.

P.C.V.: Ahora bien, ¿cuál es la actualidad de la Teoría de la Dependencia, qué es lo que usted cree que justifica hoy plantear una investigación desde sus interrogantes? O, dicho de otra manera, ¿qué hay en la realidad contemporánea que convoca a trabajar desde los desarrollos de esta teoría?

J.O.: Creo que nuevamente tenemos una interpelación de los procesos mismos que están atravesando América Latina, que provocan en mucha gente una suerte de insatisfacción respecto de las explicaciones que prevalecen en la academia y que convocan a volver a mirar lo que en la región se había hecho, en qué punto habían quedado aquellas discusiones, en qué punto habían quedado aquellos planteamientos que formuló la TMD, y que es lo que de alguna manera vitaliza una suerte de resurgimiento de las preguntas tradicionales: ¿qué hay en América Latina que haciendo lo que en otras regiones se ha hecho, no termina de dar los resultado que en otras zonas se han alcanzado? Porque hoy día, después de treinta o cuarenta años de grandes reformas estructurales llevadas a cabo por el proyecto neoliberal, donde se ha realizado una restructuración global de América Latina en todos los terrenos, donde no hay espacio de la estructura latinoamericana que no haya sido modificado de manera radical por la lógica de que “tenemos que insertarnos de una nueva manera en el mercado mundial”, lo concreto es que seguimos reproduciendo resultados distintos a los que se esperan. Ya somos la región más desigual del mundo: se produce riqueza, una enorme riqueza, pero queda concentrada en cinco por ciento de la población. Tenemos una enorme capacidad de democratizar la pobreza. En medio de toda esa radical reestructuración, resulta que la región sigue generando desigualdades sociales como en el siglo XIX. Asistimos a un proceso de industrialización que ya no dio resultados y el capital hoy día inserta nuestras economías al mercado mundial nuevamente como grandes productoras de materias primas, de alimentos y de algunos segmentos industrializados. Y todo eso no termina de constituirse ni siquiera en un pequeño motor, ya no digo locomotora, de un proceso en el que se pueda vislumbrar una ruta factible para superar los problemas de  atraso, de pobreza, de desigualdad prevalecientes en la región.

Después de todos los cambios efectuados y los magros resultados para el grueso de la población, la propia realidad ha demostrado que ya no es creíble que nos faltan cosas por hacer y que por eso es que estamos subdesarrollados. El problema es que las reformas que se supone que teníamos que realizar se han hecho, y sin embargo se sigue reproduciendo el subdesarrollo. Se asiste a aquello que cristalizó en una afirmación que fue repudiada por muchos teóricos de los años sesenta-setenta; esta es, que lo único que América Latina puede esperar en el seno de una modalidad capitalista de desenvolvimiento, en el seno de un mundo capitalista, es el desarrollo del subdesarrollo. Y eso es lo que hemos hecho en estos últimos cuarenta años: desarrollar el subdesarrollo. ¿Qué reforma nos falta, a qué teoría hegemónica recurrir para explicar por qué estamos en la situación en que estamos?

En medio de esa falta de respuesta, frente a esa falta de explicaciones mínimas que digan “estamos como estamos porque hay tal o cual problema no resuelto en la región”, se plantea, sobre todo entre las nuevas generaciones de estudiantes e investigadores, la necesidad de volver la vista a aquellos momentos en los que se formularon explicaciones sobre el modo de ser de América Latina, de la originalidad de la región, de las razones por las cuales somos subdesarrollados, somos dependientes, somos atrasados, para poder entender por qué aun reformándonos, aun haciendo todas las tareas que nos han reclamado que estaban pendientes, lo que la región ha desarrollado es subdesarrollo Y cuando esas respuestas son conocidas, crece el interés para, desde allí, seguir pensando acerca de los problemas y procesos de la región. Hay en todo esto un aliciente poderoso que provoca que en el mundo académico, donde en general no se otorgan hoy día las herramientas teóricas ni se le ofrecen a los estudiantes las mejores condiciones para prepararse para una reflexión de esta naturaleza, nuevas generaciones encuentren los caminos para apropiarse de aquellos conocimientos, lograr una formación que permita retomar aquellas reflexiones que quedaron truncas e impulsar la búsqueda de respuestas más consistentes sobre las dinámicas que atraviesan a la región.

P.C.V.: ¿Podríamos esperar, por lo tanto, una rearticulación de la Teoría de la Dependencia a nivel  académico?

J.O.: Yo no sé si estos procesos necesariamente vayan a tener expresión en la academia misma. En la academia latinoamericana veo que los temas que se destacan y/o la forma de abordarlos poco o nada tienen que decir sobre los procesos que prevalecen en la región. Por ello no sé si será en la academia que se producirá la rearticulación de la TMD. Algo importante se está produciendo allí, pero creo que la envergadura de los problemas planteados hace germinar brotes de reflexión en ámbitos que la exceden, incluso como seminarios o por la vía de formación de grupos de estudio paralelos a los programas académicos reconocidos.

P.C.V.: Y dando un viraje del tema, quisiera preguntarle por otro aspecto de su trabajo, que se relaciona con la reflexión en torno a cuestiones epistemológicas; en particular, sobre el estudio de la totalidad de las relaciones comprendidas por el capital. Este quizás es un buen ángulo para acercarse a otras dimensiones de su producción y, precisamente, para poder debatir con las posturas que prevalecen en la actualidad en la academia. Pensando en ello, ¿en qué sentido la lógica del capital sería la actividad unificante de la modernidad capitalista? ¿Cuál es su visión de la oposición que hay entre, por un lado, un neopositivismo muy fuerte, muy matematizado, muy cargado hacia la estadística, y por el otro lado, un posmodernismo muy microdescriptivo y más cargado hacia la filosofía? Desde su punto de vista, ¿cómo responder a aquella reacción “casi automática” y estereotipada a una propuesta que hable de la totalidad, que de inmediato la califica como determinista, como economicismo, como esencialismo o incluso totalitarismo?

J.O.: Efectivamente, si uno observa la academia latinoamericana ―y quizás la academia mundial― tiende a ver que prevalecen posturas neokantianas y posturas posmodernas con mayor o menor énfasis en las ciencias sociales y en las humanidades; neokantianas que devienen a su vez en neopositivistas, empiristas, preocupadas por el dato, el objeto, con un empirismo generalmente burdo y ramplón. Son las miradas que han establecido un mundo de cosas. La ciencia moderna ―y cuando decimos “la ciencia moderna”, decimos los saberes que en el capitalismo se han conformado como tales ― es una ciencia cosista, una ciencia que está fundada en pensar cosas. Y eso tiene como contracara su rechazo y su  imposibilidad de pensar en relaciones. Llegando a las últimas partes de las cosas, se supondría que estamos generando las mejores condiciones para construir ciencia. De ahí la búsqueda o la preocupación por llegar a “la parte que ya no tenga partes”, que ya no pueda ser dividida. Esta es una preocupación asociada a las ciencias duras, y que también llega a las ciencias sociales, que desde el átomo (la parte sin partes) podemos empezar a construir el edificio teórico que nos permita explicar el resto de la estructura de la realidad natural y de la realidad social. No se plantea la posibilidad de pensar en que las cosas se constituyen en un campo de relaciones.

Por otro lado, hay una suerte de resignación en el neokantismo respecto de la dificultad de dar una explicación global, general, de la vida social. Es algo así como la típica respuesta de Weber: uno escoge de acuerdo con sus valores un problema, escoge algún pedazo de la realidad y, bueno, hasta allí operaron los valores; de ahí para adelante hay que empezar a ser objetivos y estudiar esa parcela de la realidad que se escogió con toda la rigurosidad y objetividad posibles. Pero, ¿de dónde viene este tipo de propuesta?

Viene de la idea de que no es posible tener una explicación del conjunto de la vida social; es decir, que no es posible alcanzar una explicación respecto a qué organiza la vida societal, qué es lo que hace que la vida en común tome una forma determinada, rutas determinadas, que los seres humanos nos relacionemos de la manera en que nos relacionamos, que tengamos que producir de una determinada manera, nada de eso para este kantismo tiene significación. Ni siquiera se lo plantean como horizonte, dan por sentado que hay algo incognoscible, hay algo a lo cual la razón no puede llegar: esa idea de la cosa en sí a la que no se puede llegar. La continuación de este escepticismo epistémico es la idea de que no se puede alcanzar una perspectiva del conjunto de la vida social, tener alguna explicación de la totalidad. Les suena a totalitarismo que alguien se pregunte por aquello que unifica, la actividad que le da sentido al conjunto de la vida social: asocian inmediatamente una pregunta de esta naturaleza con totalitarismo. Pero yo diría que es la pregunta elemental que uno tiene que formularse, porque de lo contrario, si no hay ―aunque sea en términos de hipótesis― una formulación sobre el conjunto de la vida social, cómo puedo tomar una parcela si no tengo idea en dónde se ubica dentro de ese conjunto de la vida social, qué lugar ocupa. Es como contar con un hígado y estudiarlo a profundidad, pero no saber qué función y tareas cumple dentro de un organismo vivo. Esto que, visto desde esta perspectiva suena totalmente poco razonable hacer, en las ciencias sociales se hace con la mayor tranquilidad del mundo: tenemos así estudios de pedacería social que se multiplican, sin capacidad de articular.

La noción de totalidad se plantea justamente que no sólo es factible sino necesario arrancar con una formulación sobre los procesos y relaciones que articulan la vida societal. Que responda por qué nos organizamos de la manera en que lo hacemos, por qué el trabajo es asalariado, por qué la riqueza se concentra en las manos en que se concentra, por qué se genera pobreza, por qué habiendo tantos bienes,  tantos valores de uso disponibles, sin embargo hay hambre y hay pobreza, qué es lo que traba que los  bienes y las riquezas que se producen lleguen a las manos de quienes los necesitan. No es ningún abuso, sino al contrario, es una exigencia del propio conocimiento, formular hipótesis de qué es lo que organiza en conjunto la vida societal y que hace que ocurran fenómenos como los que estoy mencionando. En medio de eso, decir, “es la lógica del capital la que hoy día da sentido a esta vida”, parece una respuesta razonable, a lo menos para explicar los  principales fenómenos sociales; la lógica del capital constituye una respuesta posible y necesaria.

La fuerza del capital fue generando una masa de sujetos despojados de tierra y herramientas que impide toda otra forma de subsistencia que no sea vender las capacidades de trabajo y obliga a millones de seres humanos a vender su fuerza de trabajo. Y esa venta se encadena con las operaciones de otros sujetos que salen al mercado con el fin de producir ganancias. ¿Qué provoca que haya un exceso de mercancías en las tiendas y supermercados y que no puedan llegar a la boca o a satisfacer las necesidades de quienes las necesitan? El hecho de que quienes las necesitan no tienen dinero para poder adquirirlas. Qué sociedad tan extraña la que construimos… que teniendo una capacidad enorme de generación de riqueza en valores de uso específicos, en ropa, en alimentos, en instrumentos, celulares, televisión, etcétera, ellos no lleguen a quienes los necesitan. Esto no tiene nada de obvio, no tiene nada de natural, es resultado de razones y relaciones sociales; hay fenómenos sociales que nos permiten explicar por qué las cosas ocurren de esta manera. Creo que introducir la idea de la lógica del capital como el elemento que organiza y que nos  permite entender los grandes fenómenos sociales no constituye ningún exceso retórico; al contrario, constituye una exigencia teórica para poder aproximarnos a entender por qué ocurre este tipo de fenómenos.

Ahora, una noción como la de totalidad, evidentemente pone en discusión la propuesta positivista; es decir, su lógica de que es imposible conocer la totalidad o es imposible conocer aquello que organiza la vida social o, dentro de esa propia lógica, que intenta resolver por una suerte de sofisticación estadística y matemática lo que no puede resolver teóricamente. La sofisticación matemática y estadística termina  generando modelos, fórmulas, pero para explicar parcelas, para explicar fenómenos muy puntuales,  fenómenos muy específicos; nunca para dar una explicación del conjunto de la sociedad. La noción de totalidad aparece como una amenaza a ese tipo de posturas.

Por otro lado, constituye también una amenaza y una oposición a la propuesta posmodernista, una propuesta que es el reverso neorromántico de la posición neokantiana; es decir, los humanos no tenemos posibilidad de explicar el conjunto de la vida social y por lo tanto, quedémonos con explicaciones muy particulares, muy específicas, muy de lo singular, olvidémonos de las explicaciones generales, olvidémonos de los universales, conformémonos con el microrrelato, porque ―de acuerdo con los posmodernistas― ya hemos llegado al fin de los megarrelatos, sin sonrojarse al afirmar lo anterior, ya que una propuesta teórica que universaliza la necesidad de los microrrelatos, lo que está planteando es un nuevo gran relato, el de la necesidad única de los microrrelatos.

P.C.V.: Y desde esta misma perspectiva, en otras publicaciones usted ha tratado varios temas específicos, como en su último libro[3], que aborda la relación que existiría entre la nueva forma de legitimación política democrática y el nuevo patrón de reproducción del capital en América Latina, y a su vez, también aborda el tema de la exclusión y la pobreza, todo ello a partir de la totalidad de las relaciones que constituye el capital. 

J.O.: Lo primero que habría que señalar con respecto a estos temas es que el marxismo, desde el cual yo  reflexiono, reclama poner en discusión las visiones disciplinares que hoy día nos dominan, y reclama  ponerlas en discusión porque éstas no son ajenas a la historia de la modernidad capitalista y a las necesidades de conocimiento que se producen en esas determinadas circunstancias. Por lo tanto, hay que ponerlas en discusión, primero por esa razón histórica, pero también por su incapacidad de poder plantearse con exactitud los fenómenos que señalaba anteriormente en torno a la idea de totalidad, la lógica del capital como totalidad, la necesidad de buscar una explicación de la vida social en su conjunto.

¿A dónde vamos para buscar esas respuestas? ¿A la economía, a la política, a la sociología, a la sicología social? ¿A dónde vamos? Cada disciplina diría: “Bueno, si hay que ir a alguna parte, vamos a mí disciplina”. Pero ninguna tiene el atrevimiento de decir: “Sí, vengan a mi disciplina”, porque cada una sabe que está estudiando un pedacito de algo que, a su vez, entiende que no sabe qué lugar ocupa dentro de un todo más amplio. Tampoco lo reclaman. Cada cual se conforma con su parcelita que le asignaron dentro de esa división disciplinar, se conforma con sus dos centímetros cuadrados que le correspondieron y ya. Y evidentemente una explicación de qué es lo que organiza el conjunto de la vida social no puede quedar amarrada a una visión disciplinar, tiene que pensarse desde algo que la rebase.

La economía y la política, por ejemplo, son dos formas disciplinares que normalmente se entienden como distintas, separadas, cada una en su campo específico. Lo primero que habría que decir es que si uno dice “capital”, dice inmediatamente “economía”, pero también dice inmediatamente “política”. El capital no es ni pura economía ni es pura política, es una unidad diferenciada de economía y de política. No puede haber explotación sin dominio, no puede haber dominio ―en este caso― sin explotación. Ya esa afirmación rompe con la visión de las parcelas disciplinarias que tenemos enfrente.

Si esto lo trasladamos, por ejemplo, a pensar los problemas latinoamericanos en los últimos años, o si integramos lo económico y lo político y los pensamos como una unidad, creo que podemos ver muchas más cosas que si se piensa cada cual desde su propia disciplina. Por ejemplo, cuando aparece el tema de la democracia en América latina, las transiciones hacia la democracia, años setenta, ochenta, y de ahí para adelante, hemos sido bombardeados en la academia por las transiciones a la democracia, por la consolidación de la democracia, por la calidad de la democracia. ¿Qué significa pensar en la democracia?  Significa pensar, a lo menos, en una forma de organización de la vida en común que implique una mayor  participación, una inclusión de los ciudadanos en el curso de la vida en común. En que tengan mayor capacidad de decisión, mayor capacidad de incidencia, en que haya un reparto del poder, y en donde los ciudadanos nos “empoderemos” o la sociedad civil se empodere, etcétera. En fin, cualquier acepción de la democracia implica estas cosas; es decir, implica “inclusión” y entonces desde la frontera cerrada de una teoría política y de una ciencia política que piensan la democracia de ese modo, todas la discusiones se remiten a qué tanto incluye la democracia y cómo incluye y qué tan buena es… y si les decimos: “Abra un poco la ventana y por qué no mira qué es lo que está pasando en la comunidad, porque fíjese que en la comunidad están ocurriendo fenómenos donde está operando una enorme exclusión, que todos los procesos económicos y de reforma que se llevaron a cabo en los últimos treinta-cuarenta años en términos económicos, lo único que han generado es una brutal desigualdad social en la región, niveles de pobreza que de pronto se tienden a morigerar en algunos años, pero que están ahí como un fondo permanente en la región, elevados niveles de miseria”. Hoy día se siguen aplicando ―como está ocurriendo en México― reformas laborales que van a traer como consecuencia un empeoramiento de las condiciones de trabajo, un empobrecimiento; todo esto que se llama la “precarización del empleo”, que no es más que una agudización de los niveles de explotación, que no es más que la exclusión del mercado, incluso de población con empleo que no va a tener condiciones para resolver necesidades básicas, de poder participar en el mercado y poder consumir. En la economía está ocurriendo un proceso de exclusión brutal en América Latina. Entonces si le decimos al politólogo: “Usted con su discurso de inclusión, si mira para el lado de la economía ve que está ocurriendo un fenómeno en donde lo que opera es una brutal exclusión: ¿cómo empatamos estas dos cosas? ¿Qué explicación me puede dar de todo esto desde la política? ¿Por qué  siendo tan empoderados de acuerdo con la teoría de las transiciones a la democracia, los ciudadanos no tenemos capacidad de buscar soluciones e impedir que todo aquello que está ocurriendo en la economía no ocurra?”. Si no lo hemos logrado resolver quiere decir que las transiciones a la democracia o la democracia y la calidad de la democracia no son tan efectivas como para poder modificar el orden de lo que ocurre en lo económico, que no estamos tan empoderados de acuerdo con esta concepción.

El problema es que si a estos nudos para los que no podemos encontrar solución dentro de una disciplina, se integra el conocimiento y la razón, pueden ayudarnos a encontrar explicaciones. Y una explicación es que en los últimos años, desde la economía, ha habido una gran transformación de la forma en la que se reproduce el capital en América Latina, que tiene que ver con las formas en las que nos insertamos en el mercado mundial, que reclama agudizaciones de la explotación, marginar, excluir del mercado a contingentes enormes de la población, para que a través de mayores tasas de ganancia los capitales que operan en América Latina puedan competir en los mercados exteriores. Y para que se pusiera en marcha un proceso de esa naturaleza, el capital en América Latina tuvo que romper con las alianzas, con los pactos sociales, con el tipo de Estado que operaba anteriormente, que era un Estado que de alguna manera ofrecía algún grado de protección a sectores asalariados, ofrecía algún grado de beneficios sociales. Entonces el discurso neoliberal estigmatiza aquellas alianzas, condena a aquel Estado que protegía. Se produce un gran desmantelamiento del Estado y se presenta el problema de cómo legitimar el nuevo Estado que se va a construir una vez que se han roto todas aquellas alianzas y todos aquellos pactos sociales. Cómo lograr que aquellos que reciben órdenes reconozcan que los que mandan tienen derecho a mandar, si ya no es a través de un Estado que los protege, de un Estado que mínimamente les ofrece algún grado de garantía de sobrevivencia adecuada. El recurso que encuentra el capital en América Latina es “convirtámoslos en ciudadanos”, pero en un tipo de ciudadanía que no tenga capacidad de incidir de manera efectiva en el curso de la vida societal y en la economía. Porque el modelo no se toca. Y este discurso lo asumen todos, derechas e izquierdas parlamentarias. Por lo tanto, para este discurso es fundamental mantener la separación de lo político y lo económico; es decir, que lo político incida solamente en lo político. Pero una actividad política que no es capaz de incidir en los asuntos fundamentales de la vida en común, donde la economía tiene un papel clave, evidentemente queda con una capacidad política bastante limitada, acotada, y por lo tanto, esto nos lleva a poner en discusión la visión de los politólogos, la visión de los cientistas políticos: qué tan democrática es la democracia que se construye. No es posible que en el campo de la economía esté operando el despotismo del capital y en el  campo de la política los ciudadanos estemos empoderados. Estas dos cosas no se conjugan, sólo  manteniendo una ruptura forzada entre economía y política se puede sostener la lógica de que los ciudadanos estamos empoderados o que la sociedad civil está empoderada, o la calidad de la democracia es cada vez mayor, mientras que en el campo de lo económico está avanzando la barbarie. Las sociedades forman una unidad integrada y si en lo económico está ocurriendo esto, quiere decir que lo que estamos calificando como democracia, sólo es posible con mucha condescendencia o siendo poco rigurosos.

Tenemos un juego electoral, tenemos un juego institucional donde los ciudadanos votan, donde algunos cuentan o no cuentan votos, pero todos aquellos manejos, todos aquellos procedimientos se quedan exactamente en eso, en puros procedimientos formales, sin capacidad de incidir en lo fundamental, en las cuestiones que tienen que ver con los procesos de la vida en común. Si estuviésemos empoderados, evidentemente que lo primero que haríamos sería modificar la lógica de lo que prevalece, en cómo opera la economía en nuestra región.

P.C.V.: Y finalmente, la pobreza también es un tema sumamente de moda y también ha sido abordado desde el enfoque característico de las instituciones de desarrollo internacional, donde lo que ha predominado es el establecimiento de una línea para medir la pobreza. ¿Qué se puede decirse desde la totalidad, desde la lógica de las relaciones, sobre la pobreza?

J.O.: Lo que se dice es que la pobreza es la otra cara de la riqueza. No puede haber riqueza en nuestras sociedades si no hay pobreza, y no puede haber pobreza si es que no hay riqueza. América Latina es hoy día la región en donde existen magnates que están entre los hombres más ricos del mundo, exactamente porque hay la pobreza que hay. El capital en su desarrollo genera simultáneamente riqueza y pobreza; no hay forma de que solamente genere una o genere la otra. En todos los fenómenos sociales siempre nos vamos a encontrar con que un proceso trae inmediatamente consigo su negación. El desarrollo a nivel de sistema mundial capitalista, necesariamente trae consigo el subdesarrollo de otras regiones. Nuestro atraso, nuestra pobreza como naciones no puede explicarse sino porque estamos inscritos en un sistema mundial donde algunas pocas naciones y regiones se desarrollan, y su contrapartida necesaria es que otras se subdesarrollen, se ubiquen en el campo de la dependencia. Lo mismo pasa respecto de la pobreza: ésta  no puede existir sino como resultado de una lógica que lleva a que se concentre la riqueza en  determinados agrupamientos humanos y eso trae como consecuencia el despojo de otros agrupamientos humanos: a eso le llamamos pobreza. Entender esto es entender las cosas desde una lógica que no es la lógica formal, donde una cosa solamente es: si yo miro la pobreza sola, sin las relaciones, no hay forma de entender los procesos sustantivos de la vida social, si no es a partir de las relaciones que los seres humanos establecemos. La pobreza, por lo tanto, es el resultado de relaciones sociales donde grupos humanos quedan ubicados en esta condición porque son objeto de un determinado tipo de expoliación, sea de manera directa o indirecta y, por lo tanto, habrá mucha pobreza porque habrá mucha riqueza, sea que queden en la frontera de un Estado nacional o sea que queden a nivel del sistema mundial en su conjunto.

Esto reclama pensar las cosas dentro de una lógica que no es la lógica formal, mirando más allá de la cosa en sí, mirando las relaciones en la que se inserta, lo que permite ver la negatividad inherente a ese proceso. Entonces los cientistas que se dedican a explicar la pobreza inscritos únicamente en el proceso de ver cómo viven los pobres y se preguntan: “¿qué hacen los pobres para ser pobres?”, realizan un esfuerzo plausible pero infecundo. Sí, los pobres hacen muchas cosas para seguir siendo pobres. Una respuesta tal no está considerando las relaciones sociales que llevan a los pobres a comportarse de cierta manera. A quienes no se les abren oportunidades, a quienes no se les ofrece mayor educación, a quienes no se les ofrece oportunidades de empleo, a quienes están diaria y cotidianamente expoliados… ¿qué esperan de su acción? “¿Y por qué tienen tantos hijos? ¿Por qué gastan el dinero en alcohol? ¿Por qué gastan el dinero de manera ‘no racional’” ―diría un racionalista―?”. Están inscritos dentro de un mundo que es un agravio permanente, salen a la calle y ven las vitrinas de las tiendas en donde no pueden acceder a nada de lo que allí se ofrece. Que alguien busque embrutecerse dentro de esas condiciones que ya de por sí embrutecen, no tiene nada de ilógico. Y el pensamiento dominante nos lleva a pensar que la responsabilidad es exclusivamente individual, y desaparecen las responsabilidades sociales, la violencia institucionalizada que provoca que estos sectores sociales se encuentren en estas condiciones. En pocas palabras, no hay forma de entender la pobreza inscrita en sus propios límites, como no hay forma de entender la riqueza inscrita en sus propios límites. Una y otra son la contracara de relaciones sociales específicas que se establecen en situaciones históricas determinadas y hoy día se dan porque hay una relación marcada por la relación del capital, que provoca concentración de riqueza en un lado y multiplicación de pobreza en otro extremo.

[1] Licenciado en antropología (Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Chile), Maestro en Ciencias Sociales (FLACSO,  México).

[2] Cuevas  Valdés,  Pablo.  Pensar  América  Latina  desde  la  totalidad,  hoy.  Entrevista  a  Jaime  Osorio.  RELACSO.  Revista  estudiantil  latinoamericana  de  ciencias  sociales.  [En  línea]  Facultad  Latinoamericana  de  Ciencias  Sociales – México,  15  de  marzo  de  2013,  nº  2.  <http://relacso.flacso.edu.mx/pensar-america-latina-desde-la-totalidad-hoy>. [ISSN: 2304-179X].

[3] Osorio, Jaime (2012) Estado, Biopoder y Exclusión. Análisis desde la lógica del capital.  UAM-Anthropos.

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