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Sistema mundial y formas de capitalismo. La teoría marxista de la dependencia revisitada.

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Sistema mundial y formas de capitalismo. La teoría marxista de la dependencia revisitada.

Por Jaime Osorio

Departamento de Relaciones Sociales

UAM-Xochimilco

I

Frente a la dificultad de ofrecer una respuesta sobre las particularidades del capitalismo en América Latina, el camino asumido por corrientes diversas en el seno del marxismo es considerarlo un capitalismo “joven”, o “atrasado”,  teniendo como modelo el capitalismo  industrial y desarrollado,  con lo que acelerando su “madurez”  se considera contar con una solución al atraso. De esta forma se elude explicar los procesos que lo atraviesan y de manera reactiva se cuestiona aquello que se aleje del modelo asumido. Aquí discutiremos estas posiciones, y otros equívocos recurrentes, para destacar que el capitalismo dependiente latinoamericano es una forma original de capitalismo, plenamente madura, y que la dinámica de reproducción que genera no sólo no lo acerca, sino que lo aleja de las rutas seguidas por el capitalismo desarrollado.

II

Para diversas corrientes marxistas, el sistema mundial capitalista debe ser concebido como el espacio en donde operan economías con diversos niveles de desarrollo científico y tecnológico, con diversas composiciones orgánicas de capital y diferentes niveles de productividad[1]. Esto explicaría  que unas economías sean desarrolladas y que otras permanezcan en el subdesarrollo. Pero esto no deja de ser una constatación de lo inmediato, de lo perceptible. Así es como el capitalismo se manifiesta.

Desde esa atalaya, que lo explica todo y no explica nada, no aparecen  preguntas sobre las razones por las que economías diversas, formalmente independientes, iniciaron relaciones en el siglo XIX desde puntos de partida muy  diferenciados en materia de productividad. ¿No plantea esta situación consecuencias para lo que sigue?

Más aún: ¿qué hace posible que  el capitalismo “joven” o “atrasado” no realice o sólo haga débiles esfuerzos por elevar su productividad,  en sus  intentos, si los hay, por aproximarse a los niveles avanzados? ¿Acaso la competencia no lo impulsaría en tal sentido? Y si ello no ocurre u ocurre débilmente  ¿por qué no opera en este capitalismo la fuerza y compulsión  que impondrían la concurrencia?

III

El recurso a las diferencias de productividad, de composición orgánica y tecnología constituye una formulación que “naturaliza” el desarrollo de unas economías y regiones y el subdesarrollo de otras[2], al asumirlos como resultados normales devenidos de aquellas diferencias, y no como problemas[3].

Para este marxismo el desarrollo y el subdesarrollo se explican a su vez de manera aislada e individual. El desarrollo es el resultado de esfuerzos y capacidades internas alcanzadas por capitales y naciones, y la ausencia o debilidad de esfuerzos y capacidades es lo que explica a su vez el subdesarrollo de otros. En el sistema mundial capitalista no existen relaciones en el sentido fuerte del término, esto es, relaciones con consecuencias sustantivas en las economías que interactúan. Hay intercambio de productos, existen inversiones de capitales de unas en otras. Pero nada de esto, o cualquier otra relación, tiene consecuencias en materia de desarrollo o subdesarrollo[4].

De esta forma el sistema mundial capitalista aparece como un espacio abierto en el  que cualquier economía, en cualquier tiempo, puede alcanzar el desarrollo, haciendo lo pertinente (¿qué?’ ¿en qué condiciones históricas? ¿en qué espacio de fuerzas en el sistema mundial?). Subyace el supuesto, además, que todas las economías son estructuralmente homogéneas, y que la heterogeneidad visible sólo es la expresión del estadio de desarrollo o de subdesarrollo en que se encuentran. Es por esa homogeneidad estructural que en el  mediano o largo plazo se puede (o no) llegar a las mismas metas, ya que las diferencias de productividad  se pueden reducir, mantener o amplificar.

Es desde una mal entendida ortodoxia y de premisas como las anteriores de donde proviene el malestar de estas corrientes con la teoría marxista de la dependencia (TMD, en adelante). En sus formulaciones el capitalismo dependiente no tiene nada de natural, y establece con claridad los procesos  que permitieron su gestación y que lo constituyen y reproducen. Como tampoco no tiene nada de natural el capitalismo desarrollado. Ambos son el resultado de procesos históricos en el seno del sistema mundial capitalista, que no sólo permite sino que favorece que capitalismos con muy diversos niveles de composición orgánica y de productividad se requieran y se reproduzcan en sus diferencias.

IV

El hecho que el capitalismo reclame extracción de valor por medios económicos y no políticos, no puede llevar a que la historia y procesos previos de apropiaciones de riqueza por medios políticos entre imperios y colonias o semicolonias, y que permiten que emerjan economías industriales y economías agro-mineras, sea presentado como un asunto insignificante, un simple antecedente,  porque para la historia que sigue no es un detalle irrelevante.

Si en el siglo XIX se relacionan economías formalmente independientes en la situación señalada, ello es resultado de procesos de despojo operados por los centros imperiales sobre sus colonias, que hacen posible que esa acumulación de riquezas favoreciera condiciones para la multiplicación de intercambios comerciales y posteriormente de procesos de industrialización en ciertos espacios del planeta, y el auge de producción primaria en otros, requerida por los primeros.

En otras palabras, antes del siglo XIX  existieron procesos de acumulación y de desacumulación que establecen puntos de partida radicalmente diferenciados en ese siglo entre las economías que se interrelacionan y que  participan de la división internacional del trabajo. Que todo esto se haya propiciado por mecanismos políticos y extraeconómicos, no implica que no tuvieran consecuencias económicas a la hora de iniciarse las relaciones entre economías “independientes” en el siglo XIX[5].

La excepcionalidad de unas pocas economías que desde el atraso productivo inicial han gestado procesos de desarrollo en el último siglo del capitalismo, en las que no aparece por cierto ninguna de América Latina, y teniendo en cuenta el amplio número de economías subdesarrolladas y dependientes, alimenta la hipótesis que un sistema mundial capitalista maduro no  constituye un espacio que incremente las posibilidades para el desarrollo, y mucho menos cuando se constata que las distancias iniciales, allí donde el capitalismo se ha hecho presente, se reproducen y se incrementan.

V

Desarrollo y subdesarrollo son procesos relacionados que emergen no sólo de manera simultánea, sino imbricados. Son resultados del despliegue, expansión y madurez del sistema mundial capitalista y de las relaciones que lo constituyen. Sólo en ese campo de estrechas y condensadas relaciones  entre diversas economías es que desarrollo y subdesarrollo, o que capitalismo desarrollado y capitalismo dependiente, alcanzan explicación y sentido[6].

En las relaciones establecidas en el siglo XIX, para cuando economías formalmente independientes de América Latina se interrelacionan con economías industriales en el mercado mundial se debe destacar que se establece una clara división internacional del trabajo entre estas economías, las de la región en tanto productoras y exportadoras de materias primas y alimentos, y las economías industriales, como  productoras y exportadoras de bienes industriales. No es un asunto menor el punto de partida cualitativamente diferenciado sobre los valores de uso posibles de producir por unas y otras economías.

La producción de valores de uso industrial reclama y potencia el surgimiento de nuevas ramas y de sectores productivos complementarios y más complejos[7]. La producción industrial liviana requiere de industrias intermedias y ambas del desarrollo de industrias productoras de bienes de capital, como máquinas y herramientas y de máquinas que produzcan máquinas.

En tiempos en que no había a quien comprar estos bienes, la industrialización operó como locomotora que arrastró el desarrollo de sectores industriales cada vez más complejos y de un denso tejido productivo, comercial y bancario interrelacionados. A ello se añaden redes de comunicación, de medios de transporte, de bodegas, de conglomerados industriales, comerciales y bancarios que potenciaron las múltiples dinámicas desatas por el capital.

Si agregamos que el consumo de los trabajadores tiende a entroncar en el siglo XIX cada vez más con valores de uso industrial, además de la demanda sobre estos bienes que generan los sectores sociales que viven de renta y plusvalía, amén de lo demanda productiva, el cuadro de dinamización interna que el capitalismo desarrollado genera alcanza mayores significados, sin desconocer las importaciones proveniente de las colonias o excolonias.

Si en un momento los conocimientos ayudaron a potenciar tecnologías,  más tarde fue la propia dinámica del capital la que reclamaba potenciar conocimientos, a fin de generar nuevas tecnologías[8]. El constante desarrollo de las fuerzas productivas se constituye en tendencia inscrita en el modo de ser del capitalismo desarrollado: plusvalías superiores a la ordinaria van de la mano de los procesos que incrementan la productividad.

La producción de materias primas y alimentos para el mercado mundial, por el contrario, no reclama la expansión de actividades productivas  complejas que la acompañen e impulsen. No se gesta entonces una locomotora interna que expanda el desarrollo de otros sectores productivos que sean  fundamentales para sostener la producción exportadora. Por ello el tejido productivo y la red de relaciones internas en general serán reducidos. El capital local  privilegia sus relaciones con capitales en el mercado mundial. De esta forma la infra que favorecen las exportaciones, como caminos,  ferrocarriles, puertos, bodegas, frigoríficos, tendrán prioridad. Emergerán talleres que trabajan la plata, el cuero, etc., pero con una fuerza expansiva limitada.

Por otro lado el tipo de valores de uso generados reclama niveles bajos de desarrollo de las fuerzas productivas, comparados con la ebullición que opera en el mundo industrial. El crecimiento de los bienes exportados se sustenta en lo fundamental en extender jornadas laborales, multiplicar el número de brazos abocados a la producción, y más tarde, cuando se reclame  infraestructura más compleja (como ferrocarriles, frigoríficos y herramientas diversas) esta será adquirida en el mundo industrial.

Importa destacar que esta modalidad de inserción al mercado mundial y de expansión del capitalismo en la región no desata el empuje de un aguijón productivista, como en las economías industriales. Hay elevaciones en la productividad, pero siempre a la zaga y con creciente distancia de lo que acontece en el mundo desarrollado. Esto es así porque la propia producción de los valores de uso que se lleva a cabo no lo reclama, como no lo reclama el peso de los mercados exteriores como espacio de realización fundamental.

La brecha creciente que se establecerá entre unas y otras economías, como podemos apreciar, arranca  desde el tipo de valores de uso que unas y otras producen e intercambian, el cómo los producen y para quiénes los producen.

VI

Pero la significación de los valores de uso es mayor en el curso posterior del capitalismo en unas y otras economías. La masiva exportación de alimentos desde América Latina favorece que una parte sustancial de la población que labora en el campo en los países que ponen en marcha procesos de industrialización,  puedan trasladarse a los centros urbanos e industriales.

Por otra parte la importación de alimentos desde las economías industriales -que incluye desde postres (azúcar, cacao, frutas) hasta productos fundamentales en la canasta de consumo (como carne de res y trigo)-  propicia el descenso del valor de la fuerza de trabajo, lo cual hará posible que en siglo XIX el capitalismo europeo pueda culminar un giro fundamental en su proceso de maduración, pasando de una producción que reposaba en mecanismos de la plusvalía absoluta a otra en donde el peso fundamental  será ahora la plusvalía relativa[9].

Esto implicó que el capitalismo industrial logró la solución para una ecuación vital: compatibilizar la elevación de la cuota de plusvalía con la expansión del mercado interno por la vía del incremento del consumo de los trabajadores. La masiva incorporación de la población trabajadora de las economías industriales al mercado potenciará el desarrollo industrial de bienes de consumo y de bienes de capital y con ello del capitalismo en general. El ciclo del capital industrial encontraba así un eje de dinamismo y articulación interno.

La expansión industrial y el abaratamiento de bienes industriales también se vio favorecida por la cuantiosa oferta de materias primas (capital constante) desde América Latina, lo que incidió por otro lado en atemperar las tendencias a la baja de la tasa de ganancia.

Junto a la importación de productos industriales complejos, como ferrocarriles, el grueso de las importaciones industriales que realizan las economías latinoamericanas son bienes de consumo durables, como muebles, vajillas y demás  valores de uso para el hogar, así como ropa, bebidas y otros bienes no durables. Dichos productos van dirigidos básicamente a los mercados locales de alto poder de consumo, que operaban como una extensión de los mercados industriales, ajenos a la producción artesanal o semimanufacturera local de bienes salarios diversos.

Lo contradictorio de esta relación en términos de los valores de uso que unas y otras economías intercambian y de sus efectos en el giro que propicia en las economías industriales, de la plusvalía absoluta a la plusvalía relativa, y de la elevación de la dimensión civilizatoria que puede presentar el capitalismo, es que tiene en América Latina una contracara radicalmente distinta.

La producción de la región -que incide en aquellos cambios en el mundo industrial- tenderá a sustentarse en la extensión y profundización de mecanismos de explotación que reposan en el mayor desgaste físico de los trabajadores, y en fórmulas en donde los salarios serán insuficientes para preservar el fondo de consumo, con el fin de acrecentar el fondo de acumulación del capital[10].

Preguntarnos por los valores de uso diferenciados que intercambian las economías latinoamericanas con las economías industriales pone de manifiesto que el problema entre unas y otras economías no es simplemente de diferencias en los niveles de productividad, sino que ellas arrancan de los valores de uso posibles de producir  y que seguirán marcando diferencias en las modalidades de reproducción del capital.

VII

Esto se hace más ostensibles si a los temas derivados de los valores de uso se añaden los propiciados desde el valor implicado en las relaciones y las consecuencias que ello propicia en unas y otras economías.

El sólo hecho que las economías desarrolladas produzcan con niveles tecnológicos superiores y con más elevadas productividades que las que presentan las economías dependientes, permite que se produzcan modalidades de intercambio entre naciones en donde unas, las dependientes, entregan productos con más horas de trabajo,  a cambio de  productos con menos horas de trabajo[11].

Importa detenernos en esta modalidad de intercambios, porque al estar regidos por la ley del valor, parece que no reclaman interrogantes y no plantearan problema alguno. Todo es simple resultado de la ley del valor, se sostendrá.

Pero el sistema mundial capitalista no es un territorio abierto en donde el capital ubicado en cualquier región del planeta y en cualquier economía nacional,  puede generar transformaciones científicas y tecnológicas y producir bienes sobre la base de elevar la productividad del trabajo. La producción de diferentes bienes no reclama las mismas modalidades  y los mismos niveles de elevación de la productividad. Por tanto, las diversas especializaciones productivas a nivel del sistema mundial generan condiciones para que el intercambio de más horas de trabajo por menos horas se mantenga y se reproduzca.

Aquí la visión de Ricardo sobre el comercio internacional y las  ventajas comparativas, que harían posible que las diferentes economías, cualquiera sea la especialización productiva, podrán acceder al desarrollo, no tiene cabida.

El sistema mundial capitalista y las divisiones internacionales de trabajo que en su seno se presentan generan especializaciones productivas que no propician ni conducen a todas las economías al desarrollo. Por el contrario, apuntan a generar especializaciones que favorecen la elevación de la productividad de algunas regiones y economías, y que limitan las opciones de  actividades que potencian la elevación de productividades en otras.

Es necesario además distinguir de qué especializaciones productivas hablamos. No es lo mismo alimentar una especialización industrial con una producción de bienes cada vez más diversificada y compleja, y que alienta el desarrollo de conocimientos y nuevas tecnologías,  que especializaciones monoproductoras, o con una diversidad muy reducida, como las que caracterizan a las economías latinoamericanas,  y con complejidades productivas reducidas.

Es con la división internacional del trabajo establecida en el siglo XIX entre economías industriales y economías exportadoras de materias primas y alimentos cuando se establece un punto de bifurcación en donde, en las primeras, los procesos de capitales individuales tendientes a generar ganancias desatan desarrollo  y condiciones para intercambiar  menos horas de trabajo por más, lo que favorece que la acumulación se sostenga no solo en base a esfuerzos internos.

En las segundas, por el contrario, su lugar en la división internacional del trabajo implica desatar procesos en que la búsqueda de ganancias por los capitales locales no sólo no generará desarrollo, aunque sí ganancias individuales, sino condiciones para reproducir los atrasos productivos, lo  que implicará  una modalidad de capitalismo que intercambiará más horas de trabajo por menos, mermando la fortaleza de la acumulación.

Los capitales en el mundo industrial, en los siglos XVIII y XIX, buscan primordialmente ganancias y de manera casi inadvertida ese impulso propiciará desarrollo. Y son las operaciones estatales las que les permiten avances  sustantivos en tanto los protege de competencias  en el mercado local e incrementa sus recursos por operaciones militares de conquista hacia otras regiones, que aceleran la acumulación[12]. Los capitales posteriormente desarrollados llegaron poderosamente asistidos a esa situación[13]. Sobre esta base operan además la aguda explotación de su población local, la expansión de la producción industrial, el creciente peso de la tecnología, la elevación de la productividad, la incorporación de los trabajadores al consumo industrial y los intercambios internacionales de menos por más horas de trabajo.

Con la división internacional del trabajo gestada en el siglo XIX, esa particular situación histórica que empató búsqueda de ganancias y desarrollo, tendió a hacerse menos probable en periodos posteriores. Los capitales que maduraban en América Latina buscaron ganancias y las alcanzaron, pero también  propiciaron subdesarrollo. La producción de valores de uso con escaza demanda de conocimientos, una producción volcada a los mercados exteriores, la superexplotación, intercambios internacionales de más horas de trabajo por menos, son algunos de los procesos que se encuentran en la base de esa situación.

En esta modalidad de intercambio entre economías la ley del valor pone de manifiesto que la lógica del capital tiene poco o nada que ver con la disposición y voluntad de los trabajadores, en tanto es el capital el que define qué producir, con que equipos, tecnologías y organización de la producción. Si su trabajo no es más “productivo” es al capital al que hay que pasarle la factura.

Limitados a los intercambios entre economías en donde la ley del valor opera con toda su fuerza, se hacen presente procesos que apuntan a reforzar el desarrollo de algunas economías y regiones y la dependencia de otras.

Pero la ley del valor es posible de ser violentada en los intercambios entre economías desarrolladas y dependientes, permitiendo transferencias de valor y propiciando intercambios desiguales.

A ello se refiere Marx cuando señala que “en el mercado mundial, el trabajo nacional más productivo se considera al mismo tiempo como más intensivo, siempre y cuando que la nación más productiva no se vea obligada, por la concurrencia, a rebajar el precio de venta de sus mercancías hasta el límite de su valor”[14].

Como señala Marini, “aunque la productividad reduzca el valor unitario de la mercancía, ésta puede venderse por encima de su valor, si la concurrencia no actúa en sentido contrario”[15].

Sea por diferencias productivas que implican intercambios de más horas de trabajo por menos horas de trabajo o por transferencias de valor,  el capitalismo dependiente sufre importantes pérdidas. Estos dos procesos se encuentran en la base del deterioro de los términos de intercambio, en perjuicio de los precios de los productos exportados por las economías dependientes[16].

A estos procesos que favorecen la profundización de tendencias y procesos dispares en unas y otras economías, se agregan las transferencias de valor vía repatriación de ganancias por inversiones de capitales de economías  desarrolladas en economías dependientes.[17].  Que esto es lo que hacen todos los capitales no significa que no nos preguntemos por las consecuencias que ello provoca donde se concentran las ganancias  y desde salen los valores o las mayores horas de trabajo.

VIII

Estos procesos  no pueden ser asumidos como explotación de las economías dependientes por economías desarrolladas. Hablamos de relaciones entre economías formalmente independientes, por tanto no tenemos colonias o semicolonias. Por otra parte si bien es cierto que Estados desarrollados impulsan y protegen el accionar de los capitales allí asentado, en sus operaciones en el exterior, ello plantea que Estados y capitales de naciones desarrolladas explotan a trabajadores del mundo dependiente. Además debe considerarse que los capitales de las economías dependientes intervienen de manera directa o indirecta en estos procesos. En definitiva, capitales y Estados de economías desarrolladas explotan a trabajadores de las economías dependientes con el consentimiento de Estados y clases dominantes de estas últimas economías. Y en conjunto estas transferencias de valor, por procedimientos diversos, potencian el desarrollo de unas economías y debilitan el de otras.

Aquí tampoco se puede hablar que los trabajadores del mundo desarrollado explotan a naciones o a trabajadores del mundo dependiente[18]. Son capitales, clases dominantes y Estados los que explotan. Esto no implica desconocer, sin embargo,  que las ganancias alcanzadas en las economías dependientes permiten a los capitales de las economías desarrolladas y sus Estados elevar el bienestar no sólo de las clases dominantes, sino también de las clases dominadas del mundo desarrollado[19].

IX

A la luz de los problemas que provocan los bajos niveles de productividad en las economías latinoamericanas en términos de pérdidas de horas de trabajo y de transferencias de valor, cabe preguntarse por las medidas puestas en práctica por los capitales operantes en la región a fin de hacer frente a una situación tan desfavorable. No es difícil entender que iniciar y profundizar procesos de industrialización  en el siglo XIX para elevar la productividad no se correspondían con las condiciones existentes, sea en materia de infraestructura, conocimientos y de capacidad de desarrollar tecnologías.

En la reproducción del capital en las economías dependientes se hacen presentes dos procesos que permiten comprender la respuesta que se terminó gestando frente a esta situación. El primer proceso refiere a que la propia dinámica del patrón agro-minero exportador sólo desata el aguijón productivista en niveles muy precarios. La productividad tendió a crecer en los ejes exportadores, pero en niveles inferiores a lo que se incrementaba en las economías industriales. Bastaba aumentar el número de horas en las jornadas laborales y el número de trabajadores para hacer frente a la elevación de la demanda de materias primas y alimentos, o bien, para compensar con mayor producción la baja de los precios en el mercado mundial. Por otro lado la demanda de productos industriales, sea de bienes de consumo suntuario como de bienes de capital, se satisfacía con las importaciones desde las economías industriales.

El segundo tiene relación con el ciclo del capital que pone en marcha el patrón agro-minero exportador en la economía latinoamericana en el siglo XIX. En tanto el grueso de la producción está volcada a los mercados exteriores, ello implica que la contradicción del capital frente a los trabajadores, en tanto productores y potenciales consumidores, se tienda a agudizar en la economía latinoamericana, al fin que los trabajadores no cumplen un papel dinámico en la realización,  permitiendo que el capital pueda remunerar a la fuerza de trabajo por debajo de su valor, esto es propiciando procesos de superexplotación, que aceleran su desgaste y limitan su capacidad de consumo.

De esa manera, por la vía de apropiarse de parte del fondo de consumo de los trabajadores para convertirlo en fondo de acumulación del capital,  o por prolongaciones de la jornada y en menor medida por la intensidad, el capital logra incrementar la tasa de explotación y a su vez elevar la masa de plusvalía.

La superexplotación no sólo se constituyó en un mecanismo que limitaba la participación de los trabajadores en tanto consumidores. Pasó a ser un  mecanismo vital para para hacer frente a las debilidades productivas en la competencia y compensar las transferencias de horas de trabajo y de valor en el mercado mundial, así como la fórmula para elevar las ganancias de los capitales  operantes en la región.

Todo esto muestra la conformación de un capitalismo que se ve azuzado por la búsqueda de ganancias, pero que en sus modalidades particulares de inserción al sistema mundial capitalista genera mecanismos de reproducción que respondiendo a aquella lógica, propicia procesos particulares: tenemos así la conformación de un capitalismo sui generis. De allí la necesidad de caracterizarlo como un capitalismo dependiente. A contrapelo de lo que se sostiene, es necesario pero no suficiente conocer las leyes y tendencias del capitalismo en general para explicar la dinámica del capitalismo latinoamericano[20].

X

La superexplotación, en tanto violación del valor de la fuerza de trabajo[21], es posible porque existe una masa enorme de población semiactiva e inactiva, o flotante, latente e intermitente, disponible para las necesidades y tiempos del capital.

En el capitalismo la fuerza de trabajo se ve confrontada por dos tendencias contradictorias: una que apunta a elevar su valor por el incremento de bienes que se incorporan a la canasta de los bienes salarios, sean para necesidades indispensables o para satisfacer las necesidades sociales, como resultado del propio desarrollo de las fuerzas productivas y de la sociabilidad reinante.  Otra que tiende a limitar  la elevación del valor de la fuerza de trabajo, porque el propio avance de la productividad lleva al descenso de los valores unitarios de los bienes salarios, antiguos y nuevos.

En otras palabras, la tendencia es a que crezca la masa de bienes necesarios (leche, pan, huevo, carne, frijoles, ropa)  y sociales (refrigeradores, celulares, radio, televisión, cine, educación, ocio, etc.), pero que ello no se exprese en una elevación similar en términos del valor de la fuerza de trabajo y por tanto en una elevación igualmente similar en salarios. La masa de bienes salarios crece más que lo que crece su valor total.

En condiciones de superexplotación lo que tiende a producirse es que crece la masa de bienes a consumir, pero en tanto el salario no permite cubrir los bienes necesarios y los bienes sociales, alcanzar unos propicia reducir o cancelar el consumo de otros. Se comprará un televisor, pero se gastará menos en salud, ropa o alimentos diversos.

La superexplotación, por tanto, conduce a un incremento de la pobreza relativa, pero en condiciones que afecta la reproducción normal de la fuerza de trabajo. Esto, y sus consecuencias en la reproducción del capital en general, como su peso como elemento para incrementar la plusvalía, o en reducir el mercado de consumo que generan los salarios, son algunos puntos centrales que debieran llamar nuestra atención.

Hablar que se superexplota de manera generalizada en una economía no es entonces el asunto simple que se paga poco o se trabaja largas horas. No es un simple adjetivo a la explotación. Es un elemento que tiene decisivas consecuencias en la reproducción del capital y en las formas de inserción de las economías latinoamericanas en el sistema mundial. Y es por esas consecuencias que tiene un peso  fundamental en la teoría  que explica el funcionamiento del capitalismo dependiente.

Para el pensamiento liberal es un escándalo que los trabajadores consuman televisores, cuando –se señala- debieran destinarlo al consumo prioritario de alimentos o de salud, sea de ellos o de sus hijos. Lo que ese pensamiento no entiende es que las necesidades sociales, como contar con un televisor, tiene enorme peso justamente porque son sociales, en el sentido de las forma de existencia en un tiempo determinado.

Si en los lugares de trabajo se habla del último partido de futbol o en la tienda de verduras o abarrotes se habla de la telenovela o del reality que está de moda, los sujetos tenderán a consumir un bien que permite participar de la sociabilidad reinante. En pocas palabras, reproducir la fuerza de trabajo no es alimentar caballos, en donde con un fardo de alfalfa se resuelve todo. La fuerza de trabajo reposa en el cuerpo de humanos que no pueden vivir o reproducirse como en la época de las cavernas. Superexplotación no puede confundirse entonces con pobreza absoluta[22].

Además, en un mundo en donde se multiplica el trabajo femenino, y se reduce la presencia de adultos por largas horas en el hogar, se reduce la construcción de áreas verdes en los nuevos complejos habitacionales para obreros, o en las autoconstrucciones populares, y se multiplica  la inseguridad, tener un televisor en casa (o ahora un ipad) es una forma necesaria para mantener en casa, de tamaños cada vez más reducidas, a niños y adolescentes, en tanto las nociones y modos de ocio de éstos se han modificado.

El problema con la superexplotación es que para satisfacer necesidades sociales, ello se tenga que hacer a expensas de reducir o dejar de consumir  bienes indispensables. Y esto genera consecuencias en todo el proceso de reproducción del capital.

XI

Una crítica recurrente a la TMD y en particular a la superexplotación es que se asume como una expresión de la teoría del subconsumo, formulada por el economista suizo J. C. L. Sismonde de Sismondi y asumida por los populistas rusos, en torno a la imposibilidad de la acumulación capitalista derivada de la contradicción entre producción y consumo, en donde habría de manera permanente un excedente de producción, por la debilidad del mercado interno que sólo puede ser resuelto acudiendo a los mercados exteriores como solución a la realización.

Lo que Sismondi y los populistas rusos manifiestan es su incomprensión  qué es la acumulación de capital, derivado de no considerar al capital constante, y asumir sólo la plusvalía y los salarios en el valor total creado[23].

Sin dejar de reconocer que existe una contradicción entre producción y consumo, que abordará posteriormente, Marx pone de manifiesto desde un “modelo abstracto”, los esquemas de reproducción[24], las condiciones de funcionamiento en equilibrio de la producción capitalista, esto es, de una reproducción que respetando el  valor, establezca los valores de uso necesarios para mantener el equilibrio de los intercambios entre el sector I, de bienes de capital y el sector II, de bienes de consumo.

Hablamos de un esquema abstracto porque Marx establece una serie de supuestos en las condiciones de equilibrio, como una economía capitalista pura; la existencia de sólo dos clases sociales, capitalistas y obreros; la misma duración e intensidad del trabajo; la no variación de la composición orgánica del capital; y la exclusión del comercio exterior.

Desde esas premisas, la contradicción capitalista entre producir valor bajo la forma de valores de uso encuentra una vía de solución, en donde “cada uno de [los] sectores (I y II) debe velar (…) por la sustitución del valor de sus elementos de producción, pero sólo puede hacerlo si toma una parte de esos elementos de producción del otro sector, en una forma materialmente apropiada”[25].

Pero una vez que abandona algunos de los supuestos asumidos, Marx analiza las crisis capitalistas y las contradicciones que se gestan, señalando que “dentro de la producción capitalista, la proporcionalidad de las distintas ramas  de producción (y sectores I y II, J.O.) (aparece) como un proceso constante derivado de la desproporcionalidad[26] entre ramas y sectores, poniendo un alto a los que privilegian la proporcionalidad y el equilibrio como el estado recurrente de la dinámica capitalista[27].

En torno a la contradicción entre producción y consumo señala además que “Las condiciones de la explotación directa y las de su realización no son idénticas. (…). Unas se hallan limitadas solamente por la capacidad productiva de la sociedad, y otras por la proporcionalidad entre las distintas ramas de la producción y por la capacidad de consumo de la sociedad”, y esta última “por la capacidad de consumo a base de condiciones antagónicas de distribución que reducen el consumo de la gran masa de la sociedad a un mínimo susceptible sólo de variación dentro de límites muy estrechos”. Para rematar indicando que “cuanto más se desarrolla la capacidad productiva, más choca con la angosta (base) sobre (las) que descansan las condiciones del consumo”[28].

En resumen, los seguidores de las propuestas sobre el subconsumo no consideraban viable la acumulación capitalista ni el desarrollo del capitalismo mismo a partir de no considerar el valor generado por la producción de capital constante y la oferta y demanda que ese capital genera. De allí que el mercado externo aparecía como el único camino para resolver los problemas de realización. Con los esquemas de reproducción, en un modelo abstracto, Marx  pone de manifiesto las proporcionalidades posibles entre sector I y sector II, considerando el valor y la reposición de valores de uso para la oferta y demanda entre ambos sectores. Por último, en un análisis menos abstracto y considerando las contradicciones en el capitalismo entre producción y consumo pone de manifiesto los problemas de realización a que se enfrenta el capital en tanto reduce el poder de consumo de los trabajadores.  A su vez señala que la proporcionalidad entre sectores es derivada de constantes desproporcionalidades.

En síntesis “la solución dialéctica del problema de la realización sólo puede residir en el progreso del modo de producción  capitalista, en la constante extensión de sus mercado interno y externo. Pero desde este punto de vista, la reproducción ampliada del capital no es “imposible” (como le parecía a Sismondi) ni puede proseguir hasta el infinito (como creían los clásicos) puesto que el modo de producción capitalista  mismo debe reproducir sus contradicciones internas en una escala cada vez más elevada, hasta que la “espiral” del desarrollo capitalista (…) toque a su fin”[29].

 En niveles de desarrollo más concretos, como es el despliegue del capitalismo en el sistema mundial, las leyes del capitalismo pueden sufrir alteraciones. Por de pronto está el hecho que el capitalismo dependiente en el siglo XIX al volcar su producción hacia los mercados exteriores -y con ello propiciar la superexplotación- establece la contradicción del capitalismo entre producción y consumo en un nuevo nivel. Por otro lado, ya en el siglo XX, la industrialización al no terminar de generar el sector I de bienes de capital, obliga a replantearse lo que ello significa en términos de la proporcionalidad y desproporcionalidad entre sectores. Y cómo la carencia o debilidad de ese sector en el plano interno es resuelta por el capital local vía importaciones o como productos que ingresan en paquetes de inversión del capital extranjero. ¿Qué fuerzas tiene entonces el sector I en la economía dependiente en cuanto oferta y demanda de equipos, bienes salarios y bienes suntuarios en la economía local?

No hay subconsumo  en el capitalismo dependiente, si con ello se quiere sostener que la superexplotación impide la acumulación y reproducción del capital en general. Por el contrario, esta es condición para que la reproducción opere en el capitalismo dependiente. Pero una economía sustentada en la superexplotación no permite cualquier acumulación ni cualquier reproducción[30]. Favorece  la desproporcionalidad entre ramas, como la debilidad del sector I, y la mayor fortaleza del sector II. Pero también la desproporcionalidad en el seno de los bienes de consumo, según sean bienes salarios (IIa), o sean bienes suntuarios (IIb), en beneficio relativo sobre estos últimos.

Pero además estas discusiones deben ubicarse en el contexto de la vigencia de un patrón de reproducción del capital como el actualmente imperante en la región, el de especialización productiva,  en donde el sector industrial juega actualmente en la región un papel  secundario, -frente al peso del sector primario, con la masiva producción de materias primas y alimentos volcados a los mercados exteriores-, y sólo alcanza relevancia en algunas economías, principalmente en México, en menor medida en Brasil y más abajo en Argentina.

La expansión de la producción de autos en México en los últimos 30 años es una buena muestra de los problemas que se hacen presente en los temas que nos ocupan. Según la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz, en  2014 México se posicionó a nivel mundial como el octavo armador de autos, alcanzando la cifra récord de 3 millones 219 mil 786 unidades, un 9.8 por ciento de aumento respecto año anterior. De ese total, el 85 % se exportó, particularmente a Estados Unidos, que recibió el  71 %[31].

En el mercado mexicano, el automóvil es un bien suntuario, y por ello es bajo el porcentaje de lo producido, poco más del 10 %, que se vende en la economía local.  Pero ese producto en el mercado estadounidense es un bien salario. Por ello crecen tanto las exportaciones a esa economía.

No debe perderse de vista que son empresas extranjeras las que dominan la industria automotriz en México, realizándose en esta economía  las labores de algunos segmentos productivos, los menos avanzados en materia tecnológica, como  armado, ensamble, maquila y producción de partes.

También debe considerarse que la demanda de la industria automotriz hacia otras industrias locales es muy débil. En estas condiciones, con segmentos productivos de bajo nivel tecnológico, sin mayores relaciones con otras ramas de la industria local y ventas mayoritarias hacia el exterior, es difícil que no operen desproporcionalidades entre ramas y sectores en las economías dependientes.

XII

Con la marcha del patrón industrial en el siglo XX pareció abrirse un proceso en que la ruptura del ciclo del capital y otros desequilibrios en la reproducción del capital en América Latina tenderían a reorientarse,  aproximándose a las formas como el capital se reproduce en el mundo industrial desarrollado. Este fue el mensaje de la Cepal y de las principales burguesías industriales de la región. Sin embargo estas ilusiones pronto se fueron desvaneciendo. En los países de mayor desarrollo de la región las etapas de producción de bienes industriales no durables (ropa y alimentos) y durables (muebles) avanzó con relativa facilidad. El crecimiento de los empleos en el aparato estatal y en las fábricas ampliaba por otro lado el mercado interno, favorecidos estos últimos por la baja composición orgánica del capital. Pero aún en condiciones de procesos relativamente simples ya se presentaban problemas con la balanza comercial, por la importación de componentes para esta producción, sean materias primas, herramientas y repuestos, y por las importaciones de bienes suntuarios.

Pero los problemas serios comenzaron a hacerse presente cuando el proceso de industrialización requirió pasar a fases más complejas, como la producción de equipos, maquinarias y repuestos. El monto de la inversiones para estas industrias debía ser mayor, lo que reclamaba reducir los montos destinado al consumo suntuario de las clases dominantes, mayor control sobre los salarios, mayores préstamos  y reducción de intereses de la banca de desarrollo y de la banca privada, y elevar las transferencias del sector exportador hacia la industria, lo que alentaba conflictos entre clases y sectores de las clases dominantes.

Pero en medio de estos problemas emergió una alternativa no contemplada en los proyectos iniciales y que modificará de raíz el proceso de industrialización.

Terminada la Segunda Guerra mundial, con una infraestructura productiva intacta y alentada además por la aplicación de técnicas y conocimientos bélicos empleados ahora en la producción, se produjo una pronunciada reducción de la vida útil del capital fijo en la economía estadounidense, dejando sobrantes equipos, maquinarias y repuestos todavía útiles, los cuales pasarán a ser ofertados en generosas condiciones de pago en el mercado mundial y en particular hacia el mercado latinoamericano.

Esta oferta empataba en el tiempo con las necesidades de la burguesía  latinoamericana de pasar a fases de mayor complejidad en la producción industrial, lo que abrió las puertas para que se aliara con el capital estadounidense, favoreciendo inversiones en el sector industrial o simplemente adquiriendo los equipos que reclamaba la nueva fase de la acumulación.

Pero junto a la asociación  de la burguesía local con el capital extranjero, otro asunto relevante refiere a que la industrialización dejó de constituir un proyecto orgánico, que cubriría el conjunto de ramas industriales, para quedar descabezado, al no desarrollarse las ramas del sector de bienes de capital, apareciendo sólo algunas actividades ligadas a ese sector, y pasar a depender de la importación de esos bienes de las economías desarrolladas.

Abandonar la producción de bienes de capital significó además dejar de lado al sector que motoriza con mayor peso el desarrollo de conocimientos y de nuevas tecnologías, con lo que la burguesía latinoamericana lanzó a la basura la ¿débil? posibilidad de encabezar un proyecto de desarrollo.

Su antigua subordinación al capital extranjero y a sus Estados, el peso de la superexplotación en el proceso de acumulación, la magnitud de impulsar procesos de desarrollo científico y tecnológico y de propiciar el desarrollo de ramas que reclamaban esfuerzos de acumulación que la obligarían a limitar sus gastos suntuarios, entre otros, se hicieron presentes en aquella decisión. La responsabilidad no compete al capital extranjero, sino a los Estados, a la burguesía local y también a  los sectores exportadores regionales, que veían con rechazo y temor tener que incrementar sus aportes para la industrialización.

XIII

Si bien los equipos y maquinarias importados constituían principalmente bienes de capital para la producción de bienes salarios en el seno de la economía estadounidense, en América Latina asumían otra condición, la de bienes de capital para producir bienes de consumo suntuario, como automóviles, por el peso de la superexplotación. Esto tendrá consecuencias en el rumbo de la industrialización y en las dificultades de empatar con las necesidades del grueso de la población trabajadora.

La asociación con el capital extranjero trajo consigo acelerar la división de la burguesía industrial en dos fracciones, que comienzan a operar con proyectos e intereses cada vez más contrapuestos: una, ligada a la producción  industrial liviana, menos dinámica, menos capitalizada, con baja composición orgánica, y cada vez más ligada a la producción de bienes salarios; otra aliada al capital extranjero, con mayores niveles de composición orgánica, ligada a una producción industrial de bienes más complejos y suntuarios, y que se erigirá en la fracción burguesa más dinámica.

Esta división, que se acentuará muy rápidamente, propiciará disputas interburguesas por la hegemonía del Estado y por la orientación de la industrialización, logrando imponerse los proyectos de la burguesía más dinámica. En tanto su producción se dirige básicamente al mediano y alto mercado interno, alentará políticas económicas que tenderán a afectar el poder de consumo del grueso de los trabajadores industriales y de la baja burocracia estatal, y del resto de franjas proletarias urbanas peor remuneradas y subempleadas, auspiciando las transferencias de ingresos a las clases, fracciones y sectores  con mediano y alto poder de consumo interno. Al mismo tiempo buscará abrirse a los mercados regionales, por la vía de sumar pequeños mercados de alto poder de consumo en diversas economías y, de esa forma, ampliar el campo de la realización.

Todos estos movimientos y procesos terminan por poner fin a las ilusiones de un proyecto de industrialización que lograría articular la producción y las necesidades de consumo del grueso de la población trabajadora. Con ello la ruptura del ciclo del capital manifestaba una nueva dimensión, ahora desde la producción industrial y en el seno de la economía local, generado un poderoso pero reducido mercado de alto poder de consumo, lo que reactiva las pulsiones a incrementar la superexplotación, a concentrar ingresos en las capas sociales de mayores ingresos y a iniciar aperturas al exterior como forma de ampliar mercados, ante las restricciones operantes en los mercados locales.

A estos problemas, que volvían a poner de manifiesto tendencias locales de reproducción del capital que operaban con tendencias distanciadas de las  imperantes en el mundo desarrollado, se agregan otros, como el incremento de la pobreza que se concentra en los cinturones de miseria que se expanden en las grandes ciudades de la región, ante la elevación de la composición orgánica en las industrias dinámicas y el débil crecimiento de las industrias tradicionales, y la dificultad del sector industrial en general de crear empleos a la altura de la oferta de brazos propiciadas por la masiva migración campo-ciudad, y los problemas de la producción agraria de retener a esa población, por la monopolización de la tierra en la mayoría de las economías de la región.

XIV

La crisis mundial propiciada por la caída de la tasa de ganancia a fines de los años sesenta del siglo XX,  empató con la crisis del patrón de reproducción industrial en América Latina, por el crecimiento de los desequilibrios de la balanza comercial, ante las deudas por importaciones de equipos y maquinarias, las dificultades de ampliar mercados internos y externos para la producción industrial de bienes de consumo durable,  el descenso en los niveles de crecimiento y la agudización de la lucha de clases.

Al calor de aquella crisis el sistema mundial capitalista sufrirá una profunda readecuación que dará paso a la conformación de una nueva división internacional del trabajo, en donde la región regresará como patrón dominante a su condición exportadora de materias primas y alimentos, y en pocas economías se mantendrán con peso algunas actividades de maquila  electrónica y de ropa, ensamble automotriz y producción de partes, con poca tecnología.

La puesta en marcha del patrón exportador de especialización productiva se apoya en ventajas naturales, como petróleo, minerales diversos, productos agrícolas, como verduras, granos y frutas, carne y madera, y en productos industriales como los antes señalados.

El nuevo patrón hace de los mercados exteriores su campo fundamental de realización. Allí se presenta una división entre las economías de la parte sur de América Latina que dirigen su producción principalmente a China, la Unión Europea y otras economías del sudeste asiático y a la región misma, y otras, como México y algunas economías centroamericanas que exportan principalmente hacia los Estados Unidos.

La puesta en marcha del nuevo patrón fue acompañado de la masiva venta de empresas públicas, que aceleró la acumulación de capitales, y de agresivas políticas de reducciones salariales y de retiro de prestaciones sociales, medidas estas últimas que favorecieron la capacidad de competencia de los capitales y sus productos en el mercado mundial.

Estas pérdidas, unidas a la generalización creciente de la precariedad laboral y la subcontratación han incrementado la superexplotación a niveles que la región ya creía superados.

Importa destacar que los valores de uso producidos bajo el nuevo patrón de especialización productiva no cuentan con la capacidad de dinamizar actividades complementarias que complejicen la estructura productiva. Producir soja, frutas, vinos o café  y extraer cobre, petróleo o litio no crean condiciones para industrias aledañas, encadenadas a esas producciones o extracciones y fomenten nuevos empleos y nuevas demandas de producción industrial. O cuando lo reclaman es de un nivel de complejidad tecnológica que se accede a ellas adquiriéndolas en las economías desarrolladas o bien exportando los productos para su procesamiento en el exterior.

A inicios del siglo XXI el capitalismo latinoamericano ahora bajo el patrón exportador de especialización productiva vivió un periodo de bonanza excepcional. Esta experiencia contó con la excepcional demanda de petróleo, materias primas y alimentos en el mercado mundial, en gran medida propiciada por el espectacular crecimiento de la economía china, y con la elevación de los precios de la mayoría de los principales productos de exportación de la región.

El incremento del volumen de las exportaciones, acompañado por una sustancial subida de precios propició que tanto el capital local, estatal y privado, como el extranjero, el cual incrementó su presencia en la minería, la agroindustria, energía, servicios y ensamble y maquila, incrementaran sus ganancias en niveles inusitados. Se contaba con recursos para alentar inversiones estratégicas que ensancharan la demanda de nuevos bienes en la economía local, se extendiera el tejido productivo y se abrieran condiciones para el despliegue de una  dinámica que rompiera o redujera los nudos más agudos de la dependencia y el subdesarrollo.

Pero las fuerzas dinamizadoras de la dependencia terminaron por predominar. Los obstáculos propiciados por la segmentación productiva en las cadenas de valor global, caminan en el sentido no de alentar procesos de industrialización, sino de especializaciones en aspectos muy parciales de alguna actividad industrial, las menos tecnificadas, en tanto los segmentos que reclaman conocimientos y niveles de tecnificación más avanzada han terminado de quedar asentados en las economías desarrolladas.

Los grandes exportadores de materias primas y alimentos, a su vez, incrementaron las hectáreas sembradas y abrieron nuevos yacimientos mineros, pero poco o nada destinaron a realizar inversiones estratégicas en aras de complejizar la estructura productiva.

Por ello, entrada la segunda década del siglo XXI,  tras la caída de la demanda exterior y la aguda baja de los precios de materias primas y alimentos, ante la baja del crecimiento de China y la debilidad de otros centros desarrollados, los capitales y Estados que obtuvieron cuantiosos beneficios y que no realizaron inversiones con perspectivas de reducir la dependencia y el subdesarrollo, no han tenido empacho en convocar a nuevas políticas de ajuste que apuntan a reducir o cortar lo poco de presupuesto que se destinó a mejoras salariales, educación y a políticas para enfrentar la pobreza. El subdesarrollo y la dependencia han dado una nueva vuelta de tuercas en la región.

XV

Importa destacar el peso de los patrones exportadores en la historia económica regional. Ese era el rasgo del primer patrón erigido en el siglo XIX, el agro-minero exportador, y tras el muy breve lapso en que se hizo presente el patrón industrial, ha vuelto a hacerse presente un nuevo patrón volcado a los mercados exteriores, el de especialización productiva.

En una subregión en donde la superexplotación es una tendencia central del capitalismo dependiente, el hecho que el capital encuentre caminos para valorizarse  en mercados exteriores, vía exportaciones, no es ninguna buena noticia para el mundo de los trabajadores. El nuevo patrón de reproducción lo ha puesto de manifiesto desde que estableció las bases para su puesta en marcha, y a lo largo de su expansión.

América Latina asistió a una brutal ofensiva del capital sobre las condiciones de vida de la población trabajadora desde los años setentas del siglo XX, y la agudización de la explotación redoblada se ha constituido en base de sustentación del dinamismo y de los éxitos de la nueva modalidad de reproducción.

Importa destacar que no estamos en América Latina frente a cualquier economía exportadora. Nos encontramos en la situación de una región regida por un patrón de reproducción que agudiza al máximo las contradicciones de la dinámica del capitalismo dependiente, como la ruptura del ciclo del capital y  una organización productiva que prosigue dando la espalda a las necesidades del grueso de la población trabajadora.

No es lo mismo exportar sobre la reducción del poder de consumo de la población asalariada local, como ocurre en América Latina, que hacerlo sobre la base de una economía con una elevada productividad, como la alemana, en donde se mantiene e incluso se  incrementa la producción y consumo de bienes salarios por el mundo del trabajo, así como  de equipos  por el  capital local. Y es esa elevada productividad la que permite contar con cuantiosos montos de bienes que son lanzados al mercado mundial con una alta capacidad de competencia[32].

La economía exportadora latinoamericana tiene poco que ver también con la modalidad exportadora de Corea del Sur. Allí la creación de industrias volcadas a los mercados exteriores fue acompañada por políticas que impulsaron el desarrollo del sector de bienes de capital, de manera simultánea al desarrollo de bienes de consumo. Parte sustantiva de los excedentes iniciales de las exportaciones fueron orientados a fortalecer las bases industriales para  favorecer nuevas exportaciones cada vez más complejas, dándose inicio a una paulatina incorporación de la población trabajadora al mercado interno.

El recurso a la expansión del crédito en América Latina como forma de elevar en parte el consumo de franjas  obreras y de la baja pequeña burguesía asalariada, que ha sido teorizado por la sociología regional como “la expansión de las clases medias”, se realiza sobre bases de empleo muy precarias. A ello se suma la especulación con los créditos, que eleva enormemente los precios finales por el elevado incremento de los intereses. Todo esto ha quedado en entredicho en momentos en que el empleo y los salarios vuelven a sufrir los embates de nuevos programas de ajuste, al decaer las exportaciones y sus precios. La expansión del mercado interno muestra en este, como en otros ejemplos previos, su enorme fragilidad en las economías dependientes, y la dificultad de ajustar la ruptura del ciclo del capital.

XVI

Desarrollo del subdesarrollo. Así sintetizó Andre Gunder Frank el futuro de las economías dependientes en caso de seguir regidas por relaciones capitalistas[33]. Leída desde los estadios de mayor desarrollo de la teoría marxista de la dependencia, esta formulación no remite a ninguna idea estancacionista. Las economías latinoamericanas podrán seguir creciendo, expandiendo sus sectores exportadores, o ramas e industrias diversas y gestando plusvalía relativa en sectores particulares[34]. Pero lo harán recreando y agudizando las fracturas en la reproducción del capital, y los desequilibrios sociales inherentes a la condición subdesarrollada y dependiente. De allí que se sostiene que de proseguir expandiéndose el  capitalismo se seguirá desarrollando el subdesarrollo.

La TMD no plantea que la economía latinoamericana, por su condición subdesarrollada y dependiente, deban caminar hacia el estancamiento, por más que autores diversos, más o menos cercanos a esta propuesta teórica, lo hayan señalado.

Brasil, México y Argentina, para mencionar las tres mayores economías de la región,  pueden presentar en formas y periodos diversos importantes  crecimientos de sus economías en los últimos sesenta años, tanto bajo el patrón industrial como bajo el actual patrón exportador de especialización productiva. Pero nada de lo realizado permite afirmar que se ha avanzado hacia el desarrollo, sino, por el contrario,  hacia una profundización de las contradicciones propias del capitalismo dependiente.

XVII

Llegados a este punto, parece pertinente una reformulación del sistema mundial capitalista respecto a la noción con la cual arrancamos este escrito.

Ese sistema no debe ser concebido simplemente como el espacio en donde operan economías capitalistas con diversos niveles de desarrollo científico y tecnológico, con diversas composiciones orgánicas de capital y diferentes niveles de productividad. Esta visión es más lo que esconde que lo que permite entender.

El sistema mundial capitalista es fundamentalmente la unidad diferenciada en donde se articulan, a lo menos, diversas formas de capitalismo: el desarrollado  y el dependiente.

Estas formas de capitalismo constituyen una unidad al operar de manera integrada y articulada de acuerdo a la lógica del capital y la prosecución de apropiación y crecimiento de ganancias. Pero lo hacen de maneras diferenciadas de acuerdo a una división de formas de capitalismo. Esta división no es sino la articulación de formas de reproducción de capitales que impulsan y permiten a unas economías desarrollarse, en tanto a otras las impulsan a subdesarrollarse.

Al interior de estas formas de capitalismo se presenta una  diversidad de grados, sea de capitalismo desarrollado, sea de capitalismo dependiente.

XVIII

Dado el nivel de maduración del sistema mundial capitalista, y de la división  de formas de capitalismo y de las relaciones que las constituyen, se puede afirmar que siendo teóricamente factible el paso de  una economía desarrollada a la condición de subdesarrollada, y el paso de una economía dependiente a la condición de desarrollada, este último paso, en términos históricos, sólo se puede presentar como resultado de una situación de excepción, en donde la lógica de la acumulación no puede operar por su propia dinámica, ni por la simple acción autorreguladora  del mercado, sino por una dirección que defina un plan de desarrollo con capacidad de  disciplinar al conjunto de las clases sociales, y particularmente a las dominantes, y a lo menos neutralice a las fuerzas del imperialismo, para alcanzar esos objetivos.

El primer paso, del desarrollo al subdesarrollo, es teórica e históricamente más factible de que suceda, porque basta que se pierda la capacidad de transferir valor y horas de trabajo a su favor y de potenciarlos, para que ello ocurra.

No existe una línea de continuidad entre la forma capitalismo dependiente y la forma capitalismo desarrollado, en el sentido que por una simple acumulación de diferentes condiciones o procesos, una economía dependiente y subdesarrollada alcanzará  el desarrollo. Si desarrollo y capitalismo dependiente maduran de manera simultánea y por la relación que establecen y sostienen, la dinámica de reproducción establecidas en una y otra forma,  operando de manera normal, tenderán a reproducir dependencia y desarrollo.

El paso de la condición dependiente y subdesarrollada  al capitalismo desarrollado implica necesariamente una ruptura en varias dimensiones: primero, con las tendencias espontáneas de la acumulación o con la capacidad autorreguladora del mercado. Segundo, con las clases dominantes del mundo dependiente, en el sentido de ajustarse a planes y proyectos que tendencialmente no son los que históricamente han llevado a cabo, y tercero, a lo menos de neutralizar al capital imperialista.

Las burguesías de las economías subdesarrolladas no cuentan con la voluntad histórica de encabezar proyectos que permitan quebrar con las tendencias locales a la superexplotación y de alcanzar una reinserción al mercado mundial en otras condiciones, que no sean aquellas que reproducen el subdesarrollo y la dependencia. Y ello por una razón simple: bajo las condiciones subordinadas en que se desenvuelven y sometidas a las divisiones internacionales del trabajo imperantes,  pueden lograr grandes ganancias, a pesar de las transferencias de valor y de horas de trabajo. Esto permite la constitución de capitales poderosos, no sólo a nivel regional, sino mundial, pero sus procesos de acumulación y de reproducción no generan desarrollo para las economías locales.

El capital extranjero que invierte en la región tiende a adecuarse a los procesos de reproducción de capital imperantes, y no a modificarlos. Esta es una de las razones por las que llega a la región: porque puede  superexplotar, lo que acrecienta sus ganancias, sostiene la ruptura del ciclo del capital,  e invierte en actividades productivas o de servicios  que no alteran la dinámica que reproduce el subdesarrollo[35].

Sólo una situación de excepción, que camine a contracorriente de las tendencias de la acumulación y del mercado  puede revertir las tendencias que reproducen dependencia. En cualquier condición, el desarrollo alcanzado tendrá como contracara la profundización o la extensión del subdesarrollo y de la dependencia en algún otro rincón del planeta. Nunca estos procesos emergen por separado.

XIX[36]

Parte sustancial de los procesos que han permitido a Corea del Sur  alcanzar los niveles productivos actuales poco o nada tienen que ver con la simple dinámica de la acumulación y de la mano invisible del mercado. Más bien su situación se ubica en las antípodas de esas tendencias. Constituyen –como señalamos- una situación de excepción.

Tras finalizar la segunda guerra (1945), y la retirada de las tropas japonesas de la península de Corea, la que ocuparon desde 1910, Estados Unidos dividió la península por el paralelo 38, quedando ocupada al norte por tropas soviéticas y al sur por tropas estadounidenses. Entre 1950 y 1953 la península coreana se ve remecida por una  guerra que enfrenta a la actual Corea del Sur, apoyada por Estados Unidos y la ONU, y la actual Corea del Norte, apoyada por la República Popular China y de manera indirecta por la Unión Soviética. En esa guerra mueren alrededor de 2 y medio millones de personas, principalmente combatientes, pero también población civil, y provoca la destrucción de la principal infraestructura de la península. Tras un armisticio (que no tratado de paz) se constituye Corea del Norte, en las fronteras con China, y Corea del Sur, en la parte baja de la península, con salida terrestre sólo por Corea del Norte, y más cercana a Japón. La frontera zigzaguea en torno al paralelo 38, con 4 kilómetros de una zona desmilitarizada.

Ocupada un largo periodo por fuerzas estadunidenses luego de la guerra, Corea del Sur fue importante para Washington hasta la caída del bloque socialista como tapón que impediría el avance del “comunismo”, pero fundamentalmente por su privilegiada posición geoestratégica, cercana a las principales ciudades chinas, y también del territorio de la Unión Soviética.

Para Estados Unidos era necesario el fortalecimiento económico de Corea del Sur. Por ello entre 1945 y 1961 le otorgó donaciones por más de 3mil 100 millones de dólares, equivalente a más de un tercio de lo que percibió Francia como parte del plan Marshall[37]. A inicios de los años ochenta Japón otorgó a Seúl 3 mil millones de dólares por concepto de reparación de la guerra y por la ocupación.

En un periodo de 15 años, iniciados en 1945, las autoridades llevan a cabo una profunda reforma agraria, que desmantela el poder de los sectores terratenientes. Y la guerra civil propició por otro lado el debilitamiento de la incipiente burguesía industrial.

Todo ello creará las condiciones para la conformación de un Estado con elevados niveles de autonomía frente a las clases dominantes, y que cuenta con un fuerte respaldo y apoyo de Washington.

De 1961 a 1979 el general Park Chung-hee encabeza una Junta Militar y en 1963 se hace proclamar Presidente de la República, periodo en donde estatiza la banca  y establece planes de desarrollo para incentivar el auge de sectores estratégicos, convirtiendo el crédito en un arma para obligar a los sectores empresariales a invertir en esos sectores.

Para el primer plan  quinquenal de desarrollo (1962-1966) los sectores privilegiados fueron el sector energético, abonos , textiles y cemento, para el segundo (1967-1972) el 50 % de los recursos del sector financiero se canalizaron al apoyo de la industria química y de la industria de bienes de capital[38], en tanto para el tercero se privilegió la siderurgia, equipamiento de transporte, electrodomésticos y la construcción naval[39]. Como puede apreciarse, los planes combinan la producción de bienes de consumo y de bienes de capital, generando condiciones para que tanto el sector II y el I puedan despegar, expandirse y retroalimentarse.

Junto a los planes de desarrollo Park plantea la creación de grandes conglomerados industriales  (chaebol), con el apoyo de transnacionales estadounidenses, que serán la base de la futura economía exportadora.

El Estado fijó a los campesinos un volumen mínimo de producción para el consumo de la población urbana, a precios establecidos  por las autoridades, por lo general inferior al precio de costo.

A la muerte de Park le sigue otro dictador, también militar, Chung Doo- hwan, quien mantuvo la fuerte presencia estatal en la economía. Estableció planes para el desarrollo de nuevos sectores estratégicos,  y reprimió violentamente los movimientos que reclamaban la democratización del país.

El nuevo gobierno mantuvo el control de los salarios a niveles deprimidos. Para 1980, cuando la economía ya comenzaba dar signos de crecimiento el salario de un obrero coreano correspondía a una décima parte del de un obrero alemán y la mitad del de un obrero mexicano. En tanto la jornada laboral era la más extensa en el mundo.

Fue en los años ochenta cuando la economía de Corea del Sur despega con cifras por arriba del 8 % del PIB, dando inicio a lo que se denominó el “milagro económico coreano”, aunque con un crecimiento de la deuda exterior también elevada.

Tras masivas movilizaciones reclamando democracia el presidente Chung debió ser destituido en 1987, y recién en 1988 los ciudadanos pudieron elegir autoridades por sufragio universal, resultando triunfador en 1992 el primer presidente civil.

La información señalada pone de manifiesto, en contra de las ilusiones de liberales y neoschumpeterianos, que la experiencia de Corea del Sur no constituye un modelo factible de realizar en América Latina. Expresa una situación de excepción, desde las condiciones internacionales, hasta las regionales y locales. Ni Estados Unidos, ni las clases dominantes de la región están en condiciones de acompañar un proyecto como el anterior, y mucho menos encabezarlo.

La autonomía y poder alcanzado por el Estado de Corea del Sur, no sólo sobre la población trabajadora industrial y del campo, sino también sobre las clases dominantes, constituyen condiciones que ponen de manifiesto la ingenuidad neodesarrollista[40] cuando convocan al Estado latinoamericano a alcanzar mayor presencia en la economía, para romper con el subdesarrollo.

¿En qué lugar de América Latina se podría hacer algo, no digamos semejante, sino cercano a lo señalado? ¿Estados Unidos y su discurso de la libertad empresarial, de proteger la  propiedad privada, la libertad del mercado, etc.,  lo apoyaría gustoso? ¿También el FMI y el Banco Mundial? No es difícil ver que nada de esto sería posible, en el cuadro de las relaciones de fuerzas imperantes. Las pocas experiencias en que algo cercano a un proyecto de desarrollo nacional se ha buscado motorizar, tanto el capital local como el extranjero se han movilizado utilizando procedimientos de todo tipo para ponerles fin.

XX

La teoría de la dependencia emerge como resultado de la crisis del desarrollismo, alimentada por los problemas del proceso de industrialización que no logra resolver los problemas que se suponía superaría, sino que genera nuevos que redoblan la dependencia y el subdesarrollo.

También es resultado de la crisis del marxismo ortodoxo y de su incapacidad de explicar las novedades, como la Revolución Cubana, así como de sus antiguos errores, como los llamados a establecer alianzas con la burguesía local.

El nuevo marxismo que emerge con fuerza en la región tras el triunfo de la Revolución Cubana abre nuevas rutas para entender las razones del subdesarrollo, así como el problema de la actualidad de la revolución en la región. Es allí en donde nociones como dependencia y desarrollo del subdesarrollo se constituyen en centros de una reflexión que busca explicaciones sobre las particularidades del capitalismo regional y que dan fundamentos a una nueva política.

El problema de la dependencia, en tanto emerge en la vinculación de la región en el sistema mundial capitalista, reclamaba una formulación desde la economía política. Pero esta era una perspectiva con débil desarrollo en la región, en donde predominaba la historia económica, desde el marxismo, y corrientes keynesianas y estructuralistas  en la economía misma. A ello se sumarán perspectivas sociológicas que no terminarán, sin embargo, de propiciar pasos sustantivos en la reflexión.

Los aportes proporcionados por autores como Andre Gunder Frank, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra  y Ruy Mauro Marini,  se constituyen en el núcleo de la conformación de la teoría marxista de la dependencia.  Pero esta sólo termina de tomar forma con el escrito Dialéctica de la dependencia de Ruy Mauro Marini[41].  Es recién en ese trabajo en donde se formula una propuesta que explica la inserción de América Latina en el mercado mundial, y como ello propicia la generación de un capitalismo con particularidades en su reproducción, como la ruptura del ciclo del capital y la  superexplotación. Esas particularidades no son signos de deficiencias o “deformidades”[42] de desarrollo capitalista, sino justamente la expresión de su desarrollo y madurez en tanto capitalismo dependiente.

En rigor, sólo a partir de Dialéctica de la dependencia  se puede hablar de la constitución de una teoría marxista de la dependencia. Todos los trabajos  previos, incluso los realizados por el propio Marini, no son más que aproximaciones, mejores o peores, a esa propuesta, por lo que cualquier crítica a dicha teoría debiera hacerse considerando esa situación[43], y no regodearse tomando como base las formulaciones embrionarias o las aproximaciones.

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[1] .- Véase por ejemplo de Rolando Astarita, Monopolio, imperialismo e intercambio desigual, Madrid, Maia Ediciones, 2009.

[2] .- Utilizaremos  en un sentido lato subdesarrollo  y capitalismo dependiente como sinónimos.

[3] .- Existe una línea de continuidad entre este marxismo y el viejo marxismo ortodoxo: las diferencias en el desarrollo de las fuerzas productivas explica todo. Sólo hay que acelerar ese desarrollo, para romper con el atraso, y además para acercarnos a la revolución.

[4] .- Los supuestos del individualismo metodológico se expresan aquí en la economía mundial. Para las teorías de la estratificación, por ejemplo, las desigualdades sociales se explican de manera individual, por las diferencias de capacidad, talento y  esfuerzo de los individuos. Y esto define los montos diferenciados de riqueza que perciben. No existen relaciones sociales, para estas teorías, que inciden en la desigualdad social. Menos en la explotación, que no reconocen.

[5] .-Señala Eric Hobsbawm: “es cada vez más claro que los orígenes de la revolución industrial de Gran Bretaña no pueden ser estudiados exclusivamente en términos de historia británica. El árbol de la expansión capitalista moderna creció en una determinada región de Europa, pero sus raíces extrajeron su alimento de un área de intercambio y acumulación primitiva más amplia, que incluía tanto las colonias de ultramar ligadas por vínculos formales como las “economías dependientes” de Europa Oriental, formalmente autónomas. La evolución de las economías esclavistas de ultramar, y de las basadas en la servidumbre de la gleba, de Oriente, fueron tan partícipes del desarrollo capitalista como la evolución de la industria especializada y de las regiones urbanizadas del sector “avanzado” de Europa.”  Y agrega: “eran necesarios los recursos de todo este universo económico para abrir una brecha industrial en cualquier país del sector económicamente avanzado”. Véase En torno a los orígenes de la revolución industrial. Siglo XXI, Argentina, 1971, pág. 105.

[6] .- “La razón por la cual la revolución industrial comenzó en Occidente fue que durante los 300 años anteriores se había concentrado allí capital monetario y oro en cantidades enormes como resultado de un saqueo sistemático del resto del mundo por medio de las conquistas y el comercio coloniales”. Ernest Mandel, El capitalismo tardío, México, Ediciones Era, 1972, pág. 60. Datos como estos permiten entender por qué el desarrollo pudo emerger en ciertas regiones y economías. El subdesarrollo reclama considerar economías formalmente independientes (no colonias)  y los procesos de reproducción de capital que gestan, en su integración en el sistema mundial capitalista.

[7] .- Si en el siglo XVII es la industria del algodón la que permite el despegue de la revolución industrial en Inglaterra, a mediados del siglo XVIII es  la producción de ferrocarriles el gran detonante para las industrias del hierro y del acero. Véase de Eric Hobsbawm, En torno a los orígenes de la revolución industrial, Siglo XXI, Argentina, 1971, cap. Tercero, pp. 89-114.

[8] .- Maurice Dobb señala que “el invento no es un proceso autónomo, desligado del progreso de la inversión de capital, ni es posible separar a éste de sus efectos sobre el desarrollo de la invención que, a su vez, reactúa sobre el proceso de inversiones a través de su influencia sobre la rentabilidad”. En Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, Siglo XXI Editores, Argentina, 1971, pág. 343. En este sentido el descubrimiento de motor a vapor y su aplicación es un parteaguas en los procesos que darán vida a la revolución industrial. Dobb, Op. cit., pp. 308-309.

[9] .- Ruy Mauro Marini, Dialéctica de la dependencia, Editorial Era, México, 1973.

[10] .- R.M. Marini, Op. cit.

[11] .- “El intercambio de mercancías producidas en condiciones de una productividad del trabajo más alta por mercancías producidas en condiciones de productividad del trabajo más baja era un intercambio desigual; era un intercambio de menos por más horas de trabajo..”, Ernest Mandel, El capitalismo tardío, Editorial Era, México, 1972, p. 54.

[12] .- “El nacionalismo de la burguesía británica (…) fue agresivo: su propósito no era eliminar el atraso sino reforzar su propio progreso, conquistar el mundo”. Hobsbawm, En torno a la revolución industrial, op. cit., pág. 98.  (Subrayado JO).

[13] .- Entre los elementos que favorecieron la revolución industrial en Inglaterra Hobsbawm señala necesario “reconsiderar la naturaleza y la importancia del mercantilismo británico; es decir, la política sistemática de expansión económica belicista y colonialismo, y la no menos sistemática protección de los industriales, comerciantes y armadores británicos”. Añade que “la presencia de una burguesía potente y dinámica en cuyo seno privaban los intereses manufactureros nacionales, fue decisivo”. Y agrega “pero parece también probable que la inclinación de los gobiernos británicos  a colocar las ganancias comerciales y la conquista de nuevos mercados sobre toda otra consideración haya ejercido un papel decisivo en la exclusión de rivales económicos en potencia…”. Hobsbawm, En torno a la revolución industrial, Op. cit., pp. 305-306.

[14] .- Carlos Marx, El capital, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, t. I, pp. 469-470.

[15] .- R. M. Marini, “Las razones del neodesarrollismo”, Revista Mexicana de Sociología núm. extraordinario, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, México, 1978, pág. 70.

[16] .- Para el año 2000 las materias primas habían perdido entre el 50 y el 60 por ciento del valor relativo que tenían frente a las manufacturas hasta la década de 1920, con la excepción de carnes de res, madera y tabaco, que habían mejorado. José Antonio Ocampo y María Angélica Parra, “Los términos de intercambio de los productos básicos en el siglo XX”, en Revista de la Cepal núm. 79, Santiago, abril de 2003. Otros autores encontraron una disminución acumulada de un 75 % durante unos 140 años para los precios de bienes primarios, producción básica de las economías dependientes, en tanto  el índice acumulado de The Economist  presenta una baja del 60.1% entre 1900-1904 y 1996-2000 para los precios de iguales bienes. Véase de Astarita, Monopolio, imperialismo e intercambio desigual, Op. cit., pág. 151-152.

[17] .-De acuerdo con Theotonio Dos Santos, en  el periodo 1946-1968 hubo una salida de 15 mil millones de dólares de América Latina a Estados Unidos en la forma de dividendos, intereses, etc., sobre inversiones de capital extranjero. En tanto el capital exportado por Estados Unido a América Latina ascendió sólo a 5 mil 500 millones de dólares. En Dos Santos, Economía y cambio revolucionario en América Latina, Caracas, 1970, pp. 75-78, citado por   Mandel, El capitalismo tardío, Op. cit., pág. 66.  En 2014 las entrada  de Inversión Extranjera Directa (IED) en América Latina y el Caribe  alcanzó los 158 mil 803 millones de dólares. Los beneficios obtenidos por las empresas transnacionales sólo en ese año en la región alcanzaron los 103 mil 877 millones de dólares, considerado un año a la baja. Estas empresas suelen reinvertir alrededor del 50 por ciento de sus beneficios, por lo que extraen de la región el otro 50 por ciento. Véase Cepal, La inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe 2015, Santiago, pp. 19-23. Por otra parte, la transferencia de parte de las ganancias a filiales permite a los capitales transnacionales reducir el pago de impuestos por beneficios, lo que incrementa el despojo de valores. Véase de Orlando Caputo, La crisis de la economía mundial y América Latina. Una nueva interpretación de la crisis. Ponencia al Décimo Encuentro de la Sociedad de Economía Política, SEPLA, UNAM, México, 14-16 de octubre de 2015.

[18] .- Como lo planteó Arghiri Emmanuel en su texto “El proletariado de los países privilegiados participa de la explotación del tercer mundo”, en Amin, Palloix, Emmanuel, Bettelheim, Imperialismo y comercio internacional. (El intercambio desigual), Córdoba, Argentina, Cuadernos de Pasado y Presente núm. 24, julio 1971. Astarita atribuye erróneamente esta idea también a Marini cuando señala que “la explicación de Marini tiene una clara vinculación con la idea de que los trabajadores de los países adelantados participan en la explotación de los países atrasados”. En Economía Política de la dependencia y el subdesarrollo. Tipo de cambio y renta agraria en la Argentina. Universidad Nacional de Quilmes Editorial, Argentina, 2010,   pág. 46.

[19] .- Muchas clases sociales y fracciones que viven de salarios, como proletarios o pequeña burguesía asalariada, perciben ingresos del consumo improductivo de las clases dominantes. Esto no las convierte en clases o fracciones que participan de la explotación.

[20] .- Astarita señala “que no es necesaria una teoría de la acumulación específica para los países dependientes, sino (sólo JO) estudiar cómo se particularizan las tendencias y leyes generales del capital”. Economía política de la dependencia y el subdesarrollo. Tipo de cambio y renta agraria en la Argentina. Op. cit.,  pág. 11.

[21] .- El tema lo hemos desarrollado extensamente en “Fundamentos de la superexplotación”, en Razón y Revolución n. 25, Buenos Aires, 1er semestre de 2014.

[22] .- Véase Rolando Astarita, Monopolio, imperialismo…Op. cit., pág. 37

[23] .- Estos temas los desarrolla Marini en su artículo “Las razones del neodesarrollismo”, Op. cit.,

[24] .- Carlos Marx, El capital, t. II, Op. cit., cap. XX y XXI, pp. 350-465.

[25] .- Roman Rodolsky, Génesis y estructura de El capital de Marx, Siglo XXI, México, 1978, pp.  501-502.

[26] .- Carlos Marx, El capital,., tomo III, op. cit.,  pág. 254.

[27] .-  Henry Grossman señala al respcto: “Los neoarmonicistas idealizan el estado de equilibrio (…)  -confundiendo el método de investigación con los fenómenos a investigar –creían deducir del esquema de equilibrio la tendencia al equilibrio del capitalismo”, citado por Roman Rodolsky, Génesis y estructura de El capital de Marx. Op. cit., pág. 498.

[28] .- C. Marx, El capital, tomo III, Op. cit., pág. 243.

[29] .-  R. Rodolsky, op.  cit., pág. 505.

[30] .- Esto pone límites a juicios que sostienen para América Latina que “los salarios bajos, la superexplotación y el ejército industrial de reserva no constituyen en sí mismos obstáculos para la acumulación capitalista (…) sino más bien todo lo contrario. Es que en la medida en que los salarios son bajos, la plusvalía puede ser alta, y si los capitalistas reinvierten una parte importante de la misma  en ampliar su capital, habrá crecimiento de las fuerzas productivas y, por lo tanto, de la oferta y la demanda correspondientes.”  Y poniendo de manifiesto la meta que orienta estaos juicios se señala que “este fenómeno se ha dado en el capitalismo central”. Véase, Astarita, Economía política de la dependencia y el subdesarrollo, Op. cit., pág.56. Subrayados en original.  Astarita  señala que lo que el capitalismo industrial hizo en los siglos XVIII y XIX, en América Latina se podría hacer en el siglo XXI. Además los problemas de realización y de desproporcionalidad entre sectores en el capitalismo dependiente quedan minimizados. Sólo cabe preguntarse, si es tan simple la solución ¿por qué los capitales de la región no lo han hecho? ¿Por qué insisten en buscar mercados exteriores y en adquirir equipos y maquinarias en el  capitalismo desarrollado?

[31] .- Nota de El Financiero, México,  en www.elfinanciero.com.mx/empresas/produccion-y-exportacion-de-autos-en-Mexico-rompen-records-en-2014-htlm/. Consultado el 04 de diciembre de 2015.

[32] .- El escándalo de la Wolkswagen en la segundo mitad de 2015 es un duro golpe para la credibilidad de la eficiencia productiva del capital alemán en general.

[33] .- Andre Gunder Frank, Capitalismo y subdesarrollo en América Latina, Buenos Aires, Siglo XXI, 1970.

[34] .- Que se desarrolle plusvalía relativa en algunos sectores no significa que sea esta la que defina los procesos de explotación en la economía dependiente. Como que se geste plusvalía absoluta en el mundo desarrollado no es ésta la que define la explotación en  esas economías. Astarita critica el señalamiento de la imposibilidad de producción de plusvalía relativa en el capitalismo dependiente, señalado por otros autores. Véase Economía Política de la dependencia y el subdesarrollo. Op. cit., pág. 66.

[35] .- Para Astarita, por el contrario, “la IED no impide que [el]  capitalismo dependiente adquiera dinámica propia”, por lo que es necesario volver a pensar “los efectos que tiene la inversión extranjera directa  (IED) en los países atrasados”. En Economía política de la dependencia y el subdesarrollo” Op. cit., p.58

[36] .- Para este punto nos apoyamos en Jaime Osorio, “América Latina frente al espejo del desarrollo de Corea del Sur y China”, México, Problemas del desarrollo núm. 182, Instituto de Investigaciones Económicas (IIEc), UNAM, julio-septiembre 2015.

[37] .- Eric Toussaint, “Corea del Sur: el milagro desenmascarado”, OIKOS, núm. 22, Santiago, Escuela de Economía de la Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez, segundo semestre 2006, pág. 86.

[38] .- John Jairo Cuéllar Escobar, El desarrollo industrial en Corea del Sur (1960-2010). Elementos explicativos y de política. Un contrapunto a la experiencia colombiana. Bogotá, Facultad de Ciencias Económicos, Universidad Nacional de Colombia, Tesis de grado, 2012.

[39] .- Eric Toussaint, “Corea del Sur: el milagro desenmascarado”, Op. cit., pág. 93.

[40] .- Diez tesis sobre el nuevo desarrollismo, Sao Paulo, setiembre de 2010 (consultado el 19 de marzo de 2014), disponible en http://www.tenthesesondevelopmentalism.org/theses_spanish.asp

[41] .- Véase de Jaime Osorio, “El marxismo latinoamericano y la dependencia”, en Cuadernos Políticos n. 39, México, Editorial Era, enero-marzo de 1984.

[42] .- La expresión la utiliza Roberto Astarita. Véase su libro Monopolio, imperialismo.. Op. cit., pág. 102. Pero en su libro Economía política de la dependencia y el subdesarrollo, Universidad Nacional de Quilmes Editorial, Argentina, 2010, pág. 61,  se lo atribuye a Marini.

[43] Lo que deja abierta la puerta para criticar a todos los autores que se desee y se considere pertinente, incluido el propio Marini en sus trabajos previos, pero no dar por sentado que esto significa estar hablando de la TMD.

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