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La realidad del mundo, el ‘mal radical’ y el ‘hombre nuevo’ en el pensamiento de Immanuel Kant

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La realidad del mundo, el ‘mal radical’ y el ‘hombre nuevo’ en el pensamiento de Immanuel Kant

Por Carlos F. Lincopi Bruch, Filosofía, Universidad de Chile.

“… se les abrirán a ustedes los ojos y serán como dioses y conocerán el bien y el mal.”

Génesis, 3:5.

“Lo que trasmite el símbolo de Adán es, en primer lugar y esencialmente, la afirmación de que el hombre es, si no el origen absoluto, al menos el punto de emergencia del mal en el mundo.”

Paul Ricoeur, Introducción a la Simbólica del Mal

Resumen:

            El presente trabajo tiene por objeto crear un marco de análisis para la experiencia humana del ‘mal’ a partir de la noción kantiana de ‘mal radical’. El objetivo es cuestionar la ‘realidad del mundo’, su catástrofe, a partir de las determinaciones concreta de la esfera práctica y desiderativa del ser humano. Así mismo, se presenta una propuesta ético-programática de orden deontológica a partir de la noción kantiana de ‘hombre nuevo’, como una revolución del pensamiento y de las costumbres, en la perspectiva de superar el estadio de barbarie que aqueja al mundo actual.

Palabras clave: Kant, mal radical, catástrofe, hombre nuevo, mito adámico.

Abstract:

The present work aims to create an analysis framework for the human experience of ‘evil’ from the Kantian notion of ‘radical evil’. The objective is to question the ‘reality of the world’, its catastrophe, from the concrete determinations of the practical and desiderative sphere of the human being. Also, an ethical-programmatic proposal of deontological order is presented starting from the Kantian notion of ‘new man’, like a revolution of the thought and the customs, in the perspective of surpassing the stage of barbarism that afflicts to the present world.

Key words: Kant, radical evil, catastrophe, new man, adamic myth.

Apuntes preliminares

            El mundo contemporáneo se presenta ante el pensamiento como algo tremendo, ‘impensable’, algo que va más allá de todos los límites.  Sin embargo, pareciera ser que es propio del individuo humano cruzar ciertos ‘límites’ y ciertas ‘prohibiciones’. Por otra parte, este mundo es, sin duda, una catástrofe continua, como diría Walter Benjamin, pero al mismo tiempo, es nuestro mundo. Para comprender la realidad del mundo debemos aproximarnos, acercarnos, a la pregunta que interroga por la condición moral del ser humano y, en sentido kantiano, al cuestionamiento acerca de las máximas universales que rigen la ‘actividad práctica’.

En este sentido, es sugerente el libro La religión dentro de los límites de la mera Razón (1793) de Immanuel Kant (1724-1804). En este texto, de manera espectacular, Kant desarrolla algunos problemas filosóficos que son, de manera asombrosa, materia reflexiva para el mundo contemporáneo. En efecto, Kant sostiene una crítica radical al llamado ‘optimismo ilustrado’ y sus nociones acerca del progreso, noción que contrasta con la realidad del mundo que “apila ruinas sobre ruinas”. Por otra parte, nuestro autor, vuelve visible cierta condición humana como causa de ‘este mundo en ruinas’, se trata del ‘mal radical’, de las inclinaciones del individuo humano y del llamado ‘amor a sí mismo’, de alguna manera, Kant desnuda a la especie humana y borra toda pretensión optimista sobre ella, de manera absolutamente despiadada.

Finalmente, Kant va a desarrollar una propuesta ética que permita ordenar el comportamiento moral del individuo humano, el problema consiste en reorientar la disposición hacia el bien en cuanto que deber. En efecto, se trata de una auténtica revolución en el orden del pensamiento y el comportamiento moral. El objeto de esta revolución es un hombre nuevo, el cual se vuelve bueno en las decisiones que es capaz de tomar, en cuanto que ser racional, sobre su actividad práctica. El hombre es de cierta manera y, sin embargo, debe ser de otra.

En el presente documento ensayaremos en esa dirección, abordando los problemas del mundo a partir de ciertas disposiciones antropológicas, nuestra base argumentativa se orienta a determinar la responsabilidad del hombre ante su presente, sobre la base de las consideraciones kantianas sobre el ‘mal radical’. En la medida en que avancemos observaremos como el pensamiento de Kant, a su vez, interpela a pensadores como Walter Benjamin y Karl Marx. Es de esta manera que pensamos el tiempo-ahora.

La realidad del mundo, la constante ruina y el eterno tiempo-ahora.

            La reflexión kantiana comienza constatando un hecho, en efecto, la crítica sobre la perversa orientación del mundo (la idea de que ‘el mundo está mal’) es tan antigua como la historia misma.[1] Es decir, la sensación humana sobre lo terrible del mundo se desarrolla en tanto que continuidad. La historia humana es la historia de esta continuidad. Y sin embargo, de manera curiosa, el ser humano se encuentra aquejado por cierta reminiscencia, por cierto recuerdo, de un ‘tiempo mejor’ – el otro tiempo –, aquel de la vida en comunidad con Dios en el Paraíso.[2] El contraste es de orden temporal, de una parte nuestro tiempo, aquel en el cual hemos forjado nuestra historia y nuestro mundo – el cual está mal –, y por otra parte, el otro tiempo y el otro mundo, el de Dios – el cual es pura bondad –.

            ¿Cómo se ha producido este cambio en el orden temporal? ¿Cómo hemos transitado de la morada de Dios a la morada del mundo contemporáneo? La explicación recurrente orienta hacia un tal ‘pecado original’, en efecto, nuestro mundo ha sido configurado a partir de la caída en el mal moral[3], el cual, según Kant, tendría el mundo ad portas de su propio fin. En palabras de nuestro propio autor:

“…de modo que ahora (pero este ahora es tan antiguo como la historia) vivimos en lo último del tiempo, el última día y la ruina del mundo están a la puerta…”[4]

Existe, entonces, una constante caída en el ‘mal moral’, del cual da cuenta la tradición simbólica o mítica del libro de Génesis. Siguiendo a Paul Ricoeur, el problema del mito adámico dice relación con un ‘símbolo racional’, es decir, el mito no se presenta simplemente como una oposición a la ‘razón’, sino como un símbolo que denota una gran cantidad de sentidos y posibilidades que permitan dar cuenta o explicar la realidad del mundo y, particularmente, en este caso, de la experiencia humana del mal.[5] Entonces, el libro bíblico de Génesis no explica un inicio, un tiempo remoto, sino un presente, un ‘ahora’ nos dice Kant. Por ello, el problema de Adán es el problema de la condición humana y no de un individuo – singular o particular – de nombre ‘Adán’. Esta orientación es particularmente aclarada por Gómez Caffarena, en tanto que ‘Adam’ en hebreo denota el sentido de ‘humanidad’ o ‘los humanos’.[6]

El mito adámico explicaría, de alguna forma, el porqué de este mundo, cuya causa sería cierta disposición natural en el ser humano. El ‘pecado original’ se constituye – se origina – por la curiosidad misma del individuo humano, la prohibición lo tienta, es un límite que puede cruzar constantemente. El ofrecimiento de la bestia es de orden intelectivo: “serán como dioses y conocerán el bien y el mal.”. El conocimiento se presenta, o incluso, la curiosidad, como el pecado humano por excelencia. Es ahí el origen, esto es, su constitución como criatura racional. Por ello va a buscar Kant, la explicación sobre el ‘mal radical’ en la dimensión racional del ser humano. Luego, el mundo es porque nosotros somos. No se trata de la maldad del mundo, sino de un nosotros. Todo esto ocurre, según Kant, en un ahora, un ahora tan viejo como la propia historia.

Por otra parte, Kant va a dirigir su crítica al ‘optimismo ilustrado’, en el sentido de que según cierta visión ‘progresista’ el mundo se dirige “de lo malo a lo mejor”. Para Kant: “la historia de todos los tiempos habla poderosamente en contra”[7] de esta suposición. Mientras que, según nuestro autor, el estadio de ‘civilización’ es aún más terrible, en ella se cometen los vicios “más hirientes entre todos”[8]. Es extraño pensar que, en la medida en que se desarrolla nuestra ‘civilización’ y con ello, justamente, nuestra ‘razón’, nuestra capacidad de dañar y provocar dolor haya aumentado considerable y exponencialmente. El progreso de la ‘razón’ coincide brutalmente con nuestra capacidad técnico-destructiva.

La forma kantiana de plantear el problema de la realidad del mundo y, con ello, de la historia humana, se acerca de manera sorprendente a la visión  de Walter Benjamin (1892-1940). En Sobre el concepto de historia (1940), Benjamin desarrolla la conocida alegoría sobre la ‘mirada del ángel’, el cual observa la historia como “una sola catástrofe, que apila ruina sobre ruina…”, catástrofe que es provocada por “una tempestad [que] sopla desde el Paraíso”, esta ruina, es la doctrina del progreso.[9] La historia del mundo es, entonces, una constante catástrofe, en el cual no es posible vislumbrar un futuro, sino tan solo un incómodo e insoportable ‘tiempo-ahora’.[10] El mito adámico, el mal moral, la caída, el pecado original, no es más que puro presente, no es sino la continuidad del ahora.

Entonces, volviendo a nuestro punto: ¿El mundo está mal? Siguiendo a Kant el mundo es porque el hombre es. Si el mundo se constituye y desarrolla a partir de las acciones (y decisiones) de múltiples individuos de la especie humana, entonces la explicación del mundo debe encontrarse en las máximas universales que orientan las decisiones de la conducta humana.[11] Si el mundo está ‘mal’ es porque el ‘mal’ se encuentra radicado en el hombre, solo así tiene sentido hablar de ‘mal radical’. Veamos.

El mal radical, el problema es el hombre.

            ¿Es el hombre malo por naturaleza? Kant responde que existe una inclinación a la maldad, al tiempo que, una disposición al bien.[12] Por otra parte, el individuo humano es un ser libre y por lo mismo susceptible de culpabilidad. Entonces, si hay una naturaleza esencialmente mala: ¿Cómo puede el hombre realizar buenas acciones – de manera libre –? Para aproximarnos al problema es preciso comprender las llamadas ‘disposiciones originales hacia el bien’ que permiten pensar la cuestión sobre la naturaleza humana.

La primera es la disposición para la animalidad (amor de sí mismo físico), la cual constituye la esfera de la conservación del sí mismo, la reproducción de la especie a través del sexo y el impulso hacia la sociedad.[13] La segunda disposición es hacia la humanidad, la cual, refiere al amor a sí mismo a través de la comparación con otro.[14] En tercer lugar, encontramos la disposición hacia la personalidad, esto es, hacia el respeto por la ley moral como motivo impulsor del albedrío.[15] A partir de estas disposiciones, nuestro autor sostiene que, las dos primeras pueden ser usadas contrariamente a su fin (el bien) y, sin embargo, pertenecen esencialmente a la naturaleza humana, son originarias –dan origen– al ser del individuo humano. Luego, el amor a sí mismo, ya mediado por la razón o no, es condición natural del hombre.

            Por otra parte, es importante determinar si existe ‘una propensión al mal moral’, en tanto que desviación de las máximas con respecto a la ley moral y si tal desviación pertenece de modo universal al ser humano, de ser así, se trata de un propensión natural del hombre al mal.[16] A juicio de Kant, esta propensión admite tres niveles: 1) la fragilidad de la naturaleza humana; 2) la impureza como combinación de impulsos inmorales con morales, y; 3) la malignidad, esto es, la adopción de máximas malas.[17] Nos interesa destacar este último dado que es en la malignidad donde opera cierta inversión de las máximas morales por las no morales.[18] El tercer nivel, entonces, referente a la malignidad, a juicio de Kant:

“…Puede también llamarse la perversidad (perversitas) del corazón humano, pues invierte el orden moral atendiendo a los motivos impulsores de un libre albedrío, y, aunque con ello puedan aún darse acciones buenas según la ley (legales), sin embargo el modo de pensar es corrompido en su raíz (en lo que toca a la intención moral) y por ello el hombre es designado como malo.”[19]

            Por otra parte, el problema de la propensión al mal radica en que, en cuanto que propensión, no consiste en ser ella misma acto, sino un fundamento subjetivo del individuo humano que precede a toda acción humana. Esta propensión es el ‘pecado original’ en el sentido de que constituye el fundamento de cualquier acción humana libre, según Kant, se trata de una condición innata al ser humano.[20]  El ser humano, entonces, tiene una propensión hacia el mal enraizado en sí mismo, esto es, propiamente, el ‘mal radical’. Esto es palpable de manera plena en el conjunto de acciones visibles que se desarrollan en el orden de la realidad, para Kant aquí no es necesario probar nada, sino simplemente constatar ciertos hechos (por ejemplo, masacres en pueblos ‘salvajes’ y ‘civilizados’).[21]

            Aún, parece ser que el ser humano, debido a esta propensión, es moralmente malo, pero no es el caso. El meollo del asunto está en que el hombre habita dos mundos, de una parte, el terreno del amor a sí mismo y, de otra, el terreno de la ‘razón legisladora’, si el hombre fuese pura ‘razón legisladora’, entonces adoptaría la ley moral sin problema, e incluso el peor de los hombres sería moralmente bueno. Sin embargo, el hombre no puede desprenderse del amor a sí mismo, pues como hemos visto esta esfera constitutiva del ‘yo’ le es esencial. Existe al interior del individuo humano una disputa de máximas y una lucha de subordinación recíproca de las diferentes disposiciones mencionadas. El mal moral surgiría ahí en las dos primeras disposiciones de la naturaleza humana – la dimensión sensible, apetente – es capaz de subordinar la dimensión intelectiva, esto es, el momento en que la ley moral se cumple si y solo si corresponde con el ‘amor a sí mismo’. Luego, si existe esta propensión a invertir los motivos (subordinación de las máximas de la ley moral al amor a sí mismo), entonces existe una propensión natural hacia el mal, el cual es radical, dado que corrompe la base de las máximas.[22]

            En otras palabras, parece ser que el ser humano puede dar un uso instrumental – como medio – a su razón, poniéndola al servicio de las disposiciones del ‘amor a sí mismo’, del ego, del yo. Lo tremendo de esta inversión radica en la peligrosidad de las acciones ejecutadas racionalmente en el terreno de la disposición hacia la ‘humanidad’, en efecto, la razón se dispone instrumentalmente para generar “hostilidades secretas o abiertas contra todos los que consideramos extraños para nosotros”.[23] De esta manera, podemos observar como a partir del ‘amor a sí mismo’, pueden surgir fácilmente robos, secuestros, violaciones, torturas, guerras y, todo ello ejecutado por el individuo humano, de manera libre y racional, es decir, voluntad, deseo y planificación con el objeto de provocar daño. El ‘amor a sí mismo’ se vuelve doloso. De esta manera pensamos el ‘mal’, como la subordinación instrumental de la razón con el objeto de satisfacer el ‘amor a sí mismo’.

El hombre nuevo, la disposición hacia el bien.

            La propuesta kantiana finaliza, luego de una observación cruda de la naturaleza humana, con una afirmación de orden ético-programático con el objeto de orientar la restauración  de las ‘disposiciones hacia el bien’ en el individuo humano. Esto es posible dado que, tras cada acción no acorde a las disposiciones de la ley moral, el hombre es aquejado por la culpa y, en su ‘alma’, resuena el cuestionamiento moral, su conciencia es inquietada por pensamientos del siguiente orden: “debemos hacernos hombres mejores”.[24] Entonces, al prevalecer cierta ‘buena voluntad’, podemos pensar en la posibilidad concreta de que  el hombre pueda volverse bueno a pesar de su ‘mal radical’.

            Para Kant, la solución ética consiste en realizar una revolución en las intenciones del individuo humano, particularmente, en su modo de pensar. El desafío de la modernidad, ya anunciado en su ¿Qué es la ilustración? (1784), consiste en atreverse a pensar, en conquistar la madurez ilustrada que es posible en la valentía del pensamiento. Decimos valentía, porque atreverse a pensar significa observar la realidad en sus dimensiones más radicales (y brutales), pensar es salir del terreno de la comodidad, del refugio de la caverna. En el pensamiento encuentra el hombre su autenticidad y su madurez, es decir, adquiere responsabilidad frente a su tiempo, frente a su mundo, frente a su ser.

El planteamiento de Kant es, en este sentido, sumamente radical. La revolución del pensamiento se presenta ante la Razón del individuo humano como un deber. Y como sabemos, gracias a la Crítica de la Razón Pura (1781, 1787): “la razón solo reconoce lo que ella misma genera según su bosquejo.”[25] Entonces, la revolución, es posible y necesaria, la razón no orienta nada para lo que ella misma no tenga la solución.

La propuesta kantiana es el desarrollo de un hombre nuevo, orientado al bien, dispuesto al sacrificio y pulido por el deber. El ‘hombre nuevo’ se vuelve bueno en la medida en que es capaz de desarrollar un continuo obrar a partir de las máximas morales del nuevo pensar.[26] Se trata de un hombre constituido a partir de la praxis, de la actividad crítico-práctica, tal y como lo pensaba el propio Karl Marx (1818-1883) en sus Tesis sobre Feuerbach:

“La coincidencia del cambio de las circunstancias con el de la actividad humana o cambio de los hombres mismos, solo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.”[27]

            El problema del ‘hombre nuevo’ es, entonces, la propuesta ético-programática coherente con la comprensión de que el mal se encuentra radicado en el hombre y en la inversión de sus máximas morales. Como sabemos, también a partir de Marx, “la raíz, para el hombre, es el hombre mismo”, su reconfiguración no puede sino ser obra de sí mismo a partir de la re-orientación revolucionaria de su pensamiento y de una cierta concreción en la actividad práctica.[28] En el caso de Kant:

“…la formación moral del hombre tiene que comenzar no por el mejoramiento de las costumbres, sino por la conversión del modo de pensar y por la fundación de un carácter…”.[29]

Este modo de pensar es revolucionario y se desarrolla en coherencia con la ley moral, mientras que el nuevo carácter, es aquel que puja por superar la ‘fragilidad’ o ‘debilidad’ de la criatura humana. El nuevo carácter es una nueva forma de enfrentar al mundo, al otro, al tiempo, al ser, en el cual la ‘fragilidad’ ya no tiene lugar.

Bibliografía

Benjamin, W. (2014). La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago de Chile: LOM.

Caffarena, J. G. (2004). Sobre el mal radical. Isegoría , 41-54.

Fromm, E. (2012). Marx y su concepto del hombre. México: Fondo de Cultura Económica.

Kant, I. (2013). Crítica de la Razón Pura. México D.F.: Taurus.

Kant, I. (1981). La religión dentro de los límites de la mera Razón. Madrid: Alianza.

Marx, K. (2014). Tesis sobre Feuerbach . En K. Marx, La ideología alemana (págs. 499-502 ). Madrid: Akal .

Ricoeur, P. (1976). Introducción a la Simbólica del Mal. Buenos Aires: Megápolis.

[1] Kant, I. (1981). La religión dentro de los límites de la mera Razón. Madrid: Alianza, p.29

[2] Ibíd., p.29

[3] Ibíd., p.29

[4] Ibíd., p.29

[5] Ricoeur, P. (1976). Introducción a la Simbólica del Mal. Buenos Aires: Megápolis, pp. 18-19

[6] Caffarena, J. G. (2004). Sobre el mal radical. Isegoría , 41-54, p.44

[7] Kant, I. (1981), p.30

[8] Ibíd., p.43

[9] Benjamin, W. (2014). La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Santiago de Chile: LOM, p.44

[10] Ibíd., p.53

[11] Kant, I. (1981), p.31

[12] Caffarena, J. G. (2004), pp.46-47

[13] Ibíd., p.35

[14] Ibíd., p.35

[15] Ibíd., p.36

[16] Ibíd., p. 38

[17] Ibíd., p.38

[18] Ibíd., p.39

[19] Ibíd., p.39

[20] Ibíd., p.41

[21] Ibíd., p.42

[22] Ibíd., pp.46-47

[23] Ibíd., p.36

[24] Ibíd., p.55

[25] Kant, I. (2013). Crítica de la Razón Pura. México D.F.: Taurus, p.18

[26] Kant (1976), op.cit., p.56

[27] Marx, K. (2014). Tesis sobre Feuerbach. En K. Marx, La ideología alemana (págs. 499-502). Madrid: Akal, p.500

[28] Fromm, E. (2012). Marx y su concepto del hombre. México : Fondo de Cultura Económica, p.230

[29] Kant (1976), op.cit., p.57

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