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El sistema-mundo de Wallerstein y su transformación. Una lectura crítica

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Jaime Osorio[1]

Departamento de Relaciones Sociales

UAM-Xochimilco

El marxismo es un corpus teórico que cuenta con diversos grados de análisis, los que tienen sentido en tanto la aprehensión de la realidad que construye el capital reclama distintos niveles de abstracción y de concreción.

Si en el modo de producción se destacan los elementos simples, pero fundamentales, que caracterizan cualquier organización capitalista, esto es, desde un elevado proceso de abstracción[2], en el sistema mundial se condensan  los procesos que trae consigo el hecho que el capitalismo reclame una organización planetaria para operar. En el seno de ese sistema, el capitalismo genera diversas formas de capitalismo, destacando a lo menos el capitalismo central o imperialista y el capitalismo periférico o dependiente.  En cada una de estas formas, en su historicidad se van generando diversos patrones de reproducción del capital. Por otra parte, en tanto el capitalismo requiere de espacios “nacionales” para emerger y asentarse, y siendo esta la base o el resultado de su proyección en el sistema mundial, tenemos la noción de formación económico-social, en donde se imbrican en su historia patrones de reproducción de capital con formas precapitalistas (si las hubiere), Estado, clases sociales, con fracciones y sectores, otros agrupamientos sociales, como los étnicos, y las particularidades que presenta en esos espacios la lucha de clases. Por último se encuentra  la coyuntura, noción que da cuenta en el  nivel de mayor concreción -y en tanto síntesis alimentada por los niveles anteriormente señalados- de las particularidades de la lucha de clases y de sus correlaciones de fuerza, sea en períodos de estabilidad en la reproducción del capital o de crisis económica y/o política.

El análisis de coyuntura es vital para cualquier proyecto de revolución  y de reorganización de la vida en común, en tanto es a ese nivel que las contradicciones sistémicas y de las formaciones económico-sociales, así como la acción política transformadora, terminan tomando forma y expresión.

En tanto componentes de un sistema categorial integrado los distintos niveles de abstracción-concreción  conforman una unidad diferenciada, donde cada nivel, si bien forma parte de una unidad, reclama su particularidad sobre los problemas que aborda, así como de conceptos y categorías a los cuales recurrir, y de la redefinición de conceptos de mayor abstracción para acceder a las mayores concreciones.

Son los problemas teórico/históricos que se abordan los que definen el nivel en que debe desarrollarse el análisis. Pero dicho nivel necesariamente se nutre teórica e históricamente de los otros niveles. No hay niveles que sean compartimentos estancos ni autosuficientes que puedan desconocer a los demás[3]. Esto sólo puede provocar empobrecimiento en la reflexión y en su capacidad de dar cuenta de la realidad social.

Una falsa dicotomía: el todo o sus partes    

Lo anterior viene a cuento para destacar los problemas y debilidades de una propuesta teórica, la de Immanuel Wallerstein, que se alimenta de la Escuela de los Annales y de Fernand Braudel en particular, y que abreva también del estructuralismo de la CEPAL de  la época de Raúl Prebisch, y de algunas nociones y debates en el seno del marxismo[4],  y que formula que su “unidad de análisis” es una y sólo una: el sistema-mundo, y que las demás unidades (como “el Estado soberano” o ”la sociedad nacional”[5]) no tienen consistencia real, son “evoluciones comprendidas dentro de otras evoluciones”. Cuando Wallerstein tomó conciencia  “que ningun(a) (de las unidades anteriores JO) (…) era un sistema social”, entendió que “el único sistema social era el sistema mundial”[6] y que a su estudio abocaría sus esfuerzos.

Es perfectamente justificado que en determinada reflexión y para resolver problemas determinados se asuma algún nivel de análisis específico, lo que implica asumir elementos simples en su historicidad (o abstraer). Es lo que hace Marx cuando establece en El Capital una serie de “supuestos”. Así, para el análisis del “capital en general”, esto es en el modo de producción capitalista , a pesar de reconocer que  “hacer descender el salario del obrero por debajo del valor de la fuerza de trabajo” es un “método que desempeña un papel muy importante en el movimiento real de los salarios”, señala sin embargo que este proceso “queda excluido”  de su análisis “por una razón: porque aquí partimos del supuesto que las mercancías, incluyendo entre ellas a la fuerza de trabajo, se compran y venden siempre por todo su valor[7]. Explicar el surgimiento de la plusvalía como un remanente de valor que va más allá del valor de la fuerza de trabajo lo exigía, de lo contrario el valor extra podía aparecer como el simple resultado del pago de salarios por debajo del valor de la fuerza de trabajo[8].

Estos procedimientos son válidos y necesarios. Lo que no parece válido ni necesario es asumir que la realidad social puede ser explicada sólo desde un nivel de análisis, asumiendo además que el resto de unidades son innecesarias e irrelevantes, como señala Wallerstein.

Inspirado en el “epigrama de T. J. G. Locher” que señala que “el todo es más que la suma de las partes, pero también es sin duda menos”[9], Wallerstein queda atrapado en la primera parte y asume que basta dilucidar “el todo” sistema-mundo para que los problemas de conocer la realidad social estén resueltos, al fin que las partes son sólo componentes del todo y que su dinámica se encuentra inscrita en éste.

Wallerstein construye así un universal en donde las partes alcanzan consistencia real, pero limitada. Es como afirmar que si conozco lo que es capital, con ello ya conozco lo referido a cualquier capital. En un sentido general sí. El problema es que la noción universal de capital no tiene que explicar en qué sector de la producción opera un capital particular, qué montos de dinero reclama para poder funcionar, qué formas materiales (máquinas, hilos, telas, luz, galpón donde funcionar, productos, etc.) debe tomar, asuntos que si nos preguntamos por procesos específicos sobre algún capital en particular sí deberemos responder.

Pero el epigrama señalado sostiene que “el todo es también sin duda menos que la suma de las partes”.  En las partes o particulares se desarrollan procesos y se presentan características que rebasan lo que se expresa a nivel de las unidades mayores o del todo, como cuando el capital se presenta bajo la forma de máquina, con lo que siendo capital,  es además capital constante y capital fijo, según los problemas que nos ocupen.

Además, desde la perspectiva de Wallerstein, la información de procesos en las partes u otras unidades que se pierde es mucha mayor, ya que “solamente podía hablarse de cambios sociales en sistemas sociales[10]” y sólo el sistema-mundo es un sistema social, por lo que si tal cambio no se produce a ese nivel, es considerado poco relevante, cuando no simplemente despreciado.

El hecho que la formación económico-social francesa en el siglo XIX fuera capitalista y se inscribiera en relaciones particulares en el sistema mundial, no invalidaba el estudio de su estructura de clases, de las originalidades de su Estado y su régimen político, de la estructura y carácter de los partidos políticos, de las formas que asume la lucha de clases, de los debates ideológicos y políticos presentes en aquel siglo o en momentos específicos de ese tiempo.

Porque esos problemas eran relevantes, y porque al fin y al cabo fue en esa formación económico-social en donde las luchas revolucionarias contra el dominio burgués dieron algunos de sus principales pasos iniciales, como en 1848 y en 1871, es que Marx se ocupó en estudiar esos procesos y escribió diversos trabajos, como Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte,  La guerra civil en Francia, y el  Manifiesto del Consejo General de Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia  en 1871.

En pocas palabras, el estudio del sistema-mundo es necesario, pero insuficiente[11] para responder a otros interrogantes no menos importantes de la realidad social, que se definen en otras unidades. Definir un único nivel de análisis o de abstracción implica suponer que los demás no sólo son faltos de sustancia, sino simples derivaciones del nivel privilegiado. Esto señala Wallerstein cuando afirma que alcanzado el sistema-mundo “tenía un único tipo de unidad en lugar de unidades dentro de otras unidades. Podía explicar los cambios en los Estados soberanos como consecuencias de la evolución y la interacción del sistema mundial[12].

Es innegable que se pueden y se deben explicar los cambios en los Estados desde las tendencias que se hacen presentes en el sistema mundial. Sin embargo, las tendencias generales del modo de producción capitalista o del sistema-mundo no se expresan de igual manera en las diferentes modalidades cómo se reproduce el capital, ni bajo las luchas de clases en diferentes formaciones económico-sociales, lo que reclama el estudio de Estados y formaciones económico-sociales particulares.

Pero siendo relevante lo anterior, también lo es el hecho que lo que acontece en las  formaciones económico-sociales o en Estados nacionales tiene consecuencias en el sistema mundial capitalista, mayores o menores según la magnitud de lo acontecido. Las revoluciones rusa, china, vietnamita o cubana, por ejemplo, tuvieron  repercusiones que alteraron el comportamiento y tendencias presentes en el sistema-mundo. Por tanto, si se quiere entender el sistema-mundo, necesariamente debe entenderse a su vez lo que acontece en niveles más concretos de reflexión, como las revoluciones en formaciones económico-sociales en el capitalismo periférico o dependiente  y en el imperialista, o en Estados y sociedades “nacionales”, al decir de Wallerstein.

Señalar que sólo es relevante el cambio del sistema-mundo como criterio para analizar el cambio social implica establecer una barrera que impide ponderar procesos en que aquello no ocurre, pero que sin embargo provoca rupturas o irrupciones de algo nuevo. Desde la masiva expropiación de tierras a campesinos, la fuga de éstos frente a la brutal explotación de señores y terratenientes, la violencia contra los paupers para educarlos en la condición de asalariados, entre  los siglos XVI y XVIII, a las masivas y decididas irrupciones de obreros y trabajadores en las calles de París  a  mediados del siglo XIX y hasta 1871 en contra del poder imperante, muchas cosas han cambiado en la conformación de las clases trabajadoras, en su organización y su disposición de lucha, y también sobre las condiciones  para imaginar el mundo por construir.

Presentar el problema de análisis desde una dicotomía:  sistema-mundo/ Estados o formaciones económico-sociales, no sólo es erróneo y conduce a equívocos[13], porque en la organización  capitalista unos y otros se requieren y se explican en sus relaciones[14];  también  porque ello conduce a vaciar teóricamente no sólo las unidades no asumidas, sino también aquellas consideradas como primordiales[15].

El vaciamiento teórico del sistema-mundo wallersteiniano        

Para Wallerstein el sistema-mundo es “una zona espaciotemporal que atraviesa múltiples unidades políticas y culturales, una que representa una zona integrada de actividad e instituciones que obedecen a ciertas reglas sistémicas. De hecho (…) el concepto fue aplicado inicialmente al sistema-mundo moderno´, el cual, se argumenta toma la forma de una economía-mundo… [16].

El sistema-mundo moderno es y ha sido siempre una economía-mundo capitalista. Con economía-mundo se señala “una gran zona geográfica dentro de la cual existe una división del trabajo y por lo tanto un intercambio significativo de bienes básicos o esenciales así como un flujo de capital y trabajo. Una característica definitoria  de una economía-mundo es que no está limitada por una estructura política unitaria. Por el contrario, hay muchas unidades políticas dentro de una economía-mundo, tenuemente vinculadas entre sí en nuestro sistema-mundo moderno dentro de un sistema interestatal”[17].

Entre las instituciones más relevantes del sistema-mundo moderno se encuentran el mercado, compañías que compiten, Estados o sistema interestatal, unidades domésticas, clases y grupos de estatus.

Wallerstein distingue cuatro áreas en el sistema- mundo: centrales, semiperiféricas, periféricas y arena exterior. El centro es el área que concentra procesos productivos relativamente monopolizados. Las zonas periféricas concentran procesos  caracterizados por mayor competencia y libre mercado. Las zonas semiperiféricas reúnen procesos de uno y otro tipo, en tanto la arena exterior realiza actividades que no tienen mayor relación con los procesos del sistema-mundo[18].

La teoría del sistema-mundo sigue en lo fundamental en estos temas a lo señalado por Raúl Prebisch, quien formuló la noción centro-periferia para poner de manifiesto la existencia de un mercado mundial heterogéneo. Dicha heterogeneidad estaba marcada para Prebisch porque los países periféricos “no sólo no han recibido parte del fruto de la mayor productividad industrial, sino que no han podido retener  para sí el provecho de su propio progreso técnico”[19]. Ello se expresa en el deterioro en los términos de intercambio, en donde los precios de los bienes industriales que América Latina compra a los centros tienden a subir en el largo plazo, en tanto los bienes que la región exporta, tienden a bajar en términos relativos en iguales plazos. La situación, señala Prebisch, debería operar en sentido inverso, dada la mayor productividad de las economías centrales y la consiguiente rebaja en los valores y precios de los bienes que exportaban.

Uno de los problemas de esta reflexión es que externaliza los problemas del atraso de la región, es decir, son procesos que acontecen fuera de las fronteras locales, en el mercado mundial, los que provocan la pérdida de valores en favor de los centros, y con ello la gestación del subdesarrollo. Pero el problema es interno, ya que la baja composición orgánica del capital en la periferia propicia intercambios desiguales con las economías centrales, productoras de bienes con mayor tecnología y composición orgánica más elevada.

Para Wallerstein, en una versión simple de lo anterior, las relaciones entre centros y periferias implican transferencias de valor de las segundas a las primeras, por  el peso de los procesos productivos monopolizados presentes en las zonas centrales, por lo que obtienen ventajas sobre los procesos productivos periféricos más diversificados, dada una mayor libertad de mercado. Aquí, como en la teoría de Prebisch, las razones del subdesarrollo son externalizadas hacia el campo del comercio en el mercado mundial y no hay interrogantes sobre qué acontece con el capital y las clases dominantes en la periferia.

Wallerstein sigue en esto a Fernand Braudel, su padre intelectual, quien establece una “distinción entre la esfera del libre mercado y la esfera de los monopolios. Él denominó sólo a esta última  capitalismo y, lejos de ser la misma cosa que el libre mercado, afirmaba que el capitalismo era el ´antimercado´”[20].

Fuera de estos señalamientos hay poco o nada más que explique las relaciones entre centros y periferias y el papel de las semiperiferias. Y mucho menos sobre las tendencias y procesos que atraviesan a cada una de estas zonas. Al fin que Wallerstein no cree “que el mercado mundial “engendre versiones del capitalismo; tampoco creo que existan múltiples versiones del capitalismo. Lo que sí creo es que solamente  hay una clase de capitalismo, la única que ha existido históricamente “[21], con lo cual la idea de capitalismo semiperiférico y  periférico, capitalismo central,  o capitalismo dependiente, o cualquier otro calificativo para nombrar formas varias de capitalismo en el seno del sistema mundial capitalista, no tiene sentido. La pobreza teórica alcanza aquí quizá uno de los puntos más altos en la teoría del sistema-mundo, ya que no hay procesos internos de los centros, las periferias  o semiperiferias que los definan (si acaso monopolios o libre mercado o una mezcla de ambos), sólo relaciones comerciales “exteriores”.

Porque “si sólo hay una clase de capitalismo”, la propia relación centro-periferia-semiperiferia  pierde consistencia, en tanto pierden consistencia los propios centros y las semiperiferias y periferias. ¿Es que acaso el capitalismo se reproduce de una única manera, y en ese sentido los centros sólo serían  una forma más avanzada de la única “clase de capitalismo”, y las periferias sólo una versión más atrasada de aquella única clase, con un intermedio semiperiférico?

Lo que Wallerstein termina por desechar es la idea que el capitalismo tiene variantes y formas y que éstas, cualesquiera sean, no se reproducen de la misma manera, y que su condición no es una simple eventualidad o añadido secundario en el seno de estructuras idénticas, las que se podrían sortear de manera simple, como si las zonas periféricas pueden llegar a ser desarrolladas si se lo proponen, o si se modifican las reglas del comercio internacional.  En este sentido la posición de Wallerstein es un retroceso frente a los planteamientos preliminares que Andre  Gunder Frank y la de los sectores más avanzados de la corriente cepalina que llegaron a formular: el subdesarrollo  (o periferia) no es sino la otra cara del desarrollo (centro), haciendo de esa relación un asunto con mutuas implicaciones sustantivas. Desde ese horizonte lo único que pueden esperar las regiones subdesarrolladas en el seno del capitalismo es el “desarrollo del subdesarrollo”, en la feliz síntesis expresada por  Frank[22].

El capitalismo como sistema mundial presenta diversas modalidades de capitalismos y de reproducción del capital.  En el seno de las relaciones que los constituyen y que genera a unos y otros, el capitalismo no se reproduce de igual forma en las regiones y economías  “desarrolladas”, “centrales” o imperialistas”, que en las regiones y economías “subdesarrolladas”, “periféricas” o dependientes. Y si no se reproduce de igual forma, un problema teórico crucial es explicar en qué consisten esas formas particulares de reproducción[23].

Esa tarea es la que se planteó la teoría marxista de la dependencia  con los trabajos de Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra  y que alcanzó su mejor desarrollo en el escrito Dialéctica de la dependencia de Ruy Mauro Marini, trabajos que contaron con las intuiciones y aportes – y también con las discusiones de los equívocos-  de Frank[24].

En su develar los mecanismos de reproducción del capital en las economías dependientes, la teoría marxista de la dependencia se nos presenta así como una teoría que se integra con las teorías del imperialismo desarrolladas por Hilferding, Rosa Luxemburgo, Bujarin y Lenin, en tanto éstas buscan explicar el desarrollo del capitalismo en las economías imperialistas, y las implicaciones de la expansión del capitalismo por el sistema mundial. Este es el punto de mira y la perspectiva de lo que quieren develar las teorías del imperialismo en manos de los autores antes citados[25].

No es extraño que Wallerstein (aquí en acuerdo con Frank)  no entienda el horizonte antes señalado y, por tanto, dude de la utilidad de la noción de imperialismo, ya que a su parecer  “es un término que en realidad cubre cualquier uso que los estados centrales hacen de su fuerza política para imponer sobre la economía-mundo estructuras de precio que les resultan favorables”  y como “este fenómeno es tan endémico ( …) desde sus comienzos (…), dudan de (su) utilidad”, y recomiendan “no usarlo para nada”[26].

Respecto al funcionamiento general del sistema-mundo moderno, Wallerstein se apoya en los ciclos largos de Kondratieff, con sus fases ascendentes y descendentes, de aproximadamente 50 años, para señalar que desde fines de los años sesenta, siguiendo un asunto que se ha hecho sentido común, la economía-mundo ha ingresado en una fase larga de desaceleración y además de crisis, acompañado de una puesta en cuestión de la hegemonía de los Estados Unidos, con lo que se ha abierto un periodo de incertidumbres sobre el futuro del sistema. Éste, como todo sistema vivo e histórico, nace, se despliega y tiende a la muerte. En esa última etapa estamos desde 1968. Y no hay mucho más en Wallerstein, en tanto soporte teórico y categorial de su noción de sistema-mundo.

La melange entre marxismo  y teoría braudeliana que realiza nuestro autor se carga, sin embargo, hacia la última, con el costo en materia política y pobreza teórica  intrínseco a la propuesta de Braudel, lo que termina pasando factura en el andamiaje teórico de Wallerstein y su análisis del sistema-mundo[27].

El Estado y el sistema interestatal

El análisis del Estado se realiza desde la postura  teórica que rechaza su sustancia real,  y por ello sólo se lo considera en tanto “consecuencias de la evolución y la interacción del sistema mundial”, como ya hemos señalado[28].

Ello no le impide a Wallerstein destacar que en el capitalismo “tanto los Estados como el sistema interestatal tiene un grado intermedio de poder” que “respond(e ) perfectamente a las necesidades de los empresarios capitalistas” . Wallerstein se pregunta: “¿por qué el mercado libre no es suficiente para sus propósitos? ¿Será que realmente les iría mejor (a las personas cuyo objetivo es la acumulación interminable de capital JO) en un mundo en el que no existiera autoridad política alguna?”.  Con esto “llegamos a lo básico, la universalmente reconocida demanda de seguridad para los derechos de propiedad. (Porque) no tiene sentido acumular capital si uno no puede conservarlo”[29].

“Los empresarios pueden perder capital acumulado en tres formas principales fuera de las operaciones del mercado” –indica Wallerstein. “El capital puede ser robado; puede ser confiscado;(y) puede ser gravado”[30]. En todos estos casos, sea para impedir que algo de esto ocurra o para limitar en particular el último caso, el Estado y el sistema interestatal aparecen como la instancia política por excelencia.

Tenemos Estados con diferentes grados de soberanía interna y hacia afuera.  En palabras de Wallerstein, “ningún Estado moderno ha sido realmente soberano  de facto hacia adentro, porque siempre ha habido resistencia interna a su autoridad. (…). Asimismo, ningún Estado ha sido nunca verdaderamente soberano hacia afuera, puesto que la interferencia de un Estado en los asuntos de otro es cosa habitual, y puesto que todo el corpus de(l) derecho internacional  (…) representa una serie de limitaciones a la soberanía externa”. Con esto concluye que “es notorio que los Estados fuertes no son plenamente recíprocos  en el reconocimiento de la soberanía de los Estados más débiles”[31].

Pero el hecho de derivar de la lógica del sistema-mundo que los Estado en el sistema mundial capitalista deben velar por la propiedad privada de los medios de producción y permitir y alentar la reproducción ampliada de plusvalía, ello no niega, sino que al contrario refuerza la necesidad de conocer cómo es posible que en espacios nacionales el capital alcance estos objetivos, no sólo permitiendo que los procesos de explotación tomen forma, sino generando condiciones para que los sectores sociales explotados no “vean” la explotación ni el dominio de clases, y que además el capital construya imaginarios de nación y de comunidad, en medio de la lucha entre clases, fracciones y sectores, y de grupos étnicos y religiosos tan heterogéneos y específicos en cada espacio nacional.

Para explicar todo esto, nociones como soberanía popular y “normalidad” del cambio político (el liberalismo como geocultura y legitimidad del sistema-mundo), junto a desarrollo, nacionalismo  y progreso, señaladas con insistencia como ideas fuerza que explican el papel del sistema interestatal, son demasiado pobres para la envergadura de los problemas planteados a nivel estatal.  ¿Las nociones de desarrollo, progreso, o de ciudadanía, alcanzan fuerza, toman forma  y se hacen proyecto político de la misma manera en Alemania que en Haití? La respuesta  es obviamente que no. ¿No reclama todo esto  plantearse problemas y apropiarse de categorías para abordar estos problemas?

A la orfandad teórica anterior se agrega la del análisis del Estado como tal, siendo legitimidad y hegemonía quizá los únicos conceptos que alcanzan cierto peso en la reflexión de Wallerstein en tal sentido. Nociones como Estado y aparato de Estado se asimilan, con lo cual clases dominantes y clases reinantes, o quienes ocupan los altos cargos del aparato de Estado se  hacen similares o se confunden. Las derivaciones teóricas frente a dos preguntas clásicas del análisis político: ¿quiénes detentan el poder? y ¿cómo lo ejercen? que nos obligan en la primera a distinguir fracciones y sectores de clase en el seno de las clases dominantes, y a los grados fuerza de que disponen para impulsar sus proyectos, lo que reclama definiciones sobre hegemonía de qué fracciones o sectores, quiénes conforman el bloque en el poder, frente a -y en lucha con-  las clases dominadas y sus proyectos. Y en donde el segundo interrogante reclama preguntarnos por las formas de gobierno, si división de poderes, si Parlamento, si partidos políticos, si otras formas de representación, si gobiernos civiles o militares, si votos o bayonetas, lo que resuelven y lo que no resuelven tales gobiernos, etc.[32]

Esta reducción de los problemas a considerar forma parte de las decisiones teóricas iniciales de que sólo el sistema mundo es el único que tiene consistencia en tanto sistema social. ¿Y los asuntos  relevados más arriba no tendrán significación, y mucho más para alguien que se propone desarrollar capacidad de injerencia colectiva sobre los rumbos que podrá tomar el sistema mundo una vez liquidado el actual[33]?

Para dimensionar otros problemas pasados por alto cabría señalar que el capitalismo sufre una contradicción de origen: reclama un sistema mundial para desplegarse y desarrollarse, pero su gestación y desarrollo necesita a su vez de espacios nacionales, el Estado-nación[34]. Esta contradicción está en la base de a lo menos dos discusiones actuales relevantes y que se pueden sintetizar en los interrogantes: ¿el Estado-nación tiende a desaparecer o se redefine con el proceso de mundialización?, y ¿la revolución socialista es inmediatamente mundial o es una  revolución que explota en el seno de Estados nacionales, para de allí proyectarse a nivel mundial?

Sobre el primer problema, al no considerar la contradicción arriba señalada, Wallerstein da por sentado que el Estado, o más bien el sistema interestatal, es consustancial al sistema- mundo en sus diversos estadíos, y así no hay discusión alguna que desarrollar, a lo sumo que los estados han perdido legitimidad y se han debilitado, por el debilitamiento del liberalismo en tanto  geocultura del sistema-mundo. Sin embargo, asumiendo la pérdida de legitimidad, también se podría decir que el poder del Estado se ha concentrado en la actual etapa de mundialización como en pocos momentos de la historia. Nunca un poder tan concentrado requirió de tanta descentralización  del poder como el actual.

Frente al segundo problema la posición de Wallerstein es que sólo tiene sentido hablar de revolución cuando el cambio social alcanza al sistema social y sólo hay un sistema social en el capitalismo, el sistema-mundo. Por tanto, sólo es pertinente hablar de revolución del sistema-mundo, llegando a preguntarse qué tan revolucionarias han sido las revoluciones ocurridas en Estados nacionales. Algunas han dejado secuelas relevantes, como la Revolución francesa y el auge del liberalismo (con nociones de soberanía popular, normalidad del cambio político y desarrollo), pero en el fondo, en tanto no se modificó el sistema social o sistema-mundo capitalista, aquello relevante no puede considerarse un cambio revolucionario[35].

Revoluciones en la larga duración

En la Introducción al primer volumen de su obra magna, Wallerstein deja asentado el criterio con el cual analizará los cambios en la historia humana. Allí señala “que existen ciertas grandes divisorias en la historia del hombre. Una de tales divisorias (…) es la llamada revolución neolítica o agrícola. La otra gran divisoria es la creación del mundo moderno”[36].

Con un aparato conceptual  de este calibre, en donde destacan las transformaciones de estructuras que persisten en la larga duración, no tiene nada de extraño que las transformaciones políticas ocurridas ahora en el seno del sistema-mundo capitalista, construido desde el siglo XVI, se le presenten como procesos menores, que no están a la altura de la noción de revolución que asume y de los cambios que espera de ésta, sea lo que conocemos como revolución rusa, china, cubana o vietnamita, para señalar algunas.

El sistema-mundo es todo. Nada que no le ponga fin tiene significación política sustantiva, sin importar los cambios realizados, la disposición de las organizaciones y la voluntad de los sujetos que han operado en la lógica de destruir el capitalismo. Uno de los problemas de esta situación es que aquellas experiencias, como las antes mencionadas, fueron “nacionales”, y con independencia de lo que hayan realizado organizaciones y pueblos, ellas están condenadas a ser “recuperadas” por el sistema-mundo. Tenemos aquí a Braudel, -a aquel que se le señaló de construir una “historia inmóvil”[37]-,  hablando desde la pluma de Wallerstein, y repitiendo éste que las revoluciones, tal como las luciérnagas en la noche, no impiden que “la obscuridad”  de las  estructuras de larga duración “permane(zcan) victoriosa(s)”[38].

Son muchos los procesos, los cambios y las novedades que una tal narrativa pierde en la camisa de fuerzas que se ha impuesto. Qué distinta es la mirada de otro pensador social, preocupados también por la destrucción del capitalismo. En un temprano balance de la revolución de 1871 Marx señala que la Comuna de París ha demostrado, sobre todo, que “la clase obrera no puede limitarse  simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado  tal y como está y servirse de ella para sus propios fines´”[39].

El análisis de coyuntura de una formación económico-social específica, la francesa, permite a Marx recuperar y destacar un asunto crucial para las futuras experiencias revolucionarias que proseguirán a la derrota de 1871 en París.

Es la misma postura de Lenin cuando  en una reflexión sobre la revolución de 1905 destaca: “En el fragor de la lucha se formó una organización de masas original: los célebres Soviets de diputados obreros o asambleas  de delegados de todas las fábricas.  Estos Soviets (…) comenzaron  a desempeñar cada vez más (…) el papel de gobierno provisional revolucionario, el papel de órganos y  de dirigentes de las insurrecciones”[40], la conformación  de un doble poder allí cuando la lucha de clases arriba a situaciones prerrevolucionarias y revolucionarias.

¿Quién tiene las coordenadas a la mano para decidir que una revolución nacional no será el inicio de una revolución mundial?  Lenin jugó sus cartas para que a la revolución rusa le siguieran revoluciones en el centro de Europa, a lo menos en Alemania, lo que abriría las puertas para la internacionalización de la revolución proletaria. La dolorosa derrota de esa experiencia obligó a Lenin y al partido bolchevique a retrotraer fuerzas  a fin de  buscar alternativas para hacer frente a un panorama exterior e interior marcado por la ofensiva contrarrevolucionaria mundial y local.

La Revolución Cubana, en otro tiempo y espacio,  hizo lo imposible para lograr que la revolución se extendiera por América Latina e incluso en África, destinando parte importante de sus escasos recursos para formar cuadros, apertrechar fuerzas, movilizar enormes contingentes militares en los años sesenta y setenta. No fue una decisión caminar solos en la región y en el mundo en su intento por romper con el capitalismo. La Cuba revolucionaria preparó condiciones para que uno de sus cuadros de primer nivel, como Ernesto Che Guevara hiciera realidad la consigna internacionalista de crear uno, dos, tres Vietnam en la región. Los proyectos no triunfaron y el Che murió en las sierras de Bolivia en esa empresa.

¿Se puede acusar a los revolucionarios cubanos haber hecho la revolución en fronteras nacionales y no haber esperado las condiciones para que esa revolución empatara con la revolución mundial?  Interrogantes similares se pueden formular para (casi) todas las experiencias revolucionarias conocidas en la historia del sistema-mundo. Y Wallerstein formula cuestionamientos en esos términos, frente a la derrota de la revolución en Alemania: “Tal vez los espartaquistas lo intentaron demasiado pronto. Tal vez deberían haber esperado a 1933”[41].

Aquí no podemos sino decir que Wallerstein se mete en terrenos demasiados complejos  e indescifrables desde el mirador y con las armas conceptuales con las cuales pretende analizar la historia.

No hay forma que se inicie una revolución sabiendo de antemano cuáles son sus límites. Asumir el criterio del éxito o del fracaso de estas experiencias en su capacidad de revolucionar el sistema parece no sólo estrecho, sino equivocado. El planteamiento de Wallerstein es el de una lógica del éxito en revolucionar el sistema., Y esa lógica  define retroactivamente todo.

Sería más productivo que Wallerstein hubiese convertido en problemas teóricos e histórico ciertos procesos,- como que las revoluciones que pretenden acabar con el capitalismo se han dado en naciones, o mejor, en formaciones económico-sociales, y no han tomado la forma de revoluciones mundiales- y no los dejará simplemente en el mismo nivel de falta de explicación en que los presenta, o que los ¿explique? …porque  hubo  cooptación de dirigentes y/o movimientos[42].

Un elemento que opera en la situación anterior remite a la contradicción antes señalada: el capitalismo requiere de un sistema mundial para reproducirse, pero también de espacios nacionales para gestarse y desarrollarse.

Esta es una de las razones que subyace en que las contradicciones que caracterizan la organización capitalista terminen generando rupturas revolucionarias en espacios nacionales, en donde, sin embargo, las potencialidades para la revolución se pueden extender, en ciertos momentos, a espacios más amplios, como al centro de Europa, luego de la Revolución rusa. Pero estos procesos no siempre alcanzan esa dimensión

Un paisajista de brocha gruesa

A los problemas de encorsetar su reflexión al sistema-mundo, con las limitaciones que hemos señalado, Wallerstein agrega una nueva camisa de fuerza a su reflexión, ahora temporal: sólo importa la larga duración. La combinación de estos dos elementos nos ubican en la larga noche de la historia, allí  en donde todos los gatos son pardos[43].

Por ello no tiene nada de sorprendente que Lenin se nos presente como un liberal, de izquierda, pero liberal al fin y al cabo, allí donde el liberalismo, es la geocultura del sistema- mundo capitalista[44]. Tampoco sorprende que la teoría marxista de la dependencia sea considerada como la contracara de la teoría de la modernización, y una “actualización de la antinomia wilsoniana-leninista” liberal[45].

Desde una perspectiva analítica tan general  –un sistema-mundo construido de manera pobre en términos teóricos, y desde la larga duración- y con categorías tan rudimentarias  frente a los problemas que aborda,  no es extraño que formule nociones –en este caso de liberalismo- en donde cabe todo, o casi todo[46].  Son los problemas –para decirlo de manera burda- de tener que pintar un cuadro de trazos y detalles finos con una brocha gruesa. No hay forma de no hacer sino gruesos y torpes brochazos, o dejar la tela con manchas, o bien todo de un solo color.

Pero el problema no se limita a las herramientas conceptuales. También se refiere a la perspectiva política que Wallerstein sostiene. Y aquí no discutimos su derecho a asumir la perspectiva política que considera pertinente. Pero sí a sus consecuencias para la reflexión y el quehacer. Al fin que Wallerstein es un autor cuya reflexión tiene y busca audiencia en lo que él denomina los nuevos movimientos antisistémicos.

Su gruesa crítica a la “vieja izquierda” asume  y propone puntos cruciales, que no son simplemente problemas de una vieja izquierda, sino de cualquier izquierda que se proponga modificar el orden societal existente, como los de la organización y los del poder.

Allí están sus ideas de que el cambio social planificado  lleva inevitablemente a generar poderes controladores; su rechazo a la noción de organización política; su defensa del espontaneismo; su malestar con la idea de dirigencia política; su rechazo a la lucha por el poder político y el Estado, propios de “la vieja izquierda”[47]; su concepción del poder político diseminado y atomizado[48], la dilución de la noción de poder político[49] y, como veremos, la de revolución.

 Ahora sí, la revolución con nosotros

En 1848 el sistema-mundo, tuvo su primera “revolución mundial”, marcada por la primera “revolución social” verdadera de la era moderna, en Francia, acompañada de “la primavera de las naciones”, con una serie de levantamientos en otros países de Europa, y en donde comienza a tomar forma la constitución del liberalismo como la geocultura del sistema-mundo[50], misma que perdurará  hasta los inicios de la nueva “revolución mundial” que inicia en 1968.

Con la crisis mundial de 1968, marcada por el inicio de la fase B en las ondas largas de Kondratieff, “por primera vez en quinientos años, la fuerza de los estados está declinando, no debido al aumento de la fuerza de las empresas transnacionales, como se suele afirmar, sino debido a la disminución de la legitimidad concedida a los Estados por sus poblaciones, como resultado de haber perdido la fe en las perspectivas de mejoramiento gradual”.  “El sistema llega a un punto de bifurcación” sostiene Wallerstein, debido a que “el muy peculiar sistema en que vivimos, y en el que los Estados han desempeñado un papel crucial apoyando los procesos de acumulación interminable de capital, ya no puede continuar funcionando”[51].

Ahora sí, sostiene Wallerstein, hemos ingreso en un periodo de “revolución mundial”, marcado por el derrumbe del liberalismo como geocultura del sistema-mundo, y por el incremento de los costos de remuneración, de insumos y de impuestos para los productores[52]. También por el surgimiento de nuevos movimientos antisistémicos que han roto con la vieja izquierda.

A estas alturas de la exposición no sorprenden las razones aducidas por Wallerstein para hablar de “revolución”, en primer lugar, y además “mundial”, en segundo lugar. Baste considerar la segunda “revolución” para señalar algunas observaciones. Esta remite a la pérdida de legitimidad que otorgaba el liberalismo wallersteiniano, en donde juegan razones económicas que han debilitado a esa ideología. Pero un peso sustantivo lo asume el papel de los nuevos movimientos antisistémicos, los que presentarían características que para el autor son muy relevantes: no son los obreros ni trabajadores los principales actores en estas nuevas movilizaciones, es decir, no tenemos clases como sujetos de la historia, como sostiene el marxismo, sino grupos de identidad, por género, raza, estudiantes, etc. ; no operan  bajo estructuras partidarias ni presentan jerarquizaciones de mando, fórmulas que se harían presente en la noción de partido de Lenin; no luchan por el poder del Estado, como sostienen igualmente los marxistas y los identificados con la estrategia de Lenin, al fin que “los elementos del verdadero poder político se encuentran esparcidos en muchos lugares”[53].

No se entiende, a estas alturas, porqué a estos procesos Wallerstein de manera generosa los califica de “revolución mundial”, siendo tan estricto, por otro lado, en calificar como no revolucionarios los procesos políticos acaecidos a lo largo del siglo XX en México, Rusia, China, Vietnam o Cuba.

Lo que ha devenido de 1968 no sólo no ha cambiado el sistema-mundo, como condición señalada por Wallerstein para hablar de un verdadero cambio social en el sistema capitalista, sino que no se ha destruido además ningún Estado nacional. No deja de llamar la atención que aquellos estudiantes que se movilizaron en las universidades estadounidenses en los momentos en que Wallerstein estudiaba, lo hacían también enarbolando las banderas de rechazo a la presencia estadounidense en Vietnam y en apoyo a la lucha de ese pueblo. Y la derrota de Estados Unidos allí –con toda su sofisticación tecnológica y su barbarie de guerra, lanzando bombas de napal sobre población civil, no fue un problema menor para el sistema-mundo en general y para Washington en particular. Pero nada de esto se menciona ni se considera. Seguramente porque los vietnamitas no luchaban bajo las premisas de los nuevos movimientos antisistémicos destacados por Wallerstein, sino bajo la estrategia de la “vieja izquierda”[54], sin importar lo que ésta haya hecho.

Las propuestas estratégicas del cambio 

A la hora de hacer propuestas o de pensar cómo ocurrirá el colapso del sistema-mundo la reflexión se hace difusa. Así se afirma que “El poder radica en controlar las instituciones económicas, en controlar las estructuras-veto que tiene la facultad de desorganizar, en controlar las instituciones culturales”, para culminar estas vaguedades con otra, que dice todo y nada al mismo tiempo: “El poder radica en los movimientos por sí mismos”[55].

El problema es que “no hay demasiado que pueda decirse de una lucha que recién comienza a desarrollarse, una cuyas características centrales son: la total incertidumbre de su resultado y la opacidad de la lucha”[56].

Sin embargo, a fin de ayudar a clarificar “una estrategia alternativa a la difunta estrategia de la ´revolución´”, Wallerstein sugiere “algunas líneas de acción que podrían ser elementos de esa estrategia”. Señala en primer lugar que “en todas partes, en cada puesto de trabajo, debemos presionar  por más, es decir, porque la clase trabajadora  conserve una porción mayor de la plusvalía”. En segundo lugar indica que  “en todas partes en todas las estructuras políticas en todos los niveles, más democracia, es decir más participación popular y más toma de decisiones abierta”. En tercer lugar “necesitamos buscar una manera de construir un nuevo universalismo basado en un cimiento de incontables grupos, y no en un mítico individuo atómico”, lo que “requiere una especie de liberalismo social global que vacilamos en aceptar”.  Por último, “pensar en el poder estatal como una táctica, que se utiliza siempre que se puede y para las necesidades inmediatas, sin invertir nada en él para fortalecerlo”[57].

De manera humilde el Wallerstein estratega se pregunta: “¿Transformará esto el sistema?”, para responder de inmediato “No lo sé”. Pero no duda en señalar, sin embargo, que “cuando el sistema mundial actual se derrumbe sobre nosotros en los próximos cincuenta años, debemos tener una alternativa sustantiva para ofrecer que sea creación colectiva”[58].  Aquí la sorpresa es total: ¿qué significa que el sistema se derrumbará?

Con estos pronunciamientos los problemas de destruir el sistema-mundo capitalista, o si se quiere, la revolución, y además mundial,  han desaparecido del horizonte wallersteiniano, al fin que el sistema se derrumbará (¿cómo? ¿por obra de qué o quiénes?). Por eso ahora sólo nos queda pensar colectivamente en lo que haremos una vez que aquello se haya producido.

Se podría pensar que en esto Wallerstein tiene presente la idea de revolución como “proceso” (de transformación a realizar), y no como “momento” (el asalto al Palacio de Invierno en la revolución rusa; la derrota del ejército de Batista en Santa Clara, o el ingreso del Ejército Rebelde a La Habana y Santiago de Cuba, en la revolución cubana). Sin embargo los procesos revolucionarios tienen momentos que no son insignificantes, porque marcan el cambio en la correlación de fuerzas o, a lo menos, permiten a las fuerzas revolucionarias asumir la iniciativa para romper con lo que sea necesario a fin de proseguir ahora con los quehaceres del proceso.

Lo que llama la atención es que ese momento en Wallerstein desaparece. Y termina en una solución propia del reformismo clásico: no sabemos cómo, pero en algún momento, por obra de no se sabe qué, tendremos las condiciones (¿el poder?) para organizar la vida en común bajo nuevos parámetros. Preocupémonos entonces para cuando aquello ocurra. De pronto el sistema-mundo, que se ha comido y ha fagocitado todos los enormes esfuerzos de pueblos y organizaciones por revolucionarlo, “se derrumba”.

La dilución de la revolución como momento, para que inicie el proceso, también se manifiesta cuando la noción “revolución” es reemplazada por la de “transición”[59]. Así indica que “tenemos que aproximarnos de un modo diferente  al tema de las transiciones. En primer lugar hemos de distinguir entre cambio a través de la desintegración y cambio controlado”,  señalando que este último es el que “se produjo cuando se pasó del feudalismo al capitalismo[60]”. En ese paso, en realidad “no hubo revolución burguesa”, ya que “el capitalismo histórico fue engendrado por una aristocracia terrateniente que se transformó en una burguesía, porque el viejo sistema se estaba desintegrando”[61].

La posibilidad que no hubiese revolución en el paso del feudalismo al capitalismo reposa en que ambos son sistemas sustentados en la explotación, lo que permite la reconversión de algún sector de las antiguas clases dominantes en burguesía, la cual ha iniciado la desintegración de las relaciones feudales y el avance de las relaciones capitalistas antes de alcanzar el poder. Las revoluciones proletarias están en las antípodas de esta doble situación: ni las relaciones socialistas pueden madurar en el capitalismo, desintegrando las relaciones capitalistas, ni el proyecto proletario puede devenir de una simple reconversión de alguna fracción o sector burgués.

La idea de revolución para destruir el capitalismo y sus relaciones, proceso que puede alcanzar la forma de una verdadera guerra civil, poco o nada tiene que ver con imágenes como derrumbe del sistema o de cambios controlados. Esas imágenes forman parte, por el contrario,  de propuestas  que desean revolucionar lo existente, pero sin revoluciones.

A modo de conclusión

Los problemas de la reflexión de Wallerstein sobre el sistema mundo no refieren sólo a la ubicación del análisis en un abstracto proceso de análisis, sino al pobre arsenal teórico con que se enfrenta a su estudio. Lo mismo puede decirse respecto a su reflexión sobre el Estado, el sistema interestatal, el poder, el cambio social y  la revolución.

Más que potenciar su análisis, el ensamblaje que realiza entre las propuestas teóricas de Braudel, la Cepal de Prebisch y el marxismo, termina generando una armazón teórica que manifiesta sus debilidades cuando se la confronta como tal, más allá de la riqueza de datos y fuentes de información que acompañan sus estudios históricos sobre el sistema-mundo.

La falta de discusión sobre los elementos y supuestos que sostienen sus opciones políticas dejan a éstas también en un campo de enorme fragilidad y con propuestas vagas que no se compadecen con la posición asertiva con que descalifica toda formulación política que se aleje del modelo que construye sobre el empoderamiento de los nuevos movimientos antisistémicos, la atomización del poder político, y un poderoso sistema –mundo que se desploma o bien cambia de manera controlada.

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[1] El presente documento es un aporte teórico-crítico del profesor Jaime Osorio para su publicación en Marxismo & Revolución (marxismoyrevolucion.org)

[2] .- “Cuando analizamos las formas económicas (…)  no podemos servirnos del microscopio ni de reactivos químicos. La facultad de abstraer debe hacer las veces  del uno y los otros”  K. Marx, El Capital, Siglo XXI Editores, México (1975), octava edición, 1979, Prólogo a la primera edición alemana, pág. 6.

[3] .- Esto no niega que el andamiaje conceptual para explicar el modo de producción capitalista es fundamental para el avance de los siguientes niveles. Sin una propuesta de qué organiza la vida en sociedad en el capitalismo y cuáles son sus contradicciones, lo que logra Marx en El Capital, el resto de niveles de análisis funcionarían sin la brújula y las coordenadas que allí se desarrollaron.

[4] .- Asumidos de forma bastante simples, como capital, ciclos y ondas largas, división del trabajo, plusvalía. Una síntesis de las vertientes teóricas en la propuesta del sistema-mundo wallersteiniano se puede ver en Análisis de sistemas-mundo. Una introducción, Siglo XXI Editores, México (2005), segunda edición, 2006, en particular el capítulo I, pp. 13-39. Este es uno de los ejes de la reflexión de Wallerstein. Otro refiere a sus trabajos críticos sobre los saberes de la modernidad capitalista, en donde discute con la división disciplinaria y el modelo baconiano-newtoniano de ciencia, entre otros. Aquí nos abocaremos al primero, sin dejar de mencionar numerosos acuerdos con problemas señalados sobre el segundo.

[5] .- En rigor la noción “sociedad”, a la que remite de manera frecuente Wallerstein, no tiene un estatuto teórico en el marxismo. Sí, por el contrario,  la de formación económico-social.

[6] .- Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial, tomo I, Siglo XXI Editores, México, 1979, pág. 12. (Subrayado J.O). En una formulación más explícita Wallerstein señala: “Los sistemas-mundo de análisis significaron  antes que nada  la sustitución de una unidad de análisis llamada  ´sistema-mundo´ en vez de la unidad  estándar de análisis, que había sido el estado nacional”. Análisis de sistemas-mundo. Una introducción. Siglo XXI, México, 2005, pág. 32.

[7] .-  Marx, El Capital, t.1, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, (1946), p. 251. Subrayados en el original.

[8] .- Esto último forma parte de los regímenes de superexplotación, problema fundamental  en la teoría marxista de la dependencia para explicar las particularidades del capitalismo dependiente, asunto que se ubica en un nivel de concreción mayor que  los problemas que aborda Marx en los señalamientos antes indicados.

[9] .- Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial, Siglo XXI Editores, México, 1979, tomo I, pág., 14. No está demás señalar que “el todo es más que la suma de las partes” porque considera las relaciones entre estas.

[10] .- I. Wallerstein, El moderno sistema mundo,  Op. cit., tomo I, pág. 12.

[11] :- Como necesario, pero también insuficiente, sería asumir sólo las formulaciones del modo de producción presentes particularmente en El Capital,

[12] .- I. Wallerstein,  El moderno sistema mundial… Op. cit., pág. 12. (Subrayados míos). La dificultad de integrar particulares en un universal (“unidades dentro de otras unidades”)  no es un problema menor en la epistemología de Wallerstein.

[13] .- Igualmente erróneo sería afirmar que sólo estudiaremos formaciones económico-sociales o Estados “nacionales”.

[14] .- Relación que se hace presente por ejemplo en la pregunta: ¿qué formación económico-social es la hegemónica en el sistema mundial en un momento o etapa determinada? O ¿cuánto cambio el sistema mundial desde la derrota de Estados Unidos en Vietnam?

[15] .- Mucho de  lo dicho hasta aquí se puede aplicar a la propuesta de Juan Iñigo Carrera sobre “la unidad mundial de la acumulación de capital” como nivel de reflexión por excelencia, en donde las unidades nacionales de acumulación son simples “apariencias”. Véase  “La unidad mundial de la acumulación de capital en su forma nacional históricamente dominante en América Latina. Crítica a las teorías del desarrollo, de la dependencia y del imperialismo”. Centro para la Investigación como Crítica Práctica  (CICP). Recuperado de:  https://marxismocritico.com/2013/02/13/la-unidad-mundial-de-la-acumulacion-de-capital/ (Consultado el 5 de enero de 2016).

[16] .- I. Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo. Una introducción. Siglo XXI Editores, México, 2005, pág. 32. ”La colocación de(l) (…) guión  (entre sistema-mundo o economía-mundo JO) intentaba señalar que se estaba haciendo referencia no a sistemas, economías e imperios de (todo) el mundo, sino sobre sistemas, economías e imperios que son un mundo (pero posiblemente y de hecho, usualmente, sin ocupar la totalidad del globo).  Ibidem.

[17] .- I. Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo, Op. Cit., pág. 40.

[18] .- Véase Análisis de sistemas-mundo, op. cit, pp. 46-47, y  El moderno sistema mundial, op. cit., pp. 492-493.

[19] .- ONU, Estudio económico de América Latina 1949, Santiago, 1973 (Serie conmemorativa de XXV aniversario de la CEPAL), pág. 49. Este material fue escrito por Raúl Prebisch.

[20] .- I. Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo, Op. Cit., pág. 34

[21] .- I. Wallerstein, “Comentarios sobre las pruebas críticas de Stern”, en Revista Mexicana de Sociología n. 3, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, México, julio-septiembre 1989, pág. 341.

[22] .- André Gunder Frank, Capitalismo y subdesarrollo en América Latina, Siglo XXI Editores, Argentina, 1970.

[23] .- Un problema importante es que se establece una diferencia cualitativa entre el capitalismo central o imperialista y el capitalismo dependiente.  Al interior de cada una de estas cualidades, aparecen diferencias de grado: habrá economías o formaciones económico-sociales más desarrolladas y otras menos. Lo importante es que son, sin embargo, economías  desarrolladas, lo que implica formas de reproducción del capital y una relación con el reparto del valor y apropiación a nivel del sistema mundial cualitativamente distinta a las economías dependientes, donde también hay gradaciones, pero que implica reproducción del capital y participación del valor (y despojos) de naturaleza distinta.

[24] .- Sobre las condiciones del surgimiento de la teoría de la dependencia, véase de Jaime Osorio “El marxismo latinoamericano y la dependencia” publicado inicialmente en Cuadernos Políticos n. 39, México, enero-marzo 1984. Se incluyó en el libro del mismo autor Teoría marxista de la dependencia, Itaca/UAM, México, 2016.

[25] .- El imperialismo no constituye por tanto un listado de características en donde el problema se reduciría a constatar cómo se manifiesta hoy.

[26] .- Samir Amin, Giovanni Arrighi, André Gunder Frank, e Immanuel Wallerstein, Dinámica de la crisis global, Siglo XXI Editores, México, 1983, pág. 248. .- En general, en este texto, tanto Frank como Wallerstein confunden la condición de imperios y colonias, donde la riqueza de las segundas son apropiadas por la fuerza y el dominio que ejercen los primeros sobre las segundas, con la noción de imperialismo, en donde es desde el seno de relaciones entre naciones y economías formalmente independientes, de donde se debe buscar la explicación de las transferencias de valor de unas a otras economías.

[27] .- Sobre la larga duración y la conformación de una “historia pasiva” en Braudel, que despolitiza el análisis, véase de Jean Chesneaux ¿Hacemos tabla rasa del pasado?, Siglo XXI, México, 1977 (1990, 11ª ed.), pp. 149.  Para una crítica de las formulaciones teóricas braudelianas sobre la noción de capitalismo signada por el peso de la larga duración (una categoría “´cuasi eterna de la historia de la humanidad”, según Romano),véase de Ruggiero Romano, Braudel y nosotros, Fondo de Cultura Económica, Cuadernos de la Gaceta núm. 93, México, 1997, pág. 13.

[28] .- Vid. Cita n. 9.

[29] .- I. Wallerstein, Conocer el mundo, saber el mundo. Siglo XXI editores, México2001, pág. 72.

[30] .- I. Wallerstein, Conocer el mundo…Op.cit. pág. 72.

[31] .- I. Wallerstein, Conocer el mundo…Op. cit., pág. 70.

[32] .- He abordado esto y otros problemas en el libro El Estado en el centro de la mundialización. La sociedad civil y el asunto del poder, Fondo de Cultura Económica, México, 2004.

[33] .- Son muchos los llamados de Wallerstein a tomar posiciones: ”Hará falta un enorme esfuerzo colectivo para desarrollar una estrategia de transformación lúcida”. Después del liberalismo, op. cit., pág. 249 subrayado JO). En otro señala: “(…) la cuestión (…) estriba en qué clase de transformación social somos capaces de llevar a cabo y de qué modo se resolverá la crisis”. Geopolítica y geocultura. Ensayos sobre el moderno sistema mundial, Kairos, Barcelona, 2007, pág. 170 (subrayado J.O.).

[34] .- Remito nuevamente al libro El Estado en el centro de la mundialización, op. cit., cap. V y VI en particular.

[35] .- Dice Wallerstein: “ya antes sostuve que ´la Revolución francesa, representó la primera de las revoluciones antisistémicas de la economía-mundo capitalista, en pequeña parte fue un éxito, en su mayor parte un fracaso´”. En Después del liberalismo, Siglo XXI Editores, México, 1996, pág.150, citando su volumen 3 de El moderno sistema mundial.

[36] .- I. Wallerstein, El moderno sistema mundial , vol. I, Introducción: sobre el estudio del cambio social, Op. cit.,  p. 7.

[37] .- R. Romano, Braudel y nosotros, op. cit. Pág.  48.

[38] .- Recurro aquí a una imagen de Fernand Braudel, La historia y las ciencias sociales, Alianza Editorial, México, 1989, pág.27.

[39] .- Carlos Marx, “Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871”, en La Comuna de París. Marx, Engels, Lenin. Akal, Madrid, 2010, pág. 31.

[40] .- V. I. Lenin, “Informe sobre la revolución de 1905”, en Obras escogidas en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1961, tomo I, pág. 820.

[41] .- I. Wallerstein, Geopolítica y geocultura. Op. cit.,  pág. 14. Como si el tiempo de las revoluciones se fijara a voluntad, cuando  se quiere.

[42] .- “Los movimientos que llegan al poder con frecuencia pierden el deseo de solidarizarse con los movimientos que no están en el poder. Éste es el efecto de la cooptación; pero, a pesar de ello, con frecuencia han ofrecido una solidaridad renuente”. I. Wallerstein, “La crisis como transición”, en Samir Amin, et. al,  Dinámica de la crisis global, Op. cit., pág. 40.

[43] .- O donde “la oscuridad permanece victoriosa”, como señala Braudel, La historia y las ciencias sociales, op. cit., pág. 27

[44] .- I. Wallerstein, Después del liberalismo, Siglo XXI Editores, México, 1996. Véase sobre Lenin y el leninismo como la versión de izquierda del liberalismo, en particular pp. 16, 91, 112-118. Véase también Impensar las ciencia sociales , Siglo XXI Editores, México, 1998,  pág.21, con publicación en inglés en 1991, antes del texto anterior, que se publica en inglés en 1995, en donde inicialmente era el marxismo en general la versión de izquierda del liberalismo. En escritos y entrevistas posteriores las referencias sobre el tema se limitan al leninismo, y ya no a Lenin. Véase “Lenin and Leninism today: an Interview with Immanuel Wallerstein”, en International Critical Though, Vol. 2, N. 1, March 2012.

[45] .- I. Wallerstein, Después del liberalismo, op. cit., pág. 118.

[46] .- Aparte de Marx, y claro, del propio Wallerstein, desde la noción que formula, cabe preguntarse, ¿quién se salva de no ser liberal?

[47] .- Temas con lo que rompe la revolución de 1968. Véase I. Wallerstein, Geopolítica y geocultura, op. cit., p. 18.

[48] .- “Los elementos del verdadero poder político se encuentra esparcidos por muchos lugares. Las maquinarias-estado son uno de esos lugares, muy importantes, aunque no el único”. I. Wallerstein, Impensar las ciencias sociales. Op. cit., pág. 41.

[49] .- “El poder radica en controlar las instituciones económicas, en controlar las estructuras-veto que tienen la facultad de desorganizar, en controlar las instituciones culturales”. A falta de confusión, Wallerstein termina por agregar más ingredientes:”El poder radica en los movimientos por sí mismos”. I. Wallerstein, Impensar las ciencias sociales. Op. cit., pág. 41.

[50] .- I. Wallerstein, Análisis…Op. cit., pp. 90-91.

[51] .- I. Wallerstein, Conocer el mundo…Op. cit., pág. 87.

[52] .- I. Wallerstein, Análisis…Op. cit., pág. 108. En un escrito anterior (Conocer el mundo..Op. cit., pp. 150-151) Wallerstein señalaba cuatro”procesos que han minado las estructuras básicas de la economía-mundo capitalista”: la desruralización del mundo; el creciente costo social de permitir a las empresas externalizar sus costos; como consecuencia de la democratización, los costos de las demandas populares; y el colapso de la Vieja Izquierda o movimientos antisistémicos tradicionales.

[53] .- I. Wallerstein, Impensar las ciencias sociales, Op. cit., pág. 41

[54] .- Esta misma noción de “vieja izquierda” (y válido para la de “nueva izquierda”) no deja de ser un velo que impide ver las diferencias –que no menores- en el seno de esa heterogénea corriente. ¿El Che Guevara es lo mismo que Stalin, y éste que Lukács, y éste que Rosa Luxemburgo, y que Gramsci, y que Fidel? Nuevamente el pintor con “brocha gorda”, ¿tratando de dibujar fino?, se hace presente.

[55] .- I. Wallerstein, Impensar…Op. cit., pág. 41.

[56] .- I. Wallerstein, Análisis ….Op. cit., pág. 120.

[57] .- I. Wallerstein, Después del liberalismo, op. cit, pág.216.

[58] .- I. Wallerstein, Después del liberalismo, Op. cit. pp. 216 y 217, (subrayados nuestro).

[59] .- En la teoría de la revolución proletaria se habla de “transición”  al socialismo como un periodo posterior a la revolución/momento, marcado por los cambios para sentar las bases de la nueva organización, ahora   socialista, esto es, ya en el periodo de la revolución como proceso.

[60] .- I. Wallerstein, El capitalismo histórico, Siglo XXI Editores, México, 1988, pág. 97.

[61] –  I. Wallerstein, op. cit., pp. 96-97.

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