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El último “filósofo de la praxis”. Breve aproximación a Una lectura de las tesis de Marx de Osvaldo Fernández Díaz.

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El último “filósofo de la praxis”. Breve aproximación a Una lectura de las tesis de Marx de Osvaldo Fernández Díaz.

Por Jaime Ortega Reyna

Los breves rayos de luz que se encuentran en las Tesis sobre Feuerbach encandilan a todos los filósofos que se le acercan, pero todos sabemos que un rayo enceguece en lugar de iluminar, y que nada es más difícil de situar en el espacio de la noche que un estallido de luz que la rompe. Será sin duda necesario hacer visible, algún día, lo enigmático de esas once tesis falsamente transparentes.

Louis Althusser

¿Otro fulgor que obnubila, de los tantos que estas tesis son pródigas? O sea se dice muy poco y al mismo tiempo, se dice mucho. Este es el secreto de la fuerza de estas notas, su riqueza y su peligro.

Osvaldo Fernández

No cabe duda de que la “filosofía de la praxis” es una de las matrices fundamentales para entender el pensamiento teórico del siglo XX. Entre sus fundadores se encuentra en el último segmento del siglo XIX el italiano Antonio Labriola. Continua su vereda en el entronque con Antonio Gramsci, quien desde su trágica experiencia carcelaria elabora dicha categoría fundida con un tipo particular de marxismo, por entonces en oposición al que se establece como canon oficial desde el Estado soviético (o al menos su esbozo en la pluma de Nicolai Bujarin). En el cruce de ambas plumas de origen italiano se forjará una de las interpretaciones más poderosas que circuló en la primera mitad del siglo XX.

Compartiendo preocupaciones y abandonando la península itálica, podemos encontrar en Jean Paul Sartre y en algunos coqueteos del “ultra izquierdista teórico” de Gyorgy Lukács los siguientes anclajes. A partir de estos vectores la “filosofía de la praxis” queda definida en sus temas, aunque las veredas por las que corre sean tan diversas como los autores que acabamos de nombrar. Los grandes temas quedan asentados: la pertinencia del historicismo, la centralidad de la “praxis” como categoría trans-histórica, una versión de totalidad en su versión expresiva. A caballo entre una lectura crítica de Hegel y una relectura constante de la obra de Karl Marx (especialmente del joven), la “filosofía de la praxis” establece también sus métodos de trabajo, que perdurarán cuando abandone el viejo continente y se instale con fuerza en América Latina

En América Latina esta recepción tuvo grandes exponentes. No sin diversidades, fracturas y fisuras. Como toda recepción se trata de un acto de producción, antes que de una influencia pasiva, este caso no es la excepción. La “filosofía de la praxis” tuvo en Adolfo Sánchez Vázquez su primer y quizás más perdurable representante. Su obra mayor, titulada de tal forma, apareció justamente en el mismo momento en que en Europa se desmovilizaban las certezas más profundas a partir de la intervención teórica de Louis Althusser. Cuando Sánchez Vázquez se sacudía la influencia del “marxismo-leninismo”, en Europa Althusser erosionaba los cimientos de la “filosofía de la praxis” tal como se había conocido en el viejo continente: realizaba la crítica del historicismo, apuntalaba el trabajo crítico-filosófico sobre las nociones antropológicas y humanistas del joven Marx y planteaba un nuevo concepto de totalidad bajo una modalidad no expresiva. Su pretensión era erosionar tanto el economicismo (algo ajeno a la “filosofía de la praxis”) como el humanismo (ello sí, en consonancia con la corriente que ahora tratamos).

Sin embargo aquella doble renovación al interior del discurso marxista generó antes que un desplazamiento total de la “filosofía de la praxis” el inicio de un combate al seno de la teoría. Así lo expresan un par de ejemplos: el primero es la dura crítica de Sánchez Vázquez al trabajo de Althusser expresado en su obra Ciencia y Revolución; el segundo es el conjunto de trabajos presentados en el Congreso Interamericano de Filosofía realizado en Caracas en 1979. Ahí Sánchez Vázquez presentó su conocida ponencia sobre el marxismo como una nueva filosofía, en tanto que los althusserianos como el brasileño Marco Aurelio García o el argentino Saúl Karsz insistieron en que el marxismo era una nueva práctica de la filosofía, marcando una radical diferencia en su interpretación y una distancia que no pudo ser nunca superada.

A ello hay que sumar que junto al althusserianismo y la “filosofía de la praxis” aparecieron formas también renovadoras al seno del marxismo producido en América Latina: tales son los casos de la reflexión desde la filosofía de la liberación o bien la recepción de la “Teoría crítica de la sociedad”; teniendo a Enrique Dussel y a Bolívar Echeverría dos de los muchos nombres de ambas tendencias.

Sin embargo sobre Sánchez Vázquez hay numerosos volúmenes que han insistido en la pertinencia de los caminos abiertos por su intervención. Ahora nos referiremos a quizá el último representante de la “filosofía de la praxis”[1]: el chileno Osvaldo Fernández Díaz. Personaje conocido al ser uno de los más persistentes introductores de Gramsci al español, prologando el “Maquiavelo y Lenin” en una edición muy popular. También es conocido por ser uno de los pocos “filósofos de la praxis” que se avocó al estudio de El Capital –algo que Sánchez Vázquez realizó en menor medida, aunque sí se encuentra en la obra del venezolano Ludovico Silva- al publicar en 1982 su Del fetichismo de la mercancía al fetichismo del capital,  por fortuna recientemente reeditado. Además de esto es un conocido estudioso de la obra de José Carlos Mariátegui. Su legado y obra son ya reservorios del “archivo” del marxismo producido en América Latina.

Sin embargo el comentario que haremos ahora avanza sobre un tópico clásico de los filósofos de esta corriente: el comentario pormenorizado de las Tesis Ad Feuerbach de Karl Marx. Con el título De Feuerbach al materialismo histórico: una lectura de las tesis de Marx, Fernández corona una reflexión madura, seria y enriquecedora para una corriente que se vio disminuida seriamente cuando el humanismo y el historicismo (en general y en particular las vertientes marxistas de ambos) fueron desmovilizados en sus certezas teóricas.

Ciertamente Fernández Díaz no vuelve sobre vigencias abstractas de estos clásicos tópicos, sino que en el mejor ejemplo de quienes cultivaron esta vertiente del marxismo, ataca directamente problemas interpretativos de la obra del joven Marx. Sin embargo las coordenadas de producción de esta madura reflexión del pensador chileno han cambiado con respecto a las de Sánchez Vázquez o las de Ludovico Silva. Quizá debido al exilio parisino que sufrió tras el golpe de Estado de 1973, quizá por el peso que tiene para la “filosofía de la praxis” el nombre de Althusser, pero la obra de Fernández Díaz busca medirse de tú a tú con los herederos del maestro de la Normal. Siendo entonces que aunque la referencia obligada a Ernest Bloch aparece (como suele hacerse cuando de las Tesis Ad Feuerbach  se trata), lo cierto es que son otros autores su principal blanco. Nos referimos a Etienn Balibar, Pierre Macherey y George Labica, todos ellos verdaderos representantes de un “post-althusserianos”. Los dos últimos han publicado ya sendos volúmenes a propósito de las referidas “Tesis” de Marx que no han sido traducidos al español.

La trama construida por el autor es sugerente al declarar que busca es leer “algo más de lo que está expresado” (p. 24), en la constitución de un concepto de materialismo aún no formulado y en donde lo que le aparece es un Marx crítico de sí mismo cuyo pretexto es Feuerbach. Así, Fernández Díaz avanza en un sentido lineal de las tesis. A diferencia del ya citado Bloch o de su contraparte latinoamericana representada en Bolívar Echeverría (a quien nuestro autor no cita) no hay intento de reordenamiento o de agrupamiento temático. En la más férrea tradición se lee a Marx tal cual se presenta, de manera contigua, esperando en esa operación captar el tránsito lógico de la problemática abordada. Sin embargo, como otros autores Fernández Díaz realiza su propia ordenación que si bien sigue un orden secuencial, apela a una cierta preocupación temática. Así, divide en tres segmentos a las “Tesis”. En el primero de ellos coloca la conformación de un espacio teórico que se mide con el “idealismo alemán”, en donde Marx asedia al materialismo de Feuerbach. Un segundo segmento apela a la activación de una nueva concepción de la “praxis” en donde “se desciende a la base real”. En tanto que el tercer y último segmento apuntala la conformación nueva del materialismo.

Si bien resumir las posiciones del profesor Fernández Díaz en cada tesis resultaría un tanto tedioso para la lectora o el lector, señalamos algunos de los alances y problemas que tiene su confrontación. Comencemos por los alcances, perceptibles en el trabajo serio y riguroso, tanto de la obra de Marx (particularmente el conjunto de manuscritos conocidos como la Ideología alemana, a los cuales acude en determinadas ocasiones)[2]  como del propio Feuerbach. Fernández Díaz comenta paso a paso el cómo Marx tránsito del “cielo filosófico” a la terrenal y mundana “praxis” en la que Marx apela a la intervención humana, que si bien se concibe en la “conciencia” sólo se vuelve efectiva en su acción, es decir, en lo pedregoso del terreno cotidiano. Las huellas de la epistemología de la “correspondencia” son evidente: el pensamiento es “verdad” cuando logra ser lo que pretende.

Para Fernández Díaz Feuerbach es un pretexto, pero no uno cualquiera, sino uno importante y productivo que le permite conformarse con el espacio teórico conformado previamente (el “idealismo alemán”) y dislocarlo lentamente. Para Marx el programa de Feuerbach es necesario, pero insuficiente, por tanto hay que recuperarlo y trascenderlo. Derruir la cárcel del “idealismo” merece una crítica desde otro punto de vista: el de la praxis es ese lugar, metafóricamente colocado en el “abajo” terrenal frente al “cielo” filosófico. Los conceptos de alienación y el concepto de “ser humano” aparecen aquí de manera reiterada, para dar cabida a una nueva concepción, verdadera desde la praxis, es decir, revolucionaria, actuante. El avance sobre las tesis es un trabajo de desmenuzamiento de los principales nudos que las conforman y les dan sentido. Cada uno de ellos van siendo expuestos con la madurez de un pensamiento que ha reflexionado largamente sobre el tema.

Según Fernández, Marx con el concepto de “praxis” rompe las dualidades, el ánimo de interpretación y transformación quedarán subsumidos en un espacio teórico que permite dicha superación dicotómica. Ello se va intercalando con el comentario que permite entender los distintos momentos en donde Marx aborda tanto elementos pasados de la conformación teórica, como los momentos en donde deja de tomar pretextos para configurar un espacio teórico novedoso, en donde las relaciones sociales de los seres humanos en su terrenalidad, tomen la palabra. Sobre esta parte Fernández Díaz afina sus armas en contra de la interpretación de Labica.

Podemos recapitular sobre los principales pilares en los que Fernández asienta su lectura: la certeza de la apertura de un nuevo espacio, la ampliación de la mirada con respecto a la Feuerbach (lo que él no pude “ver” Marx si lo “ve”), la posibilidad de superación de dicotomías forjadas previamente. El trabajo de Fernández, como decíamos arriba, se muestra como preciso. Indudablemente hay un aporte importante en el trazo de las líneas que se traman a partir de tan importante y comentado texto. Ahora señalaremos uno de los principales límites que desde nuestro punto de vista no logran ser superados por la “filosofía de la praxis”.

            Es preciso entonces detenerse específicamente en el concepto de “praxis”. De alguna manera la tesis de Fernández resulta compleja de ubicar en las coordenadas tradicionales de discusión, al menos las que se asoman con claridad desde mediados de los años sesenta, pues se aleja de líneas clásicas, pero no admite las críticas realizadas. Dice en un párrafo crucial del texto: “La praxis, indudablemente, no es una filosofía. Puede fundar una mirada o, si se quiere otorgar una forma diferente a la filosofía, puede hacer surgir otra forma de hacer filosofía, pero ella misma, en cuanto tal, no es puramente filosofía” (p. 129). Dicha aseveración lo coloca en una posición distinta a la de, por ejemplo, Adolfo Sánchez Vázquez, quien insistió que el marxismo era una nueva filosofía cuyo concepto clave era el de la praxis. Esta posibilidad sin duda augura un paso adelante con respecto al marxismo del siglo XX: no se trata más de aquella “filosofía” totalizante que puede y debe intervenir en todos los órdenes: la estética, la ontología, la economía, la ética, la política; etc.

Sin embargo este paso no es dado por completo. Aunque se reconoce que la “praxis” no es la categoría central de una nueva filosofía, sino un cambio de mirada que está más allá de la filosofía (aunque la abarca), tampoco acepta el concepto de práctica. Volvamos sobre estos pasajes que resultan cruciales, dice Fernández al momento de preguntarse “¿Práctica o praxis?”:

Por eso cabe señalar que muy pronto en el texto de esta misma tesis, el adjetivo “práctica”, será reemplazada por el sustantivo “praxis” […] Tenemos que concluir, entonces, que el carácter práctico que se enfatiza no alude a la “práctica”, sino a la “praxis”, entendida (empleemos toda la fórmula), como “una actividad revolucionaria práctico-crítica”, en donde el último término invoca una forma precisa y específica de la intervención teórica (pp. 178-179)

Además de este párrafo crucial señala más adelante que: “Marx instituyó la praxis, como actividad práctico crítica, es decir como un proceso al cual adjuntaba, además, el adjetivo de revolucionaria. Esta actividad no es cualquiera actividad, sino una intervención que revoluciona aquello sobre lo que actúa” (p. 196)

            Los párrafos que hemos venido citando permiten entender el “paso adelante” que supone no concebir al marxismo como una nueva filosofía (en este caso centrada en la categoría de la praxis) pero que no retrocede en la insistencia de que existe una gran categoría que puede hacer reductible las múltiples intervenciones de los seres humanos. Es así que podemos cuestionar desde la certeza de que la diversidad de “prácticas” no son equiparables a la reductiva “praxis”. Esta es una categoría que anula la diferencia y la pluralidad de actividades que se expresan a partir de la totalidad de las relacione sociales. El concepto de totalidad que Fernández alude es correspondiente con esto: “un conjunto de movimientos recíprocos, como síntesis de procesos” (p.180). Aquí se nota entonces la persistencia de esta categoría totalizada, que en realidad se convierte en una “filosofía nueva”, que puede abarcarlo (casi) todo a partir de la “síntesis” de las diversidades. La tensión es clara: la “praxis” está más allá de la filosofía, colocada en el ámbito de lo terrenal, sin embargo Fernández Díaz la mantiene como una categoría que contiene la diversidad bajo el entendido de que refiere a un momento “revolucionario”. Con ello en realidad anula la multiplicidad de prácticas efectivas y reales, es decir, aquellas que se ubican en las relaciones concretas y específicas, otorgándolas en el sacrificio de la “praxis” como categoría totalizante.

            Lo que no se renueva en la “filosofía de la praxis” es su adscripción a las filosofías de la conciencia, en donde los sujetos realizan representaciones (“deformadas”) provenientes de las apariencias. Sólo la “praxis” como unidad de pensamiento y acción o de interpretación e interpretación permitiría superar el nivel de la “inmediatez”, de lo “dado” y de lo “que aparece” para pasar al momento “esencial” y por lo tanto en un nivel en el que es posible revolucionarlo.

            Como se sabe al seno del marxismo operó una crítica que cuestionó la dualidad entre ser/apariencia, colocando en el centro el problema de la práctica en donde los seres humanos modificaban sus condiciones de acuerdo a los instrumentos y posibilidades de los que disponían. No había transformación que no estuviera anclada en las condiciones concretas y reales, por tanto a las tradiciones, aspiraciones y posibilidades de los sujetos concretos. No había aspiración a una “conciencia” soberana (trascendental) que pudiera burlar la “cámara oscura” de la falsa conciencia, sino una inscripción en una teoría materialista de la coyuntura. Dicha crítico la encabezó Althusser y fue continuada por una línea que aunque criticó la obra del francés se negó a restablecer las condiciones previas a su crítica. Un ejemplo de este proceso se puede seguir en el debate sostenido en México entre Adolfo Sánchez Vázquez y Enrique González Rojo.

            Terminemos señalando el gran aporte de Fernández Díaz en un intento por renovar la “filosofía de la praxis”. Son perceptibles hilos de continuidad y de ruptura, intentos de renovación y cuestionamiento de certezas, pero también de combate frente a las corrientes que más increparon una forma de pensar a Marx. Si bien no se abandonan anclajes claves de esta forma interpretativa, lo cierto es que se mantienen presupuestos fuertes, algunos de ellos decisivos para sostener la “filosofía de la praxis”. Quizá el más importante de ellos sea mantener aquella categoría como la articuladora de una forma de pensar lo “crítico”. Si bien ello permite sostener formas de abordar la realidad desde miradores emancipadores, también elude la multiplicidad de prácticas que se asientan en la mundana cotidianidad de los seres humanos. La insistencia y defensa sin embargo no son actos de fe, sino construcciones teóricas asentadas sobre importantes regiones de la obra teórica de Marx. Posiciones que al sostenerse son también muestra de la vitalidad de un pensamiento que se resiste a ser clausurado en coordenadas unidimensionales. Repetimos que en la obra de Fernández Díaz se encontrará una reflexión meditada, seria y profunda, propia de la madurez intelectual de quien se levanta como el último de los “filósofos de la praxis”. Una obra que es ya parte el acervo teórico del marxismo producido en América Latina, uno que apela a la crítica, que como se desprende de Marx, es consecuente con el cuestionamiento de lo existente y por supuesto también de los supuestos con los que se realiza dicha crítica.

[1] Junto a él es justo reconocer que una parte de la obra del alemán Wolfgang Fritz Haug también puede ubicarse en esta órbita.

[2] Hoy se encuentra seriamente cuestionada la “unidad” del texto. Véase: Carver Terry, “La Ideología alemana nunca tuvo lugar” en Concheiro Elvira y Gandarilla José, Marx revisitado: posiciones encontradas, México, CEIICH, 2016.

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