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Leer Marx a 200 años de su nacimiento. La Invitación a su lectura de Sergio Pérez Cortés

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Leer Marx a 200 años de su nacimiento. La Invitación a su lectura de Sergio Pérez Cortés*

Juan Fernando Álvarez Gaytán**

La crudeza del capitalismo actual exhorta a las nuevas generaciones –principalmente a las que desconocen el significado político y económico que representó 1989– a leer Marx, tanto para adquirir las categorías principales que ayuden a comprender su realidad, como para conocer al “gigante del pensamiento” que fue Karl Marx. Sus ideas marcaron un antes y un después en la concepción de la modernidad; su pensamiento es ya –dice Pérez Cortés– parte del patrimonio de la humanidad. De esta manera, su lectura es una contribución para guiar el futuro de los jóvenes. Pero si realmente se espera una transformación de sí, el lector deberá mostrar apertura y esperanza, porque al depositar ambas en esta Invitación podrá imaginarse con nitidez aquel mundo mejor (y urgente) que a la oligarquía le parece una utopía precoz.

Con la atención que merece, la propuesta de nuestro autor enfatiza superar el absurdo que pregonó la hegemonía al decir que con la caída del socialismo real, Marx (y el marxismo) estaba muerto. Esto no es así, porque a la fecha no existe un pensador tal que se haya acercado tanto a la crítica de la economía política. Y no significa que leer a Marx represente el recetario para la superación del capitalismo; lo claro está en que su estudio es indispensable. Es obvio, entonces, que mientras “el capital siga oprimiendo a millones de individuos (…), manteniendo a la mitad de la población mundial en la pobreza extrema, Marx seguirá vivo”[1].

Al ser una Invitación general de lectura, Pérez Cortés desarrolla su libro en tres apartados principales. El primero conforma un acercamiento teórico y crítico de las sociedades capitalistas a través de sus principales categorías. Después plantea la caracterización de una teoría de la historia que no es simple conjetura del famoso prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política sino un esfuerzo epistémico que resulta del estudio de las obras completas (Marx Engels Werke) que ha hecho nuestro autor. Posteriormente finaliza, bajo cautela, con la relación que existe entre Marx y la filosofía, donde Pérez Cortés plasma sus reflexiones en torno a este tema.

Sucesivo a una reseña biográfica que resalta el carácter revolucionario del pensador alemán, el amor incondicional de su esposa, su influencia hegeliana durante la juventud y el descubrimiento de la plusvalía como categoría central de explotación, se introduce al análisis de la sociedad capitalista tal como comenzó Marx en El Capital: por la mercancía.

Parte desde esta categoría porque aparece en lo inmediato. Al conocerla a detalle pueden derivarse otras categorías, es decir, es síntesis de otras determinaciones que contribuyen a la comprensión del sistema capitalista.

Una de estas categorías es el valor de uso como la utilidad contenida en la mercancía. Es su soporte material, entendido como el vínculo que el producto tiene con la naturaleza, a la vez que representa un satisfactor de las necesidades humanas de subsistencia (comida, vestido, habitación). El valor de uso es inherente al producto sin importar bajo qué modo de producción se ha creado; satisface una necesidad, haya sido elaborada en un régimen esclavista o en uno capitalista. Empero, el valor de uso no es el fundamento del valor. Lo que trae a escena otra categoría: valor de cambio. Ésta es otra determinación de la mercancía que surge como la puesta en relación con otras mercancías. El valor de cambio existe por el intercambio de productos, en tanto cada uno posee un valor de uso diferente. No obstante, tampoco es el fundamento del valor de la mercancía.

Su valor será creado a través de la sustancia de valor, que es la objetivación del trabajo humano en cada producto como satisfactor. Significa que la puesta en relación de las mercancías es por medio de la sustancia de valor como expresión de productos resultantes del trabajo humano. Ahora bien, ese valor contenido en la mercancía (trabajo humano) se mide por el tiempo de trabajo, con una magnitud de jornadas (días, semanas, horas). Este tiempo de trabajo es en promedio, o sea, en condiciones de producción ni ventajosas ni desfavorables, sino socialmente necesarias.

La producción es acto social y las mercancías resultantes satisfacen necesidades por medio del intercambio exacerbado en el capitalismo. Cada una adquiere la forma de valor cuando presupone su elaboración para el intercambio. Así, posee valor de uso y valor (por el trabajo humano), pero sólo por la determinación que aporta la forma de valor, tendrá valor de cambio. Lo que indica que su elaboración en la sociedad capitalista tiene una proyección hacia el intercambio y no al autoconsumo. De esta manera, el trabajo se torna abstracto porque se enmarca en una trama interminable de relaciones de muchos trabajos que se han socializado y dejan de ser concretos. Entonces, el horizonte de interdependencia capitalista es el intercambio de mercancías. Esto es la ley del valor, en cuanto determina la conducta y las decisiones que toman los sujetos en la producción de satisfactores.

Una mercancía no puede expresar por sí sola el valor de cambio, sino que es resultado de una relación potencialmente infinita entre varios productos. Para reducir tal correspondencia interminable, el dinero se presenta como el equivalente general de las mercancías. También da pauta a que el trabajo concreto se haga canjeable, es decir, es la mediación que coadyuva a determinarlo como trabajo abstracto.

La sociedad capitalista se identifica porque los productores entran en relación a través de sus mercancías y encubre que en realidad es una relación entre humanos. Tal manifestación es el vínculo que mantienen con respecto a sus trabajos. Este fetichismo de la mercancía obnubila la relación directa que existe entre el trabajo como sustancia de valor y la acumulación de la riqueza capitalista. Los trabajos de cada sujeto se transmutan bajo la forma de mercancía y después del dinero. Cuando el producto es vendido, el trabajador pierde la relación directa que existía entre su trabajo y él, que a su vez dificulta la comprensión sobre porqué el capitalista se enriquece continuamente.

Bajo esta trama, le interesará al poseedor del dinero[2] hacer más dinero, que bajo el modo de producción capitalista se acrecentará y convertirá en capital como consecuencia de una relación social. El dinero se transforma en capital cuando se ha valorizado por medio de una relación desigual entre sujetos. Para su comprensión se explicitan dos fórmulas de la circulación mercantil: a) mercancía-dinero-mercancía y b) dinero-mercancía-dinero. La fórmula a) es propia del obrero, quien como mercancía, fuerza de trabajo, se vende por dinero y compra productos para subsistir. La fórmula b) representa al capitalista quien con dinero compra mercancías (materias primas, medios de producción y trabajo) para producir una nueva e intercambiarla por dinero.

Lo interesante aquí es la intención del capitalista por comprar mercancías y vender un producto para obtener más dinero del invertido inicialmente. Si es mayor al final de la fórmula (b) hay un incremento o excedente que Marx llamará plusvalor, y es precisamente esta categoría la que podrá explicar el origen de la acumulación en unos cuantos. El plusvalor se contrapone a la lógica burguesa que imagina la valorización del dinero como por sí sola. Dicho esto, la racionalidad capitalista tiene por objetivo no el consumo ni satisfacción de necesidades[3], sino incrementar el valor de su dinero. Es la plusvalía la que incentiva y evalúa los dinamismos en este modo de producción, porque la fórmula (b) inicia con dinero y termina con más dinero, es decir, ahora es capital.

Pero, ¿acaso el plusvalor significa que la mercancía se vende por encima de su valor? Sin duda no, o mantendría una posición siempre ventajosa a unos por sobre otros. El plusvalor brota en la circulación pero no se crea en ella, sino en una mercancía singular que se desgasta y “genera valor: es la fuerza de trabajo[4]. Crea valor porque posee la sustancia de valor, en tanto trabajo humano. ¿Qué condiciones se requirieron para la irrupción de tal mercancía? Pérez Cortés habla de un sujeto libre en dos sentidos: 1) porque no posee nada y 2) jurídicamente se presenta en igualdad de derechos. Lo que denota su aparición bajo una elaboración histórica que permite al trabajador enajenarse deliberadamente y por un tiempo determinado, bajo el fervor de la libertad capitalista como representación ideológica y política de modernidad, que naturaliza al trabajo como mercancía porque deviene así de ciertas relaciones sociales de producción. Mejor dicho, el trabajo ha adoptado la forma de valor, es decir, se hizo intercambiable.

Con lo canjeable que es, el uso de la fuerza de trabajo supone reproducir las condiciones que le permiten seguir vivo, para ello un salario. Al recibir un pago, el obrero sale de la circulación mercantil y entra junto con las otras mercancías a la fábrica. Está ya en la esfera productiva donde se extraerá y distribuirá el plusvalor. Aquí “el trabajo vivo conserva y reanima el trabajo pretérito y agrega un nuevo valor”[5]. El trabajo vivo transfiere el valor de las mercancías a la nueva mercancía y simultáneamente crea valor. Ambos valores estarán contenidos en el nuevo producto. Sin embargo, lo realizado durante la producción no le pertenecerá al obrero, en tanto se ha vendido por un tiempo determinado.

¿Y entonces cómo subsiste? Esto es porque una parte del tiempo de contrato estará destinada a la reproducción del trabajador, que se concretará en un salario. De este tiempo, todo aquel que se prolongue más allá del necesario para subsistir, será un plustrabajo que se genera en un plustiempo y que Marx llama plusvalía absoluta. Con esta expresión de relación social, el capitalista amplía las jornadas de trabajo para extraer plusvalor en cifras inusitadas. Sin embargo, la lucha de clases reguló este aspecto y puso un límite de 8hrs. de trabajo, que dio paso a una nueva forma de plusvalor: la relativa. Con la presencia de un régimen jurídico en las relaciones de producción capitalista, siempre a favor de la clase dominante, la plusvalía relativa representa una modificación a la proporción entre el tiempo de trabajo necesario y el trabajo impago (plustrabajo). Disminuir el valor de la fuerza trabajo se da por dos aspectos: 1) el incentivo capitalista que implica la extracción de plusvalor y 2) la reducción del costo a las mercancías necesarias para la subsistencia del trabajador, por medio del desarrollo de las fuerzas productivas como la maquinaria y la gran industria.

De esta manera, la plusvalía relativa impulsó la productividad y el desarrollo tecnológico que hoy conocemos. Tal intensidad no es más tiempo libre para el obrero, sino mayor voracidad del capital que deviene en la subsunción real del trabajo como “todos los aspectos de la vida del trabajador (…) relevantes para el destino del plusvalor”[6]. Que condiciona la vida y conciencia de los sujetos por cuanto se les produce para satisfacer y reproducir las relaciones capitalistas. A esta opresión han contribuido aspectos como la cooperación productiva, la manufactura, la maquinaria y la industria, que no hicieron más que destruir la libertad existente en el taller, aumentar la productividad y la desvalorización de la fuerza de trabajo y acrecentar la oposición entre trabajo y capital, porque mientras unos se enriquecían otros empobrecían.

Profundización de precariedad que hoy en día se oculta por el salario, en tanto encubre que no paga el valor del trabajo sino de la fuerza de trabajo, además de interferir en la conexión existente entre el trabajo y la producción de mercancías. No se paga con el propio trabajo (mercancías) sino con dinero. Vale decir que Pérez Cortés clarifica un aspecto de difícil comprensión por cuanto en cada mercancía “coexisten el trabajo pago y el trabajo impago”[7], lo que significa que en la jornada laboral no es que se paguen sólo 4hrs. de las 8hrs. de trabajo, sino que durante todo ese tiempo la mercancía esconde un plusvalor; o de lo contrario, el obrero hubiese descubierto ya su explotación en tal relación social. Sin más, la producción capitalista es también reproducción que asegura dichas condiciones en el tiempo y el espacio.

Esta permanencia de la situación del obrero aclara que la inversión a la producción no es más que capital, porque el dinero original ha desparecido en las diferentes rotaciones. Desconocido para el trabajador, él paga su salario con plusvalor del proceso productivo en el que se halla encadenado, destinado a la precariedad porque el propio sistema se asegura de una multitud de pobres laboriosos; es decir, un ejército industrial de reserva. La acumulación capitalista será en razón de la explotación y la productividad que implica elaborar mercancías en menos tiempo, o sea, con menos valor. La competencia entre capitales otorgará un triunfo monopólico a aquellos que produzcan por debajo del valor promedio.

Queda claro que en esta primera parte, las relaciones capitalistas se normalizaron, primero a sangre y fuego, y después con el paso del tiempo, para la estratificación brutal de ciertos sectores de la población. El capitalismo en sí no busca justicia, prefiere mantener inmensas masas pobres e indigentes, que por el intercambio de una mercancía viva por otras pretéritas, valoriza incesantemente el capital al desplazar a seres humanos a una condición de no-vida. Esto abre paso a vislumbrar críticamente que tal modo de producción no es eterno, sino histórico, por tanto, susceptible a ser superado.

Esto es precisamente el segundo apartado del libro. El autor explica a través del materialismo histórico[8] que la dominación de una clase sobre otra es por la apropiación de plustrabajo, lo que da fuerza al aspecto económico en la historia. Pese a que las categorías del materialismo histórico están dispersas, Pérez Cortés arguye que en esta teoría la vida está determinada por a) la manera en que los sujetos se relacionan con el mundo material para subsistir, b) la relación de sí con los instrumentos para transformar ese mundo y c) las relaciones que establecen los humanos en la división del trabajo y distribución del producto. De esta manera las diferentes experiencias de vida resienten cambios por el modo en que se produce la manutención. Que se evidencia en el desarrollo de las fuerzas productivas debido a las relaciones de producción establecidas y luego se vuelven contra quienes las crearon porque no pueden escapar. Instrumentos, medios de trabajo y la organización del mismo imponen ataduras difíciles de roer.

Las relaciones sociales y la forma que adopta el plustrabajo, son los ejes de análisis histórico que demuestra la temporalidad del capitalismo. Cada categoría debe ser examinada en correspondencia con estas relaciones. Lo que resulta que la sociedad actual tenga como fundamentos generales la separación de los obreros de sus medios de producción y la irrupción del derecho moderno que los presenta ante la sociedad en condiciones iguales. Al ser así, el análisis social no se reduce a su base económica, sino que todos los aspectos humanos están unificados en torno a un hilo conductor que es la producción de la vida material. Por tanto, el modo de producción es una totalidad compuesta por la base económica, superestructura jurídica-política y ciertas formas de conciencia.

Esta articulación normaliza la vida por medio del derecho bajo la forma de Estado, con representaciones que consolidan posiciones hegemónicas en unos y de subordinación en otros. Significa que existe correspondencia entre las relaciones de producción y el Estado moderno, que garantiza el intercambio igual de mercancías y perpetúa el plusvalor. Lo mismo que con el capitalismo, el Estado es histórico y su estructura no puede pensarse como absoluta, pese a ser expresión de una clase.

Otro aspecto de la teoría de la historia es el referente a las ideas. Marx concluyó que éstas se encuentran determinadas por la base material y en relación a una situación objetiva. Sugiere, entonces, que la transformación material modifica la exterioridad y, simultáneamente, la interioridad de sí. Transformar es transformarse. Por ello la conciencia no es autónoma, sino posee un vínculo con la base material, lo que trae al debate otra categoría: ideología. Ésta tiene un carácter peyorativo que implica deformación del pensamiento en las condiciones reales de existencia. Oculta[9] las relaciones de dominación y dependencia.

La categoría modo de producción contribuye a la complejización del análisis en el materialismo histórico, además de borrar el economicismo atribuido a Marx. La vida social posee un vínculo cercano o lejano con la vida material, pero de lo que se trata es de ubicar la propia dinámica que adquiere cada sociedad específica. Los dominios “base económica y la superestructura política e ideológica (…) [son] simplemente directrices que deben guiar el examen”[10]. Después de desarrollar algunos elementos clave sobre la teoría de la historia, Pérez Cortés profundiza en cuestiones de la periodización por medio del modo de producción y la transición del feudalismo al capitalismo, sin dejar de lado el comunismo, para arribar al terreno escabroso de la filosofía en Marx.

Nuestro autor menciona que el pensador alemán a partir de La ideología alemana formuló “una salida de la filosofía para consagrarse enteramente a la crítica de la economía política”[11] y en adelante mantener una práctica filosófica en acto. Su crítica y visión histórica suponen una concepción de humano, de su razón, que en la acción anula la separación entre objeto y agente. Con la práctica, existe objetivación en 2 sentidos: 1) al apropiarse del objeto se anula su exterioridad y 2) mediante esto, el agente sale de sí, se manifiesta en el mundo. Es contraparte al idealismo porque no busca sólo asimilación, sino la unidad de la objetividad y la subjetividad.

Significa que la acción práctica en Marx representa la alteración profunda de la realidad como vía para salir de la alienación. El criterio de verdad, entonces, se demuestra en la práctica, para cumplir un doble objetivo, la transformación de la realidad y de sí en la simultaneidad. Que resalta el empleo (¿dialéctico?) del pensamiento y la acción. Todo ello se observa en el trabajo como mediación de la praxis que genera una segunda naturaleza: un mundo humanizado. Mismo que expresa formas de inteligibilidad denominadas razón, que a su vez se constituyen en la historicidad y bajo el modo de producción capitalista se caracteriza en función de las relaciones sociales en las que participa cada cual.

Romper con estas determinaciones es, sin duda, la invitación y el objeto de crítica en Marx, como proyecto que concientice a los sujetos sobre las contradicciones en el capitalismo, en torno a un soporte categorial que revele la potencialidad humana como “su propia obra desplegada en el tiempo”[12].

* Dedico esta reseña a Abdón Moreno Soto, quien me invitó a leer este obra.

** Licenciado en Educación Primaria. Maestro en Docencia Transdisciplinaria. México. Email: mtro.fernando@outlook.com

[1] S. Pérez Cortés. (2010). Karl Marx. Invitación a su lectura. México, D.F.: UAM, p. 12.

[2] Aunque no pueda explicarse cómo lo logra.

[3] Que sin embargo requerirá irrenunciablemente.

[4] S. Pérez Cortés. (2010). Karl Marx…, op. cit., p. 51.

[5] Ibíd., p. 57.

[6] Ibíd., pp. 69-70.

[7] Ibíd., p. 91.

[8] Pérez Cortés aclara que el término materialismo histórico no es elaboración de Marx, sino de Engels. Asimismo, materialismo dialéctico –explica– no se encuentra presente en ninguna de las obras de ambos.

[9] Pérez Cortés nos previene al decir que la categoría de ideología ya no aparecerá en El Capital y será desplazada por el fetichismo.

[10] S. Pérez Cortés. (2010). Karl Marx…, op. cit., p. 149.

[11] Ibíd., p. 219.

[12] Ibíd., p. 252.

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