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José Carlos Mariátegui y los mendigos

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Por Larry Delao

La obra juvenil de José Carlos Mariátegui ha sido clasificada por él mismo como producto de su “edad de piedra”[1]. Este periodo de su vida representa su “adolescencia literaria”, un momento en el que –según propia confesión– “escribía disparates”[2] que no vale la pena rememorar. Entre estos “disparates” se encuentran poemas, cuentos y piezas de teatro, además de un gran número de crónicas periodísticas.

Entre los distintos cuentos que escribiese en este periodo, destaca uno titulado “Los mendigos”[3]. La temática abordada y la forma de la narración, sumado a la actualidad del problema que expone, nos motivan a comentar esta obra. Nos interesa mostrar algunos elementos de análisis que ya estaban presentes[4] en el “Mariátegui juvenil”, los mismos que se desarrollarán o precisarán en sus escritos posteriores.

Antes de seguir, debemos recordar que la faceta literaria de Mariátegui se dio casi exclusivamente en su periodo juvenil. Luego, se propuso no volver a su “adolescencia literaria”, pues lo retrotraía excesivamente. En su lugar, prefirió la crónica y el ensayo. Según Alberto Tauro, estos últimos “le permiten volcar sus observaciones sobre la vida, y aun ofrecer algunas proposiciones de crítica social”[5]. No obstante, a pesar de ello, años después escribirá una novela titulada Sigfried y el profesor Canella que, según su propio autor, venía a ser “un relato, mezcla de cuento y crónica, de ficción y realidad”[6].

“Los mendigos” fue escrito en 1914, cuando Mariátegui tenía apenas veinte años. Fue publicado inicialmente en agosto de ese mismo año en el diario La Prensa y luego en 1955, en una selección realizada por Edmundo Cornejo Ubillús titulada Páginas literarias. Después, fue recopilado en 1987 por Alberto Tauro en el primer tomo de los Escritos juveniles de José Carlos Mariátegui, obra publicada en ocho tomos por la Editorial Amauta[7].

“Los mendigos” comienza describiendo el escenario y los personajes: “En las gradas del atrio de esta iglesia, se diseminaban mugrientos y callados los mendigos”. Hoy en día, más de cien años después de haberse escrito el cuento, los mendigos siguen formando parte del paisaje cotidiano de la ciudad de Lima[8]. Quienes recorren sus calles pueden confirmar esta realidad, la misma que se torna más evidente al llegar la noche. A diario, nuestro recorrido se ve interrumpido por cartones y periódicos en medio de la acera, elementos que se han convertido en la muestra de la mendicidad limeña.

Por otra parte, la mendicidad es percibida por casi todos los transeúntes como esa mancha imposible ya de borrar, mancha que deforma[9] la moderna apariencia de una ciudad que se presume el centro de todo. Esta mancha “mugrienta” es a la vez silenciosa o, en todo caso, susurrante. La mendicidad no grita su dolor, la susurra a cada transeúnte que recorre la ciudad.

Es interesante observar el denso contenido que se puede comprimir en una breve y sencilla expresión. En pocas palabras, Mariátegui pudo sintetizar una de las caras de nuestra realidad: la desigualdad económica y social que padece la ciudad y el país. Y nos la muestra en sus dos mejillas: la que percibe la hipócrita sociedad limeña (burguesa y pequeñoburguesa) y la que perciben los propios mendigos.

La burguesía y la pequeña burguesía se asquean de la presencia de los mendigos y, por extensión, de la pobreza. Por su parte, los mendigos sienten que el silencio es la pena que deben pagar por el delito de manchar la imagen de la ciudad. Ellos nada pueden pedir más que la compasión de las personas de buena fe y regular salario.

Pero Mariátegui no solo nos cuenta el padecimiento de esta subpoblación, sino también sus sueños y conflictos. Antonio y Paco son dos de los mendigos de la historia. “Antonio era ciego y joven –nos dice Mariátegui–. Tenía cerrados y hundidos los ojos. A ratos brotaban de ellos las lágrimas y se entreabrían entonces mostrando las cuencas horriblemente vacías. Paco era tullido y jorobado. Sus piernas enanas e inmóviles lo obligaban a arrastrarse en una carretilla de minúsculas ruedas”.

Antonio era un joven trabajador, pero debido a un accidente quedó ciego y tuvo que mendigar para sobrevivir. Tenía una novia, a la cual perdió por su ceguera. De ella solo le quedaba el recuerdo plasmado en una fotografía, conservada por un medallón; fotografía que ya no podía ver pero que sentía profundamente. “Con él se sentía un poco feliz todavía. Y aunque era ciego, gozaba con colocarse en las manos el pequeño retrato y hacerse la ilusión de que contemplaba la imagen de la amada en sus días dichosos”. Antes de quedarse ciego, Antonio fue feliz, al menos por un tiempo.

Paco era distinto. Nació enfermo y siempre fue miserable. “Su alma no había conocido sentimiento delicado alguno –señala Mariátegui–. Sólo [sic] recordaba que su padre estaba siempre ebrio, que era muy malo, y que lo había aborrecido mucho, porque un día le contaron que había muerto a golpes a su madre, la madre del mendigo”. Por ello, “tenía el espíritu envenenado por la desgracia. Y sentía un placer perverso cuando podía hacer algún daño. En sus ojos relucía una mirada de maldad”. Solo para tener una idea un poco más completa de la actitud de Paco, vamos a presentar de  manera extensa el siguiente fragmento:

“Los ojos de Paco decían toda su degeneración. Era de una voluptuosidad extremada. Sentía la más violenta y extraña de las sensaciones cuando pasaba muy cerca de él una mujer hermosa, azotándole el rostro con el hálito tibio de sus bajos perfumados. Paco se detenía entonces un instante, y aspiraba con febril ansia la aromada y mareante exhalación. Pedía entonces el mendigo una limosna con la más sentida de sus súplicas y, cuando la mujer se detenía para entregarle una moneda, Paco sentía un estremecimiento indefinible, y muchas veces tuvo la tentación de morder las piernas de carne rosada y fresca que se adivinaba bajo la presión sutil de las medias. Y buscaba a diario esas emociones”.

Las personalidades de Antonio y Paco nos pueden indicar dos actitudes frente a la miseria. Antonio, igual de miserable que Paco, se consolaba con el recuerdo de su amada, aquel lo motiva a resistir su miseria o, por lo menos, a cargarla dignamente. Paco, quien no tenía dónde apoyar su esperanza, se hundía más y agravaba su miseria económica con su miseria moral.

He ahí la importancia del “mito”, aquello que nos mueve; nos impulsa a sobrevivir, a sobrellevar una determinada situación y a construir otra mejor. “Sin un mito –dice Mariátegui– la existencia del hombre no tiene ningún sentido histórico”[10]. La “fuerza del mito” es lo que nos impulsa a seguir adelante; es lo que le da sentido a nuestra existencia. Por eso, a decir de Mariátegui, las masas oprimidas por la miseria y la explotación capitalista tienen un mito: la revolución social.

Antonio y Paco representan dos posturas distintas; podemos encontrar en ellos dos concepciones de la vida, dos formas de actuar en el mundo. Antonio aún mantiene algo que le da vida, que lo empuja a moverse. Paco en cambio, ha perdido todo movimiento, todo impulso. Cuando Mariátegui reflexiona sobre el papel del mito, señala lo siguiente: “La burguesía no tiene ya mito alguno. Se ha vuelto incrédula, escéptica, nihilista… El proletariado tiene un mito: la revolución social. Hacia ese mito se mueve con una fe vehemente y activa. La burguesía niega; el proletariado afirma”[11]. Al no tener un “mito”, Paco deja de “vivir fecundamente”[12], ya está muerto en vida. Su vida diaria no es más que una premonición de su destino final.

Prosigue la historia con la reacción de Paco: “El día en que Antonio le mostró el retrato de su amada, en el alma de Paco se generó un intenso sentimiento de envidia. Un sentimiento torturador y cruel que lo enloquecía. Odiaba ya al ciego. Lo odiaba porque había sido joven y fuerte y había tenido novia. Lo odiaba porque había sido feliz y aún tenía el consuelo amable de un recuerdo”. Después de meditarlo brevemente, tomó una decisión: “Sí, le robaría el retrato. Él también tendría novia”.

Antonio y Paco se encontraban en la misma situación: ambos padecían una miseria económica que los obligaba a mendigar. Sin embargo, Antonio guardaba un recuerdo de cuando fue feliz; un recuerdo que le daba fuerzas para sobrevivir y que le generaba alegrías momentáneas. Paco no tenía un bello recuerdo para soportar su miseria. Eso hizo que decida causar daño a los demás para sentirse menos miserable. Por eso, tomó la resolución de robarle el recuerdo a su amigo Antonio. En su afán de tener un “mito”, le quitaría al ciego lo único que le daba esperanzas. En fin, le quitaría la esperanza.

El final de la historia es trágico pero significativo. Antonio se da cuenta de que Paco le hurtó el medallón del bolsillo. Lo persigue como puede y lo atrapa. Dejemos que Mariátegui termine de contarnos esta historia:

“Antonio había caído al suelo varias veces y tenía una herida en la cara. Ensangrentado, tembloroso, rugiente, el ciego tenía un aspecto pavoroso.”

Al fin logró hacer presa de Paco. Lo asió del cuello, con rabia, y tomó aliento un instante. Paco daba gritos desesperados pidiendo socorro. El ciego apretó entonces la garganta, la apretó con violencia, con energía, convulsivamente, hasta que Paco quedó inerte, sin movimiento, con las manos apretadas aprisionando todavía el retrato robado.

“Los mendigos se agruparon en torno a ambos, silenciosos, consternados, sin saber lo que pasaba, presintiéndolo sólo”.

Antonio fue asaltado por Paco. Este le quitó todo lo que tenía, lo único que tenía. Ante la amenaza de perder su medallón, su recuerdo, Antonio reaccionó de la manera más airada, “lanzó un grito de rabia”. Antonio estaba librando su propia y concreta “lucha final”[13]. Y puesto que iba a perderlo todo, tenía que arriesgarlo todo.

No importa que haya terminado con un aspecto pavoroso, todo ensangrentado. Lo importante es que cumplió su meta. La descripción de nuestro héroe al final de la batalla en “Los mendigos” nos recuerda las palabras con las que Mariátegui celebra la novela del ruso Fedor Gladkov. En su artículo “Elogio de ‘El cemento’ y el realismo proletario”, Mariátegui señala:

“…el hombre no alcanzará nunca la cima de su nueva creación, sino a través de un esfuerzo difícil y penoso en el que el dolor y la alegría se igualarán en intensidad. Glieb, el obrero de El cemento, no sería el héroe que es, si su destino le ahorrase algún sacrificio. El héroe llega siempre ensangrentando y desgarrado a su meta: solo a este precio alcanza la plenitud de su heroísmo”[14].

Antonio y Glieb libran su lucha final, ambos llegan a la meta de su destino. El personaje de Mariátegui y el de Gradkov representan esas “almas agónicas” que viven combatiendo, que luchan contra la vida misma[15]. Antonio en su mundo mendigo, lumpen; y Glieb en su mundo obrero, proletario.

Para finalizar, podemos señalar que en el cuento “Los mendigos” encontramos algunos elementos de análisis que luego tendrán forma más definida, más cristalizada, en la obra madura de Mariátegui. Cabe precisar que hay una distancia que se mantiene entre la expresión estética de la literatura y el análisis crítico del ensayo, lo cual hace imposible la presentación del cuento citado como un estudio social de la realidad. Sin embargo, ateniéndonos a la referencia hecha por el propio Mariátegui a su novela de madurez, podemos afirmar que “Los mendigos” es también una fusión de cuento y crónica, de realidad y ficción. En tal sentido, como ya señalamos, ofrece criterios de análisis social que luego serán desarrollados por Mariátegui en sus ensayos posteriores.

Nota: Una primera versión de este artículo fue publicada en la revista Pluma de Gallinazo, Año 3, N° 4, diciembre 2015-verano 2016, de la Cámara Popular de Libreros (Lima).

[1] Si bien Mariátegui incluye en su “edad de piedra” toda su producción juvenil hasta antes de su viaje a Europa (1919), diversos autores han tratado de determinar los alcances y consecuencias de dicha periodización. Al respecto, se puede revisar Carnero Checa, Genaro (1980). La acción escrita. José Carlos Mariátegui periodista. Lima: Amauta, p. 65 y ss.; Prado Redondez, Raimundo (2007). El marxismo de Mariátegui. Lima: Mantaro, p. 51 y ss.;  Oshiro Higa, Jorge (2013). Razón y mito en Mariátegui. Siete ensayos de interpretación del pensamiento filosófico de José Carlos Mariátegui (1914-1930). Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, p. 33 y ss.; Chang-Rodríguez, “Notas sobre la estética de Mariátegui”. En Anuario Mariateguiano, Vol. VII, No. 7, 1995, p. 272 y ss.

[2] Ramos, Ángela. “Una encuesta a José Carlos Mariátegui”. En Mariátegui, José Carlos (1959). La novela y la vida. Sigfried y el profesor Canella. Lima: Amauta, pp. 153 y 154.

[3] En Mariátegui, José Carlos (1987). Escritos juveniles (La edad de piedra). Tomo I. Lima, Amauta, pp. 139-142. De ahora en adelante, las citas entre comillas que no tengan referencia serán partes del cuento en la edición señalada.

[4] Esta tarea la realizamos sobre la base de la afirmación de Mariátegui acerca de su evolución teórica, política e ideológica: “He madurado más que he cambiado. Lo que existe en mí ahora, existía embrionaria y larvadamente cuando yo tenía veinte años y escribía disparates de los cuales no sé por qué la gente se acuerda todavía”. Ramos, A. “Una encuesta…”, p. 154. Estas declaraciones las dio en 1926, tres años después de su regreso al Perú y corresponde a su etapa declaradamente socialista.

[5] Tauro, Alberto. “Estudio preliminar”. En Mariátegui, J. C. Escritos juveniles…, p. 53.

[6] Cf. Alberto Tauro. “Nota preliminar”. En Mariátegui, J. C. (1959). La novela y la vida…, pp. 14-15.  En la página siguiente, Alberto Tauro explica esta extraña mezcla de ficción y ensayo analítico en la novela mariateguiana: “Hasta cierto punto reviste la significación de un ensayo, pues la experiencia adquirida en el género le permitió concebir la urgencia de aplicar su técnica a la presentación de temas y tipos de a realidad nacional” (p. 16). Algo similar sucede con los cuentos del Amauta. En el “Estudio preliminar” a los Escritos juveniles, Alberto Tauro señala que los cuentos de Mariátegui pasan por dos momentos o fases: “como una forma superior de la crónica, ingeniosamente situada entre la realidad y la ficción, enderezada hacia la libre reconstrucción de las motivaciones psicológicas reveladas en el asunto tratado, y concebida como un fin en sí, de mera recreación; y como ejemplo de las tensiones o las deformaciones de la vida social, que puede llevar hacia la utilización de la literatura como imponderable medio de presentación, análisis, crítica y orientación” (pp. 59-60).

[7] “El primero recoge poesía, cuentos y teatro; el segundo, crónicas; el tercero reproduce entrevistas, crónicas y otros textos; y los restantes, recogen sus artículos intitulados ‘Voces’”. Chang-Rodríguez, Eugenio. “Notas sobre la estética de Mariátegui”. En Anuario Mariateguiano, op. cit., p. 272, n. 1.

[8] El 18 de enero del 1918, El Comercio, uno de los principales diarios del país, publicó la siguiente nota: “Más de una vez hemos tratado el problema de la mendicidad en nuestra capital. Lima es, hoy por hoy, la ciudad de los limosneros. Las calles centrales son campo abierto a las tácticas más audaces de los profesionales de la limosna”. El Comercio, 18 de enero de 2018. En http://elcomercio.pe/opinion/efemerides/1918-mendicidad-lima-noticia-489990. Consultado el 20 de julio de 2018.

[9] En la nota ya citada de El Comercio encontramos estas palabras: “La Beneficencia Pública debe fundar un hospicio de mendigos que le permita extender su protección a los desdichados más dignos de lástima haciendo llevadera su existencia y dulcificando las amarguras de sus últimos días. Así se evitará un espectáculo bochornoso suprimiéndose también un factor de propagación de enfermedades infecto-contagiosas”. Cursivas nuestras.

[10] “El hombre y el mito”. En Mariátegui, José Carlos (1988). El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy. Lima: Amauta, p. 24.

[11] En Mariátegui, J. C. El alma matinal…, p. 26.

[12] “La lucha final”. En Mariátegui, J. C. (1988). El alma matinal…, op. cit., p. 32.

[13] “Para el hombre, como sujeto de la historia, no existe sino su propia y personal realidad. No le interesa la lucha abstractamente sino su lucha concretamente. El proletariado revolucionario, por ende, vive la realidad de una lucha final. La humanidad, en tanto, desde un punto de vista abstracto, vive la ilusión de una lucha final”. Mariátegui, J. C. “La lucha final”, op. cit., p. 30.

[14] En El alma matinal…, op. cit., p. 198. Negritas en el original.

[15] “La palabra agonía, en el ardiente y viviente lenguaje de Unamuno, recobra su acepción original. Agonía –como Unamuno escribe en la introducción de su libro– quiere decir lucha. Agoniza aquel que vive luchando; luchando contra la vida misma. Y contra la muerte”. Mariátegui, J. C. “‘La agonía del cristianismo’ de Don Miguel de Unamuno”. En Mariátegui, J. C. (1975). Signos y obras. Lima: Amauta, p.116. Negritas en el original.

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